“El bodegón y el objeto son mi leitmotiv”

‘IVÁN ARAUJO’
Museo del Ruso. Espacio de Arte Contemporáneo
Capitán Julio Poveda 21, Alarcón (Cuenca)
Septiembre-octubre de 2018

Grabador, pintor y escultor, Iván Araujo (Madrid, 1971) muestra su obra más reciente en el Museo del Ruso de Alarcón y ultima ya las próximas presentaciones de sus libros de artista y libros objeto, que tendrán lugar en el Festival ConFusion de Benimaclet (del 19 al 21 de octubre en el espacio Doce Islas Benimaclet ‘Libros Inquietos’) y en el Festival del Libro SINDOKMA (del 25 al 28 de octubre en el Centre Cultural La Nau) en Valencia.

Talento desbordante, mucho trabajo en el estudio y una personalidad arrolladora que escapa a cualquier quiebro o desaliento son premisas que subyacen bajo una obra de fuerte arraigo, teñida de influencias elegidas y queridas, de rigor y coherencia, que nos acerca al lirismo más sutil por el camino del recuerdo y la nostalgia.

Hablamos en esta entrevista con el artista de sus comienzos en el mundo de la pintura, de sus influencias, trayectoria, pasión por el grabado… y de sus proyectos más inmediatos.

Iván Araujo. MAKMA

¿Cómo fueron tus inicios en el mundo del arte?

Cuando era pequeño, disfrutaba con mi padre de los ratos en los que él iba a pintar acuarelas al campo, hacíamos apuntes juntos y todo esto me permitió crecer en un ambiente de gusto por la pintura, el dibujo y por el arte en general. Disponía de materiales a mi alrededor y me pasaba las horas pintando en cuadernos y yendo a ver exposiciones de arte.

¿Tuviste claro siempre que querías estudiar la carrera de Bellas Artes?

Mi decisión de matricularme en Bellas Artes fue tardía, ya que en principio pensaba estudiar arquitectura por tradición familiar, pues mi padre y varios de mis tíos eran arquitectos. Justo en mi último año antes de comenzar la universidad decidí ingresar en Bellas Artes. Mi apuesta fue clara: desde pequeño había sentido la necesidad de hacer cosas con las manos y me fascinaba dibujar. Quería tener un contacto más directo con la obra que el que podía darme el mundo de la arquitectura, donde el proyecto y dirección de obra te alejan mucho de la creación pura; lo había visto miles de veces con mi padre. Con el tiempo descubrí que fue una decisión muy acertada, puesto que yo necesito tener un control de principio a fin del proceso creativo y concentrarme en una obra más íntima, cercana y abarcable como la que puedes realizar en tu taller. Además, me involucro mucho físicamente, para lo cual me es indispensable elegir la técnica y el material adecuado, dotándolos de las cualidades expresivas y conceptuales que deseo para cada pieza.

Elegiste la especialidad de grabado, que está presente siempre en tu trabajo, ¿qué te aporta esta técnica?

El grabado ha condicionado absolutamente mi forma de trabajar en cualquier disciplina artística, puesto que mi formación y posterior desarrollo profesional se han centrado, en gran parte, en esta técnica. Ya en la Facultad de Bellas Artes de Madrid, mientras estudiaba la carrera, trabajaba para pagarme los estudios en distintos talleres profesionales de grabado y estampación. Esto me hizo adquirir muchísima técnica y oficio. Cuando me licencié y mientras estudiaba mi doctorado en dibujo contemporáneo, trabajé cinco años en Ediciones Benveniste, donde realicé obra gráfica para grandísimos artistas nacionales e internacionales. Posteriormente me saqué una plaza de profesor asociado en la Facultad de Bellas Artes de la UCM (Madrid), en grabado calcográfico. Tras tres años dando clases decidí dejar la facultad y montar mi propio estudio de grabado. Desde 2001, realizo mi propia obra gráfica y la de otros artistas, compatibilizándola con la obra original. La forma en la que afronto la creación de un grabado me ayuda a conceptualizar mucho la idea de la imagen que persigo. El grabado te obliga a trabajar por capas y debes decidir muy claramente qué técnicas debes utilizar según los resultados que quieras obtener, con lo que el método ensayo-error en grabado no es válido como en ocasiones ocurre en la pintura; la gráfica te enseña a tomar elecciones y a posicionarte de forma activa ante el proceso creativo, asumes riesgos y debes estar siempre abierto a integrar aquello que el grabado te pueda ir ofreciendo en cuanto a las pequeñas desviaciones que surgen tras los complejos procesos de mordida y estabilización de la matriz.

Se perciben en tu trabajo ciertas influencias. ¿Quiénes han sido y son tus artistas de referencia?

En mis inicios me interesaba mucho el arte con un fuerte contenido simbólico; obra y artistas con un marcado contenido existencial, en los que su trabajo era un reflejo poderoso de su posicionamiento conceptual y estético ante la obra. Joseph Beuys y Paul Klee me fascinaban por su intensidad y la verdad que emanaba de su obra. Artistas muy apoyados en el dibujo, como fuente vertebradora de la obra y como estructura que sustenta sus creaciones. Me atraían también, por su fuerza poética, los expresionistas abstractos De Kooning y Rothko. Sin duda alguna, el cubismo, Juan Gris y Picasso han sido grandes influencias en mi obra, tanto por su forma de mirar y re-presentar el objeto, como por la propia forma ponderada y matemática de plasmar su pintura. El collage es otro recurso que utilizo muchísimo y que está muy presente en los cubistas o surrealistas, y también en algunos artistas de estética pop posteriores, que me resultan muy interesantes, como David Hockney.

Otra referencia fundamental en mi trabajo nace de mi amor por la pintura metafísica, De Chirico, y en general de toda aquella pintura que trasciende a la realidad, proyectándose en escenarios arcádicos y poéticos; la aspiración a lo mínimo y a la inclinación por el juego arte-juego de Torres García y, por último, cierto salvajismo simbólico y primitivo de la transvanguardia italiana, muy presente en Mimmo Paladino. Podría seguir y la lista no acabaría… soy muy revisionista, un mirón empedernido; son muchos y variados los artistas que me interesan, ya que mi trabajo se vale de cientos de miles de retales, de instantes capturados en mi cerebro y retina que llevo siempre conmigo.

Imagen de la escultura 'Casa-barco', de Iván Araujo. Fotografía cortesía del Museo del Ruso.

Imagen de la escultura ‘Casa-barco’, de Iván Araujo. Fotografía cortesía del Museo del Ruso.

Has ejercido de profesor en la universidad,sigues impartiendo cursos y talleres en distintos lugares de la geografía española. ¿Qué te aporta artísticamente la enseñanza?

