Las fotos de calle de Rodríguez Sansano

Sociedad Anónima, de Gabriel Rodríguez Sansano
Espacio 40
C / Puerto Rico, 40. Valencia
Inauguración: jueves 21 de enero, a las 20.00h
Hasta el 4 de marzo de 2016

Gabriel Rodríguez Sansano es franco-español, como tantos hijos de emigrantes españoles nacidos en Francia. Nació en 1969 en Marsella, donde se habían instalado sus padres en los años 60. Hace doce años, tras un cambio profesional, Gabriel decidió acercarse a la rama valenciana de su familia. Lo que no había previsto al llegar a Valencia fue que el cambio de vida también iba a provocar un cambio en sus pasiones. Con la luz del Turia, Gabriel se puso a fotografiar todo lo que consideraba bello y fotogénico: los monumentos, las ceremonias, y la gente que se dejaba fotografiar de buena gana.

Autodidacta en este arte su mirada se moldeó y sigue forjándose con el estudio de las obras de grandes maestros como: Cartier-Bresson, Doisneau, Erwitt… pero también con las lecturas de escritos y textos sobre fotografía. Aunque para Gabriel la base del progreso en esta disciplina es, sobre todo, la práctica diaria.

Exposición de Gabriel Rodríguez Sansano. Imagen cortesía de Espacio 40.

Exposición de Gabriel Rodríguez Sansano. Imagen cortesía de Espacio 40.

“Me considero un fotógrafo social, necesito que haya personas en escena”, dice. Así pues, el aficionado a la fotografía volvió a encontrarse de forma espontánea en medio de la multitud del 15M valenciano, concentrada en la Plaza del Ayuntamiento. Se puso a hacer fotos de la gente, del ambiente de revuelta pacífica popular en esos momentos históricos.

“La calle es como un teatro, donde ocurren pequeños grandes momentos de la vida”, afirma. En paralelo y de forma constante practica la ‘Street-Photography’ o foto callejera: hasta el punto que recorrer las calles sin destino preciso se convierte en una necesidad viral. Estar disponible y concentrado en su entorno es la esencia de este ejercicio fotográfico.

Imagen de Gabriel Rodríguez Sansano. Espacio 40.

Imagen de Gabriel Rodríguez Sansano. 

En 2012 Gabriel Rodríguez Sansano expuso sobre los indignados y el 15M en el Instituto Francés de Valencia con el título: Valencia Indignada. Ese mismo año publicó también un libro sobre el tema: ‘Fotografías del Movimiento 15 de Mayo de 2011′. Colabora con muchas plataformas y asociaciones ciudadanas, sus fotos han sido publicadas en numerosos periódicos de información impresos y digitales. Además ha participado en proyectos solidarios como subastas artísticas, libros…

Gabriel volvió a exponer en el año 2014 en el centro cultural alternativo Ca Revolta con el título: ¡A la calle!, referente a la analogía entre acabar “en el paro” y “salir a protestar” a la calle. Las obras expuestas en esa ocasión constituían un resumen de los últimos cuatro años de manifestaciones y protestas en Valencia, fruto de la crisis económica y social que sufre el país.

La presente muestra expone el trabajo de ‘Street- Photography’ de varios años de vagar por Valencia pero también en otras ciudades y pueblos. Es la primera vez que Gabriel presenta estas fotografías al público, siendo Espacio40-vinosdechile.es y el barrio de Ruzafa el lugar perfecto para ello. “Es importante para mí desarrollar y dar a conocer otras facetas de mi pasión, la fotografía. Es mi modo de expresión y creo tener mucho que aportar …”, concluye Sansano.

Sansano. Imagen cortesía de Espacio 40.

Fotografía de Gabriel Rodríguez Sansano. Imagen cortesía de Espacio 40.

Escif y la revolución de lo real

Escif. Todo lo que sobra
Falla Mossen Sorell – Corona
Marzo 2015, Valencia

La revolución de lo real

El tránsito del sistema dictatorial al modelo democrático ha supuesto que en el Estado español hayan convivido en el tiempo formas y comportamientos que han prolongado una determinada manera de entender la representación pública, así como su relación con la ciudadanía. La posición de vasallaje del individuo hacia sus representantes se pone de manifiesto cada vez que tiene lugar la escenificación del poder. Los coches oficiales, los escoltas, el despliegue de seguridad, la colisión de protocolos y toda una parafernalia inacabable que consume recursos, con el solo propósito de engrasar una ficción que adquiere la apariencia de normalidad a costa de una fórmula de repetición.
Con la fiesta de las Fallas en Valencia sucede algo similar, pues se ha pasado de la manifestación popular espontánea a un dispositivo instrumentado desde el poder político. El maximalismo, la sobredimensión y el exceso, característicos de la política municipal y autonómica valenciana en las dos últimas décadas, han estimulado el desenfreno también en el modo de entender las fallas, convertidas en “monumentos” desprovistos de contenidos significantes.

