Clint Eastwood, la masculinidad extemporánea

#EfeméridesMAKMA
En el 90 cumpleaños de Clint Eastwood
Imagen de portada: MAKMA diseña
Domingo 31 de mayo de 2020

Hay muchas maneras de encarar el cine de Clint Eastwood, siendo la más común aquella que o bien lo exalta, poniendo el énfasis en la atracción que ejercen sus personajes más violentos, en tanto vienen a poner a raya cierta maldad que nos enerva, o bien la contraria, caracterizada por denostar la actitud machista de sus personajes, en películas que vendrían a rezumar el aire contaminado del matón que las protagoniza. Son, en el fondo, la misma manera de perder de vista lo que gran parte de su cine destila: la dificultad del ser humano para encontrar un sentido a la existencia, allí donde ésta se descubre habitada por una violencia que nos desconcierta.

Fotograma de ‘El bueno, el feo y el malo’, de Sergio Leone.

Si bien es cierto que en sus primeras películas, sobre todo las que protagonizó bajo la dirección de Sergio Leone (‘Por un puñado de dólares’, ‘La muerte tenía un precio’ y ‘El bueno, el feo y el malo’) o aquellas otras más polémicas encarnando al duro detective Harry Callahan (‘Harry el sucio’, ‘Harry el ejecutor’, ‘Impacto súbito’ y ‘La lista negra’), Clint Eastwood mostraba el rostro impenetrable de quien se sabe amo de la violencia (“El mundo se divide en dos categorías: los que tienen el revólver cargado y los que cavan. Tú cavas”, dice en la que cierra la trilogía con Leone), lo cierto es que poco a poco ha ido puliendo esa roca dura para ofrecernos las aristas más complejas de esa actitud vital.

Son muchas las que vendrían a refrendar ese trayecto del sujeto enfrentado a la complejidad de la vida, caracterizada por la violencia del sexo y de la muerte, aunque bien pudieran bastar como ejemplos las siguientes: ‘El fuera de la ley’, ‘El aventurero de medianoche’, ‘Cazador blanco, corazón negro’, ‘Sin perdón’, ‘Los puentes de Madison’, ‘Mystic River’, ‘Million Dollar Baby’, ‘Gran Torino’ y ‘Mula’. En todas ellas, sin excepción, los sujetos que las protagonizan deberán afrontar lo real de la experiencia humana, que ya decimos gira en torno al sexo y la muerte, con el miedo y la determinación de quien libra una batalla consigo mismo de la que, salga o no victorioso, sabe que ha merecido la pena entablar.

Fotograma de ‘El aventurero de medianoche’, de Clint Eastwood.

¿Podríamos hablar, en estos casos, de sujetos heroicos? Sin duda, aunque para ello se haga necesario precisar en qué consiste esa heroicidad. En cualquiera de las películas antes mencionadas, y en otras cuantas omitidas para no hacer más extensa la nómina, por muy duras que sean las situaciones que deben encarar sus protagonistas, estos hacen gala de una energía que va más allá de su simple fortaleza física. En ‘El aventurero de medianoche’ (Honkytonk Man, 1982), por poner un ejemplo, el cantante de country Red Stovall, que sufre de tuberculosis, emprenderá un viaje a Nashville acompañado de su sobrino Whit, para una audición que representa su oportunidad de triunfar en la música. Sacando fuerzas de flaqueza, ya que la enfermedad le va consumiendo por dentro, Stovall grabará a duras penas un disco que viene a concentrar la energía vital que lega el tío a su sobrino.

En todo el cine del más maduro Clint Eastwood se repite esa travesía del sujeto por la inclemente vida. Su masculinidad, tan extemporánea dado el descrédito del que goza tan manoseado sustantivo, viene a ser sinónimo de coraje ante la muerte y de energía que trasciende los límites de lo soportable. Allí donde, como apunta el filósofo Fernando Savater con relación a la novela moderna, reina la desazón del hombre traicionado por todas las historias, Clint Eastwood ha levantado una serie de relatos en torno a lo contrario: la épica del sujeto confrontado a la verdad última del ser, que no es otra que aquella que le lleva a plantarle cara al sinsentido de la vida, saliendo victorioso por la dignidad con la que afronta su última derrota.

Fotograma de ‘Gran Torino’, de Clint Eastwood.

Así sucede, por ejemplo, en ‘Gran Torino’ (2008), donde el anciano Walt Kowalski se enfrentará a la violencia que protagonizan una serie de bandas asiáticas, en perpetua lucha tribal, para ir dejando huella en el joven y pacífico Thao, cuya no violencia le sirve de bien poco en ambiente tan extremo de mortífera rivalidad. Solo el sacrificio, al igual que sucediera en ‘El aventurero de medianoche’, del sujeto al límite de sus posibilidades, terminará abriendo un horizonte de sentido a modo de legado tras la muerte.

Fotograma de ‘El fuera de la ley’, de Clint Eastwood.

Como dice Josey Wales en ‘El fuera de la ley’ (The Outlaw Josey Wales, 1976), “morir no es forma de vivir”. De ahí que el cine de Clint Eastwood, aunque caracterizado por la violencia que imprime la constante muerte, sea un cine vital, por cuanto coloca en el centro de la escena tan letal presencia, para mostrarnos la energía con la que sus protagonistas la encaran. Su masculinidad si está reñida con algo no es tan solo con la feminidad que se le resiste, y que en sus películas deja un rastro engañoso de misoginia, sino con la muerte que pone a prueba la fortaleza que poco a poco vamos perdiendo.