De la época de profesor en la universidad no guardo especial buen recuerdo, ya que la relación con los alumnos, salvo algunas buenas excepciones, se veía condicionada por las calificaciones. Eran muy pocos los que realmente se volcaban con interés y pasión en el taller. Mi relación posterior con la enseñanza en cursos y talleres en distintos lugares, incluso en mi estudio, con los artistas que trabajan regularmente conmigo, es muy diferente. Se establece siempre una relación de necesidad mutua; a mí me gusta ofrecer al alumno las herramientas para que él pueda dar forma a su obra y, naturalmente, en ese proceso el intercambio de pareceres  y puntos de vista es extraordinariamente rico. Cuando trabajo con gente a la que al mismo tiempo enseño, vuelvo a someter todos mis conocimientos y bagaje artístico a un examen riguroso; en el terreno de la creación no se puede dar nada por sentado y los modelos y soluciones que a uno le sirven no tienen porqué valer a otro en otras circunstancias.

Esta condición multireferencial del hacer creativo permite que uno aprenda constantemente y en cada momento de su trabajo y del de los demás. Para mí, trabajar la obra de otros artistas me sitúa en escenarios diferentes a los de mi obra, enriqueciendo mi visión del arte y, lo que es más interesante, me fuerza a entender la obra que el artista quiere realizar desde sus propios parámetros. Este desplazamiento es siempre nutritivo, como lo es cuestionarse y actualizar los propios conocimientos.

¿Cómo es tu día a día en el estudio? ¿Eres un artista metódico, ordenado?

Yo trabajo a diario en mi estudio, sea cual sea la situación, tanto si estoy preparando una exposición de gráfica, pintura o escultura. Trato de ser muy sistemático en mis horarios y suelo trabajar en series largas de producción, en cualquiera de las disciplinas anteriores. Hacerlo así me permite dar distintas respuestas a un mismo problema; todas ellas se encadenan unas a otras y en conjunto, conforman un discurso coherente que pieza a pieza resulta complicado. Me cuesta mezclar disciplinas; si estoy con unas piezas de escultura o grabado, hasta que no las acabo no paso a otra técnica, por ejemplo, pintura. Cada disciplina requiere tiempos y una disposición ante la obra muy diferentes. Lo que sí pasa a veces es que al trabajar tantas técnicas diferentes, siempre hay vuelcos e influencias de unas a otras. No solo es inevitable sino que es lo más interesante. Además, al compatibilizar mi obra con la producción de obra gráfica de otros artistas en mi taller, hay contaminación, ideas bullendo, interferencias…

A veces es un poco agotador, pero tras muchos años trabajando así me he acostumbrado a filtrar toda esa información y a desarrollar más capacidad de concentración. No creo en la inspiración; creo en el trabajo diario y en pasar muchas horas en el taller, desarrollando una relación de necesidad e implicación con tu obra y los materiales y técnicas que eliges para llevarla a cabo. Los tiempos muertos, trabajo en pequeñas libretas y libros de artista que son el cajón desastre y, al mismo tiempo, el germen y semilla de muchas de las futuras producciones.

En la exposición que presentas en el Museo del Ruso, el bodegón es el tema principal en tus obras.

Sí, en efecto. El bodegón y el objeto han sido el leitmotiv de mi producción de estos últimos cinco años. Me interesaba la forma en que el bodegón, que ha sido un género artístico presente en todas las etapas de la historia del arte, suscita la mirada del observador. En el cuadro, la naturaleza muerta circunscrita al estudio del pintor reordena el espacio, creando una fuente de sinergias entre los diferentes objetos que lo rodean. Cada forma alude a su presencia y situación en referencia a sí misma y a los demás elementos, creando un microcosmos y, sobre todo, nos habla de una determinada manera de entender la ocupación del espacio de aquel que la ha depositado en ese lugar.

El diálogo que se establece entre las distintas formas-objetos me interesaba, puesto que nos relata una historia de necesidades, equilibrios, armonías y espacios. Esta exposición supone un fin de etapa, ya que ahora mi trabajo es decididamente más objetual y simbólico, recuperando iconos que siempre han estado ahí, en mi mundo, en mi territorio plástico. Pero lo que la hace especialmente interesante, además del magnífico enclave de la sala del Museo del Ruso, es que conviven varias series que están en transición a ese cambio hacia lo simbólico, sobre todo la serie de pintura de ‘La sonrisa del cazador’ y ‘AntarMouna’, y la serie de esculturas-arquitecturas presentadas en conjunto, que pertenecen a mi producción actual.

Marisa Giménez Soler, directora del Museo del Ruso, y el artista Iván Araujo, durante un instante de la entrevista. Fotografía cortesía del Museo del Ruso.

Marisa Giménez Soler, directora del Museo del Ruso, y el artista Iván Araujo, durante un instante de la entrevista. Fotografía cortesía del Museo del Ruso.

Háblanos de tu escultura, de esas casas soñadas, esos micromundos que unen infancia, nostalgia y utopía.

Las arquitecturas forman parte de una instalación que proyecté para mi última exposición en Madrid, el año pasado en la APPA Art Gallery, donde un grupo de arquitecturas se presentaban en la pared, dispersas, formando un conjunto, que a modo de constelación salpicaba de puntos la pared. Se titulaba ‘Todas las casas que hay en mí’ y al menos cuatro o cinco de esas piezas originales se exponen junto a las demás. Las hemos presentado en el suelo, formando una ciudad, un pequeño asentamiento, podríamos decir. Muchas de ellas son nuevas, pero siguen heredando el nombre que las originó. Son casas realizadas con maderas encontradas, dañadas, que recojo y restauro en el estudio. Les aplico decapantes y las lijo para sacarles la veta y con ligeras policromías las retoco, en las ocasiones que quiero cromarlas. Al contrario que las pinturas, se trata de colores deslucidos y transparentes que sugieren lo mínimo y silencioso y que recuerdan a los juguetes de la infancia. Tienen, en efecto, mucho de esto, de recuerdos, de pérdidas y nostalgia; hablan de la lluvia, del sonido del mar, de la añoranza de la madre, de los días lentos, de estrellas, constelaciones y de sueños por cumplir. La casa, etxea en la cultura vasca de mis antepasados, es la madre que acoge y protege y, en las diversas formas poéticas que la presento, adquiere una cualidad de metáfora visual que se potencia por la desnudez del material y la simplicidad en las formas.

Tus libros de artista y tus libros objeto son siempre requeridos y apreciados en ferias y convocatorias dedicadas a la edición. ¿Qué valor les concedes dentro de tu proceso creativo?

El libro de artista me permite ensayar, escribir, proyectar y soñar con nuevos escenarios y, dado lo abarcable del formato, en ocasiones lo continúo realizando en casa o cuando estoy fuera del estudio. Vaya donde vaya, y más si me voy de viaje, siempre llevo un libro de artista conmigo. Suelen ser contenedores de ideas y proyectos que están por venir o bien tienen un carácter más experimental, como es el caso de libretas en las que trabajo composiciones de estudio. Estas segundas me sirven en muchas ocasiones para afrontar futuros trabajos, ya sea en gráfica o pintura, y, por lo general, suelo utilizar mucho collage y acuarelas, grafito y demás técnicas sobre papel. Como es natural, estos libros de artista no los suelo exponer, ya que me sirven como material de estudio y además no están concebidos para tal fin.

