El agente secreto

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‘El agente secreto’, de Kleber Mendonça Filho
Reparto: Wagner Moura, Alice Carvalho, Gabriel Leone, Udo Kier, Isabel Zuaa, María Fernanda Cândido y Hermila Guedes
Música: Mateus Alves, Tomaz Alves de Souza
Fotografia: Evgenia Alexandrova
158′, Brasil, 2025

De un discreto apunte en el margen ha pasado a ser un clamor: las películas actuales son demasiado largas. Entre las razones que han destacado distintos analistas sobre este fenómeno (incluyendo al periódico The Economist) se encuentra, sobre todo, la competencia con las plataformas de streaming y un intento por parte de la industria de ofrecer un producto diferente a ese espectador que habría ido abandonando la sala tradicional en favor de otros modos de entretenimiento, ofreciendo lo que se suele señalar como una experiencia más inmersiva.

Este hecho se ha extendido, principalmente, a ese cine que llamaríamos comercial, sobre todo desde la implantación de las grandes franquicias, caso de ‘El señor de los anillos’ o la saga de ‘Avatar’ (su última entrega dura 197 minutos).

Pero ahí no termina el asunto. Últimamente, al menos una parte del cine de autor también parece que se ha visto contagiado por esta moda. Y si bien hay veces en que puede estar justificado (pensemos en el cine del recientemente fallecido Frederick Wiseman), en otras parece un capricho gratuito (‘Una batalla tras otra’, de Paul Thomas Anderson, alcanza los 161 minutos), cuando no una manera de presentar como diferente un modelo narrativo más clásico de lo que se suele reconocer.

Y así llegamos a ‘El agente secreto’, segundo trabajo largo del brasileño Kleber Mendonça Filho, galardonado, mientras se cierra esta crónica y a la espera de acontecimientos, con un premio a la mejor dirección en el último Festival de Cannes y el premio a la mejor película de habla no inglesa en los Globos de Oro de este año.

La película nos sitúa en Brasil en el año 1977. En el contexto de la dictadura militar, Armando, un profesor universitario, llega a la ciudad de Recife con la intención de reunirse, después de mucho tiempo, con su hijo, que vive con sus abuelos desde la muerte de su madre. Pero la actitud esquiva de Armando parece esconder un oscuro secreto.

Al mismo tiempo y sin que él lo sepa, una pareja de sicarios contratados por un importante empresario lo persiguen para acabar con su vida. Tratando de proteger su identidad y mientras prepara su huida del país, Armando se oculta gracias a la ayuda de un grupo clandestino que colabora con disidentes.

Sin embargo, todas estas precauciones se revelan inútiles ante un orden en el que, incluso la misma policía que tendría que protegerlo, está corrompida y actúa con frecuencia bajo las mismas prácticas coercitivas que usaría cualquier mafia. La vida de Armando está, pues, en peligro.

‘El agente secreto’, de Kleber Mendonça Filho

Entre los puntos fuertes que tenemos en esta película encontramos, sobre todo, un trabajo de producción que logra trasladar con un alto grado de verismo el momento histórico que retrata. Mendonça y su equipo logran realizar lo más difícil: darle textura a una época, lo que es especialmente meritorio en el caso de un tiempo tan reciente que chocará con la memoria de un espectador que acabará confrontándolo con su propio recuerdo.  

En el caso de ‘El agente secreto’, no solo cabe reseñar la labor de dirección de fotografía de Evgenia Alexandrova (en su segundo largo tras ‘Las chicas del balcón’, de Noémie Merlant), así como el equipo de arte, perfectamente engarzados en un trabajo pictórico muy coherente.

No hablamos solo de un vestuario, un atrezo o los decorados, que también, o de la elección de esas gamas de colores desvaídos que parecen sacadas de una película Kodak de los 70 (los que aún conserven fotografías de aquellos años sabrán a lo que me refiero); es un tono de piel que logra llevar a la pantalla el sudor de los cuerpos, la propia suciedad y la pobreza que corroe cada espacio interior, cada calle de la ciudad, tan elocuentes o más que el propio argumento de la película. Sin ese esfuerzo de construcción de texturas tan minucioso, ‘El agente secreto’ perdería bastantes enteros.

Un trabajo de equipo que, por otra parte, acabaría por imponerse si no fuera por una planificación y una apuesta en escena que logra convertir ese escenario de fondo, ese utillaje, en un paisaje netamente humano (si finalmente van a ver esta película, háganlo en su versión original), mapa que queda fijado gracias a una construcción de personajes muy mimada.

Fotograma de ‘El agente secreto’, de Kleber Mendonça Filho.

Mendonça, autor también del libreto de la película, dibuja unos caracteres que, en parte, responden al rol que les tiene asignado la trama (el héroe, el villano), pero eso no quiere decir que sean planos, es decir, que no tengan sus flaquezas y contradicciones. Mendonça esboza un mundo embebido por el miedo; y ese miedo se cuela en cada fotograma, en cada gesto o mirada, en las reacciones, miedo de donde procede esa tridimensionalidad de su propuesta, esa textura humana de la que hablábamos.

