«Trato hacer de lo obvio algo nuevo»

GraffitiPop, de Antonio de Felipe
Galería Thema
C / Plaza América, 4. Valencia
Hasta el 15 de abril de 2016

Dice que lo importante es “ser auténtico, hacerlo con verdad”. Curioso de un artista que ha convertido la ficción que representan los grandes iconos de masas en materia de su impactante obra. Curioso, pero de ninguna forma incoherente. De hecho, la autenticidad de la que habla Antonio de Felipe (Valencia, 1965) pasa precisamente por trabajar ese glamour de las grandes estrellas del cine, de la música y del deporte, hasta convertirlo en objeto de reflexión manifiesta en su obra. “Hay que aprender a ver y no quedarte con la primera impresión”, subraya.

Detalle del propio Antonio de Felipe en una de sus obras en la Galería Thema. Imagen de Carles Traver y Josevi Marco.

Detalle del propio Antonio de Felipe en una de sus obras en la Galería Thema. Imagen de Carles Claver y Josevi Marco.

Y la impresión que ofrece su trabajo es la de un artista pop que ha sabido aprovechar el atractivo de ciertos iconos para capturar la mirada fascinada del público. Marilyn Monroe, Audrey Hepburn o Madonna a modo de reclamo, de cebo. Nada más lejos de la verdad que Antonio de Felipe busca. “Le doy dos millones de vueltas a cada boceto”. Y si utiliza esos iconos en su obra, sin duda lo primero que salta a la vista, “es para tomar impulso”. Dice que es su manera de empezar, aferrándose a “algo seguro” para después dejar que vuele la imaginación. También porque él trabajó como creativo en una agencia de publicidad en los años 80 y le resulta “natural” utilizar esos iconos. “Toda esa formación es mi legado”, remarca.

A partir de ahí, Antonio de Felipe ha ido construyendo una obra que empezó mostrando hace 25 años en la galería Thema de Valencia, a la que ahora vuelve con su nueva serie GraffitiPop. Serie que exhibió en el Centro Cultural Casa Vacas de Madrid y que fue vista por más de 70.000 personas. Una selección de 12 lienzos y unas 15 obras sobre papel integran la exposición de su regreso a los orígenes. “No es un ejercicio de nostalgia, pero sí remueve ciertos sentimientos”. Como el hecho de que su padre, fallecido cinco años antes de aquella su primera exposición, no haya podido ver la rutilante trayectoria de su hijo.

Vista general de la exposición GraffitiPop, de Antonio de Felipe, en la Galería Thema. Imagen de Carles Traver y Josevi Marco.

Vista general de la exposición GraffitiPop, de Antonio de Felipe, en la Galería Thema. Imagen de Carles Claver y Josevi Marco.

“Soy un artista de pico y pala”

“Hago mi trabajo con tanta pasión que el espectador luego me lo devuelve”. Pasión y energía que convierten una charla con De Felipe en un alegato a favor de la creación como estímulo vital. “Tengo un pop más sofisticado”. Cuatro años le ha llevado crear su última serie. “Soy un artista de pico y pala; un trabajador nato”. Por eso no dudó en pintarse a sí mismo en medio de esos trabajadores que inmortalizó el fotógrafo Charlie Clyde Ebbets subidos en lo alto del Rockefeller Center, mientras se construía en plena Gran Recesión. Detrás de ellos, el artista valenciano coloca a la Marilyn Monroe que igualmente inmortalizó Winston.

“No es una Marilyn cualquiera y la imagen de los obreros es un guiño a Equipo Crónica”, explica el artista. Ese contraste entre el glamour de la estrella cinematográfica y la aspereza de los trabajadores atraviesa buena parte de la obra de Antonio de Felipe. “Trato de hacer de lo obvio algo nuevo”. Lo mismo sucede con la imagen de la Audrey Hepburn de ‘Desayuno con diamantes’, colocada frente a un graffiti que interpela su aura para hacerla más terrestre. “No estoy de acuerdo con eso de que el pop es fácil y no tiene discurso crítico”. Y vuelve a insistir en la necesidad de rascar esa primera capa de su obra.