En el campo de las expresiones artísticas en el espacio público, se viene trabajando en la reconsideración del uso del arte en la ciudad, poniendo en cuestión la función ornamental o decorativa con la que el arte es empleado en tantas ocasiones. La faceta estética del arte no agota sus otras muchas posibilidades, más interesantes a mi parecer. La capacidad crítica y participativa del arte en el espacio público apela a una interpretación horizontal de la sociedad, con relaciones más naturales y menos regladas, contribuyendo al desarrollo de estímulos que activan en el individuo una progresión en la reconquista de la calle como lugar vertebrador de la comunidad. Ese proceso simbólico está conectado con la creciente necesidad que expresa la ciudadanía por recuperar el pulso con la realidad, saliendo del letargo de la opulencia falaz, para llevar a cabo un ejercicio de empoderamiento más participativo y menos autocrático.

La Falla Corona trabaja desde hace años para convertir el dispositivo fallero en una herramienta de experimentación cultural, huyendo de los estándares que parecen haber homologado estética y discursivamente las imágenes que cada año son devoradas por el fuego. Huir de la grandilocuencia y penetrar en los códigos de lo cotidiano no son tareas sencillas, cuando se piensa en el abigarramiento característico de las fallas. Sin duda se trata de un reto, que un artista urbano como Escif ha sabido formular con acierto. Los muros del centro histórico de Valencia le han visto crecer, mientras le sirven de bastidor para sus grafitis, cargados de mensajes en combustión, que buscan la complicidad del observador para hacer detonar las convenciones que durante demasiado tiempo han nublado el juicio de una mayoría. Pero a la vez que asistimos al final de esa época, Escif salta del muro para llevar a cabo una intervención que subvierte la estandarización fallera.

“Todo lo que sobra” pone en crisis el concepto de representación hegemónica, elimina los elementos centrales y rompe con la jerarquía del tamaño para llevarlo todo a una escala 1:1. Escif compone una narración realista que reconstruye el aspecto habitual del entorno a partir de materiales poco sofisticados como el cartón y la madera, que nos lleva al origen de las fallas. En la actualidad muchas calles, plazas e intersecciones son desalojadas de mobiliario urbano, de vehículos, semáforos y cualquier otro elemento que dificulte el uso del espacio público para el propósito de plantar las fallas, peatonalizando por unos días grandes áreas de la ciudad que habitualmente se encuentran subrogadas al tráfico rodado. Todo eso es lo que sobra, lo que se retira, para dejar disponible el espacio necesario en el que escenificar una catarsis anual de diversión autorizada. Pero en esta ocasión la falla pensada por Escif se arroga la responsabilidad de replicar los elementos retirados, con la intención de recomponer el aspecto cotidiano de este entorno, llevando a cabo el propósito de asemejarse a la realidad, mientras lo habitual es que las fallas se alejen de ésta para conducir al público por una experiencia espectacularizada. “Todo lo que sobra” es una réplica a la ciudadanía, una indicación que nos sugiere que recuperemos la iniciativa, que nos invita a pasar de la pasividad del que “mira” a la actitud del que “ve”. A veces son los pequeños gestos los que condensan la capacidad de transformarnos, y con ello extender cambios que nos revolucionan.

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Escif lleva a cabo en la Falla Corona un ejercicio de sensatez que deja en evidencia a todas esas epopeyas de poliespan disneyficado, que año tras año compiten por elevarse hacia equilibrios imposibles. Parece que ha llegado el momento de poner los pies en el suelo, la sociedad ha comenzado a mostrarse intolerante con los juegos de apariencias. Si es cierto que el fuego cumple la función de purificar y regenerar, Valencia –aunque solo sea en lo simbólico- deberá pronto arder para expiar sus excesos. De momento la Falla Corona ha comenzado por desprenderse de “todo lo que sobra”, invitando a deshacerse de los atributos inútiles para poder llegar mejor a la esencia de las cosas. Es frecuente que las ramas impidan ver el bosque, pero también sucede en ocasiones que las verdades fundamentales se muestran sencillas a los ojos de todos y es nuestro enrevesado entendimiento el que nos impide reconocerlas. En la sencillez reside no solo la belleza, sino también la inteligencia.