El cine de Clint Eastwood, cuyos 90 años recién cumplidos van acotando el cierre de su filmografía, se halla atravesado por esa extemporánea masculinidad con la que el director de Carmel (California) afronta la violencia, el sexo y la muerte. “Cuando matas a alguien no solo le quitas todo lo que tiene, sino también lo que podría llegar a tener”, dice Will Munny en ‘Sin perdón’ (The Unforgiven, 1992). Esa conciencia de la muerte, que los seres humanos olvidamos para poder vivir, es de la que se hace cargo Clint Eastwood en sus películas. Una conciencia que, en su caso, he ahí la rotundidad de su producción artística, remueve las nuestras si queremos correr el riesgo de sentir una verdadera experiencia vital.

Imagen: MAKMA diseña

Salva Torres

Toni Canet fallece a tres días de ser homenajeado

Premis de l’Audiovisual Valenciano
Premio de Honor a Toni Canet, a título póstumo
Martes 13 de noviembre de 2018

El cineasta valenciano Toni Canet, autor de películas como ‘Amanece como puedas’ o ‘La camisa de la serpiente’, ha fallecido este martes 13 de noviembre a los 65 años de edad, un día después de que la Conselleria de Cultura anunciara que le habían otorgado el premio de honor de los Premios del Audiovisual Valenciano, según informa EFE.

El director, productor y guionista valenciano recibirá el próximo viernes 16, a título póstumo, este galardón durante la gala de la primera edición de estos Premios del Audiovisual Valenciano, en un acto en el que se le ofrecerá un homenaje, informaron fuentes de la Generalitat.

Amanece como puedas, de Toni Canet.

Amanece como puedas, de Toni Canet.

El director adjunto de Audiovisuales y Cinematografía del Instituto Valenciano de CUltura (IVC), José Luis Moreno, señaló, durante el acto de presentación de los premios audiovisuales justo un día antes de su fallecimiento, que Canet se llevaba el premio «por sus treinta años de trayectoria y por ser uno de los pioneros de las series documentales y de ficción cuando nació la televisión valenciana».

El conseller de Educación, Investigación, Cultura y Deporte, Vicent Marzà, justificaba la distinción aseverando que Toni Canet «siempre ha roto esquemas con sus trabajos audiovisuales». «La trayectoria del director, guionista y productor está avalada por títulos imprescindibles del cine valenciano», subrayó.

Desde que dirigiera y escribiera ‘Amanece como puedas’ (1988), Toni Canet (Llutxent, 1953) ha trabajado en películas como ‘La camisa de la serpiente’ (1996), en la que fue director; o en documentales de éxito como ‘Las alas de la vida’ (2006), en el que fue director y guionista y con el que ganó el premio del Festival de Cine de Valladolid.

Tras realizar estudios de arte dramático, Canet creó en 1984 la productora Doll d’Estels, con la que produjo y realizó diversos documentales y anuncios publicitarios para televisión.

Toni Canet

El cineasta valenciano Toni Canet

Las decadencias visuales de Kolo en Hygiene

‘EXPO KOLO’, de Kolo
Hygiene Centro de Operaciones Artísticas
Pintor Domingo 18 bajo, Valencia
Del 12 al 31 de mayo de 2018
Inaguración: sábado 12 de mayo a las 19:00

Una vez más, Kolo nos sorprende con una colección de creaciones que aúnan su maestría en el trazo, sencillo y contundente, con esa vida interior propia, rica en vivencias, anécdotas y emociones.

Se trata de un conjunto de obras realizadas entre 2017 y 2018 con distintas técnicas, donde el juego del color adquiere protagonismo para reflejar ambientes urbanos en apariencia vistosos, pero que dejan en el observador un regusto amargo de decadencia. Aquí reside la maestría del autor, capaz de aunar ambas percepciones con abrumadora eficacia.

Imagen de una de las obras que forman parte de 'EXPO KOLO', del artista Kolo. Fotografía cortesía del artista.

Imagen de una de las obras que forman parte de ‘EXPO KOLO’, del artista Kolo. Fotografía cortesía del autor.

Los personajes de esta colección muestran rostros heridos, de miradas perdidas hacia dentro, rostros que invitan a pensar, a ahondar en la causa del dolor, y uno podría permanecer horas frente a ellos, adentrándose en estos mundos recubiertos por una capa de superficialidad que dulcifica sus particulares tragedias.

Y lo que trasluce en todos ellos es su soledad en el gran collage de la sociedad. Amores artificiales, corazones rotos, tristes caperucitas que se preguntan por dónde andará su lobo, mujeres quedas, detenidas en la ausencia de esperanza, y el terrible miedo al folio en blanco, a la vida en blanco, a la inexistencia antes y después de la muerte.

Resulta difícil permanecer impasible ante el zarpazo de realidad al que nos somete Kolo, con aparente inocencia. El visitante no saldrá indemne; pero ahí reside el arte y este es el mérito del artista, su capacidad de agitar lo que estaba dormido o en coma.