Audrey Hepburn en una de las obras de Antonio de Felipe en la Galería Thema. Imagen de Carles Traver y Josevi Marco.

Audrey Hepburn en una de las obras de Antonio de Felipe en la Galería Thema. Imagen de Carles Claver y Josevi Marco.

“Me parece un error politizar el arte”

“El pop es como un puñetazo”, dice. Luego es cada espectador el que tiene que encajarlo a su manera. Ahora ese pop viene de la mano del graffiti. “Era un reto personal; nunca había utilizado el spray y es un ejercicio que ha catalizado mi creatividad”. De forma que el “chorreón” se mezcla con su “pintura depurada” para “fundir dos mundos de los que creo haber salido airoso”. También le ha perdido el miedo al autorretrato, porque dice haber alcanzado “un grado de madurez en la técnica y en lo personal”.

Con cerca de medio millar de exposiciones a sus espaldas, no entiende que todavía haya gente que relacione su obra con el anterior gobierno del PP, cuando en 25 años sólo ha expuesto en cuatro ocasiones en Valencia. “Me parece un error politizar el arte”. Y como en su obra siempre hay “aportaciones irónicas”, Antonio de Felipe se toma esas inquinas con espíritu fallero. “Es que mi obra es muy fallera porque conecta con lo lúdico y el pop”. E insiste: “Mi política es el arte”. Un arte repleto de iconos de la cultura de masas que Antonio de Felipe descontextualiza para crear su singular universo. Pasión y energía que hasta el 15 de abril eclosiona en la galería Thema.

Ver la noticia en El Mundo Comunidad Valenciana

Salva Torres

Video de la exposición ‘GraffitiPop’ realizado por Carles Claver y Josevi Marco:

 

Los iconos robados de Coté Escrivá

Stolen Icon, de Coté Escrivá
Moosey Art Gallery
22 Bridewell Alley. Norwich (Norfolk). Reino Unido
Inauguración: jueves 9 de julio, a las 18.30h
Hasta el 25 de julio de 2015

El artista e ilustrador valenciano Coté Escrivá muestra en la galería Moosey Art de Norwich, en el Reino Unido, su nueva exposición titulada ‘Stolen Icon’ (Icono Robado), concepto que viene a partir de una frase de Picasso, «los buenos artistas copian, los genios roban».

Sponge Guy, obra de Coté Escrivá en la exposición 'Stolen Icon' de Moosey Art Gallery. Imagen cortesía del autor.

Sponge Guy, obra de Coté Escrivá en la exposición ‘Stolen Icon’ de Moosey Art Gallery. Imagen cortesía del autor.

Casi literalmente Coté ha robado, o ha cogido prestado, algunos de los iconos del arte pop y de la cultura contemporánea como el bote de sopa Campbell o el plátano de Warhol, el perro de Keith Haring, Bibendum (el muñeco de Michelín) o trozos de obras de Roy Lichtenstein, Obey, Banksy o D’Face y les ha dado una reinterpretación. Para esta muestra el artista expone dos tipologías de trabajo.

Bibendum, obra de Coté Escrivá en la exposición 'Stolen Icon' en Moosey Art Gallery. Imagen cortesía del autor.

Bibendum, obra de Coté Escrivá en la exposición ‘Stolen Icon’ en Moosey Art Gallery. Imagen cortesía del autor.

Por una parte, utiliza sus ya habituales ilustraciones de personajes animados clásicos, siempre dotándoles de una ácida visión, pero esta vez bastante más colorista de lo que nos tiene acostumbrados. Mezcla de personajes, ojos huecos o saltones, y alguna sorpresa más.

Pig Brothers, obra de Coté Escrivá en Moosey Art Gallery. Imagen cortesía del autor.

Pig Brothers, obra de Coté Escrivá en Moosey Art Gallery. Imagen cortesía del autor.

Por otra parte, se acerca al mundo del street art y del graffiti. Destaca el uso de plantillas y botes de spray para dar a sus obras un aspecto callejero. «Cada vez me fijo más en lo que rodea al mundo del arte urbano, disfruto mucho viendo en la calle paredes grafiteadas y quería trasladar esto a mis cuadros». Las nuevas creaciones de Coté están a mitad de camino entre el street art, imágenes pop con un aire vintage y un guiño retorcido y original.