Por otro lado, está el caso de los libros de artista o libros objeto, que tienen un valor intrínsecamente artístico en sí mismos y son los que muestro en ferias y exposiciones como obra final. En muchas ocasiones son libros-cajas que he realizado en grabado y que presentan series de gráfica, como es el caso de ‘ArsBodegonia I y II’ (2015) o ‘Paisajes interiores’. La modalidad de libro objeto la he afrontado en casos como los de ‘Le petitpaysage’ (2016) y ‘Nuit et jour’ (2016), en los que la totalidad de la caja encerraba un grabado tratado volumétricamente como un bajo relieve con abundante collage de todo tipo de materiales. También se da el caso de libros de artista más complejos como este último, ‘La palabra pintada’ (2018), que expondré con Galería El Museo del Ruso para los festivales ConFusión y SINDOKMA 2018, en el que presento originales con sus respectivos textos. Este tipo de festivales, como el caso de SINDOKMA, suponen el encuentro feliz de una serie de creadores y editoriales con una fascinación común por el libro de artista, promoviéndose un clima muy interesante de intercambio de información, ideas y proyectos.

Tienes una consolidada trayectoria como editor, has colaborado con importantes artistas. ¿De qué trabajos estás más satisfecho?

Mi actividad como editor se remonta a estos tres últimos años en los que, como reacción a la apatía generalizada que se instaló entre las galerías y editores, con un descenso muy notable de las ediciones de autor de gráfica en el panorama artístico, me animé a intentar editar a artistas que me resultaban especialmente interesantes. Para ello diseñé una fórmula de coedición, en la que el artista podía animarse a editar asumiendo riesgos mínimos y en mi caso, como taller de edición y coeditor, controlar el proceso al máximo y realizar una inversión razonable.

Hasta la fecha he coeditado a la artista Ángeles Conde con dos suites, la ‘Serie Köln’ y ‘Skylines’ (2017), y a la artista Kristin de George, afincada en Montpellier, con el díptico de aguafuertes ‘Mediterranée: le rêve de Mages’ (2018). Fuera del contexto de la coedición me siento especialmente orgulloso de haber editado en mi estudio la carpeta ‘PRE-POSICIONES’, del artista Ángel Cajal (2016/2017). Una suite de diez grabados presentados en el Paraninfo de la Universidad de Valencia la pasada edición de SINDOKMA, en 2017. Otro proyecto que disfruté muchísimo fue la serie de cinco aguafuertes del artista Eduardo Barco, editada por Amara Gutiérrez en 2017. El procesado de planchas fue un trabajo muy experimental que realizamos Eduardo y yo en mi estudio y la estampación cuidadísima y muy técnica completó una edición de referencia.

Cuéntanos tus próximos proyectos

Mis proyectos futuros a corto plazo pasan por presentar físicamente el libro de artista, ‘La palabra pintada’, en SINDOKMA 2018, y en mostrarlo en todas aquellas ferias y eventos en los que tú, amiga y galerista del Museo del Ruso, decidas exponerlo. A mediados de noviembre participaré en el FIG de Bilbao 2018, la feria de obra gráfica más importante que hay en la actualidad en el territorio nacional, en la que expondré series de monotipos y gráfica de gran formato en el stand de la Galería de Arte Contemporáneo Espiral (Noja, Cantabria). A mediados del mes de octubre darán comienzo también los nuevos cursos que impartiré en el Museo ABC de Madrid de técnicas de grabado y estampación contemporáneas directas, en un taller que he creado especialmente para la ocasión. Pasadas estas fechas comenzaré a trabajar nuevas series de obra para mi próxima exposición individual, que se celebrará en la Galería de Arte Contemporáneo Espiral, en octubre de 2019.

Imagen de la obra 'Antar Mouna II. Silencio Interior', de Iván Araujo. Fotografía cortesía del Museo del Ruso.

Imagen de la obra ‘Antar Mouna II. Silencio Interior’, de Iván Araujo. Fotografía cortesía del Museo del Ruso.

Marisa Giménez Soler

 

“El paisaje cercano es inspiración”

Entrevista con el artista Nando Ros con motivo de:
‘Ben Davant’, de Marisa Casalduero y Nando Ros
Sala ‘exposicions de la Rectoria, Banyalbufar (Mallorca)
Hasta el 9 de septiembre de 2018

Conocí Banyalbufar (Mallorca) hace ya bastantes años, en el verano de 1994. En realidad, yo, a mi manera, ya había estado allí, todos los amigos de una forma u otra sentíamos que lo conocíamos. Y es que nuestra imaginación había vagado ya subiendo y bajando sus calles y laderas, descansado en los sugerentes paisajes de su escarpada orografía, llamado a algún vecino por su nombre y, a veces, hasta teníamos la sensación de haber nadado en sus calas transparentes. Nando (Fernando Ros) nos habló tanto, cuando aún vivía en Valencia, de su escondite mallorquín; nos contaba tantas cosas, tantas historias, tantas anécdotas… que el contagio de emociones había sido intenso y todos intuíamos antes de ir que aquel paraíso particular, referente vital de nuestro amigo, iba a marcar para siempre, también, nuestra cartografía más personal.

Aquella primera vez desembarcamos en el pueblo una pandilla de quince personas. Un grupo variopinto formado por artistas, incipientes galeristas, biólogos, psicólogos… amigos de siempre y amigos recientes. Nos alojamos en una casa preciosa, con unas vistas increíbles, azules. Su terraza fue testigo de charlas sin pausa y risas infinitas. Como éramos tanta gente y dormíamos bastante incómodos, acortábamos las noches allí, bajo la luna, con el sonido del mar al fondo. Fue un viaje de iniciación maravilloso, la mayoría teníamos “veintitantos” y esos días quedarán ligados a la idea que tenemos de esa palabra tan grande y resbaladiza que es felicidad.

Desde entonces hemos venido muchas veces, unos más y otros menos, por separado, juntos, con gente nueva, con novios, parejas… a casa de Nando, al hotelito lleno de encanto de Penny y Mateo, a casas alquiladas… y siempre nos han recibido tan bien, hemos sentido tan cerca el cariño de sus habitantes generosos, especiales, hemos disfrutado tanto, hemos hecho tan nuestro el pueblo que volver hoy con una excusa tan bonita es un regalazo.

Y, sin embargo, a partir de un momento, recordar deja de ser un viaje dulce, placentero. Ya no estamos todos y es duro, insoportable, pensar que nada volverá a ser lo mismo. Hace cinco años que Marisa Casalduero nos dejó y su ausencia duele. Impulsar esta exposición, ‘Ben Davant’ es una muestra más de lo mucho que la echamos de menos. Creo que a ella le hubiera encantado mostrar su obra aquí, en Banyalbufar, donde tan feliz fue, organizada con tanto amor por Juanra, compartiendo espacio con Nando, arropada por su familia, sus amigos, rodeada de su mar…

Nando Ros. MAKMA

Hoy hablamos con Nando Ros de este reencuentro de emociones, de recuerdos compartidos y de su recorrido vital y artístico.

