Radigales en el debate de las nuevas tecnologías

Enrique Radigales, Ni hueso ni pepita
Galería Carolina Rojo, Zaragoza
Hasta el 14 de noviembre

Enrique Radigales persevera en el debate de las nuevas tecnologías.

En el texto que Enrique Radigales (Zaragoza, 1970) ha escrito para su exposición Ni hueso ni pepita en la galería Carolina Rojo de Zaragoza plantea las claves que nos permiten comprender su trabajo. Una de ellas es su compromiso con el decrecimiento, corriente de pensamiento político, económico y social que aboga por abandonar el objetivo prioritario del crecimiento por el crecimiento. De tal modo que el propósito de su proyecto, señala, es convertir el experimento botánico que presenta en una acción decrecionista. Y cita al economista E. F. Schumacher, autor de Lo pequeño es hermoso (1973), ensayo de enorme difusión de las bases ideológicas decrecentistas: “Más grande aún que el misterio del crecimiento natural es el misterio de la finalización natural del crecimiento”. La posición de Radigales, próxima a la ética decrecentista, ha sido constante a lo largo de su trayectoria artística, a través de la cual ha buscado dar respuesta a preocupaciones tales como el cuestionamiento del progreso tecnológico como reflejo de la evolución económica y social, el significado y consecuencias de la obsolescencia técnica o la problemática del reciclaje de ciertas maquinarias y de los lenguajes que en su día los activaron, sin pasar por el alto su empeño en corregir el reproche habitual al que se enfrenta la representación digital que, según anota Kuspit, es la pérdida de la calidad física de la pintura y su influencia directa en la experiencia emocional a favor de un contenido de marcado carácter conceptual. Sin pasar por alto las imágenes, “síntomas” más que símbolos de su posicionamiento político, social y artístico. Porque Radigales, hemos de insistir, es un artista comprometido con una línea de pensamiento favorable a un cambio radical del sistema mediante acciones como el experimento botánico que rige este proyecto, una acción decrecionista que le permite abrir el debate sobre “el uso de las nuevas tecnologías desde el paraguas del equilibrio natural”.

Enrique Radigales. "Ni hueso ni pepita". Instalación (detalle). Cortesía Galería Carolina Rojo.

Para abordar el creciente desequilibrio entre tecnología y naturaleza, Radigales recurre al injerto, un método de propagación vegetativa según el cual una porción de tejido procedente de una planta se une sobre otra ya asentada, siempre y cuando exista afinidad entre las partes. No hay reglas que determinen las relaciones de afinidad o antipatía, solo sirve la experiencia, y la experiencia, señala Radigales, constata la antipatía existente entre tecnología y naturaleza.

Enrique Radigales. "Ni hueso ni pepita". Instalación (detalle). Cortesía Galería Carolina Rojo.

Todo arranca, nos cuenta, de una fotografía en blanco y negro tomada en 1959, en la Escuela Rural de Nuestra Señora de Cogullada (Zaragoza). En la imagen, tres alumnos realizan ejercicios de injertos frutales. El que aparece a la izquierda de la fotografía es el padre de Enrique Radigales. El injerto se revela -basta atender a su página web- como el método que ha determinado el proceso de crecimiento y ramificación de los proyectos de Enrique Radigales, interesados siempre en cuestionar la influencia del progreso tecnológico y su vinculación con un modelo económico y social que no comparte, a través de la exploración del tiempo de las imágenes producidas en los más diversos soportes con técnicas manuales, analógicas y digitales.

La secuencia de obras que presenta en la galería Carolina Rojo son, anota, el resultado de sus reflexiones sobre el tiempo orgánico y la tecnología, la información como paisaje y la reclamación de la medida humana en un mundo dominado por el paradigma de la velocidad. En todo caso se trata de imágenes realizadas durante el proceso de desarrollo del árbol multi-injertado en la Estación Experimental Aula Dei (EEAD/CSIC) de Zaragoza. A partir de un patrón de María Ángeles Moreno, investigadora científica del Departamento de Pomología, se irán injertando en el tiempo otras variedades de árboles. La mañana del 30 de marzo de 2015, aniversario del nacimiento de Goya, autor de las pinturas al fresco en la cartuja de Aula Dei, se transplantaron dos patrones del híbrido desarrollado por Moreno que servirá de base para futuros injertos. En la actualidad, el árbol mide poco más de 40 cm pero ha trascendido en la secuencia de imágenes que Radigales presenta en la galería Carolina Rojo.

Vista general de la exposición de Radigales en la galería Carolina Rojo.