Punisher, obra de Coté Escrivá en Moosey Art Gallery. Imagen cortesía del autor.

Punisher, obra de Coté Escrivá en Moosey Art Gallery. Imagen cortesía del autor.

Twisted Toons Homer, de Coté Escrivá. 'Stolen Icon' en Moosey Art Gallery. Imagen cortesía del autor.

Twisted Toons Homer, de Coté Escrivá. ‘Stolen Icon’ en Moosey Art Gallery. Imagen cortesía del autor.

 

Equipo Crónica, grandes carteles, ¿buenas obras?

Equipo Crónica
Museo de Bellas Artes de Bilbao
Plaza del Museo, 2. Bilbao
Hasta el 18 de mayo, 2015

Cuando soñamos pasa una cosa curiosa: estamos convencidos de que todo lo que sucede es de verdad. La lógica onírica es tan convincente que lo que vivimos en el sueño nos parece real. Y nos lo parece porque en el sueño es real.

Con el arte pasa lo mismo. Cuando una obra es capaz de atraernos a su espacio narrativo y dejarnos atrapados en él haciéndonos olvidar toda realidad que queda fuera, construye de pronto a través de la ficción otra realidad y otra verdad que reconocemos de manera inesperada como parte de nosotros mismos. Esa es su magia y su poderoso atractivo.

El intruso, de la serie Guernica, de Equipo Crónica. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

El intruso, de la serie Guernica, de Equipo Crónica. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Suele pasar lo contrario cuando va cargada con el lastre de intenciones políticas, sociales, filosóficas o satíricas. Como estas ideas funcionan en la realidad efectiva de las cosas, nos empujan fuera de la ficción creándonos un conflicto de posicionamiento: no sabemos a qué atenernos, si a la realidad sobre la que nos obligan a pensar, o al disfrute estético.

El valor político o filosófico que una obra pueda tener es algo que debe venir luego, cuando se piensa sobre ella. Pero si esas ideas forman parte de la obra tienen que quedar dentro de la lógica narrativa como partes de la ficción. De no ser así, acaba resultándonos falsa, o simplemente no nos convence.

Equipo Crónica. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Heartfield-El Lissitzsky, dos frentes, de Equipo Crónica. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

En 1964 los artistas valencianos Rafael Solbes (1940-1981), Manuel Valdés (1942) y Joan Antoni Toledo (1940-1995), forman Equipo Crónica, activo hasta 1981. El Museo de Bellas Artes de Bilbao le dedica, patrocinado por BBK Fundazioa, una exposición retrospectiva con 146 obras que resumen su trayectoria a través de pinturas, dibujos, carteles, y esculturas y grabados en serie. Incluye también documentos del movimiento Estampa Popular de Valencia, en el que los tres artistas participaron antes de crear Equipo Crónica. El caso es que estos artistas entendieron que su actividad tenía que quedar expresamente ligada a una referencia externa, en su caso a la situación política española que va desde la última década de la época franquista hasta el cambio de poderes en el Estado (de un régimen totalitario… a una oligarquía de partidos).

Juegos peligrosos, de la serie Guernica, de Equipo Crónica. Museo de Bellas Artes Bilbao.

Juegos peligrosos, de la serie Guernica, de Equipo Crónica. Museo de Bellas Artes Bilbao.

Al tener como propósito la crítica de la situación sociopolítica de ese momento y usar lo artístico como excusa para satirizarla, nos pasa que cuando estamos delante de estas obras no sabemos si pensar sobre la crítica que representan o disfrutar de lo artístico que pueda haber en ellas. El resultado es que no conseguimos ni lo uno ni lo otro. La obra ha quedado abortada de tal manera que muere presa de su propio conflicto.

Por otra parte, desnudado del contexto histórico al que pertenece, su trabajo nos deja el regusto amargo que suelen dejar las cosas que se han hecho con retales de otras sin aportar nada original. Nos parecen buenos carteles, pero no grandes obras. Influido por el pop y la renovación figurativa de los 60, Equipo Crónica usa como medio plástico impresiones gráficas con colores planos, y toma como excusa lo artístico para articular su trabajo crítico-satírico a través de imágenes tomadas de los medios de comunicación y de referencias icónicas de la historia y el arte.

