Joan Fontcuberta

#MAKMAArte
‘Háptica’, de Joan Fontcuberta
Comisario: Sema D’Acosta
Centro Cultural Fundación Unicaja de Sevilla
Avda. de la Palmera 45, Sevilla
Hasta el 19 julio de 2026

El comisario de ‘Háptica’, Sema D’Acosta, parte de la idea de que la fotografía ha vivido en las dos últimas décadas un periodo de progresiva desmaterialización para explicar cómo, “sumidos en la era digital, es hoy ante todo un algoritmo volátil que pasa de dispositivo en dispositivo sin que sea necesaria su corporeidad. Su contenido queda reducido a algo inasible que no existe en ningún sitio”.

Ante ese cambio de estado donde se desvincula de un soporte físico, las series de Joan Fontcuberta (Barcelona, 1955) que componen el citado proyecto en el Centro Cultural Fundación Unicaja de Sevilla reivindican la materia como argumento válido capaz de originar por sí misma nuevos sintagmas con significado y emoción.

Con tal motivo, entrevistamos al fotógrafo barcelonés para hablar de cómo ha cambiado nuestra noción de fotografía en las últimas décadas.

Una visitante contempla diversas obras de ‘Háptica’, de Joan Fontcuberta. Imagen cortesía del Centro Cultural Fundación Unicaja de Sevilla.

Lo primero que le viene a la cabeza a mucha gente al hablar de papel es nostalgia. ¿Ocupa la nostalgia algún lugar en su trabajo?

Cuando nos movemos en el espacio, podemos ir en todas direcciones, pero en el tiempo solo podemos ir hacia delante. La fotografía se inventó para poder vencer el tiempo, para ir hacia atrás y hacernos creer que podíamos detener nuestra finitud si nuestra imagen perduraba para siempre.

En mi trabajo no me ocupo de la nostalgia en relación con la muerte y el pasado, pero me interesa su perspectiva social y antropológica. La nostalgia es un valor en sí misma. No como materia de trabajo, pero sí como tema.   

‘Dermis VI’ (2018), de Joan Fontcuberta, en la exposición ‘Háptica’. Imagen cortesía del Centro Cultural Fundación Unicaja de Sevilla.

La muestra pone de manifiesto la importancia del soporte. ¿Hasta qué punto una fotografía digital y la misma imagen expuesta no son la misma cosa?

Una foto digital, en el fondo, es una codificación que produce el efecto visual de una imagen, que luego podemos ver o imprimir en una pantalla. Una imagen fotográfica tiene cuerpo y alma: el cuerpo es su materialidad, su corporeidad, y el alma la información visual que contiene.

En una imagen digital el soporte no está presente, solo es ese determinado software que la decodifica. En la imagen analógica, el soporte es consustancial. Podemos hablar de transición entre la foto-cosa y la foto-no-cosa, de la foto con alma a la foto alma-liberada del cuerpo.

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También trabaja con la idea de deterioro, que me recuerda a aquello de “el tiempo, gran escultor”. ¿Lo es también para las imágenes?

Como decía antes, para mí la fotografía fue originalmente un tipo de dispositivo para vencer el paso del tiempo. Era una promesa. Pero el tiempo juega con la foto, se venga de esa pretensión. Como la soberbia del hombre acabó con la torre de Babel, la fotografía quiso asaltar los cielos de la eternidad, pero el tiempo se venga y sienta a ver pasar el cadáver de la fotografía.

¿Qué reflexión de fondo haría sobre la omnipresencia de imágenes en el mundo actual, su consumo constante?

Una de las características de lo que yo llamo postfotografía es que no se trata de representar un elemento de la realidad, es una conversación. El homo photographicus usa la foto para hablar, de modo que todos nos convertimos en productores y consumidores de fotos. Hemos inscrito la fotografía en nuestros hábitos de mediación social, las usamos con signos, emoticonos, etcétera.

‘Trauma #7821’ (2017), de Joan Fontcuberta, en la exposición ‘Háptica’. Imagen cortesía del Centro Cultural Fundación Unicaja de Sevilla.

Se habla mucho de la necesidad de alfabetizar visualmente a la población, como diría Edmundo Desnoes, y de prevenirla contra los riesgos de lo digital. ¿Qué cree que sería más importante o urgente en este sentido?

Sí, somos productores, pero nos falta una capacidad de lectura crítica. Lanzamos fotos con naturalidad y, sin embargo, no somos capaces de dar una respuesta de lectura. Creo que lo primero sería que los responsables de la educación tomaran conciencia de esta urgencia, y plantear los primeros pasos para abordarla, cómo establecer un mecanismo de duda.

Debemos saber que las imágenes generan emociones y tenemos que saber protegernos de ellas, cultivar el escepticismo, impedir que nos afecten demasiado, establecer periodos de reflexión y revisión… Preguntar quién nos las envía, con qué propósito, en qué contexto, cómo han sido creadas. Si las imágenes resultan tan impactantes, se hace necesario poner un espacio entre nosotros y ellas.