La cara oculta de la fuerza femenina

Y llegas a perforarme en el blanco de mi sed, de Paula Bonet
Galería Pepita Lumier
C / Segorbe, 7. Valencia
Hasta el 4 de junio de 2016

Paula Bonet (Villa-Real, 1980) ha alcanzado la meta con la que sueña todo joven artista. Un objetivo que va más allá del triunfo y la fama. Acuñar un estilo propio que la define y la  identifica en medio de la vorágine que es hoy el arte y que, además, conecta con la sensibilidad artística imperante. Afincada en Barcelona desde hace un par de años, la artista pasó por Valencia para presentar en la Galería Pepita Lumier una exposición muy especial. ‘Y llegas a perforarme en el blanco de mi sed’ es el título poético y excesivo de esta muestra que reúne 11 óleos, 24 grabados y 30 dibujos que se podrán ver hasta el 4 de junio. Se trata de un adelanto del próximo proyecto de Bonet, el libro ilustrado La Sed, que publicará Lunwerg en octubre 2016. El texto reúne un coro de  voces de varias poetas y escritoras presididas por la dramática figura de Anne Sexton que se suicidó en 1974.

Obra de Paula Bonet. Imagen cortesía de Galería Pepita Lumier.

Obra de Paula Bonet. Imagen cortesía de Galería Pepita Lumier.

“Lo que más me fascinó de ella es el hecho de que tratara con tanta crudeza y sin ningún tipo de censura temas dolorosos de la experiencia de ser mujer que siempre habían sido considerados tabú”, dice Bonet. “También que utilizara la autobiografía para este fin, con total libertad, sin tapujos. Me fascinó el uso que hace de la literatura para entenderse a sí misma, cómo a través de ésta conseguía encontrar cierta serenidad y alivio en el drama en el que le tocó vivir”.

Poeta suicida

Junto a su amiga Sylvia Plath, Clarice Lispector o Virginia Woolf, Sexton pertenece a la estirpe de las autoras marcadas por un sino fatal y tendencias autodestructivas. Lo tenía aparentemente todo. Belleza, talento, éxito, dos hijas, pero algo  en su interior le impedía disfrutarlo felizmente. El 4 de octubre de 1974 se puso un abrigo de pieles que heredó de su madre y, después de beberse un par de vodkas, se encerró en su garaje y puso en marcha el motor de su Cougar rojo.

Obra de Paula Bonet. Imagen cortesía de Galería Pepita Lumier.

Obra de Paula Bonet. Imagen cortesía de Galería Pepita Lumier.

“Sexton es una de las autoras que siento como refugio, que me ayudan a entenderme y a aceptarme”, añade Bonet. “Y es una de las voces que intenta contener el personaje principal del proyecto editorial en el que estoy trabajando, La Sed. Para reflejar su angustioso universo lo que he hecho es buscar los lugares comunes, aquellos en los que me siento retratada a través de su trabajo. Una vez localizados he intentado ser tan sincera en mis imágenes como lo fue ella en sus textos”.

‘El problema está/ en que dejé helarse a mis gestos./ El problema no estaba/ en la cocina o en los tulipanes/ sino sólo en mi cabeza/ mi cabeza.’ Es uno de los poemas de Sexton que aparecen en la exposición orlado de dibujos de pájaros muertos o agonizantes, almejas fuera de temporada, lenguas humanas. “Las que presento son imágenes dibujadas con puntas de acero”, escribe la artista. “Grabadas a golpe de baño de ácido. Estampadas sobre el papel a fuerza de ser reventadas contra el tórculo”.

Domina lo sombrío, tétrico y oscuro, apenas unas cuantas pinceladas de color, ella que era tan amante del rojo. Pero asegura que no refleja un estado de ánimo depresivo, ni se trata de un punto de inflexión en su obra. “Siento una armonía y una plenitud que nunca había experimentado hasta ahora”, afirma rotunda.

Obra de Paula Bonet. Imagen cortesía de Galería Pepita Lumier.

Obra de Paula Bonet. Imagen cortesía de Galería Pepita Lumier.