A un lado y otro de la cuerda, de la Serie Negra, de Equipo Crónica. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

A un lado y otro de la cuerda, de la Serie Negra, de Equipo Crónica. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Iñaki Torres

Hiperrealismo: imágenes en alta definición

Hiperrealismo 1967-2013
Museo de Bellas Artes de Bilbao
Plaza del Museo, 2. Bilbao
Hasta el 19 de enero de 2015

La muestra comienza con los fundadores del fotorrealismo norteamericano de los años 60 y 70, cuando la abstracción dominaba el horizonte artístico (cumpliéndose así una vez más ese movimiento pendular que parece inevitable entre los opuestos): John Baeder, Robert Bechtle, Chuck Close, Don Eddy, Ralph Goings, Richard Estes, John Kacere, Ron Kleemann o John Salt, para continuar con su internacionalización en las siguientes generaciones hasta la actualidad: Anthony Brunelli, Davis Cone, Robert Gniewek, Gus Heinze, Don Jacot, Ben Johnson, Yigal Ozeri, Raphaella Spence o Bernardo Torrens, entre otros.

Los primeros comparten con ese otro estilo característico de la década, el arte pop, el gusto por los motivos triviales y cotidianos: coches y motos relucientes, letreros luminosos, gasolineras, escaparates, el colorido artificial de los bares de carretera… Suelen ser primeros planos, con ese efecto borroso tan propio de la escasa profundidad de campo de las fotografías que utilizan como modelo.

Obra de Don Jacot en la exposición sobre Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Don Jacot en la exposición sobre Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Porque estos pintores utilizan la fotografía como instrumento para la pintura, con técnicas como la proyección de diapositivas o el sistema de mallas. El proceso que siguen es el de captar la realidad mediante la fotografía para luego copiarla en el lienzo hasta en sus mínimos detalles. Pintan con pistola a través de mallas copiando la foto celda por celda, o, si utilizan pincel, raspan la pintura para quitar su huella, para no dejar ninguna textura, ninguna materia, buscando que el cuadro se limite a reproducir el efecto de la pura ilusión fotográfica. De esta manera, el aumento del realismo (hiperrealismo) es en este caso la operación que surge de esta doble manipulación de la realidad, la cual queda como bajo un efecto de postal.

Está claro que es la realidad de los objetos, no del sujeto, lo que les interesa. Tal como les llega la imagen, la devuelven aumentada. En esa devolución, en esa copia, apenas van restos de subjetividad, ningún poso ni rastro alguno de la impresión o movimiento íntimo que ha podido suscitar en ellos. Es la realidad puramente visual, la imagen como pura imagen lo que les atrae de tal manera que cualquier filtración que no sea puro dato objetivo, queda eclipsado. Aquello que no sea imagen veraz, perfectamente reconocible, cualquier interferencia del sujeto, queda excluida.

Obra de Neffson en la exposición 'Hiperrealismo 1967-2013' del Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Neffson en la exposición ‘Hiperrealismo 1967-2013’ del Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Al no haber respuesta del artista, ningún rastro de él en el cuadro a excepción de su extrema habilidad, se puede decir que este estilo es unidireccional, un viaje pictórico de sentido único.

Pero el caso es que si una obra de arte vive realmente es por la respuesta que el artista (y el espectador) dan a la realidad que les llega, y su valor está en proporción a la cantidad de interrogantes que suscita esa realidad. En el caso hiperrealista, la carencia de ida y venida, de viaje de doble sentido, es un deseo, una meta, que se consigue implacablemente.

Obra de John Kacere en la exposición 'Hiperrealismo 1967-2013' del Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de John Kacere en la exposición ‘Hiperrealismo 1967-2013’ del Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Llama la atención este delirio por la perfección, por la reproducción exacta, el énfasis en la precisión extrema y la minuciosidad. Hiperdefinición, exactitud, perfección, minuciosidad, son palabras extremas. Y por el hecho de serlas vienen de rebote las opuestas: vaguedad, imprecisión, improvisación, fantasía, imperfección… Parece como si lo humano fuera aquí tabú. Delirio de perfección, es decir, intolerancia del error, de la contradicción, de la sorpresa. El hiperrealismo tiene esta faceta de máquina. El hecho de querer que no exista el fallo, es decir que no haya intrusión de lo subjetivo, remarca este rasgo de reproducción androide.