Hablemos de este rincón mallorquín mágico de la Serra de Tramuntana, que hoy nos vuelve a unir con motivo de la exposición ‘Ben Davant’, una muestra esperada y celebrada por todos los que conocimos a Marisa, te conocemos a ti y admiramos vuestra obra.

Banyalbufar es un pueblo lleno de encanto para el visitante que lo descubre y disfruta pero es también un lugar ligado a la cultura internacional ya que ha sido refugio de muchos artistas. Desde algún poeta de la Generación Beat americana, hasta creadores contemporáneos han encontrado aquí la inspiración.

Es cierto, uno de los últimos poetas de la Generación Beat, Robert Creeley, vivió en Banyalbufar por algún tiempo. Mucha gente descubrió esta zona de Mallorca y se instaló en Deià, Valldemossa, Sóller… Son conocidos los casos de Joaquín Mir, Santiago Rusiñol, George Sand y Chopin; Robert Graves y músicos como Mike Oldfield, Kevin Ayers… El referente fue Robert Graves, muchos de estos artistas llegaron de su mano. Venían a verle, a pasar unos días, les encantaba el lugar y acaban quedándose. En Palma, desde los años cincuenta, Camilo José Cela, editaba Papeles de Son Armadans, una publicación que atraía a la isla a los mejores escritores del momento; también, en torno al mítico Hotel Formentor se concentró una nutrida colonia de artistas. Muchos venían y se iban, otros se quedaron. Banyalbufar permaneció como un último reducto, tal vez por eso hoy lo disfrutamos casi intacto

La Serra de Tramuntana es uno de los últimos lugares vírgenes, tanto por su naturaleza como por su cultura, que quedan en el Mediterráneo español y Banyalbufar es un imán. Caminas por la Tramuntana gozando del paisaje, que es maravilloso, y, de repente, te encuentras por sorpresa con Banyalbufar, casi te dejas caer, y te cautiva. Tienes el mar delante, la montaña detrás, verde y azul perfecto, tal y como debía de ser hace mucho tiempo. Un pueblo íntegro sin anexos de barriadas residenciales, ni nada parecido, de una pureza que es arrebatadora y de la que no es fácil escapar. Te sientes tan prendado, tan enganchado al lugar, que quieres quedarte. Le ocurre a mucha gente. Decía George Sand (pseudónimo de Aurore Dupin) que a ella le costó mucho trabajar en Mallorca, porque el paisaje era tan subyugante, tan invasivo para su mente, que se sentía incapaz de superar la belleza de lo que estaba contemplando, que le costaba inventar algo mejor que lo que tenía delante de los ojos.

Yo vivía en Valencia y durante muchos años soñaba con los fondos azules, las aguas cristalinas, con los encinares sombríos y, hasta que no conseguí venir a vivir aquí, no descansé. Hay quien lo ve como un terreno hostil, cuesta llegar, la carretera es complicada, el mar y la sierra son como dos murallas, estás emparedado y a mucha gente esto le ha resultado angustioso. Yo lo he disfrutado y lo sigo disfrutando y me parece que esta complicada orografía funciona como un filtro que permite mantener intacto su encanto.

En Valencia estudiaste Bellas Artes, allí comenzaste tu carrera artística y un día decides venir y quedarte, ¿cómo ha sido y es tu relación con Banyalbufar?

Llevo 20 años viviendo aquí, los últimos en Palma por motivos familiares, pero sigo estrechamente ligado a Banyalbufar. Mi relación es de amor profundo. Siempre me he visto acogido por el pueblo y su gente, siempre me he encontrado bien. Me siento comodísimo, me siento en casa, es una relación de amor incondicional, me da todo, me provoca cosas siempre buenas, me crea estabilidad, me incita a crear. Lo disfruto de todas las maneras posibles. Además, para nosotros, los valencianos, es un sueño y creo que nos es familiar porque es como debería ser nuestra costa antes de la llegada masiva del turismo; es como un paraíso.

Imagen de una de las obras de Nando Ros incluidas en 'Ben Davant'. Fotografía: Marisa Giménez Soler.

Imagen de una de las obras de Nando Ros incluidas en ‘Ben Davant’. Fotografía: Marisa Giménez Soler.

Desde que llegaste aquí se ha creado una discreta pero profunda y permanente corriente artística que hace que muchos artistas, galeristas y profesionales relacionados con la cultura vengan y conviertan Banyalbufar en uno de sus rincones favoritos.

Cuando vivía en Valencia tenía la suerte de estar rodeado de gente maravillosa que de una u otra forma estaban conectados con el mundo del arte y la cultura, tengo muy buenos amigos artistas, galeristas, promotores, gente que se conoce entre sí y he tenido la fortuna de ser muy amigo de alguno de ellos. Muchos han venido a visitarme, les he invitado a mi casa, han repetido, han venido acompañados de gente, que luego ha vuelto con otros amigos… También ha funcionado mucho el “efecto llamada”. La gente que ha venido ha quedado cautivada y se ha producido cierto circuito e, incluso, alguno se ha quedado por aquí.

Tu relación artística con el pueblo es intensa. Has expuesto, impulsado proyectos, ilustrado publicaciones…

Yo llegué aquí y ya tenía una línea de trabajo. Mi primera ilusión fue montar un estudio en mi casa, con todas las energías renovadas de llegar a un sitio así y de encontrarme el gran escaparate delante de los ojos. Alquilé un local y promovimos una pequeña galería de arte, pero no resultó viable y tuvimos que abandonar el proyecto. Yo he continuado trabajando y exponiendo tanto en Valencia como en Mallorca y en otros lugares. Aquí he expuesto en varias ocasiones, hay una escultura mía en un rincón del pueblo, he ilustrado varios libros, algunos de poesía, otros de narrativa, ensayo, incluso diccionarios, algunos promovidos por el Ayuntamiento de Banyalbufar y, bueno, he continuado trabajando, haciendo cosas…

Esta exposición es de dos artistas con amplia trayectoria y una obra consolidada en el tiempo, pero es, también, la exposición de dos amigos. ¿Qué significa para ti exponer con Marisa Casalduero?

Íntimamente siempre había sido un deseo. Siempre quise exponer con ella por muchas razones. Marisa y yo éramos buenos amigos –era imposible estar cerca de Marisa y no ser un buen amigo suyo–. Marisa era una gran trabajadora, una gran artista y es una referencia para todos por muchos motivos, y cuando Juanra, su marido, me propuso la idea, acepté agradecidísimo. Ella, por supuesto, estuvo en Banyalbufar, le encantaba, incluso dejó alguna pequeña obra (con el tiempo he conseguido recuperar algún dibujo que dejó a amigos de Banyalbufar). Ella era así, hacía las cosas, demostrando todo el cariño, todo el amor. Marisa también tenía una vinculación muy fuerte con el mar, con el Mediterráneo, con la costa, se reflejaba mucho en su obra y para mí era un sueño, siempre tuve esa ilusión y desde luego poder hacerlo al fin, más que un sueño, es un honor. Estoy entusiasmado con la idea.