Tiene motivos sobrados para sentirse satisfecha. Y uno de ellos es su estancia en Barcelona. “Allí  he encontrado una serenidad y calma que no había disfrutado antes. Es un lugar perfecto para la creación. Desde que llegué me vi participando de un clima sano en el que el respeto por el trabajo ajeno, la suma de fuerzas entre creativos de distintos ámbitos y las ganas por seguir y por construir me hicieron sentir muy cómoda. Es un lugar perfecto desde el que continuar cuestionándose y continuar trabajando”.

Licenciada en Bellas Artes en la Universidad Politécnica de Valencia, Bonet amplió su formación en Santiago de Chile, Nueva York y  Urbino. Comenzó su carrera centrándose en el óleo y el grabado y, a partir de 2009, decidió dedicarse a la ilustración. Sus retratos de mujeres, de los que ella misma ha sido modelo algunas veces, expresan una atinada combinación de fragilidad y fortaleza femenina que conecta con el sentir de las jóvenes de hoy. Practica un tipo de ilustración aparentemente sencilla de líneas limpias y tintas de color sólo en algunos puntos de la imagen en blanco y negro. Como ella mismo ha dicho en varias entrevistas, es un concepto de dibujo “muy íntimo”.

Su primer trabajo como autora, ‘Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End’ es un libro muy personal acerca de las cosas o situaciones que se acaban en el momento que menos se espera  destrozando los planes presentes y futuros. El duelo y el dolor por esa situación ilustrado con delicadeza y realismo en la misma proporción. También ilustró ‘La petita Amèlia es fa gran’ (La pequeña Amelia se hace mayor), un relato infantil de Elisenda Roca.

Paula Bonet. Fotografía de Noemí Elías.

Paula Bonet. Fotografía de Noemí Elías.

Bel Carrasco

La energía de Victoria Cano deja huella

Ecos & Huellas. Desde el Trastevere al Carmen, de Victoria Cano
Sala Ferreres del Centro del Carmen
C / Museo, 2. Valencia
Hasta el 1 de mayo de 2016

“Somos materia en transformación”, dice la artista. Y energía, mucha energía, que es la que transmite Victoria Cano durante el recorrido por su exposición Ecos & Huellas. Desde el Trastevere al Carmen, en la Sala Ferreres del Centro del Carmen. “Esta sala te desnuda completamente”. Y así, metafóricamente desnuda y como si hubiera salido de un largo régimen de internado, desgrana lo que han sido 15 años de soledad trabajando en su estudio. Un viaje interior que ha ido mezclando con viajes exteriores para mostrar pinceladas de esa soledad mediante exposiciones en Roma, Jeonbuk (Corea del Sur), Venecia, Qingdao (China), Nueva York, Milán y Berlín. El resultado de todo ello se puede ver concentrado en esta exposición de Valencia.

Victoria Cano en un video de su exposición en el Centro del Carmen.

Victoria Cano en un video de su exposición en el Centro del Carmen.

“Hay una variedad dentro de la unidad”. Y esa unidad, para Victoria Cano, tiene que ver con la energía que impulsa a la creación. Energía asociada a su vez al “tránsito entre la vida y la muerte”. Porque las 200 piezas que conforman esos Ecos & Huellas de su “viaje interior hacia fuera”, junto a los 80 libros voladores que cuelgan del alto techo de la Sala Ferreres, ligan lo vivo y lo muerto en su eterno ciclo. Por eso hay huellas dactilares insertas en sus naturalezas, al igual que perfiles humanos contorneando un tsunami o la figura humana intercalada entre un aluvión de formas en gestación.

Victoria Cano concibe su obra como un todo en el que las partes se van imbricando sin que se sepa a ciencia cierta lo que es naturaleza, propiamente dicha, y lo que es la naturaleza humana. Por eso advierte que el ser humano “hace cosas que van contra la naturaleza” y, cuando tal cosa sucede, “la naturaleza no perdona”. Esa difícil sintonía entre interior y exterior atraviesa el trabajo de Cano. La variedad de técnicas utilizadas, como el lápiz 3D, con las que ha investigado en su taller durante los 15 años de soledad, está siempre al servicio de una máxima: “Transmitir emociones”, resume la artista.