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José Luis Pérez Pont

Nota:
La versión popular del origen de las fallas dice que fueron iniciadas por el gremio de carpinteros. En la víspera del día de su patrón San José, quemaban en una hoguera purificadora, las virutas y todo lo que sobraba, haciendo limpieza de los talleres antes de entrar la primavera.

¿Como hacer una falla que no sea una falla, pero que si sea una falla? La propuesta consiste en reproducir aquellos elementos que “sobran” en el escenario habitual de una falla. Hacer una falla con todo lo que no es una falla, pero que irremediablemente forma parte de la transformación del paisaje urbano durante esta celebración; Tanto los elementos que han de quitarse para despejar el espacio, como aquellos que son accesorios al monumento fallero. Así pues, la falla consistirá en diferentes objetos copiados de la realidad, tales como una moto junto a la pared de Beneficiencia, un contenedor gris, una señal de tráfico, una rejilla de alcantarilla, dos coches aparcados en la plaza, dos cajas de petardos vacías, tres bicicletas con sus respectivos candados, tres bolardos negros, tres paquetes de tabaco, cuatro bolsas de snacks, cinco vallas de separación con sus respectivas publicidades, cinco chicles pegados, doce colillas, vasos rotos, muchos confetis,…

“Los 80 tuvieron mucha personalidad”

Abrir en caso de muerte, de Bel Carrasco
Carena Editors
Ámbito Cultural de El Corte Inglés
C/ Colón, 27. Valencia
Presentación: jueves 19 de febrero, a las 19.00h

“Los monumentos más importantes de una ciudad no son los que aparecen en las guías turísticas, sino los lugares donde sus habitantes viven sus primeros amores y desamores”. Es uno de los pensamientos que cruza por la mente del detective Samuel Campos mientras recorre Valencia de punta a punta en busca de unos fantasmas del pasado que se desvanecen nada más encontrarlos. Una bella y enigmática joven le ha encargado un caso muy distinto a los que suele ocuparse, y se entrega quizá demasiado a fondo a resolverlo. Por piedad por amor, o quizá por un larvado sentimiento de culpa. Con su tercera novela, ‘Abrir en caso de muerte’ (Carena Editors), la periodista Bel Carrasco dice que ha puesto una nota de color al género negro. “Amor, humor y un toque de fantasía”. El libro lo presenta Elena Casero el día 19 de febrero en Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Colón, a las 19 horas.

Bel Carrasco. Fotografía: Vicent Bosch.

Bel Carrasco. Fotografía: Vicent Bosch.

‘Abrir en caso de muerte’. ¿No le preocupa que ese título dé aprensión a los posibles lectores?

¡Qué va! La gente ya no se asusta de nada (risas). Lo que me preocupa no es que abran o dejen de abrir el libro, sino que lo cierren antes de terminarlo de leer.

La acción se sitúa en otoño en la Valencia de 1986. ¿Por qué esa ubicación tan concreta? 

El otoño es mi estación preferida y Valencia la ciudad que mejor conozco. En cuanto a la fecha, 1986, fue un año importante con la entrada en Europa y en cierta forma de modernidad. Los ochenta fueron nuestra década prodigiosa con veinte años de retraso respecto a la que se vivió en Europa y América. Además de su excelente cosecha musical, la historia la recordará como el arranque de la mejor época que ha vivido España. Al principio todavía existía ilusión por el cambio, aunque luego todo se convirtió en codicia con la cultura del pelotazo, y en eso todavía estamos. Como periodista de la delegación de un diario nacional en Barcelona, asistí en primera fila a cambios fundamentales que asentaron  la sociedad del bienestar y de las libertades individuales.

Si vivía entonces en Barcelona, ¿por qué ambientó su libro en Valencia? ¿Patriotismo costumbrista?

Nada de eso. Valencia merece un lugar en el mapa  literario, y no estar siempre eclipsada por Madrid y Barcelona. Tiene sus defectos, claro está,  es altamente ruidosa, indefinida entre la gran urbe y la capital provinciana. Pero ofrece contrastes muy interesantes, desde las mansiones y palacios del centro histórico a las alquerías de las pocas huertas que van quedando o la Ciudad de las Ciencias, aunque en ese espacio concreto nos ha traicionado el barroquismo y sobran edificios emblemáticos. En mi opinión bastarían L’Umbracle y L’Hemisfèric. Los demás se los regalaría a los chinos.