Escribe Radigales: Ni hueso ni pepita, título de la exposición, hace referencia a la relación de antipatía existente entre la tecnología y la naturaleza. Mientras la naturaleza se rige por el principio de autolimitación de tamaño, velocidad o violencia, generando un sistema sutil que tiende a equilibrarse con su entorno, la tecnología actúa como un cuerpo extraño, exponencial y particularmente voraz con los recursos naturales.

Enrique Radigales, "Ni hueso ni pepita", 2015. Cortesía galería Carolina Rojo.

Enrique Radigales, “Ni hueso ni pepita”, 2015. Cortesía galería Carolina Rojo.

Radigales ha “trasladado” parte de su taller a un ángulo de la galería. Allí cuelga la fotografía en blanco y negro de 1959, varias fotocopias de imágenes correspondientes al prototipo experimental formado por varias especies de melocotonero, almendro y ciruelo al cuidado del jardinero de Aula Dei y a la espera de nuevos injertos de la investigadora María Ángeles Moreno. Y fotocopias de imágenes de las obras tomadas en su taller, algunas de las cuales cuelgan ahora en la galería. Los papeles quedan adheridos a la pared mediante pasta de modelar de diferentes colores que Radigales aplica directamente con los dedos, con forma de píxeles. Y en medio, dos sobrios estantes de madera sobre los que descansan las frutas en proceso de pudrición que en su día Radigales pintó al óleo y, a continuación, pasó por el escáner del que resultaron las impresiones digitales que acogen las imágenes frutales y en las que está adherida la memoria histórica de tantas otras imágenes de frutas atrapadas en el tiempo. A cada lado de la enorme composición central, dos impresiones en cuyos márgenes del papel Radigales registra al óleo, con gestos nuevamente en forma de píxeles, la relación cromática de afinidad o antipatía de los tonos con los que pintó las frutas con los digitales.

Enrique Radigales, "Ni hueso ni pepita", 2015. Cortesía galería Carolina Rojo.

Enrique Radigales, “Ni hueso ni pepita”, 2015. Cortesía galería Carolina Rojo.

Junto a las impresiones digitales, una secuencia de dípticos reclaman a Leibniz, Injertos sobre mónadas se titulan. La cita que Radigales hace a Leibniz no es en vano, pues como supo Deleuze el problema continúa siendo habitar el mundo. “Descubrimos nuevas formas de desplegar y nuevos envoltorios, pero seguimos siendo discípulos de Leibniz, porque se trata siempre de plegar, de desplegar, de replegar”.

Chus Tudelilla

 

Las fotografías de Luis Gordillo

Luis Gordillo. G/K Fotografías
Galería Carolina Rojo
Paseo de Sagasta, 72. Zaragoza
11 de junio – 26 de julio, 2014
Programa oficial de PhotoEspaña’14

El programa oficial del Festival PhotoEspaña’14 en Zaragoza incluye la exposición G/K Fotografías de Luis Gordillo, de la que es comisario, en la galería Carolina Rojo.

En su texto “Notas sobre lo que busco”, Georges Perec señaló los puntos cardinales de su escritura: “el mundo que me rodea, mi propia historia, el lenguaje, la ficción”, asuntos que nunca enfocó de manera individual aunque lo hiciera desde perspectivas particulares, como anota Guadalupe Nettel en su presentación a la primera edición en castellano de Lo infraordinario. El ensayo “¿Acercamiento a qué?”, publicado en Cause commune en 1973, introduce el libro: “Quien nos habla, me da la impresión, es siempre el acontecimiento, lo insólito, lo extraordinario: en portada, en grandes titulares”; para, a continuación, preguntarse: “Lo que realmente ocurre, lo que vivimos, lo demás, todo lo demás, ¿dónde está? Lo que ocurre cada día y vuelve cada día, lo trivial, lo cotidiano, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual, ¿cómo dar cuenta de ello, como interrogarlo, cómo describirlo?”. Se trata, por tanto, de inventariar lo habitual, de interrogar lo cotidiano, quizás para “fundar nuestra propia antropología”.

Luis Gordillo, G/K 13D, 2014. Imagen cortesía del artista y Galería Carolina Rojo.

Luis Gordillo, G/K 13D, 2014. Imagen cortesía del artista y Galería Carolina Rojo.