Obra de Victoria Cano en la Sala Ferreres del Centro del Carmen.

Obra de Victoria Cano en la Sala Ferreres del Centro del Carmen.

Emociones que tienen siempre que ver con los ecos de esa naturaleza en constante transformación. Cuando la aceleramos, violentando su ritmo, la armonía se quiebra y surgen las agresiones. Como en ese Mediterráneo con alambres, el tsunami devastador, el terrorismo ejemplificado en unas Torres Gemelas cuya luz eléctrica liga con el de la clorofila o la destrucción de un edificio de la Facultad de Bellas Artes del que Victoria Cano toma ciertos elementos de reciclaje. “Territorios, huellas, energía, del aire, de la tierra, de los fluidos”, explica su autora, para revelar “nuestra frágil y provisional existencia” que nos negamos a reconocer.

Obra de Victoria Cano en la Sala Ferreres del Centro del Carmen.

Obra de Victoria Cano en la Sala Ferreres del Centro del Carmen.

“Deberíamos generar belleza como efecto de la armonía entre todo lo vivo”. Esa armonía que la artista rastrea mediante diversos ecos y múltiples huellas se puede ver en su exposición, a veces de forma inquietante y en otras ocasiones de manera más o menos amable. “Me interesa que la gente penetre en la obra”. Como en la pieza ‘Los álamos del jardín’, videoinstalación y técnica mixta, que permite al espectador contemplar a un tiempo el estatismo y el movimiento del bosque, remarcando así su posición pasiva y activa juntamente.

Obra de Victoria Cano en la Sala Ferreres del Centro del Carmen.

Obra de Victoria Cano en la Sala Ferreres del Centro del Carmen.

Si el único viaje es el viaje interior, como recoge la artista mediante la cita de Rilke, entonces la exposición de Victoria Cano es un gran viaje al fondo de esa naturaleza humana en continua transformación. Un viaje lleno de una energía que tan pronto avanza creativa como tiende a la destrucción. Ecos & Huellas. Desde el Trastevere al Carmen, que se puede ver hasta el 1 de mayo, es la forma que tiene Victoria Cano de proponernos un viaje solitario hacia la armonía por difícil que esta sea.

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Obra de Victoria Cano en el Centro del Carmen.

Obra de Victoria Cano en la Sala Ferreres del Centro del Carmen.

Salva Torres

Ángel Gil: “El crimen siempre atrae”

Pez en la hierba, de Ángel Gil Cheza
Editorial Suma

Escribe de lo que conoces, se les dice a los escritores bisoños, un consejo de puro sentido común. Ángel Gil Cheza no es precisamente un novato, ha publicado tres novelas, pero en la tercera, ‘Pez en la hierba’ (Suma) sigue fielmente esa pauta. Ambienta la historia en su pueblo natal, Vila-real, y su protagonista se dedica a la edición como él mismo.

Aparte de eso todo es ficción, una investigación sobre la desaparición de unas adolescentes ocurrida varios años antes de cuando arranca la acción. Gil utiliza sabiamente los recursos que le ofrece un paisaje que conoce muy a fondo, túneles en parte inexplorados o acequias diabólicas para crear una atmósfera opresiva que evoca los paisajes nórdicos.

‘La lluvia es una canción sin letra’, un relato histórico ambientado en parte en Irlanda y ‘El hombre que arreglaba bicicletas’, una novela de personajes son sus anteriores títulos. Con ‘Pez en la hierba’ publicada en pleno Festival Valencia Negra se sitúa dentro de este género tan en boga.

Portada de 'Pez en la hierba', de Ángel Gil Cheza. Editorial Suma.

Portada de ‘Pez en la hierba’, de Ángel Gil Cheza. Editorial Suma.

¿Ha convertido su ciudad en escenario literario con la idea de que pongan su nombre a una calle o plaza?  