Portada de 'Abrir en caso de muerte', de Bel Carrasco. Carena Editors.

Portada de ‘Abrir en caso de muerte’, de Bel Carrasco. Carena Editors.

¿Samuel Campos, el detective protagonista es de tipo americano o europeo?

Ni lo uno ni lo otro. Es de tipo mediterráneo, aunque no se parece  a Carvalho o al comisario Montalbano. Samuel es un tío de lo más normal. Un chico de pueblo con ansias de triunfar en el mundo de la música que ve sus sueños truncados y acaba siendo detective casi por accidente. Me interesaba crear un detective próximo y familiar, no un súper héroe de sangre fría y nervios de acero, ni un dipsómano deprimido o una personalidad extravagante, que son los prototipos detectivescos que más abundan en la novela negra.

Un relato de intriga, una novela fantástica y ahora se pasa al género negro tan en boga. ¿En la variedad está el gusto?

Efectivamente. Las etiquetas son necesarias para orientar al lector, pero en realidad todas las historias son la misma historia. La de unos seres humanos que intentan sobrevivir mientras buscan inútilmente la felicidad. ¿Qué hace que unas se leen y otras no? Quien responda esa pregunta tendrá la llave del mayor tesoro.

¿Periodismo y literatura son dos oficios bien avenidos?

Bien avenidos sí, porque en ambos se usan palabras. Aparte de eso son muy diferentes. El periodismo es centrífugo, de urgencia y codificado al máximo en cuanto a espacio y tiempo. La literatura es centrípeta, reflexiva y sin limitaciones. De hecho puedes pasarte toda la vida escribiendo un solo libro o repitiendo una y otra vez la misma historia. Lo que aporta la experiencia periodística es cierta agilidad ante el texto, siempre que antes lo hayas pensado mucho. Hoy día la frontera entre periodismo y literatura es muy difusa y porosa. Hay novelas que son crónicas periodísticas y artículos de opinión que son ensayos.

¿Tiene algún proyecto entre manos?

Voy por la mitad de un relato fantástico próximo a la ciencia ficción. Me encanta imaginar mundos paralelos y poner nombres a lugares que no existen. La literatura fantástica exige mayor inversión imaginativa y te otorga una gran margen de libertad, por eso me gusta. Pero también te obliga a mayor autodisciplina para que no se te vaya la olla o se te crucen los cables.

¿Qué significa para usted escribir ficción?

Una terapia que ayuda a huir de los miedos y miserias cotidianas. Un acto de autodisciplina y comunicación que se ejecuta en soledad y silencio. Domar el potro salvaje de la imaginación para que otros puedan montarlo contigo, y viajar a un lugar maravilloso donde vivir aventuras extraordinarias sin que nada ni nadie pueda dañarte.

Bel Carrasco ha trabajado en ‘El País’, ‘Las Provincias’, ‘Levante’, ‘Cartelera Turia’ y otros medios valencianos. Desde hace más de 15 años colabora en ‘El Mundo’ de la Comunidad Valenciana en temas de sociedad y cultura. Tiene el blog Zoocity en la edición digital. También colabora con la revista digital de arte y cultura www.makma.net. ‘Abrir en caso de muerte’ es su tercera novela. Ha publicado ‘El relojero de Real’ (Ediciones Atlantis), ‘Las semillas del madomus’ (Versátil) y varios libros colectivos de relatos.

Bel Carrasco. Fotografía: Vicent Bosch.

Bel Carrasco. Fotografía: Vicent Bosch.

Vicente Chambó

Escario: espacios para la felicidad y la salud

La arquitectura de Antonio Escario, por Javier Domínguez
Colegio Territorial de Arquitectos de Valencia
Colegio Oficial de Arquitectos de Castilla La Mancha
Biblioteca TC

La arquitectura es una de las Bellas Artes, sin embargo lo artístico brilla por su ausencia en la mayor parte de las ciudades, ruidosos monumentos a la fealdad. Hay sin embargo héroes esforzados que luchan en el bando de la belleza, como el arquitecto Antonio Escario (Albacete, 1935) que ha dejado su impronta en edificios emblemáticos como La Pagoda, el Hotel Bali de Benidorm o la Facultad de Farmacia de la Universitat de València.

Escario se define como un arquitecto de acción. “Cada vez que hay que hacer un trabajo es para dar un servicio”, decía en una entrevista. “No concibo que se hagan esculturas para vivir, sino que de la consecuencia de lo que te pide la sociedad, tienes que dar el servicio y además sacar partido formal porque va a durar muchos años. Con ese planteamiento los proyectos te salen, por lo menos, vitalistas”.