Una deliciosa e inolvidable experiencia.

Imagen de una de las obras que forman parte de 'EXPO KOLO', del artista Kolo. Fotografía cortesía del artista.

Imagen de una de las obras que forman parte de ‘EXPO KOLO’, del artista Kolo. Fotografía cortesía del autor.

La exposición se inaugura en Hygiene Centro de Operaciones Artísticas el sábado 12 de mayo, a las 19:00, y basta mirar el programa para adivinar que el acto será una fiesta:

Lectura poética a cargo de Alex Badal, con Monty a la guitarra.
Comedia teatral de Vicente Marco que actuará junto a Dolores García.
Y acompañando ambos microeventos, la ‘PINTURA EN VIVO’ de Kolo.

¿Se puede pedir más?

Sí. Se puede pedir un rosadito fresquito, que en este caso correrá a cargo del GRUPO COVIÑAS, completando un acto al que no puedes faltar.

Imagen de una de las obras que forman parte de 'EXPO KOLO', del artista Kolo. Fotografía cortesía del artista.

Imagen de una de las obras que forman parte de ‘EXPO KOLO’, del artista Kolo. Fotografía cortesía del autor.

 

 

Un Leviatán escénico llamado Josep Maria Pou

‘Moby Dick’, de Andrés Lima
Una producción de Focus
Con Josep Maria Pou, Jacob Torres y Oscar Kapoya
Teatro Principal de València
Hasta el 22 de abril de 2018

El Teatro Principal de València acoge, hasta el próximo domingo 22 de abril de 2018, la representación de ‘Moby Dick’, dirigida por el animalario Andrés Lima a partir de una adaptación, a cargo del dramaturgo Juan Cavestany, del excelso título homónimo de Herman Melville, cuyo elenco abandera Josep Maria Pou, en compañía de los actores Jacob torres y Oscar Kapoya.

Asentada en el acervo popular, gracias en gran medida a la prosaica maestría de John Huston y Ray Bardbury –y a un lincolnizado Gregroy Peck–, ‘Moby-Dick’ ha sido objeto impenitente de las más diversas aproximaciones escénicas y cinematográficas, erigidas, en su mayoría, en un relato que atiende a la convulsa acción sobre las tablas de un bergantín gobernado por los delirios de su capitán, en obsesiva búsqueda y persecución de la gran ballena blanca para consumar su particular venganza.

Sin embargo, la onerosa novela de Melville –un experimental e incomprendido desafío narrativo para los cenáculos literarios decimonónicos, cuya agostada primera edición supuso el precipitado ocaso del escritor neoyorkino–, encierra, allende los profusos tecnicismos acerca de la caza de cetáceos misticetos, la enarbolación de una extrema y enardecida forma polifónica de ser/estar en el mundo, instigada por los designios coléricos de un personaje capital en el vasto relato diegético de la alta literatura.

Josep Maria Pou, como el Capitán Ahab, durante un instante de la representación de ‘Moby Dick’, de Andrés Lima. Fotografía cortesía del Teatro Principal de València.

Josep Maria Pou, como el Capitán Ahab, durante un instante de la representación de ‘Moby Dick’, de Andrés Lima. Fotografía cortesía del Teatro Principal de València.

Ineludible debía ser, por tanto, que Juan Cavestany emprendiera su travesía “a través de lo inmenso, de la gran incertidumbre (…) en busca de su elixir” y rezumar de entre sus bíblicas páginas, henchidas de digresiones, el raquis simbólico y metafísico de la turbulenta odisea de la destrucción del Pequod y, por ende, de la deriva psicológica de ese turbio Ulises llamado Ahab, cuya existencia cobra sentido último en su perturbadora porfía con lo mitológico, con ese Leviatán que trató de devorar al profeta Jonás, un ser que habita en el mundo ignoto de las alucinaciones.

Tal y como reflexiona su director, Andrés Lima, “el carácter mítico de Ahab (…) nos brinda la cara oscura del hombre y, a la vez, su caza, su rebelión contra la naturaleza es heroica y nos hace pensar que somos capaces de todo. Para lo bueno y para lo malo”.

Y si sobre las crispadas enajenaciones del Capitán Ahab debía recaer el curso de este ‘Moby Dick’, no cabe ya imaginar a otro ser escénico que no sea Josep Maria Pou, excelsamente entregado a la compleja prosodia de su personaje, tal vez una oportuna condensación de maestrías anteriores, habiendo cumplido de un modo mirífico con la edificación de caracteres como el Rey Lear, la oronda e inabarcable figura de Orson Welles o la mayéutica envenenada de Sócrates.

Oscar Kapoya, Josep Maria Pou y Jacob Torres durante un instante de la representación de ‘Moby Dick’, de Andrés Lima. Fotografía cortesía del Teatro Principal de València.

Oscar Kapoya, Josep Maria Pou y Jacob Torres durante un instante de la representación de ‘Moby Dick’, de Andrés Lima. Fotografía cortesía del Teatro Principal de València.