Imagen de algunas de las piezas de la artista Marisa Casalduero que forman parte de la exposición. Fotografía: Marisa Giménez Soler.

Imagen de algunas de las piezas de la artista Marisa Casalduero que forman parte de la exposición. Fotografía: Marisa Giménez Soler.

¿Cómo definirías la obra de Marisa Casalduero?

Es especialmente sugerente por lo vitalista, el trabajo de Marisa es siempre un canto a la alegría, a la vida, al color, a la luz, y lo muestran sus obras y sus escritos; conocerla era darte cuenta de que su obra es su reflejo, su manera de ver la vida, y ahí hay un cierto punto de conexión con lo mío, compartimos un cierto disfrute, casi infantil. La suya es más luminosa, también más vitalista. En la mía hay siempre un elemento subyacente dramático, a veces hasta ridículo; un barquito que se hunde… Me siento unido a su obra por esa perspectiva casi infantil de la vida, esa visión limpia y alegre de verla, aunque tengas un drama dentro de ti.

Respecto al uso de técnicas y materiales, sí que se observan diferencias entre vosotros. Tú eres más dibujante, más pintor. Ella juega, experimenta, con diferentes técnicas y soportes; objetos encontrados, telas, papeles, piedras…

Yo me amarro al dibujo, me aferro, me sujeto fuerte. Lo mío siempre está colgado de un esqueleto de dibujo, siempre hay un armazón al que me agarro como a un clavo ardiendo y sobre el que pongo pintura o dispongo otros materiales. Sin embargo, a Marisa le provoca cualquier objeto encontrado, papeles, piedras, palos, elementos del mar, incluso pequeños juguetitos (hablábamos antes de la mirada infantil, alegre, de la vida). Variadísimos elementos le sugieren una obra de arte y yo necesito recalcularla, redibujarla y atarla a algo. Ella es mucho más directa, dispone directamente sobre el soporte, yo voy siempre haciendo capas, añadiendo capas. El 90% de mi obra no se ve, está detrás de lo que se ve, pero está ahí, debajo. Marisa es mucho más directa, es mucho más plana en el mejor de los sentidos, más limpia. En lo mío siempre hay un elemento subyacente dramático que a veces se percibe y otras veces no.

Tu obra está plagada de una personal iconografía: animales que actúan como humanos, seres oníricos, fantásticos, fondos negros que evocan pizarras de infancia. ¿Bebe de influencias surrealistas y dadaístas?

Siempre hay un imaginario, una iconografía a la que me cuesta renunciar. A veces, los personajes salen ellos solos y, a veces, se me plantan directamente dentro de la obra, incluso, a veces, pretendo renunciar a ellos… y surgen. Hay referencias, gestos humanos… Hablando con Àngel Bofarull –artista de referencia en el ámbito del collage contemporáneo–, aquí, en Banyalbufar, hace años, él sí se reconocía como hijo del surrealismo, de Max Ernst, aunque también de Schwitters; yo, sin embargo, siempre he querido negarme, no me siento surrealista. No tengo esa referencia onírica, no la reconozco, es más la visión infantil de una persona adulta sobre el drama de la vida. Sí que tendría que ver más con el dadaísmo de alguna manera, es verdad, pero también con el expresionismo y los alemanes de entreguerras, como Dix o Grosz, y esas referencias a la pizarra, con otros elementos, y luego el animal como parte del ser humano que es casi incontrolable.

El animal en mis obras siempre está relacionado con ese algo que se nos escapa, que no podemos negar y que no podemos controlar, que nos obliga a hacer cosas y luego… la parte contraria, la del humano, con referencias animales que es un poco la misma, pero es casi más ridícula, es la de aquel que quiere controlarse, que quiere ser cerebral, que quiere controlar todo lo que le rodea y, en el fondo, obedece a un instinto; hay una parte que se le escapa a su control, a su cerebro, a su raciocinio… y que tiene más importancia de la que él quiere reconocer. El animalito siempre es más libre, siempre hace un poco lo que quiere y no se arrepiente, y esa parte sale mucho en mi obra, es verdad. Eso tiene mucho que ver con el niño, la parte infantil, esa parte que funciona completamente libre y que tiene mucho que ver con el disfrute y con el vivir, simple y llanamente, sin darle tantas vueltas. La parte humana siempre tiene algo de ridículo o patético en mi obra.

Imagen de una de las obras de Nando Ros incluidas en 'Ben Davant'. Fotografía: Marisa Giménez Soler.

Imagen de una de las obras de Nando Ros incluidas en ‘Ben Davant’. Fotografía: Marisa Giménez Soler.

La parte bohemia relacionada con el arte, el sabor parisino de principios del siglo XX, los cafés, vapores de humo y alcohol… están muy presentes en muchos de tus cuadros, dibujos y grabados. ¿Qué te sugieren tanto estos ambientes?

Tiene mucho que ver con el disfrute del artista, con lo que le rodea, con su mundo. Esa manera de entender la vida que busca la evasión, el momento oscuro, el rincón… dejar que nuestra cabeza se vaya en vapores de todo tipo que puede acabar de cualquier modo, o entablando relaciones profundas, en borrachera… o en disfrutes más grotescos. Dejar salir todo lo que hay dentro y disfrutar de la diferencia, siempre buscar el momento distinto y que nada te ate demasiado; me atrae esa parte bohemia de la noche, esas reuniones alrededor de una mesa que invitan a mantener conversaciones interminables y provocan situaciones especiales que siempre se recuerdan. Creo que todo esto estimula la creación e incita a lo extraordinario, ayuda a que la cabeza se vaya un poquito por donde quiera. También hago mucha referencia a la literatura y a los libros.

¿Qué influencia tiene la literatura en tu proceso creativo?

Cuando preparo una exposición la preparo fundamentalmente leyendo; me gusta mucho leer, meterme dentro de todo lo que estoy leyendo y que todas esas referencias queden dentro de la cabeza y acaben reflejándose de alguna manera en mis obras. Al fin y al cabo, es creatividad sobre creatividad, alguien ha inventado algo que te provoca, tu cabeza sigue dando vueltas y estás así un día tras otro. Procuro leer mucho y, especialmente, cuando estoy pintando, cuando estoy dibujando. Me gusta tener todo tipo de referencias y, a veces, esto se plasma en mi trabajo. Parece que no, pero siempre está ahí.

¿Qué artistas reconoces como fundamentales en tu desarrollo artístico?