Museo Arqueológico, Enológico y de Bellas Artes de Albacete, obra de Antonio Escario. Imagen cortesía de Javier Domínguez.

Museo Arqueológico, Enológico y de Bellas Artes de Albacete, obra de Antonio Escario. Imagen cortesía de Javier Domínguez.

Obra cumbre

Con motivo del nombramiento de Escario como Mestre Valencià d’Arquitectura en 2013, máxima distinción a la trayectoria profesional que concede el Colegio de Arquitectos, el también arquitecto que fue su discípulo, Javier Domínguez, ha publicado una monografía sobre su prolífica obra que resume cinco décadas de incansable actividad.

Merecen atención especial el Museo Arqueológico de Albacete y el Oratorio de San Felipe Neri, ópera prima del arquitecto, construida en 1963, cuando tenía sólo 28 años. Domínguez  la considera  su obra más relevante, expuesta en el Pabellón de España de la Bienal de Arquitectura de Venecia 2014 como uno de los ejemplos de la arquitectura española del siglo XX.

Javier Domínguez, autor del libro 'La arquitectura de Antonio Escario'. Imagen cortesía del autor.

Javier Domínguez, autor del libro ‘La arquitectura de Antonio Escario’. Imagen cortesía del autor.

“Los Filipenses es una obra magnífica que evoca referencias, como la capilla de Notre Dame-du Haut de Ronchamp (Corbu), o The Unitariam Church de Shorewood Hills (Wright). Inspirándose en Ronchamp, Escario concibe la techumbre como analogía del barco de la salvación judeo-cristiana. La envolvente asemeja un cascarón revestido de madera que flota sobre la nave y se distancia de los muros de mampostería laterales dejando entrever una fina rendija de luz”.

Escario se mantiene fiel a su concepto arquitectónico, «la  búsqueda constante de un espacio construido al servicio de la felicidad y la salud de las personas». Domínguez resalta «sus continuos aciertos tipológicos, su mimo en la austera concreción constructiva, y su capacidad para poner en valor un elemento tan natural y sostenible como el ladrillo, en la mejor tradición de la escuela holandesa».

Antonio Escario se adelantó a su tiempo y de ahí la presencia y actualidad de muchas de sus obras como el Museo Arqueológico, Etnológico y de Bellas Artes en Albacete, la Facultad de Farmacia de la Universitat de Valéncia (Premio Nacional de Arquitectura 1992) o el Hotel Bali en Benidorm, el más alto de Europa.

Detalle de la portada del libro 'La arquitectura de Antonio Escario', de Javier Domínguez. Cortesía del autor.

Detalle de la portada del libro ‘La arquitectura de Antonio Escario’, de Javier Domínguez. Cortesía del autor.

Enseñanza y rehabilitaciones

La monografía de Domínguez analiza la particular visión de la enseñanza de la arquitectura de su maestro. Destaca su contribución a revalorizar sin excesos el hábitat, la vivienda moderna. «Espacios íntimos de la vida cotidiana que dignificó, demostrando que lo contemporáneo es perfectamente compatible con lo vernáculo».

También las rehabilitaciones de La Nau y el Rectorado, antigua Facultad de Ciencias, que Escario afronta en plena madurez y que Domínguez juzga como las mejores de su carrera. “En ellas precisa un diagnóstico exacto, tanto técnico como histórico del perfil biográfico de ambos monumentos. Formuló soluciones integradoras que asumen los atributos tipológicos, constructivos y funcionales en su totalidad», concluye Javier Domínguez.

Otras proyectos significativos de Escario son: el Hospital Siquiátrico de Albacete, el Edificio Hispania en Murcia, con Vidal y Vives (Premio a la Calidad en la Edificación 2004), la Facultad de Farmacia (Premio Nacional de Arquitectura 1992 ), el Instituto de Investigaciones y Actividades Deportivas, la Tesorería de la Seguridad Social de Sevilla, con Francisco Candel, la Oficina de Armonización del Mercado Interior –OAMI, en Alicante, el edificio Santa Margarita, el Hotel Bali de Benidorm, la Torre Ripalda (La Pagoda) o el aeropuerto de Vigo.

La Pagoda de Valencia, obra de Antonio Escario. Imagen cortesía de Javier Domínguez.

La Pagoda de Valencia, obra de Antonio Escario. Imagen cortesía de Javier Domínguez.