No creo que me otorguen ese honor por mi pasado revolucionario. (Risas). Me apetecía sumergirme en el Vila-real que yo recuerdo, el que está bañado de nostalgia. Cada uno tiene una imagen propia de su ciudad, o su pueblo, pero pocas veces tiene la oportunidad de compartirla. Es un riesgo, pero también una suerte poder hacerlo. Además, estaba el reto de transformar un pueblo como Vila-real en el escenario de una novela de género, ver hasta qué punto podía transformarlo todo, pero siendo fiel a mi recuerdo, a ese pueblo donde crecí y donde me siento arropado. Esto también me servía para plasmar la situación local después de la gran burbuja inmobiliaria, con los huertos a medio abandonar, y una sociedad muy particular.

Editor, músico, escritor, hortelano, padre y amante de los perros. ¿Cómo combina esas múltiples facetas? 

Supongo que es una cuestión troncal, hay un hilo conductor en todas ellas. Mi forma de escribir está impregnada de mi forma de ver la vida. Una vida que considero que hay que vivir mirando a la tierra, a las personas. Cuando uno tiene algo que decir, utiliza cualquier medio a su alcance. Y yo no sé si tengo algo muy importante que decir, pero sí tengo una necesidad vital desde niño de contar cosas, de crear mundos. Y no es por una cuestión mercantilista, acabo de terminar mi primer guión de cine y no creo que tenga la suerte de verlo hecho filme, pero necesitaba contar algo con imagen, sonido y palabra y eso hice.

Se nota que la música se plasma en el texto. ¿Cómo consigue impregnar las palabras de sonidos?

Creo que la música está por todas partes en esta novela, aunque no cito ni una canción en todo el libro, ni hago alusión explícita a ninguna pieza. Pero es algo que muchos lectores están detectando, la música subyacente en la narración. Creo que es por la cadencia del texto, hay un ritmo y una distribución armónica de los tiempos, de los silencios. Hay un runrún regular y melodioso en toda la novela. ¿Cómo se consigue? Ni idea, supongo que narrando la acción desde dentro, viviendo la ficción que cuentas a otros.

¿Cómo surgió el título que trasmite la idea de una agonía?

El pez me ayudaba a crear una bonita y terrible metáfora con una de las chicas asesinadas. Pero poco se puede hablar de ello sin peligro de destripar la trama.

¿Qué piensa de esta eclosión de novela negra que vivimos? ¿Llevará a algo interesante o acabará muriendo de éxito?

Bueno, yo he aterrizado en el género casi por casualidad. Me interesan tanto los aspectos sociales y costumbristas, el testimonio antropológico como las tramas en sí. El crimen, el delito y sus variables, es un tema que siempre ha atraído la atención del consumidor de ficción. Eso no es algo nuevo. Sí que hay un interés comercial en el sector desde hace unos años, y esto a la fuerza propicia que se escriba más novela negra, pero cuando se auto-regule el mercado la oferta y la demanda se ajustarán.

Ángel Gil Cheza. Cortesía del autor.

Ángel Gil Cheza. Cortesía del autor.

Bel Carrasco

El cuerpo punto a punto de Pilar Redón

Cuerpo y Línea sobre plano, de Pilar Redón
Aula de Cultura La Llotgeta
Plaza del Mercado, 4. Valencia
Hasta el 26 de marzo

“La línea (geométrica) es un ente invisible. Es la traza que deja el punto al moverse y es por lo tanto su producto. Surge del movimiento al destruirse el re-poso (total del punto)” Vasily Kandinsky

Haciendo desde el título un guiño agradecido al maestro Kandinsky, se presenta la obra de Pilar Redón. Nos vamos a encontrar con más de un centenar de imágenes evocadoras, realizadas punto por punto, con lápiz, sobre papel. Los cuerpos que han construido esos puntos, que Pilar ha ido ordenando en la superficie material llamada a re-cibir el contenido de la obra, el plano básico del que nos habla Kandinsky, son dibujos, sí, pero no son solo dibujos.

Obra de Pilar Redón en el Aula de Cultura La Llotgeta.

Obra de Pilar Redón en el Aula de Cultura La Llotgeta, (Valencia).

Son espacios de evocación que contienen historias maravillosas, de búsquedas y recorridos, de encuentros y descubrimientos, de inquietudes, de asombro y miedo a lo desconocido. Contienen la historia de un viaje, del viaje que esos puntos han hecho acompañando la mirada analítica y el pensamiento de Pilar, guiados por sus manos educadas en la proporción y el equilibrio, en la armonía y la composición.