Para mí hay una referencia clarísima que es Chagall, incluso sin ser consciente de ello, siempre me gustó, desde niño, y, cuando me doy cuenta, miro y es verdad, incluso la iconografía se parece. Hay algo, hay cosas muy reconocibles. No lo puedo negar. Picasso me marca mucho también, ya he hablado de los dadá y los alemanes y luego me marcan mucho los antiguos; Giotto y aquel primer renacimiento, los últimos góticos…

Muchos de tus personajes aparecen tocando instrumentos, la música está presente en muchas de tus escenas.

Sí, yo siempre digo que mi vida es con banda sonora. Siempre tengo una canción en la cabeza. Siempre estoy cantando. No entiendo la vida sin música, la encuentro en todos los sitios, la provoco y la echo de menos siempre que no la tengo. Creo que el arte es universal y lo invade todo. Necesito oír música, ver cosas, leer cosas y todo lo que sea creación me parece que es absolutamente necesario. Para mí es muy difícil desligar una cosa de la otra. No entiendo al artista encasillado, que nada le influye más que lo suyo, lo que toca. Me parece que las ramas se entrelazan y son una misma cosa, la creación pura y dura. La música es sugerencia, te transporta. Es pura abstracción, sonidos organizados, es fundamental. No sé vivir sin música.

La música forma parte de tu día a día, ¿sigues componiendo y tocando en varios grupos?

En este momento toco en tres grupos y en dos de ellos con gente de Banyalbufar. Hace un mes hemos presentado con Musol (con Guillem Coll y Rodrigo Álvarez) un disco en el teatro Mar i Terra de Palma con bastante éxito, tengo que decir; salió muy bien, ahora tratamos de promocionarnos. Los Aphònics llevamos más de 20 años tocando en verbenas, fiestas y no perdemos ocasión de divertirnos. Ramón Rosselló, de Esporles, también cuenta conmigo (y Pep y Jaime). Bueno, la cosa es difícil, porque tocar por ahí es muy complicado, pero lo hacemos con mucha ilusión y con mucho amor y disfrutamos mucho. El disco que hemos grabado de Musol tiene una portada mía, por cierto.

Volviendo a la exposición, en esta muestra cambias de registro y presentas obra muy diferente a la anterior, temas nuevos y distintas técnicas. Háblanos de esta etapa que comienza.

A la idea de exponer mi obra con la de Marisa le estuvimos dando vueltas. El hilo conductor entre nosotros podría encontrarse fácilmente, nuestra referencia personal es directa; éramos amigos, compartimos muchos momentos, pero también queríamos poner en relieve la vinculación que tenemos con el mar Mediterráneo, que tanto nos separa y tanto nos une. Imagino que ella está delante de mí y yo delante de ella, en dos orillas diferentes, enfrentados en el mismo mar, uno delante del otro, queriendo vernos, pero sin vernos, disfrutando de lo mismo, o viendo lo mismo pero sin saberlo. Este hecho nos sugirió, también, que la exposición se dispusiera en paredes enfrentadas, un wall to wall, y que la obra de uno estuviera delante de la del otro; esto marcó la manera de seleccionar la obra para la exposición.

La idea que elegí, finalmente, fue la de dar protagonismo a aquello que nos inspira, justamente lo que tenemos delante, ben davant, y procurar prescindir de todo el imaginario, de todo el animalario, toda la serie de personajes que aparecen casi de forma espontánea en mis obras y quedarme justo en lo que tengo enfrente, en lo que está delante de todos esos personajes, lo que nos envuelve, lo que nos rodea, aquello que forma nuestra corteza, lo que nos sugiere todo lo demás y que, a veces, lo tenemos tan cerca que nos cuesta verlo. Concentrarme en lo que en otros momentos ha sido el decorado, empleando técnicas que provoquen sensaciones que esquiven la introspección o el examen, técnicas que ataquen directamente el soporte, como óleos, acuarelas o acrílicos, buscar la inmediatez, no recurrir al grabado, por ejemplo, que exige cierta continuidad técnica y pide estar sobre la pieza tocando y retocando varios días.

Esa era la idea de ‘Ben Davant’, que es el título de la exposición. Quedarnos con lo que tenemos justo enfrente de nuestros ojos. Las Baleares tienen mil colores delante, tienen el mar, la montaña, el bosque… algunas de las acuarelas que se van a colgar están hechas en Cabrera, otras en otros lugares de las islas, Marisa también tiene piezas hechas en Formentera. El paisaje cercano es inspiración, volvemos la vista a nuestro entorno más íntimo.

El artista Nando Ros durante un instante de la entrevista con motivo de la exposición 'Ben Davant'. Fotografía: Marisa Giménez Soler.

El artista Nando Ros durante un instante de la entrevista con motivo de la exposición ‘Ben Davant’. Fotografía: Marisa Giménez Soler.

Marisa Giménez Soler

 

Cartografías de Silvia Mercé en Xàbia

‘Profundidades accesibles’, de Silvia Mercé
Comisariada por Marisa Giménez Soler
La Casa del Cable Espai D’Art
Triana 24, Xàbia (Alicante)
Del 1 de junio al 1 de julio de 2018
Inauguración: viernes 1 de junio a las 20h

Buscar a través del arte su lugar en el mundo, descubrir y conquistar ese recodo íntimo en el que las ausencias se transforman en luz y ya no duelen tanto, cartografiar un mapa propio de emociones donde las coordenadas crucen en el mismo plano recuerdos y anhelos, espejismos y vivencias. Enloquecer la brújula, esquivar el Norte, distraer los rumbos y lanzarse al mar.

Y entonces cambiar de esencia, de piel, fundirse con las profundidades teñidas de leyendas e historias, plantar cara a las mareas, escuchar sin miedo el eco lejano de los cantos que en la antigüedad cautivaron a aquel héroe aqueo, superar límites y así… dejarse mecer, permanecer.

Solo desde ese lado, desde esas aguas, rocas, islas, orillas…, desde esa mirada, es posible imaginar visiones contemporáneas inyectadas de color, energía y talento como las que nos propone en esta exposición, ‘Profundidades accesibles’, la artista Silvia Mercé. Sirenas, “sirenos”, seres mitológicos revolcados de modernidad; hábitats, fondos y paisajes marinos imbuidos de fuerza y sugerente transgresión. Peces, cetáceos… que se escapan de su ámbito, sumergiéndose en un fascinante caos de trazos, líneas y esbozos.

Silvia Mercé. Makma

El agua que seduce y atrapa, el cielo que empuja a la elevación, a la trascendencia. Lo desconocido, lo misterioso, siempre ha despertado la curiosidad de la artista. Su primera exposición, allá por los años noventa, que tuvo lugar en La Esfera Azul, se llamó ‘Mirando las estrellas’. Desde entonces, su inspiración ha transitado varias veces en busca de respuesta por el octavo cielo, desde donde, según la teoría medieval geocéntrica, estos astros irradian su luz. También las plantas que imagina Silvia trepan y se elevan hacia lo infinito. De savia bruta y hoja perenne, se agarran a la vida negando su rareza y fragilidad.