La condición para este estilo es el virtuosismo, el dominio absoluto de la técnica. La obra no debe quedar fuera del control del autor. De esta manera se ejerce sobre ella absoluto poder, tanto que la obra queda amordazada, fija, tan exacta en su perfección como fría y cerrada. Todo ese virtuosismo, ese despliegue descomunal de talento y técnica, toda esa elocuencia, no evitan sin embargo que la pintura sea muda. Y es que hay que tener claro que lo que se pinta así no ha sido hecho para que el espectador vierta en la obra aquello que pueda completarla. Este sólo puede verla y dejarse asombrar por ella. Es perfecta, y su perfección es la conquista de su autor, como Pigmalión.

Obra de Ralph Goings en la exposición sobre Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Ralph Goings en la exposición sobre Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Pero la idea de una imagen hiperdefinida, acabada, perfectamente reconocible, es la utopía del gusto imitativo, que al no tener en cuenta la naturaleza fugaz de la imagen, su movimiento transitorio, comete el error de sobrevalorar una realidad que es sólo un estado entre otros muchos de la cosa representada. Por mucho que el hiperrealista se empeñe en lo contrario, las cosas siempre serán más y de otra manera que como las vemos o las pensamos.

En nuestro deseo de realismo para poder movernos con seguridad por el mundo, solemos tomar la idea por la cosa en una placentera ilusión de reconocimiento e inteligibilidad. Dicho con otras palabras, se suele caer en esta idealización de la imagen, de la apariencia, tomándola por lo real porque nos permite hacernos la ilusión de entender la realidad, el mundo que nos rodea y a nosotros mismos.

Obra de Raphaella Spence en la exposición 'Hiperrealismo 1967-2013' del Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Raphaella Spence en la exposición ‘Hiperrealismo 1967-2013’ del Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Nos da un placer de complacencia narcisista. El pintor que se complace en el hiperrealismo de la representación goza de sí mismo a través del cuadro. Igual que el espectador que se complace en reconocerlo, en entenderlo. La obra se convierte así en pretexto para ese tipo de narcisismo que la inspira, pues se admira la habilidad del artista, su goce, y no el valor en sí mismo de la obra, es decir, en lo que esta tiene de disparadora de contenidos del sujeto.

Lo mismo pasa con el espectador que se complace en esta relación de espejos; lo que espera del arte es lo que espera de una cámara fotográfica en su gesto objetivador: que se ajuste al orden racional de las cosas, ese orden programado para que no falle el entendimiento con la imagen. Por eso el espectador ve satisfecha en la obra que reconoce y entiende, su propia complacencia. Es así que quiera verse por encima de la obra y hacerse dueño de ella. Quizá sea por esto tan del gusto de la mayoría y esté vigente siempre en el modo de mirar (y enjuiciar) la obra artística.

Obra de John Salt en la muestra sobre Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de John Salt en la muestra sobre Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Porque a fin de cuentas parece que el arte va a padecer siempre esta confusión, la del enfrentamiento entre dos puntos de vista paralelos, condenados a no encontrarse nunca: por un lado, el artista-espectador que se mueve en la lógica de lo que es reconocible y entendible, y por otro el que, sintiendo la experiencia de otra lógica que quiebra todo lo conocido, no puede evitar moverse a tientas en ese vasto espacio de incertidumbre.

Obra de Don Eddy en la exposición sobre el Hiperrealismo en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Obra de Don Eddy en la exposición ‘Hiperrealismo 1967-2013’ en el Museo de BBAA de Bilbao. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Iñaki Torres

Video de Néstor Navarro sobre la exposición:

Hiperrealismo Bellas Artes de Bilbao from Makma on Vimeo.

