El ultimo vikingo

#MAKMAAudiovisual
‘El último vikingo’, de Anders Thomas Jensen
Reparto: Mads Mikkelsen, Nikolaj Lie Kaas, Soren Malling, Sofie Grabol y Nicolas Bro, entre otros
Música: Jeppe Kaas
Fotografía: Sebastian Blenkov
116′, Dinamarca, 2025

Hace ya bastantes años, la revista Caimán Cuadernos de Cine (entonces, creo recordar, todavía se llamaba Cahiers du Cinéma España) presentó un especial dedicado al ‘Cine invisible’. Según esta publicación, los mecanismos de distribución de las películas suponían un muro para una cantidad incalculable de obras que, tanto por razones industriales como culturales, tendrían vetado el camino a las salas comerciales de nuestro país (y, por extensión, de todo occidente).

La idea no carecía de cierta lógica. Sobre el inmenso mar de la producción cinematográfica mundial parecía recaer una especie de sesgo por el que se favorecía a ciertos nombres y productos que se repetían de manera incansable, obstaculizando, así, su renovación, impidiendo también con ello que el espectador tuviera acceso a un tipo de propuestas diferentes.

Este embudo parecía que iba a encontrar una vía de escape en las plataformas de streaming, entonces una nueva ventana de distribución que, al no estar sujeta a los calendarios de explotación que imponía el negocio de las salas, abrirían una oportunidad para estas películas perdidas.

Pero lo cierto es que la realidad material del mercado del cine ha venido a desmentir, siquiera parcialmente, esta tesis. En primer lugar, reconocer la posibilidad de que exista un cine aún desconocido (por nosotros) que no logra atraer la atención de los distribuidores es una posición casi inevitable. La propia tarea –abarcar todo el cine del mundo– obliga a aceptar que siempre habrá alguna gran obra que quede relegada a un oscuro rincón.

Ahora bien, si en los últimos años la distribución de películas se ha abierto, aunque sea ligeramente, a cinematografías antes poco frecuentadas por el público medio, eso no quiere decir que haya tantas obras maestras ocultas como cabría suponer, entre otras razones porque hacer una obra maestra es muy difícil. De hecho, hacer una obra aceptable ya es bastante complicado.

Por otro lado, no parece gratuito reseñar que el mercado del cine de hoy, de ser un espacio acotado, como decíamos, ha dado paso a un apelotonamiento de títulos que apenas tienen la oportunidad de permanecer más de un fin de semana en la cartelera (la última película de José Luis Guerín, verbigracia).

Hoy, la distribución parece más interesada en renovar constantemente esa lista de estrenos que en traernos obras realmente interesantes, lo que deja a esa esperada excelencia en una singular anomalía. Una condición de excepcionalidad que se disfraza a través de unos medios de comunicación entregados a una labor de difusión que, remando a favor de ese mercado, acaba aplanando los criterios, lo que tampoco ayuda mucho a construir un espectador más exigente.

La última pata de esta ecuación caería del lado de unos festivales de cine que, en su carrera por hinchar unas programaciones cada vez más mastodónticas, acaban ensalzando producciones de un valor muy cuestionable, lo que ha hecho que sus marcas hayan perdido buena parte de su antaño potencial como gancho para la taquilla. Y lo mismo podemos decir de las plataformas. Incluso un sello de prestigio como Filmin ocupa buena parte de su oferta con piezas diferentes, sí, pero con frecuencia poco tentadoras.

Esta larga digresión viene al caso para explicar la larga sequía de títulos realmente reseñables que están llegando a la cartelera en el último mes y medio. Este es el caso de ‘El último vikingo’, del danés Anders Thomas Jensen, en opinión de este cronista, un producto de relleno en una oferta a la que, a pocos meses del comienzo del año, ya se le reconocen francas señales de agotamiento.

Fotograma de ‘El último vikingo’, de Anders Thomas Jensen.

Cuenta lo último de Thomas Jensen la historia de dos hermanos, Anker y Manfred. Anker es un ladrón de bancos. Manfred no tiene una profesión reconocida. Lo que sí sabemos de él es que padece algún tipo de trastorno de personalidad y que vive con su hermana en un modesto apartamento.

Al comienzo de la película, Anker acaba de dar su último golpe. Acorralado por la policía, esconde apresuradamente el dinero para pedirle después a su hermano que lo oculte en algún otro lugar secreto donde nadie, incluido él mismo, lo pueda encontrar.

Quince años después, Anker sale de la cárcel y regresa para reunirse con su hermano para que le desvele el escondite. El problema es que Manfred ya no es el Manfred que él conoció. De hecho, Manfred dice ahora que se llama John Lennon. Y lo peor de todo es que no recuerda dónde guardó el botín.

Arranca buena parte de los problemas de esta película en un guion plagado de salidas no muy bien resueltas. Nada más volver a casa tras su paso por prisión, Anker se tropieza con un tipo grueso y extremadamente violento llamado Fleming, que le pide que le entregue el dinero que sabe que tiene oculto.

