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‘Madame Vargas Llosa’
Gustavo Faverón Patriau
Fulgencio Pimentel, 2026
Los escritos de Gustavo Faverón Patriau representan uno de los más emocionantes descubrimientos de la literatura latinoamericana del siglo XXI. Aquella novela fenómeno compartimentada por agitaciones románticas y perturbadas, esa celebración chalada y mitológica de los fulgores del libro aparecida, precisamente, un poco antes de ese comienzo del caos señalado, en cierta forma simbólica, por la pandemia, ‘Vivir abajo’, da a conocer, de veras, un acontecimiento artístico excepcional, confirmado, a continuación, por el laberinto intelectual ‘Minimosca’.
La llegada a las librerías en enero del texto ‘Madame Vargas Llosa’, de la mano de la editorial Fulgencio Pimentel, propone el regreso al universo característico del escritor peruano con una pequeña fábula luminosa y siniestra constituida, una vez más, a propósito de la búsqueda imposible, en una actual escena descreída y acelerada, del viejo y mitificado relato.
A primera vista, se lee a modo de emancipado suplemento de los dos novelones anteriores esta deliciosa cabriola situada entre dimensiones y actuada por Mario Vargas Llosa, el cineasta Ruy Guerra y una serie de personalidades trastornadas asociadas al cosmos fantasioso, ante todo un guionista de telenovelas, apodado Fittipaldi, y una mujer convertida en sosias estrafalaria del nobel de Perú.
En efecto, esta historieta de aventuras, acariciada por Conrad y sacudida por las extravagancias de las memorias, particulares y generales, enfrentada a las colosales hermanas mayores, parece un necesario capricho relajante formulado antes de abordar, supuestamente, una nueva empresa ambiciosa y lunática. Sin embargo, este capítulo suelto hace valer enseguida su propio genio y confirma, sin ninguna duda, su relevancia en las exploraciones y las arquitecturas del escritor.

A decir verdad, la relativa brevedad, algo menos de doscientas páginas, otorga al todo una misteriosa aura fantasmagórica, una impresionante fugacidad frágil. En cierta forma, las imágenes parecen desaparecer, rápidamente, cuando se leen por vez primera, generando así un estampado en relación con una factible navegación por los abismos del fin del mundo.
De hecho, los reportes recopilados en la novela, sobre la base de los recuerdos de cuatro individuos, suponen unas declaraciones sin esperanza aportadas un poco antes del fracaso final. Al respecto, es muy esclarecedora esa portada de Oliver Schrauwen con un barco de vapor suspendido en el espacio, o acaso incrustado en un espacio conceptual.
Esta imagen de una embarcación que remite, en parte, a la utilizada por Werner Herzog en su largometraje ‘Fitzcarraldo’ (1982), tal cual confirma, muy pronto, el propio escrito, da a conocer los sentidos sentimentales de un relato que busca el relato viajando, sin rumbo, por un río inventado en el papel de acuerdo con las visiones de un probable mundo real.
Como las experiencias anteriores Faverón, ‘Madame Vargas Llosa’ se produce del encuentro natural y sensacional de personalidades reales e inventadas. La constante interacción en las páginas origina una alteración emocionante de las diversas biografías auténticas y los estados de los espacios recorridos.
En el folio, los escenarios y, en definitiva, la historia muta, sutil y decisivamente, con la intervención de los elementos de ficción. Así, en este formidable nuevo ejercicio de hiperstición, Vargas Llosa y Guerra, movidos por sus avatares al otro lado del espejo, protagonizan paisajes variables de sus historias, cruzando varias décadas sentimentales y profesionales, planteando encuentros y relaciones presumibles con criaturas soñadas.
La colisión insistente de láminas verdaderas con otras imaginadas, de juicios y complicidades auténticas con la inmersión en las ilustraciones derivadas de la alucinación, desencadena la llegada de un objeto trastornado y delicado, la materialización en libro, de hecho, de esa escurridiza presencia trans convertida en la favela en otro Vargas Llosa dedicado a la escritura de versiones alternativas de ‘Pantaleón y las visitadoras’ o ‘La tía Julia y el escribidor’.
Faverón muestra con ‘Madame Vargas Llosa’ una novela mutante, accionada por la reunión de sujetos conectados más opuestos, categorías diferentes y versiones cambiadas y complementarias de un relato soñado, del que, naturalmente, solo llegamos a conocer una parte muy endeble.

Nos encontramos con una telenovela descabellada y fantasmal, descrita con prosa musical y desenfadada, siempre embelesada y alerta, acerca de encuentros y desencuentros y posibilidades arruinadas por diferentes motivos, como ese alejamiento político que determina la no realización de un proyecto conjunto del escritor y el cineasta que, al final, aparece con los tipos del volumen ‘La guerra del fin del mundo’.
Mientras practica con restos de los mecanismos de una cierta novela policiaca, enmarca la travesía desde una disposición de hechos rashomoniana, o interpreta las penas de las máscaras, compone también un ensayo cariñoso en torno a las numerosas modificaciones experimentadas, desde los años sesenta, por varias experiencias artísticas situadas en Latinoamérica, tal y como el Cinema Nuovo o el Boom literario.
Por encima de todo, esta navegación interminable por un río figurado de memorias, juegos y cruces discute el peso de las actuaciones frustradas. Sin opción de arribar a un destino efectivo, al final, el recital, paradójico y sorprendente, se completa según la moral de los locos y los lastimados, esa gente solitaria de ‘Eleanor Rigby’, la canción de los Beatles, que, fragmentada, con solo una imagen, suspende todo antes del cierre material de este libro admirable.
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