Vendrán los alienígenas y tendrán tus ojos. María Velasco. Teatre Rialto

#MAKMAEscena
‘Vendrán los alienígenas y tendrán tus ojos’
Autoría y dirección: María Velasco
Intérpretes: Maricel Álvarez y Carlos Beluga
Compañía: María Velasco y Ana Carrera / Pecado de Hybris
Producción: Nave 10 – Matadero Madrid & Pecado de Hybris (María Velasco y Ana Carrera)
Teatre Rialto
Plaza del Ayuntamiento 17, València
17 y 18 de enero de 2026

La ganadora del Premio Nacional de Literatura Dramática en 2024, María Velasco, ha presentado su último trabajo, ‘Vendrán los alienígenas y tendrán tus ojos’, en un abarrotado Teatre Rialto. En esta ocasión, se trata de un monólogo sobre las relaciones amorosas a partir de los 40. Sobre las tablas, la argentina Maricel Álvarez ha sostenido el texto acompañada de la música y el movimiento de Carlos Beluga.

La autoficción en el teatro goza de gran predicamento en nuestros días. En los talleres de dramaturgia y en los festivales de teatro, entre los creadores más jóvenes y con el público en general, la autoficción es un recurso que da muy buenos resultados. Antes se creaban ficciones que pareciesen reales y ahora se inventan realidades que parecen ficción. Y eso que el término no es una novedad en absoluto. Serge Doubrovsky lo usó por primera vez en 1977 en la contraportada de su novela ‘Fils’ y lo definió así: “La autoficción es una ficción de acontecimientos y de hechos estrictamente reales”.

Uno de los autores que más han utilizado la autoficción y que incluso se han atrevido a teorizar sobre ella ha sido el uruguayo Sergio Blanco. La define como “un cruce de relatos reales y ficticios en los que se establece un pacto de mentira, en contraposición al pacto de verdad de la autobiografía”. En su libro sobre este tema, hace un recorrido por autores de la talla de Sócrates y San Pablo, Santa Teresa, Montaigne, Rimbaud o Nietzsche. En un tiempo de solipsismo, de narcisismo y de individualidad exacerbada gracias a las lindezas neoliberales, la autoficción de María Velasco es el plan perfecto para una tarde de domingo.

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Muchos son los autores que han empleado la autoficción, desde la elevada a los altares Angélica Liddell hasta el enfant terrible de la escena (no tan enfant) Alberto Cortés, cada cual añadiéndoles matices más performativos o más poéticos. El mecanismo se basa normalmente en crear un doppelgänger escénico al que se atribuye parte de la vida del autor mezclado con pura ficción, filosofía y poesía en el mejor de los casos. Algunos dirán que todos los escritores hacen autoficción y, otros, que es imposible escribir sobre lo que no se conoce. Yo soy de esa opinión.

Estamos ante un monólogo que pone en el centro la imposibilidad de encontrar el amor pasada la juventud, sobre todo en una sociedad que nos impone estar en la veintena indefinidamente. “He cumplido los 40 y estoy empezando a dejar de ser fotogénica”, dice entre sollozos la protagonista. “La señora que llevo a cuestas es como un trasplante que mi alma y mi cuerpo rechazan”.

El texto en boca de la actriz Maricel Álvarez (que se dio a conocer para el gran público en la película ‘Biutiful’ de González Iñárritu) pasa del patetismo a la exaltación, del sopor a la emoción. No estamos preparados para envejecer, no hay un manual ni referentes y dejar de sentirse atraído por otros humanos es una tragedia a la que uno no termina de acostumbrarse del todo. Se trata de un drama que parece superfluo pero que en nuestro primer mundo, puede causar depresión y otros problemas graves de salud mental.

Pero la obra no ha hecho más que arrancar y la puesta en escena, siempre con el monólogo defendido por Álvarez como columna central, estará salpicada de momentos más puramente escénicos, casi siempre aportados por Carlos Beluga. Él es el encargado de poner el teatro físico y pinceladas sobresalientes de danza. El arranque con el baile al son de ‘Space oddity’, de David Bowie (sus 5’15” de duración, de principio a fin), no deja de sorprender por su apropiación y atrevimiento. A los más talibanes de la escena siempre nos hace levantar una ceja el hecho de darle tranquilamente al play para que suene un musicón, por lo que esto tiene de resultón y efectista.

Los que también nos dedicamos al audiovisual sabemos que la banda sonora se lleva el poder del 70 % de una imagen creada. No se puede dejar de mencionar las dos canciones de Manuel Alejandro que se marca Beluga. Con la guitarra acústica y con la eléctrica, hace suyos dos temas que conocimos respectivamente a través de Bambino y Massiel (‘Se me va’ y ‘El amor’). De verso a verso, el intérprete nos hace pasar de la risa al éxtasis, de la vergüenza ajena y a las lágrimas.

Los momentos musicales sirven de contrapunto a la verborrea de la protagonista, que refiere sus relaciones pasadas, las presentes, las apps de citas, los consejos de su padre… En el texto no dejamos de encontrar algunos lugares comunes como el porno codificado de Canal+ en los 90 o la teoría de los seis grados de separación. Salpicado con algunas frases poéticas, el texto no tiene nada que no hayamos oído antes, ni el enfoque ni los chistes, pero no por eso deja de funcionar y encandilar a un público que permanece con la sonrisa en los labios y la carcajada en el momento oportuno.

La calidad del texto es indudable a pesar de que en esta obra no se acerca la mano al fuego. El panorama de sociedad que se nos está quedando es bastante desolador y, quizás por eso, es mejor refugiarse en lugares reconocibles. O, si no, confiar en los alienígenas.

En un mundo de individualismos en el que cada cual tiene derecho a su autoficción, todos queremos ser protagonistas y cada vez nos importa menos lo que le pase al vecino. Queremos poder amarnos a nosotros mismos y que alguien nos ame también, aunque sea para no ver Netflix en soledad. El bucle autopoiético llega al paroxismo cuando, al acabar la función, algunos se levantan para aplaudir y ser vistos, tomando el relevo en la escena, siendo, ahora sí, protagonistas ellos y solo ellos, de la tragicomedia de sus vidas.