Los títulos que aúnan sus series guían su recorrido artístico y también vital; ‘Algunas especies raras. Géneros, familias, tribus y subespacios’, representada con varias piezas en esta muestra, nos habla de la identidad inmutable, de la incapacidad manifiesta de la raza humana de mezclarse con los otros, de mimetizarse con la naturaleza, de empatizar.

Errante y viajera, Silvia Mercé necesita experimentar, lanzarse a nuevos retos, dar vueltas por el mundo, enriquecerse de sensaciones, alimentar su alma, para más tarde parar, tomar aliento y regresar a sus puntos de referencia a los que se aferra fuertemente.

De sus viajes, de cómo vive y cómo siente, nacen obras que encapsulan recuerdos. Fotografías, collages, dibujos, pinturas… que ella luego mezcla y manipula digitalmente, deteniendo en el tiempo imágenes que son ya reminiscencias, momentos que fueron mágicos; frases repetidas, marcadas a modo de tatuaje que reflejan un estado de ánimo, un grito en la noche, un estallido de felicidad, una ráfaga de placer. Esquinas de la memoria que el color tiñe, intensificando para siempre instantes que no volverán, pero que reivindican su presencia en estos micromundos que componen la existencia.

Imagen general de una parte de la exposición 'Profundidades accesibles', de Silvia Mercé, comisariada por Marisa Giménez, en La Casa del Cable Espai D'Art de Xàbia. Fotografía cortesía de la artista.

Imagen general de una parte de la exposición ‘Profundidades accesibles’, de Silvia Mercé, comisariada por Marisa Giménez, en La Casa del Cable Espai D’Art de Xàbia. Fotografía cortesía de la artista.

Marisa Giménez Soler

 

Bancho: “Partí del blanco sin conocer ningún color”

‘El camino interior’, de Esteban Castellano, Bancho
Museo del Ruso. Espacio de Arte Contemporáneo
Capitán Julio Poveda 21, Alarcón (Cuenca)
Hasta el 22 de abril de 2018

Esteban Castellano, Bancho (Valencia, 1965), vuelve a Alarcón. En realidad nunca se ha ido. La vinculación que siente con este pueblo castellanomanchego es férrea y viene de lejos. Fue aquí, cuenta el artista, donde hace tiempo comenzó a ver atisbos de luz después de atravesar un periodo personal negro, y fue aquí también donde iniciará un íntimo camino artístico salpicado de trascendencia y compromiso.

Esta charla tiene lugar en el Museo del Ruso, donde expone sus últimas obras bajo el título ‘El camino interior’, una instalación que él describe como “un homenaje a lo imperfecto, a lo puro, a lo políticamente incorrecto, a la amistad, a lo que nadie quiere, al sol y la luna, a la alquimia, a la materia prima y a la piedra filosofal, a los que se fueron pero siempre estarán con nosotros, a los que están con nosotros, a lo mágico, al planeta Tierra, a la vida y al Amor… principio y fin último de todas las cosas”.

Bancho. Makma

Vuelves con esta exposición individual a Alarcón, lugar de referencia en tu vida…

Sí, conocí Alarcón hace 23 años por mi gran amigo Raúl Poveda. Estaba pasando una etapa complicada, una crisis personal tras una ruptura sentimental, y Raúl me rescató, me animó a venir, me dijo: “Vente que te lo pasarás fenomenal, que son las fiestas”. Tras esta estancia nació una relación especial que sigo manteniendo, me alentó muchísimo anímicamente.

Tu primera exposición individual tiene lugar también en Alarcón, en la iglesia de Santo Domingo, un espacio imponente y mágico, restaurado hace unos años y que hoy, desgraciadamente, permanece cerrado.

Sí, fue en el año 2006, Raúl y don Luis (el recordado cura del pueblo) me animan a exponer mis obras en esta iglesia. Fue una gran experiencia de la que guardo muchísimos recuerdos bonitos. Espero que ese lugar tan especial vuelva a abrir sus puertas.

Luego volverás a este mismo espacio con otras exposiciones.

Sí, así es; hice otra individual al año siguiente y otra colectiva tiempo después junto a los artistas Julio Mayordomo, Luis Moscardó y Bernardo Tejeda. Nunca se ha roto mi vinculación artística y personal con Alarcón; tengo un espacio permanente en una sala del restaurante La Cabaña, he expuesto en dos colectivas en el Museo del Ruso… Vengo periódicamente, tengo mucha conexión con este pueblo, con las personas que viven aquí… y le estoy muy agradecido.

En tu obra, el color adquiere mucha importancia. Tus comienzos están teñidos de rojos intensos, incisivos azules y negros. Esta vez nos llevas a la claridad, al blanco absoluto. Me gusta mucho cómo narras esta transición, este viaje, en el texto de introducción de la exposición: “Partí del blanco sin conocer ningún color. Pasé por el rojo, el naranja, el amarillo, el verde, el azul, el violeta, el marrón y el negro y ahora vuelvo hacia atrás conociéndolos todos, limpiando la paleta de mi vida con el disolvente de mi corazón, en busca de aquel blanco inmaculado del cual… partí”.

Sí, el color para mí es una necesidad y tiendo mucho al monocromo. Dependiendo de la época necesito expresarme a través de un color u otro. En mi primera muestra predominaban negros y rojos, aunque ya había unos atisbos de azul. En esa época era muy fuerte la necesidad de expresarme, según mi punto de vista de una forma dramática, muy fuerte a nivel energético, con un lenguaje cargado en lo matérico.

Imagen general de la exposición 'El camino interior', de Bancho. Fotografía cortesía del Museo del Ruso de Alarcón.

Imagen general de la exposición ‘El camino interior’, de Bancho. Fotografía cortesía del Museo del Ruso de Alarcón.

El uso de materiales abandonados, infravalorados por la sociedad de consumo en la que vivimos, de objetos encontrados, es también parte sustancial de tu trabajo.

Disfruto mucho experimentando con distintos materiales y objetos. De siempre me ha encantado el objeto encontrado. A mi madre le gustaba mucho pintar y ya lo utilizaba, y yo me he criado con eso. Me interesa mucho porque rompe las dos dimensiones del cuadro, se convierte casi en escultura, el cuadro tiende a salir, recupera una tercera dimensión y deja de ser plano, intenta escapar del espacio bidimensional… Utilizo objetos que ya no tienen uso o que se han desechado para darles una nueva vida y un nuevo sentido, a poder ser mejor que el que tenían porque muchos son objetos muy bastos, muy burdos, como maderas, papeles, hierros… que me encuentro por ahí, latas de gasolina oxidadas, objetos que consigo en el Rastro.

En tu obra siempre subyace una llamada a lo trascendente, un eco que alienta  la elevación moral, espiritual, de quien la contempla.

