Heras-Casado y la resiliente ‘Leningrado’ en Les Arts

‘Les Arts és Simfònic’| ‘Leningrado’, de Dmitri Shostakóvich
Dirección de Pablo Heras-Casado
Palau de les Arts
Av. del Professor López Piñero 1, València
Sábado 17 de octubre a las 20:00
Viernes 16 de octubre de 2020

El Palau de les Arts inicia su ciclo temático alrededor de la capacidad de resiliencia del ser humano con el concierto de la Orquestra de la Comunitat Valenciana que este sábado, 17 de octubre, dirige Pablo Heras-Casado, con la sinfonía ‘Leningrado’, de Shostakóvich.

Les Arts propone el inicio de su programación como un marco de reflexión sobre la capacidad de la especie humana para sobreponerse a la adversidad. “Una reivindicación, además, del papel de la cultura como foro de debate ante los retos que afronta el mundo después de la irrupción del coronavirus”, apunta Jesús Iglesias Noriega, director artístico de Les Arts.

Una idea que, según explica, vertebrará los primeros espectáculos de la temporada: “Desde la visión coreográfica de María Pagés en ‘Una oda al tiempo’, la sinfonía ‘Leningrado’ de Shostakóvich en nuestro primer concierto o el estreno en España de la ópera ‘Fin de partie’ de Kurtág, basada en la obra homónima de Beckett”.

Pablo Heras-Casado será el encargado de inaugurar ‘Les Arts és Simfònic’, que para la presente temporada reúne a algunas de las batutas de mayor prestigio del panorama internacional como los españoles Gustavo Gimeno, Juanjo Mena y el propio Heras-Casado, además de los italianos Daniele Gatti, Fabio Luisi y Antonello Manacorda.

Heras-Casado regresa al Auditori siete años después de su debut con la formación titular de Les Arts en febrero de 2013. En esta ocasión, dirige una de las obras cumbre del repertorio sinfónico del pasado siglo XX, la ‘Sinfonía Nº 7, en Do Mayor, op. 60 ‘Leningrado’’, de Dmitri Shostakóvich.

Partitura monumental, de suntuosa y compleja orquestación, Shostakóvich escribió la obra en 1941 durante el cerco del ejército nazi a Leningrado. El pianista y compositor quiso dedicar su séptima sinfonía a su ciudad natal y a sus gentes que resistieron durante más dos años de hambruna y confinamiento ante el asedio del ejército alemán.

La obra se estrenó en Kúibyshev, actual Samara, el 5 de marzo de 1942 mientras la población de Leningrado permanecía confinada ante el asedio de las tropas del III Reich. El concierto se retransmitió por radio a toda la Unión Soviética. Rápidamente, la sinfonía ‘Leningrado’ se erigiría como un símbolo de la lucha contra el fascismo además de un homenaje a la heroicidad de un pueblo que se negó a rendirse.

MAKMA

EL GRAN HOTEL BUDAPEST

Los cuentos de Anderson

El viajero que visita determinados enclaves de Centroeuropa o se dirige hacia el este, con frecuencia considera ese paisaje como escenario de un cuento. Las calles empedradas, las cúpulas bulbosas o la arquitectura Art Nouveau confieren cierta magia a esta clase de lugares. Wes Anderson no resulta ajeno a esa idea: recurrir a la ciudad sajona de Görlitz como localización principal en su última película, incentiva el halo de relato infantil que circunda esta historia de aventuras extremadamente vitalista y dinámica. No en vano, el narrador es un escritor que, a modo de cuentacuentos, refiere la etapa más gloriosa del prestigioso Gran Hotel Budapest de la República de Zubrowka, un ficticio país en la zona alpina. Con el espíritu del escritor austriaco Stefan Zweig sobrevolando la película, el argumento se centra en las tribulaciones del refinado Gustave (Ralph Fiennes), conserje del hotel, y Zero (Tony Revolori), su botones de confianza. Cuando la rica anciana Madame D. (Tilda Swinton) fallece, el conserje resulta el heredero de una importante pintura familiar que desata unas trágicas consecuencias en el contexto del advenimiento nazi.

Poseedora de una excelente dirección artística −las obras de los austriacos Schiele y Klimt son sólo una parte del detallismo extremo y obsesivo en interiores y exteriores−, El Gran Hotel Budapest demuestra, una vez más, la poderosa inventiva de Anderson, creador de una divertida coreografía de luces, colores, música, encuadres y diferentes formatos fílmicos. Los constantes cambios espaciotemporales, la velocidad de las acciones y diálogos, el enjambre de personajes y el abuso cromático dirigido hacia el barroquismo rosa –destaca la escena de la invasión nazi− acrecientan el artificio mucho más allá de lo visto en Los Tenenbaums, una familia de genios (The Royal Tenenbaums, 2001) y en Moonrise Kingdom (2012). La teatralidad de la postrera obra de Anderson resulta, precisamente, su mayor virtud: la variación lumínica en un mismo plano o la utilización de maquetas son ejemplos que confieren a la película un aire de irrealidad y fantasía que, de nuevo, persisten en el concepto de cuento. Pese al carácter risueño de toda la película, el Gran Budapest, con sus suntuosos pasillos, sus posteriores baños en ruina y sus huéspedes distinguidos pero ya extintos, alberga un romanticismo melancólico que recuerda, en algunos momentos y salvando las distancias, la obra capital de Thomas Mann, a la par que despierta en el espectador el deseo del viaje en el pretérito Orient Express y el descanso en aquel hotel decimonónico de Estambul a la espera del encuentro casual con algún hospedado insigne henchido de recuerdos.

Tere Cabello

Budapest1. Una de tantas maquetas para El Gran Hotel Budapest (Wes Anderson, 2014)

Budapest1. Una de tantas maquetas para El Gran Hotel Budapest (Wes Anderson, 2014)