Bel Carrasco

Serisuelo: Ruinas inmobiliarias en La Gallera

Space before place, de Agustín Serisuelo
La Gallera
C / Aluders, 7. Valencia
Visita guiada: jueves 27 de noviembre, a las 19.00h
Hasta el 12 de enero de 2015

Fotografías metidas en cubos de madera, hasta un total de 15 alcanzando los siete metros de altura. Y, alrededor, otra serie de instalaciones escultóricas referidas al urbanismo, a su arqueología como vestigio de una depredación inmobiliaria que ha dejado un sinfín de restos mortales a modo de ruinas. Hasta aquí el mensaje, lo cual en una obra de arte es decir bien poco. Porque el arte, como bien dijo el propio Agustín Serisuelo, artífice de la exposición ‘Space before place’ de La Gallera, “ha de servir para motivar la reflexión del espectador”.

Detalle de una de las fotografías insertas en la exposición de Agustín Serisuelo en La Gallera.

Detalle de una de las fotografías insertas en la exposición de Agustín Serisuelo en La Gallera.

Y Serisuelo, en la muestra que abre la nueva temporada de La Gallera, va más allá. “Son monumentos de nuestra historia más reciente que a algún arqueólogo del futuro le servirán para saber cómo fuimos”. Él se limita a levantar acta de tamaño despropósito jugando materiales como la fotografía, la madera, el PVC espumado o el metacrilato. Todo ello conjugado de forma armoniosa para revelar precisamente todo lo contrario: el desequilibrio y tormento de un territorio sometido a las bajas pasiones del lucro veloz.

Imagen de la exposición 'Space before place' de Agustín Serisuelo en La Gallera.

Imagen de la exposición ‘Space before place’ de Agustín Serisuelo en La Gallera.

Serisuelo transitó por espacios como Canet d’En Berenguer, Moncofa u Oropesa del Mar, se subió a torres y edificios abandonados, fotografió lo que fue viendo y luego recreó el conjunto de ruinas por las que pasó en una serie de esculturas expresamente trabajadas para el espacio de La Gallera. De manera que, como señaló el propio artista, se trajo toda esa periferia esquilmada a un lugar céntrico y emblemático de Valencia. También: “Traigo a un sitio lleno de memoria todo aquello que carece de ella”.

Imagen de la instalación escultórica de Agustín Serisuelo en La Gallera.

Imagen de la instalación escultórica de Agustín Serisuelo en La Gallera.

Por eso ha titulado su exposición ‘Space before place’. “El espacio está antes que el lugar. El espacio es algo frío e inerte que luego el ser humano lo convierte en lugar”. No es el caso que nos ocupa, donde el espacio repleto de ruinas revela la carencia de un lugar habitado por personas. Y el artista se pregunta en el catálogo expositivo: “Alguien quería que esto fuera su casa, un lugar para criar a sus hijos. Pero no lo es”. A partir de la desazón que tal hecho le produce, trabaja en sus esculturas para dejar constancia de tamaña “explotación con fines turísticos”.

Imagen de la exposición 'Space before place' de Agustín Serisuelo en La Gallera.

Imagen de la exposición ‘Space before place’ de Agustín Serisuelo en La Gallera.

De nuevo el mensaje. Pero Agustín Serisuelo vuelve a la carga subjetiva que tantos espacios ruinosos y deshabitados dejan en nuestra conciencia. La “fragilidad” de esa torre de siete metros repleta de fotografías. “Imágenes digitales que se desmaterializan y que yo convierto en materia al incorporarlas como parte de las esculturas”. Una torre que crece a lo alto, pero que parece tener pies de barro. “Me interesa llevar la construcción hacia lo volátil, que es lo que ha llevado el sistema constructivo en España”. Las constelaciones que sobrevuelan por encima de esa torre también producen la sensación de aquello “que no acabas de entender”.

Agustín Serisuelo recorrió todos esos espacios por tratarse de una “problemática cercana a mí”, sorprendido por el “velo de impersonalidad” de unos espacios “que nos hemos acostumbrado a ver”. Y como la costumbre es el vicio de la mirada para dejar de ver, Serisuelo muestra en La Gallera su conjunto escultórico. Un “trabajo arquitectónico como memoria contra el olvido y el abandono”. Ruinas inmobiliarias para arqueólogos que las comprendan.

Obra de Agustín Serisuelo. La Gallera.

Imagen de la exposición ‘Space before place’ de Agustín Serisuel en La Gallera. Imagen cortesía de La Gallera.

Salva Torres