La única premisa que pienso que debe tener un artista a la hora de crear es la sinceridad,  la pura expresión de lo que cada uno lleva dentro. Considerar el arte como fin y el artista como medio también será de gran ayuda a la hora de intentar materializar algo que pueda llegar a ser trascendente. El artista debe dejar que la fuerza interior aflore por encima de nuestra, hoy por hoy, tiranizante “razón”. Vivimos en un mundo dominado por la “lógica” en detrimento de la emoción y el sentimiento, que son el origen de toda verdadera expresión artística. En mi obra, hablo de la autosuperación y de la búsqueda de la “perfección”, aunque sé que la perfección no existe. Es clave para mí dejar claro que el artista tiene que ser un medio, el ego tiende a hacer creer a los artistas que son un fin en sí mismos y que son protagonistas de lo que hacen, el centro de todo, y yo creo que el artista tiene que ser un medio para crear su obra y un medio de expresión trascendente. Debes intentar conectar con tu propio inconsciente con el inconsciente colectivo, aunque esto pueda parecer pretencioso. El artista tiene que aspirar a ser un canal a través del cual se exprese la vida

Yo mismo flipé el otro día cuando tuve que explicar mi obra en la inauguración, no me había preparado nada y, solo después de explicarla, me di cuenta que todo tenía sentido. Yo nunca sé lo que estoy haciendo. Cuando pinto un cuadro, no hay una idea previa, me enfrento al vacío y ese vacío se va llenando de cosas que ni yo soy consciente de que las llevo dentro, al final aparecen realidades que ni me había planteado que existían dentro de mí, igual ni siquiera están dentro de mí, están en el subconsciente o el inconsciente colectivo. A veces me sorprendo a mí mismo hablando muy bien de mi propia obra, no es que no tenga pudor, es que en realidad no la considero mía del todo, la juzgo como si fuera un extraño, de hecho siempre firmo “Bancho o no?” ¿Soy yo o es algo dentro de mí?

Sobre este tema, me interesa mucho (Carl Gustav) Jung, por ejemplo. He leído mucho sobre él, y yo mismo he pasado por episodios –calificados en su día por un psiquiatra del Clínico de Valencia– como místicos y paranormales. Estuve año y medio viviendo unas experiencias muy cañeras y a partir de esto asumo el deseo de hacerme artista. Nació la inquietud de expresarme, de dejarme todo… la seguridad, un buen trabajo fijo con el que me podía haber jubilado y tener una vida sin complicaciones. Decidí arriesgarlo todo para poder autorrealizarme y expresar lo que llevo dentro. Estoy convencido de que a mi madre se la comió su propia creatividad, su capacidad de hacer cosas y su energía, yo creo que un artista si no se expresa, revienta.

Fachada del siglo XVI, de estilo renacentista, del Museo del Ruso de Alarcón, en cuyo interior se disponen las obras que configuran la exposición 'El camino interior', de Bancho. Fotografía cortesía del Museo del Ruso de Alarcón.

Fachada del siglo XVI, de estilo renacentista, del Museo del Ruso de Alarcón, en cuyo interior se disponen las obras que configuran la exposición ‘El camino interior’, de Bancho. Fotografía cortesía del Museo del Ruso de Alarcón.

Es complicada la relación del creador frente a un mercantilismo al que no puede renunciar. ¿Cómo ves la escena artística de hoy y qué papel juegan los artistas?

Hoy, tal y como yo lo veo, el mundo del arte vive de la ilusión de los artistas y de su capacidad de creación. Para mí el mundo del arte ha caído en manos de un capitalismo atroz. El centro es el dinero que fagocita todo, se come todo. El dinero que es un medio se convierte en un fin, y el dinero como fin no es nada, porque el fin último debería ser el hombre que, sin embargo, se convierte en un medio de generar dinero, de conseguir dinero o de explotar para conseguir dinero. Con el arte pasa lo mismo, se ha convertido en mercantilismo y es un valor, que además es subjetivo, y que gente con mucha capacidad de influencia utiliza para inflacionar y especular. El problema es que la gran mayoría de artistas está sobreviviendo a duras penas, y en el otro lado hay una élite, algunos que viven como auténticos pachás.

El circuito del arte se está monopolizando, las pequeñas galerías tienden a desaparecer, está diluyéndose el circuito habitual, se está concentrando en manos de unos pocos (como pasa en el resto de empresas) y ahora mismo hay grandes emporios, grandes galerías, que lo manejan todo.

En pocos años, ha cambiado drásticamente la manera de relacionarnos en todos los ámbitos de la vida. ¿Qué papel crees que ocupan las redes sociales en el mundo del arte?

Si no estás en una red social estás muerto y esto supone un problema, porque es un terreno artificial. Creo que estamos mostrando una fachada que no es nada profunda, en las redes no somos nosotros de verdad, somos un “quiero gustar”, “quiero que me acepten”, “quiero que todo el mundo me valore”, ahí perdemos el sentido de nosotros mismos, nos estamos prostituyendo en aras de algo que no existe porque realmente es algo virtual que como medio está fenomenal pero que tampoco puede ser un fin. Yo creo que muchas de las “cagadas” del ser humano se producen al convertir los medios en fines y lo hacemos continuamente, lo que debería ser un medio de comunicación para que el planeta esté en contacto, para que se faciliten un montón las relaciones entre las personas, se ha acabado convirtiendo en un fin en sí mismo y la persona está a su servicio, subyugada, y se acaba prostituyendo para ser aceptada en esa falsa sociedad. A mí me da pena porque podría ser utilizado de forma maravillosa –a veces también se usa así–, pero el problema es ese, nuestro ego siempre acaba apoderándose de las cosas.

¿Qué referentes artísticos motivan o han influido de alguna manera en tu obra?

Me interesa mucho el racionalismo abstracto, me inspira la obra de Francis Bacon, Anselm Kiefer, Tapiès, Anish Kapoor, Jaume Plensa o De Chirico y toda la pintura metafísica, me gusta todo lo que es trascendente, lo que comunica con otros mundos. Creo que hay un exceso de realidad, la realidad es aburrida, es gris y cualquier persona que nos haga volar, alucinar, y nos transporte a otras dimensiones del pensamiento y del sentimiento me aporta, el arte tiene que ser emoción y ahora hay un exceso de racionalidad. La racionalidad es buena porque si no nos iríamos tirando por los barrancos, pero creo que necesitamos un toque de irrealidad. Me gusta mucho la gente que conecta con el hemisferio derecho y vuela. Los grandes artistas para mí han sabido crear nuevas maneras de ver las cosas, veían la vida de una forma que nadie contemplaba y han sabido expresar, comunicar y conectar con la gente –algunos no en su época sino en tiempos futuros–, han sido pioneros. Transformando la forma de ver las cosas se transforma todo, no hace falta cambiar lo que hay, sino tu forma de ver lo que hay.

El artista Bancho posa junto a las obras de su exposición 'El camino interior', en el Museo del Ruso de Alarcón. Fotografía cortesía del museo.

El artista Bancho posa junto a las obras de su exposición ‘El camino interior’, en el Museo del Ruso de Alarcón. Fotografía cortesía del museo.

Marisa Giménez Soler