 

Seducción iconográfica, elegante protesta

Artur Heras. Antológica
Fundación Chirivella Soriano
C / Valeriola, 13. Valencia
Hasta el 5 de enero de 2014

Hay artistas que llevan impreso en su figura la propia obra. Como si los años de pertinaz trabajo, de interrogación constante, hubieran penetrado de tal forma los poros de su piel, que ya fueran indisolubles el genio y la figura. Es lo que le sucede a Artur Heras (Xàtiva, 1945). Su obra, aunque posee sin duda múltiples capas, se construye principalmente alrededor de dos: una seductora, tejida con signos iconográficos de indudable atractivo plástico, y otra más radical, elaborada a partir de elementos y objetos cuya elegancia formal atenúan la carga de profundidad presente en su trabajo a lo largo del tiempo. Seducción y elegante protesta extensibles a su figura y al discurso del que se nutre.

L'etern combat, de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor.

L’etern combat, de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor.

Recorriendo junto a él la exposición A cent metres del centre del món, en referencia al Museo de Arte Contemporáneo de Perpiñán dirigido por Vicent Madramany, de donde proceden las 44 piezas de la antológica (“sí, yo diría que es una antológica”), se percibe rápidamente esa mezcla de seducción y protesta disparada con silenciador. Seducción por la abundancia de elementos iconográficos, cromatismos,  y esos grandes formatos que invitan al espectador a meterse dentro. Y protesta, porque la obra de Artur Heras está salpicada de agujeros, desgarros, crítica social en forma de elocuentes collages y una tensión dramática propiciada por el continuo balanceo entre lo amable y lo áspero.

“LA POLÍTICA CULTURAL ES UN POCO PATÉTICA”

“Hay piezas que tienen sin duda un componente de protesta, de grito, pero no sólo vinculado a un momento determinado –el franquismo-, sino que es un hilo conductor que aparece y desaparece a lo largo de mi trabajo”. Artur Heras lo vincula también a su pintura gestual, aunque matiza que más que crítica del momento “hay un ejercicio de memoria”. Y haciendo memoria conviene recordar que Artur Heras fue director de la Sala Parpalló durante 15 años. Una Sala Parpalló ahora “aparcada y disuelta” en el MuVIM. Como disuelta parece la cultura en la actualidad. “La política cultural es un poco patética; está todo mal, con el 21% del IVA y un cierto viraje hacia la superficialidad, aunque Russafa parece estar vivo”.

The Pilar entre aguas, de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor.

The Pilar entre aguas, de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor.

Artur Heras recuerda aquellos años 80 del pasado siglo “más solidarios”, donde había cierto “entusiasmo social” ahora desaparecido. “Ahora la voz social está más anestesiada”, en el marco de una ciudad como Valencia donde “no se deberían permitir ciertas barbaridades, tanto desde el punto de vista urbanístico como desde el cultural”. Salen a relucir ciertos nombres de la política valenciana, aunque no merezca la pena insistir en ello por el vuelo rasante al que conduce tan bajo perfil ilustrado. De manera que volvemos A cent metres del centre del món, en alusión al museo de Madramany, tan próximo a la estación de tren de Perpiñán.

“LA IDEOLOGÍA NO ES BUENA CONSEJERA”

“El límite del cuadro es un código cerrado”, por eso Artur Heras suele salirse de él, así como utiliza grandes formatos “para poder meterte dentro de la pintura, como en los murales, a modo de capilla”. Se trata de salir del “espacio bidimensional del muro” y volar lejos, muy alto. “Necesito que el cuadro me apasione; me tire hacia algún sitio”. Nada más lejos de su voluntad que saber de antemano las ligazones que promueven esa tensión dramática en su obra. “La abstracción es más un pozo, un objeto enfocado, mientras que cuando utilizas otros elementos iconográficos, incluso ruidos y sonidos, la obra se va por otros derroteros”.

Ramsés II o és Franco? de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor.

Ramsés II o és Franco? de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor.

Y siempre lo hace, incluso en aquellas piezas más explícitas de la exposición que hasta enero acoge la Fundación Chirivella Soriano. Por ejemplo: la que alude al encuentro de Franco con Hitler en la estación de Hendaya, con tren eléctrico incorporado a tan espectacular obra. “No es buena consejera la ideología, por eso no me preocupa que alguien quiera ver crítica social. Yo me nutro de historias para crear”. Al igual que se nutre de la “confluencia de lenguajes plásticos”, incorporando “distintos elementos de la cultura pop y de factura más realista”, que van a desembocar en esa “pintura gestual” dominante en el conjunto de su trabajo.