Pou se eleva sobre la prótesis de la pierna siniestra y se enfunda un largo peacoat para despertar al capitán del sueño ancestral de su propio deceso y adentrarse en la vigilia inestable de la roda de proa, cortando las aguas con el canto afilado y profético de la alucinación, huyendo del naturalismo y respirando impelidos soliloquios shakesperianos camino de la muerte, como un sumo sacerdote que mesmeriza, con su abocado proselitismo, a esa ya desvalida nómina de esclavos, indígenas polinesios y despojados marineros, y conmociona al espectador, más que emociona (tal y como prefiere matizar el actor), con el personaje que más exigencias físicas y psicológicas le ha procurado, tras medio siglo de fértil trayectoria.

En esta densa tarea de elixires y condensaciones, equilibran a Josep Maria Pou las intachables intervenciones de Oscar Kapoya –hiperbólico y colonial Pip (un ‘Alabama boy’, cocinero y guardacostas), amén de arponero (¿Queequeg?), entre otros– y Jacob Torres –como Starbuck (un cuáquero pseudo-antagónico de Ahab, quien sedimenta pragmatismo entre la locura y la contienda) e Ismael, único tripulante superviviente del Pequod, narrador de las páginas de Melville y símbolo de huérfanos, parias sociales y exiliados).

Pou, Kapoya y Torres gobiernan el espacio, propicio para la alucinación, aportando elevada réplica a un sencillo pero muy eficaz trabajo escenográfico de Beatriz San Juan, que sitúa al público entre las armuras de babor y estribor, tras la quilla de proa, esbozando tan solo el esqueleto de ofensiva del Pequod, frente a la que se adivinan las marejadas oceánicas, gracias a un atinada extremidad multimedia gestada por la video creación de Miquel Àngel Raió y Francesc Sitges-sardà, el espacio sonoro de Jaume Manresa o la iluminación de Valentín Álvarez; elementos técnicos que, junto a la grabación del Coro de voces graves de Madrid y el Coro de jóvenes de la Comunidad de Madrid, concluyen rubricando una adaptación virulenta, lacerante e impecable.

Josep Maria Pou, como el Capitán Ahab, flanqueado por los actores Oscar Kapoya y Jacob Torres, durante un instante de la representación de 'Moby Dick', de Andrés Lima. Fotografía cortesía del Teatro Principal de València.

Josep Maria Pou, como el Capitán Ahab, flanqueado por los actores Oscar Kapoya y Jacob Torres, durante un instante de la representación de ‘Moby Dick’, de Andrés Lima. Fotografía cortesía del Teatro Principal de València.

Jose Ramón Alarcón

 

 

 

 

 

Louisa Holecz o la inevitabilidad de la muerte

‘Out of Body’, de Louisa Holecz
Galería Librería La Casa Amarilla
Paseo de Sagasta 72, local 3, Zaragoza
Del 17 de abril al 2 de junio de 2018
Inauguración: martes 17 de abril a las 20:00

La secuencia de pinturas y esculturas que Louisa Holecz (Londres, 1971. Reside en Zaragoza desde el año 2000) expone en La Casa Amarilla, con el título de ‘Out of Body’, evidencia, en su fidelidad a determinados temas, la que considera es una de las funciones del arte, sino la principal: hacernos conscientes de la inevitabilidad de la muerte.

Louisa Holecz pinta cuerpos que escapan, escenarios de tránsito e intermedios, intentando hacer visible lo que excede  toda visibilidad. Por eso sus imágenes son turbadoras e inquietantes. El arte es presagio y su enigma no ha de ser descifrado.

Imagen de la obra 'Interval –for Jacqueline du Pré–', de Louisa Holecz, presente en la exposición 'Out of body'. Fotografía cortesía de La Casa Amarilla.

Imagen de la obra ‘Interval –for Jacqueline du Pré–’, de Louisa Holecz, presente en la exposición ‘Out of body’. Fotografía cortesía de La Casa Amarilla.

«Una venda sobre los ojos, una venda muy ceñida, cosida sobre el ojo, cayendo inexorable como postigo de hierro desplomándose sobre ventana.
Pero es con su venda con lo que ve.
Es con todo su cosido con lo que descose, con lo que vuelve a coser, con su carencia con lo que posee, con lo que toma».
(Henry Michaux, ‘La vida en pliegues’)

Cuando el compositor Edward Elgar salió de la anestesia tras ser operado en 1918, pidió lápiz y papel. Lo que escribió fue el primer tema del ‘Concierto para violonchelo en mi menor Op. 85’, que terminó durante el periodo de recuperación en Brinkwells, una casa apartada cerca de Fittleworth, en Sussex. El concierto inauguró la temporada 1919-1920 de la Orquesta Sinfónica de Londres, el 27 de octubre de 1919, sin éxito. Nadie comprendió el tono contemplativo y elegiaco de su nueva música. Hasta que la violonchelista Jacqueline du Pré la interpretó con la Orquesta Sinfónica de Londres bajo la dirección de John Barbirolli, en 1965.

Ahora, Louisa Holecz pinta el escenario vacío de la orquesta para Du Pré, arrancada de la música por la enfermedad que le fue diagnosticada en 1973, cuando tenía 28 años. ‘Interval’ titula Holecz su cuadro, en alusión al intermedio durante el que Du Pré hubo de reconstruirse. Una tarea complicada de explicar, según confesó al realizador Christopher Nupen, «porque después de haber estado tanto tiempo haciendo algo que me gustaba, es difícil reconstruir algo que me parezca que valga la pena. Así que ese ha sido mi trabajo; la reconstrucción». Solo quedaba esperar la muerte, que llegó en 1987.