Luis Gordillo comparte mucho con Georges Perec. Los polos de su obra, la urgencia por retener en ella algo de la obsesiva tarea que supone la construcción de la identidad, o el interés extraordinario por las herramientas con las que trabaja, tan fundamentales para ensayar y experimentar nuevas posibilidades. Toda la obra de Gordillo es una interrogación continua de lo que sucede a su alrededor, que parece realizada, como la escritura de Perec, y al decir de Nettel, para un espectador ideal a quien no es preciso explicarle nada.

Luis Gordillo, Dúplex, 2002. Imagen cortesía del artista y Galería Carolina Rojo.

Luis Gordillo, Dúplex, 2002. Imagen cortesía del artista y Galería Carolina Rojo.

La fotografía es una buena herramienta para inventariar lo habitual. Aunque no siempre ha sido estrictamente así desde que Gordillo decidió incorporarla en su obra, en los años sesenta del siglo XX. Como el propio artista ha señalado, la fotografía es un instrumento especialmente eficaz en el interminable desarrollo procesual de su pintura por dos razones fundamentales: le permite huir de la esquizofrenia del color, y facilita la introducción natural del azar y el automatismo. Técnica clave en su laboratorio experimental, Gordillo también ha utilizado la fotografía para registrar el proceso pictórico. Algunos de sus cuadros testimonian los hallazgos que aporta la fotografía;  y el color de la pintura transforma el de las fotografías.

Exposición de Luis Gordillo en la Galería Carolina Rojo, Zaragoza.

Exposición de Luis Gordillo en la Galería Carolina Rojo, Zaragoza.

G/K es el título de la serie fotográfica que Luis Gordillo inició en 2013. Todas las cosas de su entorno cotidiano tienen cabida en ella, hasta configurar una topografía atenta a lo habitual de lo que se vive. El paisaje de su jardín, la mesa de ping pong, la piscina, fragmentos de sillas o tazones, fragmentos de cómic, los escenarios de sus viajes…,, son algunos de los motivos que conjugan la composiciones visuales, seductoramente extrañas en un espacio abierto a múltiples líneas de fuga de sedimentación temporal compleja que, en ocasiones, organiza en imágenes dobles. Quizás no sean más que respuestas a preguntas fragmentarias apenas indicativas de un método, que diría Perec, pero esenciales para captar nuestra verdad.

Chus Tudelilla

Luis Gordillo, G/K 13 c, 2014. Imagen cortesía del artista y Galería Carolina Rojo.

Luis Gordillo, G/K 13 c, 2014. Imagen cortesía del artista y Galería Carolina Rojo.

 

Galería Carolina Rojo: Yo, etcétera

Galería Carolina Rojo: Yo, etcétera
Paseo de Sagasta, 72. Zaragoza
Hasta el 7 de Junio de 2014

¿Quien tiene derecho a decir “yo”? ¿Es un derecho que hay que ganarse? Son las preguntas que, en torno a 1965, Susan Sontag dejó escritas en una hoja suelta, tachadas pero legibles. Años más tarde, tituló Yo, etcétera a la reunión de ocho ficciones que habían sido publicadas en diferentes revistas. Resultó que los etcéteras acabaron ocupando el lugar del yo.

El 21 de noviembre de 1978, Sontag escribió en su diario sobre Yo, etcétera: “El significado circula. Historias como prismas”; el 25 de febrero de 1979 hizo referencia al método cubista que guiaba Yo, etcétera: “contar historias desde ángulos diferentes”. Y el 20 de mayo de 1980, con motivo de una conferencia sobre su obra, especificó: “El cubismo literario > estar en muchos tiempos + muchos lugares, voces.”

El proyecto Yo, etcétera que presenta la Galería Carolina Rojo comparte con Susan Sontag el título de su libro y su método de trabajo en el deseo de estar en muchos tiempos y muchos lugares a través de las voces de los artistas que la galería representa. La ocasión aconsejaba invitar a la cita, además, a otros autores procedentes de diferentes ámbitos de creación, como la literatura, la música, la filosofía o el cine, con el propósito de plantear la cuestión central del proyecto: ¿Es preciso saber el “yo”? O, ¿hemos de conformarnos con los “etcéteras”?

Fotografía de la muestra expositiva "Yo, etcétera" en la Galería Carolina Rojo. Imagen cortesía de la Galería.

Fotografía de la muestra expositiva “Yo, etcétera” en la Galería Carolina Rojo. Imagen cortesía de la Galería.

La selección de las obras en exposición responde, por tanto, a un método: cada autor convocado a la cita ha elegido su particular “etcétera” de entre sus obras. No ha habido reuniones conjuntas, solo conversaciones personales, por lo que es mucho más sorprendente el resultado.