Un viaje que ha ido fraguandose en distintos territorios, en espacios públicos y privados, en su estudio, en el Círculo de Bellas Artes, tras sesiones y sesiones de observación y reflexión, de práctica artística, desde la disciplina y la exigencia personal. Como si nos acercáramos a un libro de viajes, ilustrado por un explorador del S. XIX, descubriremos al entrar en el espacio de la exposición, cómo se han ido registrando minuciosamente los datos de ese viaje.

Obra de Pilar Redón en 'Cuerpo y Línea sobre plano'. Aula de Cultura La Llotgeta.

Obra de Pilar Redón en ‘Cuerpo y Línea sobre plano’. Aula de Cultura La Llotgeta, (Valencia).

Un observador atento será capaz de reconstruir, casi paso a paso, cada etapa del recorrido, cada luz y cada sombra. Las formas, las proporciones, los cuerpos imperfectos, tranquilos y orgullosos, que se saben el centro y quieren compartirlo. Y de esos cuerpos, sus rostros, sus miradas cómplices, su invitación a contemplarlos y la promesa de algo que trasciende la superficie de la forma.

Da la sensación que, al dejar de mirarlos, cambiarán la pose o desaparecerán difuminados. Una advertencia: no saldremos ilesos, nos van a afectar las sensaciones y el despliegue de la experiencia estética y, a partir de ahora, nuestra mirada sera más experta. Disfrutemos.

Obra de Pilar Redón. La Llotgeta.

Obra de Pilar Redón en la exposición ‘Cuerpo y Línea sobre plano’. Aula de Cultura La Llotgeta, (Valencia).

Amparo Carbonell Tatay

Laura Iniesta, apego a la tierra

Mujer Tierra, de Laura Iniesta
Galería Alba Cabrera
C / Félix Pizcueta, 20. Valencia
Hasta el 31 de marzo, 2015

‘Mujer Tierra’. He ahí el binomio que Laura Iniesta trabaja en su última exposición, así mismo titulada, en la galería Alba Cabrera. Diríase que la artista catalana, dejándose llevar del carácter conflictivo que encierra todo buen texto artístico, utilizara las 21 piezas que integran la muestra para interrogarse acerca de esa conexión entre la mujer y la tierra. Porque haberlas haylas. De hecho, se suele hablar de la madre tierra, en femenino, al igual que del cuerpo femenino como recinto primordial del origen de vida en esa tierra.

Laura Iniesta en la presentación de 'Mujer Tierra'. Cortesía de galería Alba Cabrera.

Laura Iniesta en la presentación de ‘Mujer Tierra’. Cortesía de galería Alba Cabrera.

En este sentido, por si hiciera falta alguna justificación, la obra más reciente de Laura Iniesta transita por esos derroteros. Derroteros, en todo caso, nada extraños para una artista que lleva tiempo interrogándose en su trabajo por esa materia que, en mayor o menor medida, nos conmueve por igual a hombres y mujeres. Materia de la que Shakespeare anunció que estábamos hechos a semejanza de los sueños y, sin duda, de no pocas pesadillas. Se entiende, pues, el interés de Iniesta por explorar esa materia, haciendo tangible en su obra las múltiples contradicciones que nos asolan.

Obra de Laura Iniesta en la exposición 'Mujer Tierra'. Galería Alba Cabrera.

Obra de Laura Iniesta en la exposición ‘Mujer Tierra’. Galería Alba Cabrera.

Las evocaciones a la luna, el sol, la mar y el terreno que pisamos son frecuentes en ‘Mujer Tierra’. Están ahí a modo de fuerzas telúricas cuyo influjo atrae y espanta, ya sea por el sentimiento oceánico de intensa armonía que a veces producen o por su signo contrario: la de remover cierta angustia derivada de su excesiva potencia. Laura Iniesta lo sabe. Sabe que encontrar un equilibrio en medio de ese torbellino de formas, colores y temperaturas que nos envuelven no es tarea fácil. De hecho, una de sus obras, ‘Equilibrio en blanco con la luna’, ya dice a las claras ese esfuerzo por contener el poderoso influjo lunar tras un laborioso esfuerzo creativo.