Lo que nos crea problemas no es la muerte, sino el saber de la muerte, afirmó Norbert Elias. Louisa Holecz la pinta. Pero, cómo pintar un cuerpo que escapa y que lo hace de tantas maneras, se preguntó Gilles Deleuze: mientras dormimos, durante el vómito y el grito; o tras una operación, de la que una persona sale como si hubiera tocado el límite de la vida. Un límite al que, quizás, Elgar quiso poner música; el mismo que Louisa Holecz aspira a pintar. Pero insistimos con Deleuze, cómo hacerlo, cómo hacer visible lo que excede toda visibilidad, que eso es el impulso, el esfuerzo a través del cual el cuerpo tiende a escaparse. Según la definición de Julia Kristeva, lo abyecto es expulsar, es aquello de lo que debo deshacerme a fin de ser un yo, y lo que ese yo primordial expulsa, considera Hal Foster, es una sustancia fantasmal tan extraordinariamente próxima al sujeto que motiva su pánico; no en vano el sujeto de abyección es el cadáver.

Imagen de la obra 'Torre clandestina', de Louisa Holecz, presente en la exposición 'Out of body'. Fotografía cortesía de La Casa Amarilla.

Imagen de la obra ‘Torre clandestina’, de Louisa Holecz, presente en la exposición ‘Out of body’. Fotografía cortesía de La Casa Amarilla.

Entre las direcciones que ha tomado el arte de lo abyecto, Foster señala dos: la primera consiste en identificarse con lo abyecto, sondar la herida del trauma, tocar la obscena mirada-objeto de lo real; y la segunda, representar la condición de la abyección para aprehenderla en el acto. Louisa Holecz elige ambas direcciones. Con la pintura decide sondar la herida, mostrándola a la mirada de quienes se sitúan ante ella, y no duda en representar la acción misma de la abyección.

Louisa Holecz pinta imágenes que desfiguran la figuración, turbadoras e inquietantes; imágenes reales que lanza a la invención; imágenes que dialogan con la muerte; imágenes de pesadilla que ponen rostro al miedo, experimentándolo; imágenes, en definitiva, que siguen el consejo de Sacher- Masoch: «Hay que pasar de la figura viva al problema». Sobra la narración, no hay narración en las imágenes pintadas de Louisa Holecz. El arte es presagio y su enigma no ha de ser descifrado, porque si algo hemos aprendido es que la función del arte no es la de distraernos del sufrimiento, aliviarnos y ofrecernos consuelo. Lo anunció Apollinaire en 1917, un año antes de que Elgar compusiera su nueva música elegiaca que Du Pré entendió como nadie podía hacerlo. Solo ella sería capaz.

‘Out of Body’ titula Louisa Holecz su exposición en La Casa Amarilla. La imagen pintada de su rostro con los ojos cubiertos como por un manto de nieve, que diría Kracauer, persevera en el aura de las primeras fotografías que desafían el tiempo en su propósito de perdurar, ajenas a la sentencia futura de Roland Barthes, para quien la fotografía es siempre una catástrofe. Salir de lo oscuro fue el deseo de los primeros fotógrafos y del eremita Filoteo el Sinaíta o Filoteo de Batos, que inventó, según cuenta Georges Didi-Huberman, el verbo «fotografiar» un mediodía, entre los siglos IX y XII, tras mirar el sol durante demasiado tiempo. Su obsesión era transformarse en una imagen. La experiencia así concebida, analiza Didi-Huberman, solo pretendía expulsar las imágenes, es decir, acceder por renunciación a la luz, sin forma ni figura, a la luz que nos ciega y ante la cual solemos velarnos la cara, una luz con la que ver equivaldría a no ver ya nada.

En el ensayo ‘La chambre claire’, escrito durante el duelo por la muerte de su madre, Barthes anota que la luz es una especie de cordón umbilical que une el cuerpo de la persona fotografiada con la mirada de quien la contempla. «Lanza tu cordón umbilical, para que pueda escalar de regreso», escribió Kurt Cobain. Algo así pinta Louisa Holecz en ‘Still’, el cuadro que cierra la exposición. El del doble, principio biogenético que se corresponde con la reproducción, es uno de los mitos universales que nos invita a pensar con Edgar Morin que «el momento de la muerte es el de la duplicación imaginaria». Al hombre que inventó el verbo «fotografiar», dice Didi-Huberman, le hubiera gustado no cerrar nunca los ojos. Los cerró un instante, al nacer, y los mantendría bien abiertos ante el sol en su muerte. En el fondo, esperaba abandonar su cuerpo.

Imagen de la obra 'Máscara', de Louisa Holecz, presente en la exposición 'Out of Body'. Fotografía cortesía de La Casa Amarilla.

Imagen de la obra ‘Máscara’, de Louisa Holecz, presente en la exposición ‘Out of Body’. Fotografía cortesía de La Casa Amarilla.