Los signos de interrogación son comunes en todos los autores. La mayoría intentan la opción de ser otro. La acción de borrar es continua; aunque sin miedo a nombrar, incluso a los monstruos. Los movimientos de enroscarse en sí mismos se repiten. El peso se hace latente junto al deseo de imaginar horizontes imposibles o nubes oscuras sobre paisajes nunca visitados. Dice Sontag que la idea que se tiene de uno mismo es lo que se es. Esa idea es, en definitiva, la que sustenta la unidad del dispositivo múltiple de narraciones construidas que son los etcéteras de este proyecto.

Fotografía de la muestra expositiva "Yo, etcétera" en la Galería Carolina Rojo. Imagen cortesía de la Galería.

Fotografía de la muestra expositiva “Yo, etcétera” en la Galería Carolina Rojo. Imagen cortesía de la Galería.

Eduardo López Banzo interroga la música y subsana lo que el copista de Handel no comprendió; debajo de las tachaduras escribe, por vez primera, la versión original en su partitura de trabajo de los Concerti Grossi Op. 6. Alejandro Cañada enseñaba a sus alumnos exigiéndoles borrar los dibujos; Enrique Radigales decidió guardar uno de los muchos dibujos que realizó durante su estancia en Cañada: en el continuo borrar, Radigales fue haciéndose. En La mala luz, Carlos Castán plantea la opción de borrar cada cosa y la suma de las cosas… “Ir olvidándolo todo”. No logra olvidar su poema perdido el protagonista de Autopsia, la novela de Miguel Serrano, quizás porque como escribe: “Después de todo, aquel poema hablaba o balbuceaba acerca de mí”. Mariano Anós parte del no saber. Charo Pradas dibuja y tacha a tinta, sobre la hiriente línea horizontal de un pequeño cuaderno, los gestos que nacen de “movimientos en lugar de otros movimientos”, como en el verso de Michaux, y acaban convertidos en monstruos. Los monstruos que Sergio del Molino en La hora violeta no puede ahuyentar. “A partir de aquí, monstruos”. Más arriba, o quizás al lado, la línea del horizonte, que en las fotografías de Jorge Fuembuena borra las fronteras que separan el mar del cielo. “¿Qué más viste, cuando estabas en mitad del mar?, se pregunta a El nadador, poema de Manuel Vilas. José Noguero pinta árboles y nubes, oscuras o vacías del color que tiñe las montañas de Landmannalaugar. De nubes que oscurecen la zona del cerebro donde se amasa el pensamiento y se tejen las palabras, sabe y escribe mejor que nadie Miguel Mena en Piedad. Y si Jorge Usán pinta la fragilidad de los pájaros en reposo, el peso de la gravedad del mundo incita a Cecilia de Val a cortar las cabezas de las figuritas de porcelana y sustituirlas por piedras. A su lado, fotografías de paisajes enardecidos que ensayan una dramaturgia diferente a la explorada por Almalé y Bondía, delatora del falso reconocimiento. Louisa Holecz mira desafiante al espectador en su Autorretrato. No hay lugar para metáforas. Y Blanca Torres decide compartir el móvil que siempre lleva encima y donde guarda lo más íntimo de su vida. Fernando Martín Godoy pinta sus habitaciones, que son sus refugios, su intimidad pictórica. Lejos del griterío de las imágenes de Yann Leto, observador atento de un mundo real, cuyos restos preserva Nacho Bolea para dar luz a nuevos alegatos que desactiven amenazas. “No sufras el dolor futuro”, escribió Sontag.

Fotografía de la muestra expositiva "Yo, etcétera" en la Galería Carolina Rojo. Imagen cortesía de la Galería.

Fotografía de la muestra expositiva “Yo, etcétera” en la Galería Carolina Rojo. Imagen cortesía de la Galería.

En este juego que nos permite fantasear con las relaciones entre las cosas, que tanto gustaba al personaje de Julia en el relato Declaración de Susan Sontag, se descubre la necesidad de contar. De hablar y hablar, para no estar solo, como la sombra que persigue José Luis Rodríguez en su novela Al final de la noche. Y porque en definitiva, como sostiene Carlos Castán, “la verdadera orfandad se produce cuando salimos de foco y los ojos que seguían nuestros movimientos se evaporan…”.

Chus Tudelilla

Fotografía de la muestra expositiva "Yo, etcétera" en la Galería Carolina Rojo. Imagen cortesía de la Galería.

Fotografía de la muestra expositiva “Yo, etcétera” en la Galería Carolina Rojo. Imagen cortesía de la Galería.