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‘Louis Theroux: dentro de la machosfera’, de Adrian Choa
90′, Estados Unidos, 2026
Netflix
Alto y larguirucho, el documentalista británico estadounidense es físicamente poca cosa, sobre todo en comparación con los musculosos especímenes que entrevista en ‘Louis Theroux: dentro de la machosfera‘, uno de los nuevos títulos de Netflix, dirigido por Adrian Choa, de hora y media de duración. Se lo toma con sentido del humor, como demuestra la imagen promocional, en la que aparece estrangulado por un brazo hercúleo.
El prestigioso reportero no está cachas, es verdad, pero no se le puede tildar de pusilánime; se ha curtido con temas conflictivos y polémicos, como los gurús de la Cienciología, la ultraderecha y las culturas marginales de Estados Unidos. En 2005, entrevistó a Jimmy Savile en una serie de reportajes sobre personas célebres, y cuando salió a la luz el lado oscuro del disc-jockey, pederasta y necrófilo, realizó otro para desvelar la auténtica personalidad de uno de esos monstruos que se ocultan a plena vista en nuestra sociedad. Un gesto que habla a su favor.
Sus muchas tablas le permiten deslizarse, con suavidad y elegancia, en un medio reacio y algo hostil, como anguila en medio de un banco de peces globo. Sin perder la calma, interpela a los predicadores de la ideología red pill, alusión a la píldora roja de ‘Matrix’ que elige quien desea vivir en el mundo real, aunque sea incómodo, y los enfrenta con sus contradicciones y paradojas.
Ellos no se apabullan y responden con desparpajo y arrogancia reafirmándose en sus opiniones. No creo que hayan asistido a clases de oratoria ni participado en debates universitarios, pero poseen esa labia del vendedor de crecepelos que se adquiere con la práctica, aunque no ofrecen ungüentos ni pomadas, sino su propia imagen como reclamo publicitario y canal de inversiones.
Influencers, tiktokers, creadores de contenidos y especies afines viven en una suerte de zoológico virtual bajo campanas transparentes, expuestos a la mirada de sus seguidores esperando no una lluvia de cacahuetes, sino de cibermonedas.
El núcleo de su pensamiento, si es que puede llamarse así, es el siguiente: las mujeres venimos al mundo con un valor innato. No, no se trata del cerebro, sino de las vaginas y las tetas, que los hombres no tienen, así que deben construir su propio valor a base de ganar el máximo dinero. Se asignan el papel de proveedores, mientras la pareja, pata quebrada y en casa, se dedica a lo doméstico.

En su jerga manejan un concepto llamado ‘monogamia unidireccional’: ellos pueden follar libremente y ellas no, a no ser que formen un trío a voluntad del varón. Uno de sus insultos preferidos es zorra, que usan indistintamente para ambos géneros, los judíos son los culpables de todos los males del mundo y los satánicos los que nos gobiernan desde las sombras. Una empanada mental impresionante.
El viaje de Theroux por la machosfera se inicia en una urbanización de Málaga, donde el año pasado residía Harrison Sullivan más conocido como HSTikkyTokky, en la actualidad en prisión en Reino Unido, de donde se fugó tras un aparatoso accidente de tráfico. Con solo 23 años, se exhibe, pletórico y dicharachero, aunque no puede ocultar cierto recelo ante el profesional respaldado por sus imponentes cámaras.
Se le ve rodeado de una corte de admiradores, chica neumática incluida, pues en el mundo de la machosfera, si ellos lucen híper músculo, ellas compiten con curvas impostadas de silicona. En una segunda visita conocemos a su madre que se deslomó a trabajar, el padre estaba ausente, para que su hijo recibiera la mejor educación en colegios privados. Te preguntas que sentirá esa mujer sacrificada cuando su hijo despotrica contra las de su género.
Después de unas cuantas charlas muy ilustrativas con Sullivan, Theroux viaja a Miami, cuna espiritual de la machosfera para conocer a uno de los veteranos, Justin Waller, paradigma del triunfador, desde la nada a la más absoluta riqueza: 30 millones en la cuenta, un millón de seguidores en Instagram y negocios con los siniestros hermanos Tate acusados de trata de blancas.
