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‘El librero de Gaza’, de Rachid Benzine
Salamandra, 2026
Gaza y caza: dos palabras mellizas que comparten tres de sus cuatro letras y tanto fonética como tipográficamente se asemejan como hermanas de la misma madre. Un paralelismo inquietante, simbólico, a la luz de los acontecimientos de octubre de 2023 que despertaron una oleada de rechazo en casi todo el mundo por el genocidio del pueblo palestino perpetrado por Israel: más de 70.0000 muertos, entre ellos 20.000 niños. Una denuncia que supera el ámbito político y se plasma en acontecimientos culturales como la carta de ochenta actrices y actores presentada en la Berlinale.
La reacción no es unánime. En España, se exhiben banderas palestinas en las calles, pero ese mismo gesto en Francia puede ser motivo de detención. Lo comentaba el politólogo y escritor francés de origen marroquí Rachid Benzine durante la presentación en la Llibreria Ramon Llull de València, a mediados de febrero, de su libro ‘El librero de Gaza‘ (Salamandra, 2026). También dijo que, debido a esa polarización, el topónimo Gaza no forma parte del título en las ediciones hechas en Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos publicadas como ‘El hombre que leía libros’.
La mirada de un fotoperiodista internacional y la memoria de un anciano gazatí se combinan como recurso literario para relatar las vicisitudes de los palestinos a lo largo de casi ocho décadas, a partir de la creación del Estado de Israel. Una ficción tan poderosa que muchos creímos basada en un episodio real.
«Ayer dos proyectiles mataron a cuatro niños cuyo único crimen había sido jugar al fútbol en la playa». Así comienza esta nouvelle. Es la voz en segunda persona de Julien Desmanges, un fotoperiodista francés enviado a Gaza, en 2014 que explora la ciudad en busca de esa imagen impactante que le reclaman desde su periódico. Una ciudad en continua destrucción y construcción, cuyos habitantes intentan aparentar normalidad conscientes de que viven en una burbuja que puede estallar en cualquier momento.

«En cada tramo de calle hay algo que te llama la atención. Aquí, una puerta azul que permanece intacta. Allí, una farola doblada. Más allá, una bicicleta abandonada, apoyada en un muro que ya no existe. Todo está ahí, congelado en una lógica del absurdo en la que cada elemento inventariado ha perdido su función, su utilidad, su razón de ser».
En una de los barrios menos castigados, Julien descubre, maravillado, un local rebosante de libros que desbordan su interior. A la puerta, un anciano lee y toma té. «Es delgado, de aspecto frágil, y su cuerpo parece erosionado por el tiempo, esculpido por los años».
Impresionado por su serena actitud, el fotógrafo le pide permiso para hacerle una foto. Una muy distinta a las que suele hacer. «Una fotografía no es cualquier cosa, ¿no le parece?», responde el librero. «Tal vez sería más amable que antes dedicáramos un poco de tiempo a conocernos». Y a partir de ahí se narra su historia.
Hijo de madre musulmana y padre cristiano, Nabil Al Djabir nace el 1 de enero de 1948 en plena Nabka (catástrofe, en árabe), el desplazamiento forzoso de 700.000 palestinos tras la creación del Estado de Israel. Su familia debió abandonar Bilad al-Shayj, el poblado donde sus ancestros sudaron sangre para cultivar una tierra áspera e ingrata. «El éxodo de mi familia fue como una marea negra que lo engullía todo», recuerda. «Que no dejaba nada a su paso salvo un campo de ruinas». Pasaron por Nazaret y dos campos de refugiados: Agabat Djabar y Djabaliya donde Nabil creció y conoció al que sería su gran amigo, Háfez.
En Gaza, su situación mejoró algo y gracias a su afán de saber obtuvo una beca para la Universidad de El Cairo junto a su hermana, su novia y Háfez. «El hecho de ser palestinos de familias pobres y procedentes de campos de refugiados despertaba en ocasiones admiración, incluso compasión, pero la mayoría de las veces desprecio».
En la primera intinfada, los tanques arrollan a sus abuelos y los soldados matan a su hermano, y la segunda le hace salir a la calle y acaba en prisión. Veinte años leyendo y añorando a los suyos. A su regreso, en 2006, la situación había empeorado todavía más. «Estábamos exangües, sitiados como los troyanos. Vivíamos constantemente amenazados. A los cohetes respondían los ataques aéreos, a los túneles, los bombardeos. Éramos los rehenes de esa batalla sin fin».
Y a principios de 2009, el apocalipsis, con la operación ‘Plomo Fundido’. Sus libros y Háfez es lo único que le queda. Cuando Julien regresa en 2025, la librería ha desaparecido. Solo encuentra unas hojas de papel en las que reconoce un poema de Mahmud Darwish.
Los recuerdos del anciano están sazonados con sus variadas y múltiples lecturas que le han ayudado a soportar el horror, a no rendirse al odio ni al resentimiento: Victor Hugo, Shakespeare, Primo Levi, Mahmud Darwich, Genet o Frantz Fanos, autor de ‘Los condenados de la tierra’.
Benzine entrelaza la historia íntima con la colectiva: la infancia en los campamentos, la educación como tabla de salvación, la fuerza de la comunidad, la cárcel como espacio de lectura compulsiva, el teatro, la poesía, los libros que moldean una conciencia. Los libros son para él un espejismo de libertad y una brújula moral.
En un mundo en el que las bombas pretenden tener la última palabra, Nabil nos recuerda que la literatura es una forma de respirar cuando el aire escasea. «El lector es un prisionero voluntario que se aferra a la ilusión de que cada página que lee lo liberará», reflexiona el librero. «Pero es precisamente ese suplicio elegido lo que me recuerda por qué estoy aquí, en esta librería, esperando. De todos modos, en Gaza siempre se espera algo».
Con un estilo sobrio, frases cortas y tono lírico, Benzine concentra en este breve relato la historia de un pueblo que parece condenado a ser chivo expiatorio de las culpas y errores de otros. ‘El librero de Gaza’ es una invitación a escuchar el murmullo de una vida que resiste cuando todo parece perdido. Retrata la historia de un pueblo a través de la de un lector insaciable, un hombre que encuentra en los libros no una evasión sino una defensa, una forma de habitar el mundo con lucidez.
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