En su defensa, Anker le replica que ya le entregó su parte en su momento, lo que no disuade al matón, que le responde que ya se la habría gastado y que ahora viene a por todo lo demás. Pero, tal y como empieza la película, si Anker es detenido después de dar el golpe, ¿cuándo le entregó a Fleming su parte? ¿Era su socio en el atraco? De ser así, ¿por qué no lo detuvieron? ¿En razón de qué le exige a Anker el resto del dinero? Por muy fuerte que sea, ¿por qué un tipo igualmente violento como Anker no le presenta más resistencia? No se sabe.

Fotograma de ‘El último vikingo’, de Anders Thomas Jensen.

Así, la aparición de Fleming parece gratuita, una excusa para disparar el giro de guion necesario para emprender una huida que justificará el desarrollo de la trama. En el fondo, un cliché de género muy poco elaborado (la misma tipología de personaje que aparecía en la reciente ‘Bala Perdida’, de Darren Aronofsky), metido aquí con la ayuda de un calzador. Y lo mismo sucede con buena parte del resto de los personajes secundarios, impuestos en el argumento de manera algo forzada, lo que acaba calando en la paciencia del espectador.

Cuenta la película de Thomas Jensen entre sus mayores apuestas con un humor que la crítica ha querido calificar de surrealista. Sin embargo, estos devaneos caprichosos del texto plantean situaciones, más que surrealistas, incongruentes, lo que hace que ese tratamiento de choque al que se entrega su propuesta, y sobre el que basa ese sentido del humor, pierda toda su potencia cómica.

Thomas Jensen pone al espectador en el mismo plano que a su personaje principal. El desconcierto de Anker cuando descubre que Manfred se cree John Lennon es, en parte, el mismo desconcierto del espectador, y sus preguntas son también nuestras preguntas. Anker tendrá que entender a qué viene este cambio de personalidad de su hermano para descubrir, así, el escondite del dinero. La idea, en principio, no es del todo mala, es el camino lo que no acaba de estar bien engrasado.

Para llevar a Manfred/Lennon por esa senda, Anker lo empuja a un proceso propio de una terapia cognitivo-conductual. Así, el objetivo será satisfacer la fantasía de su hermano, logrando, de ese modo, que desvele el secreto que esconde en su cabeza. Para ello, Anker tendrá que reunir al resto de The Beatles. Y aquí la película se prestaba a construir una estructura de road movie, quizá más convencional, pero mucho más eficaz desde el punto de vista dramático.

Por el contrario, Thomas Jensen decide dejar a los personajes anclados a un mismo espacio (quizá por razones de producción), una enorme casa apartada en un bosque que fue hogar de la familia de Anker y Manfred, y que aparece en escena por puro capricho del libreto, lo que dificulta la participación de un amplio reparto de personajes que, en el fondo, no tienen mucho que hacer, forzándolos a unas entradas y salidas de escena mal justificadas que solo se sostienen con la excusa de dotar algo de acción a una peripecia con muy poco recorrido.

Para dar lustre a la parodia, Thomas Jensen se acoge al recurso de la ultraviolencia en una línea que es heredera de una larga tradición que nos remite al cine de Quentin Tarantino, el primer Nicolas Winding Refn, compatriota de Jensen, o productos como ‘Snatch’ de Guy Ritchie.

Pero, a diferencia de estos trabajos, ‘El último vikingo’ no sabe elaborar el contexto adecuado que la integre estéticamente, chocando de manera disruptiva con la parte de trama de enredo que dispara el argumento. Ni siquiera el buen hacer de un actor de la talla de Mads Mikkelsen (‘Otra ronda’, ‘La caza’), colaborador habitual del director, en el papel de Manfred, logra compensar el desarrollo psicológico de un personaje que no tiene bien ancladas sus motivaciones, quedando, al final, como un sujeto pasivo a la espera de que su hermano descubra, por decisión del propio autor, todo el pastel.

A ello hay que añadir una resolución del conflicto que, tras muchas vueltas y revueltas, dependerá de una subtrama que se mueve de manera paralela a la acción principal y que se resolverá en razón de unos motivos de corte freudianos, mezclados con ciertos toques melodramáticos, de brocha aún más gruesa. Para unir ambas líneas narrativas, Thomas Jensen recurre al recurso del flashback, lo que en este caso da cuenta de su impotencia para enlazarlas de manera más orgánica.

‘El último vikingo’ nos propone una doble reflexión. Por un lado, nos dice que nuestra identidad está configurada por nuestra herencia filial, algo que ya sabíamos, como decimos, desde Freud. Ahora bien, esto no quiere decir que esa herencia nos aboque a un callejón sin salida, pues, en el fondo, somos libres de construirnos a nosotros mismos como mejor nos plazca.

Este es el conflicto que deben resolver los dos hermanos. Manfred se cree John Lennon, pero ¿y Anker? En principio, podría parecer que es el cuerdo de los dos, pero los hechos van descubriendo todo lo contrario. Al final, como dice el cuento con el que se abre y se cierra la película, todos estamos heridos y es esa herida común la que nos hermana como especie.

No existirá, pues, lo diferente cuando comprendamos que todos somos tan diferentes como los demás. Y el mensaje está bien. Falla, sin embargo, un desarrollo más enrevesado de lo que requería una trama más sencilla de lo que la propuesta formal trata de disfrazar. Demasiada cacharrería para un nudo tan claro.