Las otras reinas de África

‘Malkia Afrika’, de Miguel Márquez
Entrevista con el fotógrafo con motivo de su reciente publicación

Gambia y Namibia, dos países de África Occidental. Los mandingas y los himbas, un par de etnias africanas con distinta cultura y religión: el islam y el animismo. El fotógrafo valenciano Miguel Márquez reúne en su libro, ‘Malkia Afrika’ una galería de potentes imágenes de la vida cotidiana de estos pueblos. Su trabajo, sus rituales y celebraciones. Belleza, dolor, magia y bailes. Lo que hay más allá de la tragedia diaria de las pateras.

Consumado viajero por países del Tercer Mundo, Márquez, junto a Lorna Arroyo, publicó hace años ‘Missions and World Civilizations’, un libro de fotografías de algunas de las misiones cristianas que funcionan en la India, Tailandia, Haití y Malí. Fascinado por África, regresó allí en solitario para captar su faceta más insólita y desconocida, en concreto el Kankurang, un rito de iniciación de los niños bundigas, de tránsito de la niñez a la vida adulta que coincide con el fin del Ramadán, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, en 2008.

Convivió también con los wölof y fulas tras ser aceptado por el jefe de la etnia mandinga y fue acreditado para documentar una parte de la intimidad sagrada de su pueblo. En un segundo viaje se sumergió en la cultura himba de Namibia, un pueblo seminómada que vive del pastoreo en el que, a diferencia de la sociedad bundiga, la mujer recibe un trato más igualitario.

Una de las imágenes que forman parte de ‘Malkia Africa’, de Miguel Márquez. Fotografía cortesía del autor.

Una de las imágenes que forman parte de ‘Malkia Africa’, de Miguel Márquez. Fotografía cortesía del autor.

“’Malkia Afrika’, que significa en swahili Reina África, reivindica el status que merece este maravilloso continente”, dice Márquez. “La interpretación dual a nivel social estructural va proyectada al símbolo femenino en África. Desde la relevancia  de la mujer mandinga, hasta la jerarquía destacada en la estructura social matrilineal de la etnia himba”.

La ceremonia del Kankurang posee una inquietante belleza plástica centrada en la figura de los hechiceros o chamanes revestidos de ramas y cortezas de árboles, y armados de machetes que persiguen a los niños y entablan una simbólica lucha con ellos. Pero esta fiesta tiene también un lado oscuro, la ablación que sufren las niñas púberes al término de esta. Los niños son circuncidados, pero, a diferencia de la ablación genital, esta práctica no afecta a su salud ni a su vida sexual.

“Con todo el respeto, pongo en tela de juicio el propósito de este culto solemne, pues la transmisión de los valores, las reglas de conducta, la ley y la justicia o igualdad que en teoría representa, según me instruyó uno de los mandingas mas influyentes, pierde efecto con la bárbara mutilación que padecen esas criaturas”, comenta Márquez.

La segunda parte del libro se centra en los himba, que ocupan la región de Kunene, al norte de Namibia y sur de Angola, una escisión de los hereros. “La mujeres himba disfrutan de mayor relevancia social y autonomía que las mandingas sometidas a los reglas del islam”, señala Márquez. “Aunque a veces las casan de niñas, luego pueden elegir a su pareja por amor y las relaciones sexuales son abiertas. Cuando los hombres se marchan de pastoreo a otras zonas tienen allí otras mujeres, al igual que sus esposas pueden cohabitar con quienes visitan el poblado”.

Una de las imágenes que forman parte de ‘Malkia Africa’, de Miguel Márquez. Fotografía cortesía del autor.

Una de las imágenes que forman parte de ‘Malkia Africa’, de Miguel Márquez. Fotografía cortesía del autor.

Las himba solo se lavan con agua una vez en la vida, antes de casarse. Su escasez les ha hecho desarrollar un método de higiene  muy peculiar. Usan plantas aromáticas para sahumarse las partes íntimas y se cubren la piel con una untura hecha con manteca procedente de leche de vaca y tierra rojiza de arcilla. Así se protegen de los insectos y del sol. También la usan, a veces mezclada con ceniza, para elaborar sus sofisticados peinados.

“Después de haber recorrido Malí, Gambia, Tanzania y Namibia, es mi obligación captar con mi cámara los entresijos que alberga este continente, las curiosidades, las adversidades y la controversia sobre lo que es política, social y éticamente correcto, y también, por supuesto, documentar sus maravillas”, apunta Márquez. “Cuando se ha viajado mucho por África se entienden muchas cosas que los europeos ignoramos. El poder extraordinario de ese continente a nivel de pueblo y comunitario. Darse cuenta de lo sencillo que es vivir despojado de lujos y, al mismo tiempo, tenerlo todo. Reivindicar los derechos humanos en defensa de la integridad de la mujer africana, esta es la visión global y experiencia personal, traducida en el contenido de ‘Malkia Afrika’”, concluye Márquez.