Las 44 piezas de la colección de Vicent Madramany (“bueno, hay dos de mi propiedad”) abarcan desde las primeras de 1964 a las últimas de 2013, y eso que Artur Heras dice producir “de manera lenta”. Para qué correr cuando de lo que se trata es de admirar el combate que libra la naturaleza humana en los trabajos de Artur Heras. Combate entre el reino amable de la seducción iconográfica y el más turbio desgarro interior que amenaza con destruir la estabilidad del cuadro. A cent metres del centre del món. Incluso menos.

Mío, de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor

Mío, de Artur Heras, en la Fundación Chirivella Soriano. Imagen cortesía del autor

Salva Torres

Guinovart: azules y ocres, deseo y muerte

Josep Guinovart
Galería Rosalía Sender
C/ Mar, 19. Valencia
Hasta el 31 de mayo

El pintor, dibujante y grabador Josep Guinovart (Barcelona, 1927-2007) siempre entendió el arte como una búsqueda de lo inalcanzable. Búsqueda que amplió a su vez como condición de vida. Que tal búsqueda tuviera como objetivo lo inalcanzable no tenía nada de descorazonador, porque, a juicio del que fuera Premio Nacional de las Artes Plásticas en 1983, ese anhelo se alimenta del deseo que sirve de motor a la existencia. De hecho, uno se muere, incluso en vida, cuando ese deseo se torna resignada espera de la muerte. Y Guinovart se murió porque así de pertinaz es el trágico destino, no porque él abandonara su deseo de creación hasta que le sobrevino el infarto que se lo llevó hace ya seis años.

Guinovart llenó su deseo existencial de azules y ocres, tan pronto señalando el cielo y la mar, como apuntando directamente a la tierra que le vio nacer y con 80 años a sus espaldas morir. Ese combate entre lo luminoso y lo sombrío, entre la vida y la muerte, se puede contemplar en la galería Rosalía Sender hasta finales de mayo. Combate dispuesto mediante 23 obras, en una exposición con algunos de los últimos originales que pintó y una serie de grabados “luminosos” que vienen a dar cuenta de esa búsqueda de lo inalcanzable.

Porque Guinovart, siguiendo el rastro de Aquiles tras la tortuga, persiguió el azul con idéntico anhelo creativo. Se esforzó por alcanzar mediante la abstracción de signos y colores, aquello que en la materia se le resistía. De manera que mientras la lógica le decía que su empeño era imposible, como imposible era alcanzar esa tortuga que se iba ramificando en sucesivas tortugas infinitesimales, su deseo le impulsaba a seguir corriendo tras esos azules y ocres que tanto tenían que ver con su experiencia más íntima.

Josep Guinovart. Imagen cortesía de Rosalía Sender

Josep Guinovart. Imagen cortesía de Rosalía Sender

Ninguna lógica presidía su intensa carrera artística. Porque su obra, primero más realista, luego más pop, y finalmente de una poética abstracción, se movía en otra dirección: aquella que fue dejando atrás el significado para adentrarse en el sentido de lo intensamente, valga la redundancia, sentido. Y lo que sintió Guinovart a lo largo de esa carrera de medio siglo como figura incuestionable de la vanguardia artística española, es un deseo profundo por vivir al margen de tendencias y estilos, para explorar las profundidades de esa materia con la que impregnó su obra.

La galería Rosalía Sender expone algunas de sus últimas piezas, entre las que figuran sus relieves con carcasas de guitarra o gruesas “lágrimas”, junto a grabados “iluminados” por collages y ventanas retocadas. Un conjunto expositivo que merece la pena contemplar, porque en él se hallan algunos de los secretos que el corazón de Guinovart fue almacenando a lo largo de su apasionada existencia. En tiempos de zozobra económica, seguirle el rastro al deseo del artista catalán es como abrir una senda de esperanza de vida allí donde el azul y el ocre combaten cuerpo a cuerpo. Por mucho que su corazón dejara de latir en diciembre de 2007, su obra sigue muy, pero que muy, viva.

Salva Torres