Chus Tudelilla

 

Óbitos y variedades nocturnas para el noveno Canibaal

‘Muerte y Cabaret’, 9º número de la revista Canibaal
Sporting Club Russafa
Sevilla 5, Valencia
Presentación: jueves 28 de diciembre de 2017, a las 20h

La revista valenciana Canibaal (Revista de Arte, Literatura y Filosofía del colmillo) presenta su noveno número el jueves 28 de diciembre de 2017, dedicado, en esta ocasión, a una sugerente doble temática: ‘Muerte y Cabaret’. La presentación tendrá lugar en el Sporting Club Russafa de Valencia (calle Sevilla, 5), situado en el barrio de Ruzafa. El acto dará comienzo a las 20h y contará con la actuación del trío musical Salami Púrpura, quienes ofrecerán una singular aproximación a la heterodoxa noción de “micro-zazuela-contemporánea”.

Ouka Leele (imagen de cubierta), Aldo Alcota, Curro Canavese, Enfero Carulo, Ana Elena Pena o Julio Soler son solo algunos de los 30 colaboradores (artistas plásticos, fotógrafos, pensadores, poetas y escritores) que han participado en un número en papel que consta de 88 páginas y que, como resulta habitual en la idiosincrasia morfológica de Canibaal, ofrece un nuevo formato.

Canibaal. Makma

En ‘Muerte y Cabaret’ se ha reflexionado de forma interdisciplinar sobre conceptos  como vanguardia, cabaret, literatura y arte, abordando contenidos que tienen la muerte como principal motivo y, finalmente, sobre algunas de las inquietantes intersecciones clásicas entre ambos temas: Cabaret Voltaire, Olga Poliakoff, las Ramblas de Ocaña, Camilo y Nazario, el necroturismo literario, etc.

Se consagra la polémica sección de crítica del delegado en España de FIPRESCI, Oscar Peyrou, sobre películas que no ha visto, el ensayo, la poesía y los ecos que el doble leitmotiv del número suscita en los ámbitos artístico, literario, musical y cinematográfico, así como la sección de pensamiento, con reflexiones sobre el suicidio.

Ocaña, Camilo y Nazario transitan por las Ramblas canibaales en un fotograma de 'Ocaña, retrato intermitente' (Ventura Pons, 1978). Fotografía cortesía de la revista.

Ocaña, Camilo y Nazario transitan por las Ramblas canibaales en un fotograma de ‘Ocaña, retrato intermitente’ (Ventura Pons, 1978). Fotografía cortesía de la revista.

 

 

 

En busca de una muerte digna

La chica desconocida (La fille inconnue), de Jean-Pierre y Luc Dardenne
Con Adèle Haenel, Jérèmie Renier y Olivier Gourmet
Bélgica, 2016
Estreno: 3 de marzo de 2017

Todos sabemos, y a la vez ignoramos de manera consciente, que ciertos sucesos azarosos pueden malograr nuestra existencia. Sucesos azarosos que no sólo acechan el destino de los seres humanos, sino que son, en muchos de los relatos narrativos, el origen de la historia.

‘La chica desconocida’, la última película de los directores belgas conocidos como “los hermanos Dardenne”, comienza con una trágica contingencia: la llamada al timbre de la puerta de la consulta de la doctora Jenny Davin, por una muchacha negra. Una llamada que la doctora decide no contestar por producirse fuera del horario de atención al paciente. Una negativa que hace aflorar el sentimiento de culpabilidad en la doctora, al encontrarse poco tiempo después el cadáver de la chica negra que llamó aterrorizada a su consultorio pidiendo auxilio. Un sentimiento de culpabilidad que la doctora sólo podrá acallar si consigue enterrar dignamente a esta muchacha, cuyo nombre nadie parece conocer por estar ilegal.

Así, toda una cadena de sucesos azarosos se hilvanan en esta trama de ‘La chica desconocida’: la llamada, la negativa de responder y, como consecuencia, la muerte de la joven que título a la película.

Fotograma de 'La chica desconocida', de Jean-Pierre y Luc Dardenne.

Fotograma de ‘La chica desconocida’, de Jean-Pierre y Luc Dardenne.

Antígona

El suspense de ‘La chica desconocida’ no se centra en quién es el asesino -como suele ser habitual- sino en quién es la víctima.  De ese modo, la mirada de los Dardenne se focaliza en el lado ético y épico de la protagonista, la doctora Jenny Davin.

La doctora quiere averiguar cuál es el nombre de esa chica desconocida para inscribirlo en la lápida de la sepultura: quiere darle nombre a ese cadáver para que pueda ser recordada. No es un acto banal querer que el cadáver de un ser humano sea nombrado dignamente en su enterramiento, sino todo lo contrario, es un acto simbólico. Un acto simbólico porque consigue dar un sentido ético y humano a esa cadena de sucesos azarosos marcados por lo real de la violencia.

Fotograma de 'La chica desconocida'.

Fotograma de ‘La chica desconocida’, de Jean-Pierre y Luc Dardenne.

‘La chica desconocida’ es fiel, al igual que las anteriores películas de los Dardenne”, a los principios éticos que emanan de la obra del filósofo Lévinas, tal y como los propios directores reconocen. Unos principios éticos que en la obra de estos directores se sustentan con naturalidad, sin estridencias por parte de sus protagonistas femeninas. Mujeres con la honestidad y dignidad suficiente para sostener unos principios éticos, tanto en el ámbito público-laboral como privado-íntimo que en nuestra sociedad de un capitalismo neoliberal parecen anacrónicos.