La extraordinaria colección de fotografías incluye un prólogo de la antropóloga Mercedes Montero y una presentación de la profesora de Historia del Arte María Gómez, textos que acreditan el valor antropológico y artístico del libro. Se puede encontrar en las librerías Railowsky, Soriano y Patagonia.

Una de las imágenes que forman parte de ‘Malkia Afrika’, de Miguel Márquez. Fotografía cortesía del autor.

Una de las imágenes que forman parte de ‘Malkia Afrika’, de Miguel Márquez. Fotografía cortesía del autor.

Bel Carrasco

 

Roa: “Es urgente repasar el fanatismo”

El ejército de Dios
Sebastián Roa
Ediciones B

Turolense afincado hace años en Valencia, Sebastián Roa lleva esta última década sumergido en el pasado, concretamente en tiempos de la Reconquista, que describe con lujo de detalles y documentación en dos novelas: ‘La loba de al-Ándalus’ y ‘El Ejército de Dios’ (ambas en Ediciones B), recientemente aparecida. Ahora trabaja en la última parte de su trilogía sobre la invasión almohade, pues “es urgente repasar el fanatismo que ya nos asoló una vez”, opina. “Esta época me fascina porque una vez te asomas a ella, es imposible resistirte a su encanto. La Edad Media dura mil años, y está llena de matices y detalles inéditos, atractivos y muy novelescos”.

La historia arranca en el año 1174. El imperio almohade, fortalecido tras someter todo al-Ándalus, se dispone a lanzar sus poderosos ejércitos sobre los divididos reinos cristianos.  Frente al fanatismo africano, el rey Alfonso de Castilla trata de lograr un equilibrio que supere las rivalidades entre cristianos y lleve a la unión contra el enemigo común. La constante rivalidad entre los reyes de León y Castilla, auxiliados respectivamente por las influyentes familias de los Castro y los Lara, se verá tamizada por la intervención Urraca López de Haro, y por las maniobras en la sombra de la reina Leonor Plantagenet.

Una trepidante historia de 800 páginas,  minuciosamente documentada y repleta de amores, batallas, traiciones, venganzas y pasiones humanas. Roa invirtió dos años y medio en escribir este relato de largo aliento que combina la ficción con la realidad para conseguir “tramas redondas y personajes totalmente evolucionados”, dice. “La novela es sustantiva. Lo histórico es circunstancial”.

Detalle de la portada del libro 'El ejército de Dios', de Sebastián Roa.

Detalle de la portada del libro ‘El ejército de Dios’, de Sebastián Roa. Ediciones B.

¿Por qué la ha titulado El ejército de Dios? ¿Acaso entonces no eran todos ejércitos de Dios?

En realidad ni todos los contingentes eran ejércitos, ni mucho menos lo eran de Dios. En los reinos cristianos, los únicos combatientes que podemos considerar profesionales eran los miembros de las órdenes militares, que además tenían una motivación religiosa. Las mesnadas seguían al conde, barón u obispo de turno, y estos podían o no concurrir a la llamada de su rey. En cuanto a las milicias ciudadanas solían contar con privilegios -como la fonsadera- que les permitían esquivar sus obligaciones militares. Además, la bula de cruzada solo podía emitirla el papa, y no lo hacía fácilmente. En suma, a un rey ibérico del siglo XII le costaba horrores movilizar tropas y, cuando lo conseguía, el resultado no se parecía mucho a un ejército. El imperio almohade, por el contrario, contaba con varios ejércitos regulares, algo inédito en la Edad Media.  Era privilegio del califa convocar la guerra santa, y los califas almohades lo hacían siempre que afrontaban una campaña importante. Eso implicaba la unión al ejército de combatientes no regulares, como cabilas bereberes, árabes, andalusíes, voluntarios de la fe, etcétera. Auténticos ejércitos de Dios. Desde un enfoque histórico pero también por la cuenta que nos trae, deberíamos entender la diferencia entre el concepto agustiniano de ‘guerra justa’ como mal necesario y el mahometano de ‘guerra santa’ como deber religioso.

¿Qué habría pasado si los cristianos no llegan a ganar la batalla de las Navas de Tolosa?

Imposible saberlo, ya que confluían otras variables. Si nos remitimos a la historia inmediatamente anterior a 1212, podemos conjeturar con un alto riesgo de colapso cristiano. Lo que está claro es que el proceso de reconquista se habría detenido sine die. Mi novela se sitúa en un momento ‘bisagra’ de cuyas consecuencias, en cierto modo, vivimos todavía. Si hubiera ocurrido lo que en Bizancio, hoy podríamos ser una Turquía occidental.