El trajeado Waller, padre de dos niñas y con un tercer hijo en camino cuando se gravó el documental, suelta varias perlas: «No soy misógino. Amo a las mujeres, tal vez demasiado. Ellas no saben lo que realmente quieren y hay que decírselo. Cuando una mujer ama a un hombre, no necesita acostarse con otros. Tú debes ser el héroe, proporcionar a la tuya la mejor vida que puedas».
En Nueva York, Terroux nos muestra un programa de Myron Gaines, quizás el más radical en sus actitudes machistas, ‘Fresh and Fit’, en el que se discute a voz en grito sobre finanzas, dinámica de relaciones y fitness, sancionado por cruzar todas las líneas rojas habidas y por haber.
«Mi padre me molió a palos», confiesa este estadounidense de origen senegalés. «De las palizas se aprende un montón». Indagando en la infancia de los entrevistados, Theroux detecta un patrón común: hogares desestructurados y figuras paternas ausentes o abusadoras. Un dato revelador.
Mientras intentaba digerir este vomitivo menú, me veía a mí misma correr ante los grises con el carné de periodista de El País como único escudo en las primeras manifestaciones feministas de Madrid. Y algo mucho más estresante, discutir con las líderes de los múltiples grupos de los 70 que protestaban porque no habíamos dado suficiente espacio a sus manifiestos. Recordaba ese pasado de luchas, renuncias y logros, y me decía a mí misma. «¡¿Cómo hemos llegado hasta aquí?!».

Después de tantas batallas ganadas y perdidas, de aquel movimiento sísmico que sacó de sus lujosas madrigueras a depredadores sexuales que se creían impunes: ¡¿Qué está pasando?! Es como si una parte del mundo, de momento una pequeña parte (espero), hubiera decidido descolgarse del hilo de la historia para tomar posiciones en la casilla de salida de la evolución.
Como vieja feminista, los discursos y soflamas de estos hombres hormonados de sí mismos deberían provocarme estupor, rechazo e indignación. Y así es, pero también me dan un poco de risa. Incluso me inspiran cierta compasión. Porque bajo su inflamada palabrería late un monumental cabreo, una rabia apenas contenida por haber perdido el cetro y trono.
Tras milenios siendo los reyes de la creación, el macho superior y dominante, las últimas generaciones observan perplejos cómo las mujeres les comen terreno y corren a su lado en igualdad de condiciones. A veces, ganando la maratón. A los frustrados que recurrían a esclavizar a una pobre chica más débil física y mentalmente para usarla de chivo expiatorio se les va acabando el chollo. Y eso no es fácil de procesar.
La furia, la rabia y el descontento fluyen por sus venas y los difunden por las redes como viscosos tentáculos que seducen a los críos desnortados que creen encontrar un referente, una guía, alguien que los rescate de su ignorancia e insatisfacción. El documental de Theroux aporta un contexto que permite interpretar con mayor profundidad otro interesante producto de Netflix, la serie ‘Adolescencia’, cuyo protagonista actúa influido por la ponzoña que destila los ultramachistas.
Convencidos de haber inventado la pólvora, en realidad solo han dado un inmenso salto hacia atrás, una involución a las cavernas. En tiempos prehistóricos, el mayor desarrollo muscular de los varones, el no tener que pasar por etapas vulnerables como el embarazo y la crianza, los aportaba ciertas ventajas a la hora de sobrevivir. Hoy día, los músculos son solo un detalle ornamental, como las bolas brillantes que cuelgan del árbol de Navidad almacenadas en una caja de cartón cuando la fiesta acaba.
En vez de odiar a las feministas deberían estarles agradecidos, pues después de milenios de ocultar las lágrimas y apretarse los machos, los hombres de este siglo en Occidente pueden relajarse: llorar sin sentir vergüenza, alegrarse de que su pareja traiga dinero a casa y disfrutar cambiando pañales.
¿Tendría que quitarnos el sueño la posible expansión de la machosfera? No lo sé. El mundo es demasiado impredecible, tal vez sean los islamistas radicales quienes nos impongan el velo y la mordaza, como en la novela ‘Sumisión’, de Michel Houellebecq.
Recordemos que casi todas las revoluciones han tenido su contrarrevolución, bien lo saben argentinos y chilenos. En Rusia y Francia las hubo, pero quedaron en agua de borrajas. Como espero que también se agote esta caótica reacción a la revolución de las mujeres. Disuelta en las sulfúricas toxinas que genera y difunde por las redes.