Ese cuerpo carnal, psicológico, permitirá soportar una estructura dramática que busca ese algo que la haga diferente, que trate de superar lo que realmente es, objetivo que, sin embargo, logra solo a medias.

Si atendemos simplemente a la propuesta, podríamos decir que Mendonça ha querido construir un artefacto que ponga ese paisaje humano por delante del propio drama que articula la película. Pero esa armadura dramática acaba abriendo demasiados huecos a lo largo de su desarrollo, dejando las expectativas del espectador en un extraño estado de suspenso. Encontramos aquí dos problemas.

Primero: de alguna manera, Mendonça está tan prendado de sus personajes y de esos espacios que retrata que no consigue desprenderse de ellos, lo que acaba dificultando el avance del argumento de la película, estirando la presentación de todo ello hasta más allá de la primera hora de una pieza que se acaba alargando hasta los 158 minutos.

Segundo: Mendonça tiene un misterio (¿quién persigue a Armando?, ¿por qué quieren matarlo?, ¿qué ha hecho?); el problema es que este misterio o enigma no refuerza una trama a la que le faltan una serie de elementos que le permita urdir los necesarios puntos de giro que mantengan la atención del espectador. Para sostener su artefacto, Mendonça amaga con esconder aquello que el público debería saber casi desde el inicio de la película, recurriendo a uno de los recursos más manidos del cine: el flashback.

Fotograma de ‘El agente secreto’, de Kleber Mendonça Filho.

De esta forma, Mendonça sustituye el verdadero drama por la dosificación de la información, revelando con cuentagotas aquello que no sabemos, cambiando la incógnita, el suspense, por la descripción. A ello hay que añadir dos tramas secundarias que no aportan demasiado al relato.

En una de ellas, Mendonça nos presenta a una serie de personajes que parecen querer apuntalar y dar volumen al conflicto de Armando, pero que, finalmente, no suman o, mejor, discurren en paralelo, sin que dialoguen entre sí. La segunda subtrama nos traería al tiempo presente.

Aquí, dos estudiantes universitarias preparan una tesis sobre la dictadura militar brasileña. A lo largo de esa investigación, una de ellas se encuentra con el caso de Armando. Mendonça busca algo frecuente en este tipo de proyectos (recordemos la cinta ‘Aún estoy aquí’, del también realizador brasileño Walter Salles, con una temática de fondo muy parecida): alertar al espectador sobre la importancia de no olvidar el pasado para que no vuelva a repetirse.

Pasado que ayudaría a la construcción de dos identidades: una nacional, social, de grupo; y la individual, la de cada individuo. Sin pasado no somos nada o estamos, de alguna forma, mutilados. Solo conociendo ese pasado podremos curar nuestras heridas.

El problema es que ambos elementos, si bien ocupan mucho tiempo en pantalla, entorpecen esa otra película que se va escribiendo de manea soterrada, incluso contra las intenciones del director, en la cabeza del público. Una película quizá más convencional, pero que habría sido dramáticamente más efectiva y que Mendonça elude.

Al final, cuando aparece el suspense, la cinta ya lleva más dos horas de metraje y al director no parece quedarle tiempo para desarrollar un desenlace que presenta de forma abrupta.

Eso afecta a la eficacia de todo el artefacto dramático, al conflicto de Armando y también al de aquellas personas cuya resolución afectará a su futuro. Todo se queda, así, en el aire, y aunque el elemento de identificación con los personajes funciona gracias a la simpatía que sentimos por ellos, no funciona tanto en relación a nuestra implicación en su peripecia.

‘El agente secreto’ se inscribiría dentro de un cine que podríamos considerar político. Ahora bien, esta pretensión se topa con un drama que, sacados ciertos elementos de la pantalla (Mendonça se esfuerza en subrayar la omnipresencia de la dictadura por una serie de retratos con los que termina buena parte de las escenas), se queda en un thriller cuya trama, en el fondo, nos remite al eterno conflicto de la venganza.

Sí, en la relación entre los personajes podemos ver un ejercicio de denuncia sobre los vínculos del poder. Pero esa trabazón con lo político se acaba alejando del nudo central de una película que es superada por la presencia de una serie de personajes secundarios que también tienen su carga simbólica (el jefe de policía corrupto, su grupo de secuaces), pero que acaban cayendo, por mor de una serie de reiteraciones, en la caricatura.

Incluso el propio conflicto que parece animar la película, revelados al fin los entresijos que lo sostienen, termina pareciendo demasiado endeble para todo lo que había empezado prometiendo.

‘El agente secreto’ es, en realidad, un thriller, pero Kleber Mendonça parece que se resiste a reconocérselo a sí mismo, y ahí creo que pierde lo mejor de su propuesta. En realidad, le habría bastado con reordenar ligeramente los elementos con los que juega, reforzando otros que le ayudaran a fijar su discurso (bastaría con que el empresario que persigue a Armando fuera un cargo relacionado directamente con el régimen, como hacía Salles en su película) y ya tendríamos un producto mucho más sólido.

En el camino, habría sido necesario un cierto ejercicio de concreción. Quizá se habría llevado por delante su buena media hora de metraje, pero sin duda habría jugado a su favor en el momento de ganarse la empatía de un espectador que, comprendiendo, se queda fuera del relato.