Portada de 'El ejército de Dios', de Sebastián Roa. Ediciones B.

Portada de ‘El ejército de Dios’, de Sebastián Roa. Ediciones B.

En su novela tienen gran peso los personajes femeninos. ¿Las mujeres en esos tiempos ejercían cierto poder político?

Hay claros ejemplos. Más que a fuerza de conquista militar, las relaciones entre los reinos hispanos se sellaban con esponsales, y había damas que no se resignaban a mirar y callar. Un par de ejemplos: la larga trifulca matrimonial entre Urraca de León y Alfonso el Batallador; y el tanto monta, monta tanto entre Isabel y Fernando. Por no hablar de la reina Berenguela o de María de Molina.

¿Qué pasa por su cabeza ante las noticias de la barbarie yihadista?

Esas acciones no tienen que ver con la religión ni con el Islam. Son consecuencia de una serie de factores como la miseria, el hartazgo y la manipulación que ejercen líderes con mucho carisma. En todo caso, la barbarie yihadista que narro en mi novela fue auténtica, se saldó con múltiples decapitaciones y protagonizó una importante destrucción material, pero no procede de al-Ándalus. Nació en la cordillera africana del Atlas, cuna del movimiento almohade. Los andalusíes del siglo XII fueron tan víctimas de ese fanatismo como sus primos cristianos.

¿Cómo interpreta la existencia de la fiesta Moros y Cristianos, revisión festiva de un acontecimiento trágico y sangriento?

Por muy trágico y sangriento que nos parezca ahora un episodio histórico, nuestro deber como seres racionales es mantenerlo en la memoria. Por otra parte sería absurdo renunciar a la historia medieval por juzgarla con criterios morales del siglo XXI. Yo no pondría el punto de mira en una fiesta tan bonita como la de Alcoy, por ejemplo; preferiría acabar con otras manifestaciones lúdicas coetáneas y realmente degradantes, como las que vemos en ciertas cadenas televisivas día tras día, naranja tras limón. Y viceversa.

Algunos historiadores hablan de la convivencia pacífica entre moros, cristianos y judíos en Toledo. ¿Cree que en algún momento o lugar fue posible cierto entendimiento entre las distintas religiones? ¿Cómo imagina el futuro del Islam y su influencia en Europa?

Existió esa convivencia, tanto en el lado musulmán como en el cristiano, pero de forma fluctuante y bajo criterios de subordinación que, por otra parte, ayudaban a mantener el equilibrio. Salvando las distancias, creo que no estamos enfocando bien el encaje del Islam en Europa. Los europeos dejamos atrás hace tiempo la superstición, y hemos de ser cuidadosos con las corrientes que ahora busquen lo contrario.

Valencia cuenta con una cantera de novelistas centrados en la historia antigua.  ¿A qué cree que se debe?

El tamaño de la ciudad ayuda. Valencia es grande, con lo que hay materia prima, pero no es tan grande como para que los novelistas estemos desconectados. Interactuamos, participamos en eventos con cierta asiduidad, generamos actividad… Y luego está la existencia de centros culturales como el museo L’Iber o el extinto Bibliocafé.

Roa.

Sebastián Roa. Imagen cortesía del autor.

Bel Carrasco

Eduardo Infante: El mar es más que el cielo

Eduardo Infante: El mar es más que el cielo – Painting in Love
Parking Gallery
C/ Bailén, 15. Alicante
Inauguración: 26 de abril a las 20:00 h.
Hasta el 28 de junio de 2014

Cuando nos enfrentamos cara a cara con una pieza de Eduardo Infante (Gerona, 1973), lo primero que hace nuestro ojo, de manera instintiva, es buscar formas identificables. Al principio parecemos reconocer una figura, pero un segundo después se desdibuja con el fondo.

El artista dice de su trabajo que es una totalidad en la que el dibujo y la pintura caminan juntos, sin distinguirse, y que ambos sirven, en sus posibilidades plásticas, para mostrar mucho más allá de lo evidente. Quizá por esto yo misma sintiera, la primera vez que vi sus piezas, una especie de desconcierto visual; no sabía muy bien si estaba viendo abstracción o figuración. Y probablemente sea esta la cuestión principal para comprender mejor su trabajo: las obras de Infante son un punto intermedio entre ambos, un resquicio en el que jugar, sin miedo a equivocarse, con lo reconocible y lo abstracto.