El cine de los hermanos Dardenne es un cine ético. La doctora de ‘La chica desconocida’ no cometió un error legal, sino uno moral -de ahí su sentido de culpabilidad-. Un error que ella sabe que debe redimir averiguando de manera heroica el nombre de esa joven, para que deje de ser un cadáver anónimo e ilegal, y adquiera la dignidad de ser. Como señala Lévinas: “Soy amado, soy nombrado, luego soy”.

Fotograma de 'La chica desconocida'.

Fotograma de ‘La chica desconocida’, de Jean-Pierre y Luc Dardenne.

Begoña Siles

Más ‘Bodas de Sangre’ en Flumen

Bodas de sangre, de Jose Saiz
Teatro Flumen
C / Gregorio Gea, 15. Valencia
Del 22 de octubre al 20 de noviembre de 2016

El Teatro Flumen se viste de gala con los nuevos estrenos. Tras el éxito de ‘Bodas de Sangre’ la pasada temporada, repone este espectáculo producido por Teatro Flumen bajo la dirección de Jose Saiz. El reestreno oficial fue el jueves 27 de octubre y se mantendrá en cartel hasta el 20de noviembre. Por otro lado, el viernes 28 de octubre inauguró un nuevo espectáculo de Saga Producciones bajo la dirección igualmente de Jose Saiz, ‘Dulce Condena – Historia no oficial de Los Rodríguez’, que estará en el Flumen hasta el 19 de noviembre.

Bodas de sangre, de Jose Saiz. Imagen cortesía de Teatro Flumen.

Bodas de sangre, de Jose Saiz. Imagen cortesía de Teatro Flumen.

‘Bodas de Sangre’ nos cuenta la tragedia poética de Lorca al compás del flamenco más puro. Esto es lo que dice la sinopsis: «Un pueblo andaluz. Una boda. Dos familias enfrentadas. La novia sigue enamorada de su antiguo novio Leonardo. Una vez celebrada la ceremonia, se entrega a él y huyen juntos apasionadamente. El esposo abandonado los persigue y, cuando encuentra al amante de su mujer, lo desafía a un duelo de navajas».

El sentido trágico de la vida, la muerte y la violencia que acompaña a los hombres durante toda su vida, se va manifestando a través de los presagios y el dolor de la madre en la reposición de ‘Bodas de sangre’.

‘Dulce Condena – Historia no oficial de Los Rodríguez’ permitirá revivir los grandes éxitos de Los Rodríguez, en este homenaje teatralizado como nunca antes se había visto. El espectáculo cuenta de manera extra oficial la vida y obra de este grupo mítico.

Madrid 1990. Julián Infante y Ariel Rot deciden volver a unirse tras ‘Tequila’. Para ello cuentan con Germán Vilella a la batería y traen desde Argentina a Andrés Calamaro. ¡Qué mejor forma de empezar nuestra historia!

Bodas de sangre, de Jose Saiz. Imagen cortesía de Teatro Flumen.

Bodas de sangre, de Jose Saiz. Imagen cortesía de Teatro Flumen.

 

Lo bello y lo siniestro de Crajes

Crajes
Plastic Murs
C / Dénia, 45. Valencia
Hasta el 21 de octubre de 2016

‘Lo bello y lo siniestro’ es el título de un libro de Eugenio Trías que, para el caso que nos ocupa, viene que ni pintado. Arranca el texto con dos citas igualmente pertinentes. La primera, de Rilke, dice así: “Lo bello es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar”. La segunda, de Schelling, apunta: “Lo siniestro es aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado”. Crajes, sabiéndolo o no, sigue el rastro dejado por ambas citas en su exposición de la galería Plastic Murs. Y lo hace añadiendo otro aspecto primordial: el humor.

Con el humor o ironía a veces tierna y otras macabra, presente en sus trabajos en forma de adorables dibujos animados o escatológicos instantes amorosos, Crajes logra amortiguar lo siniestro haciéndolo soportable. Trías viene a decir que la repulsión que provoca lo siniestro, encuentra en el humor su antídoto: “Contracarga de placer opuesta a la sobrecarga de violencia con la que el sujeto reacciona al objeto que suscita en él el sentimiento de lo siniestro”.

Obra de Crajes. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Obra de Crajes. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Carla Rendón y Jessica Ruiz, es decir, Crajes, muestran lo femenino como objeto de esa doble experiencia en torno a su imagen: por un lado, la belleza que encandila, y que ambas artistas recrean de forma glamurosa, y, por otro, el cuerpo que asusta por su destilado de sangre y asociación letal con el esqueleto y la muerte. “Nos interesa la dualidad”, dicen. Romper con el estereotipo de la mujer bella de la que se nutre la publicidad, para que aflore su reverso oscuro como parte indisoluble de la propia mujer. “Lo femenino como concepto de belleza es algo muy vacío, por eso lo contraponemos con algo macabro”, explican estas jóvenes artistas.