La Historia del Arte ha tenido como eje principal de debate, durante siglos, la discusión entre los defensores de la imagen y los que la rechazaban. Las religiones monoteístas son, en el fondo, el origen de estas trifulcas. La imposibilidad de representar a Dios como ente reconocible supuso que tanto el judaísmo como el islam optasen por una total iconoclastia en su desarrollo artístico y cultural, dando paso así a la palabra escrita como una personificación de la divinidad. Frente a esto, el cristianismo entendió la imagen de Dios como inviolable pero no así todo lo derivado de esta, como la naturaleza o los Seres Humanos, permitiendo la representación fidedigna de la realidad visible.
Pues bien, Eduardo Infante intenta moverse entre ambos mundos sin decantarse por ninguno, cuestionándose también la veracidad de lo representado, e incluso se atreviéndose a negarlo.

Así, en algunas de sus piezas podemos ver el trazo de una primera figura en dibujo, como en “Prodigio abandonado”, de 2008, y sobre ella su propia inexistencia: el color que se superpone e impide reconocer lo que se esconde debajo. Dibujo frente a color. Figuración frente a abstracción.

Eduardo Infante, "El mar es más que el cielo" (fotografía: Germán Fernández). Imagen cortesía de la Parking Gallery.

Eduardo Infante, «El mar es más que el cielo». Foto: Germán Fernández. Imagen cortesía de Parking Gallery.

Hay, pues, en la producción de Infante un punto de incertidumbre, una duda posible entre nuestra propia imaginería. ¿Qué representa mejor lo inmaterial y lo intangible, la abstracción o la figuración? Sus piezas no intentan ser una respuesta a esto, sino más bien con una continuación de la pregunta, un enfrentamiento directo a esta.

Presentando sus últimas piezas en esta exposición individual en la Parking Gallery, bajo el título de “El mar es más que el cielo”, Infante nos interpela directamente con estas cuestiones, ya que, ¿no es el mar el reflejo del cielo? ¿No es su color azul, intenso, vivo, potente, un espejo en el que se mira el cielo? Estos contrapuestos son una de las preferencias más evidentes de Infante, siempre cuestionando lo definido como estable, contraponiéndolo a algo más para cuestionarlo y de paso utilizando, como aquí, el tema como excusa para retomar el vivo color que protagoniza muchas de sus piezas. Parejas de piezas que se exponen juntas porque incluso en el proceso creativo se han ido estableciendo como contrapuestas.

Es interesante tener en cuenta también que la gama cromática que utiliza Infante es, en muchos de los casos, muy intensa y con colores muy vivos. Manchas que ocupan grandes espacios en la obra y que contrastan con el abocetamiento que se percibe en el trazo del dibujo. La delicadeza de la línea y la fuerza del color perfectamente combinados.

En sus obras encontramos también algunas referencias a la influencia oriental. Es cierto que el uso del papel y el dibujo, especialmente como él lo trabaja, nos remite a China, por ejemplo. Sin embargo aquí hay mucho más: el artista explora las posibilidades plásticas del material para incorporar lo inmaterial, como el vacío. Los grandes huecos que vemos en muchas de las piezas están tan cargados de significado como el dibujo y el color.

Desnudos sutiles con una sensualidad que se percibe a través del trazo casi infantil que Infante impronta en sus obras. Grandes vacíos, manchas de color que ocupan toda la superficie, líneas abocetadas…

Y es precisamente el papel su soporte fetiche uno de los culpables que le vinculan con la influencia oriental. Lo característico del papel es su tactilidad, su permeabilidad, capaz de absorber los colores y marcar más los trazos.
Tampoco es inocente esta relación si observamos cómo la naturaleza, en las piezas del artista, es representada de manera imaginativa, inventada y con un trazo que nos recuerda a nuestra infancia. Montañas a base de triángulos y con apenas un blanco en la cumbre, a modo de nieve, como en “Pink Dead Redemption”, de 2011. Un paisaje confuso, múltiple, ensoñado, a base de grandes manchas superpuestas y líneas imprecisas.

En el fondo, de lo que nos está hablando Eduardo Infante en toda su producción, que ahora muestra en Parking Gallery, es de la dificultad humana para definir su propia existencia. El pensamiento es propiamente, abstracto, pero nuestra realidad material es figurativa, así que, ¿cómo representamos esto en la creación artística? ¿Ha sabido el arte fluctuar entre ambas posiciones? ¿Cómo estar entre las dos sin decantarse por ninguna? La respuesta en las piezas de Infante es una mezcla de ambas, un intento por aproximar lo inmaterial y lo material.

Con esta exposición, “El mar es más que el cielo”, tenemos de nuevo la oportunidad de asomarnos a la ventana que Infante nos abre para ver que la realidad es, más allá de cómo la percibimos, mucho más compleja.

Semíramis González

Eduardo Infante fotografiado junto a la obra que da título a la exposición. Fotografiado por Germán Fernández. Imagen cortesía de la Parking Gallery.

Eduardo Infante fotografiado junto a la obra que da título a la exposición. Foto: Germán Fernández. Imagen cortesía de Parking Gallery.