De manera que el esqueleto, tan presente en su obra, les sirve para mostrar esa parte macabra de lo femenino, al tiempo que desembraga lo siniestro para que aparezca lo fantástico. “El esqueleto siempre lo asociamos con algo malo y es algo que tenemos dentro”, señalan, para remachar: “Lo bueno y lo malo están dentro de nosotros”. Crajes lo que hace es mantener “una conversación” entre ambos aspectos, sirviéndose en ocasiones de la imaginería religiosa cristiana. De ahí el ejemplo que ponen de María Magdalena y la Virgen María: “Socialmente siempre se entiende como la una o la otra”. Crajes ve ambos aspectos de lo femenino como partes indisociables de la mujer.

Obra de Crajes. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Obra de Crajes. Imagen cortesía de Plastic Murs.

El largo título de la exposición, ‘Accipite et manduca ex hoc omnes: hoc est enim corpus meum, quod pro vobis tradetur’, que remite a la eucaristía cristiana (Tomad y comed todos de él, este es mi cuerpo, que será entregado por todos vosotros), evoca también esa violencia que anida en lo humano desde tiempo inmemorial. Violencia sacralizada que, en el caso de Crajes, aflora desprovista de representación simbólica, para someterse a la pura ficción. “No queríamos sangre realista, sino artificial”, dicen con respecto a las lágrimas rojas de algunas de sus obras.

El rojo también lo asocian al universo del cineasta Stanley Kubrick, por el que sienten predilección. “Los óleos tienen composiciones de corte cinematográfico”, resaltan. Al igual que por Courbet, de quien hicieron una versión de su polémica obra ‘El origen del mundo’, y al igual que le sucedió al pintor también ellas sufrieron críticas ahora vía internet. “A raíz de aquello, ahora mostramos el sexo de forma más explícita”. Lo cual les lleva a manifestar cierta perplejidad: “Estamos insensibilizados ante imágenes hiperviolentas mostradas en los medios y luego ven sangre en una exposición y se escandalizan”. Como tampoco entienden el “tabú que todavía existe en torno a la sexualidad de la mujer”.

Obra de Crajes. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Obra de Crajes. Imagen cortesía de Plastic Murs.

La exposición también incluye algunos bordados (“es la primera vez”) y porcelanas con imágenes alusivas a esa sexualidad incomprendida. Crajes lo que hace es poner sobre el tapete esa incomprensión que, después de todo, remite al origen mismo de la vida. De manera que Carla Rendón y Jessica Ruiz utilizan el cuerpo femenino para rendir cuentas de esa dicotomía entre lo bello y lo siniestro, poniendo el acento en este último. “Es una exposición sobre la maldad humana”, concluyen. Una maldad diluida en ácido como agente provocador.

Obra de Crajes. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Obra de Crajes. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Salva Torres

‘La Mina’ que todo lo absorbe

La Mina, de Miguel Ángel Jiménez
Estreno en cines: viernes 29 de julio de 2016

El cineasta vasco Miguel Ángel Jiménez, director de películas tan bellas y dolorosas como Ori (2009) y Chaika (2012), ha rodado un thriller sobrecogedor que ha titulado La mina, una historia de familias marcadas por el amor de padres, hijos y hermanos contaminados por un entorno claustrofóbico.

«Cuando se vive en zonas muy desestructuradas económicamente en medio de una naturaleza que aísla a sus habitantes, los personajes solitarios chocan entre sí; todos anhelan tener en quién apoyarse, tener una familia que les sea fiel. Y algunos idealizan esa idea hasta llegar a hacer cosas terribles por conseguirlo», explicó el director.

Fotograma de 'La Mina', de Miguel Ángel Jiménez.

Fotograma de ‘La Mina’, de Miguel Ángel Jiménez.

La película, que se estrenó el 29 de julio, cuenta el regreso al hogar de un presidiario que dejó atrás una esposa y un hijo, quienes quedaron a cargo de su hermano pequeño, el pastor de la pequeña congregación en la que viven, secretamente enamorado de su cuñada.

El joven, que está decidido a recuperar a su familia, acepta un empleo de vigilante nocturno de la mina inactiva en la que murió su padre y que, durante años, hasta que se cerró, fue el sustento de todo el pueblo.

A pesar de que la mina real donde se rodó la cinta está situada en Asturias, en concreto, en Monsacro, en la Foz de Morcín, nadie discute que sus protagonistas viven y proceden de Kentucky, no solo por el parecido del entorno de ambas regiones, sino porque Jiménez ha sabido crear un ambiente inequívocamente estadounidense.

Cartel de 'La Mina', película de Miguel Ángel Jiménez.

Cartel de ‘La Mina’, película de Miguel Ángel Jiménez.

Rodada en inglés, con la mayoría de actores extranjeros que viven en España, y apoyada en una potente banda sonora creada e interpretada por el protagonista, el cantante country Matt Horan, líder de la banda Dead Bronco, la película recrea un momento atemporal de la vida de estos jóvenes, perdidos en el ostracismo de la rutina.

El director reconoció que desde el principio tuvo en mente la oscarizada cinta Winter’s Bone (2010), de Debra Granik, y que le sirvió de inspiración para «ambientar la granja con basura, la típica cama elástica y juguetes de los niños tirados por ahí», como reflejo de la deprimida vida del sur.

Fotograma de 'La Mina', de Miguel Ángel Jiménez.

Fotograma de ‘La Mina’, de Miguel Ángel Jiménez.