Como apunta Jesús González Requena, en ‘El texto y el abismo’, un artista es, después de todo, “alguien que necesita desesperadamente crear formas para sobrevivir y eso tiene que ver con que vive muy cerca del caos”. A Laura Iniesta le atraen poderosamente las fuerzas naturales del sol, la luna, los mares y los vastos territorios, como por ejemplo África o la isla griega de Milos. Y atraída por esa fuerza que le conmueve, en tanto se halla rodeada e incluso empapada de todo ello, se mete en su estudio para tratar de contener en su obra lo que previamente le anonada.

Obra de Laura Iniesta en la exposición 'Mujer Tierra'. Galería Alba Cabrera.

Obra de Laura Iniesta en la exposición ‘Mujer Tierra’. Galería Alba Cabrera.

Decimos contener en el doble sentido de dotar de contenido aquello que tan fuertemente le motiva y de contenerlo, esto es, darle un sentido a lo que tiende a desbordarse. Y Laura Iniesta lo logra en su obra equilibrando formas y colores, y propiciando la emergencia de texturas tras las que se adivinan tenues grafismos al modo de restos arqueológicos. Hay ocres, grises, blancos y negros, pero también azules, amarillos y un rojo menos apabullante que en su anterior trabajo mostrado en Alba Cabrera (‘De puño y letra’). Colores que pretenden reflejar, sabiamente dispuestos, la geología de cierta memoria.

‘Mujer Tierra’. He ahí el binomio con el que Laura Iniesta trabaja, interrogándose por su condición femenina asociada a esa tierra y sus elementos naturales. Ninguna biología de por medio. Tan sólo el afán de comprender, disponiendo esa materia de la que están hechos los sueños, las tensiones que nos habitan.

Obra de Laura Iniesta en la exposición 'Mujer Tierra'. Galería Alba Cabrera.

Obra de Laura Iniesta en la exposición ‘Mujer Tierra’. Galería Alba Cabrera.

Salva Torres

17 artistas en Casa Leibniz

Casa Leibniz
Palacio Santa Bárbara
C / Hortaleza, 87. Madrid
Inauguración: martes 24 de febrero, a las 20.00h
Hasta el 1 de marzo, 2015

‘Casa Leibniz’ presenta obras de 17 artistas nacionales e internacionales: Pere Llobera y Diego Delas (de la galería F2); Daniel Steegmann (de la galería Murias Centeno); Felipe Talo y Xavier Mañosa (de la galería Alegría); Elena Alonso, Luis Vassallo y  Jorge Diezma (de la galería Espacio Valverde); Ana Barriga y Antonio Fernández Alvira (de la galería Espai Tactel); Andrés Pachón, Manuel Antonio Dominguez, Ignacio Bautista y Daniel Martin Corona (de la galería Ángeles Baños) y José Castiella, Saelia Aparicio y Salim Malla (de la galería Javier Silva).

Obra de Luis Vassallo, de Espacio Valverde, en Casa Leibniz. Imagen cortesía de los organizadores.

Obra de Luis Vassallo, de Espacio Valverde, en Casa Leibniz. Imagen cortesía de los organizadores.

‘Casa Leibniz’ reúne a un conjunto de artistas y galerías jóvenes en una exposición cuyo contenido, montaje y pensamiento invitan a la contemplación. Todo en esta exposición ha sido pensado para potenciar una de las cualidades más valiosas del arte: la capacidad de crear tiempo, otro tiempo.
A los artistas de esta generación (1975-1985) los suelen denominar ‘emergentes’, un término que no casa bien con un proyecto cuya voluntad, por el contrario, es descender a mayor profundidad.

Integrados en la exposición presentamos unos textos de Óscar Alonso Molina, Miquel Barceló, Estrella de Diego, Marcos Giralt Torrente, Germán Huici, Javier Montes y Enrique Vila-Matas cuya función no es explicar, sino provocar conexiones poéticas, filosóficas o literarias que amplifiquen los contenidos que emanan de las propias obra.

Obra de Pere Llobera, de F2 Galería. Imagen cortesía de los organizadores.

Obra de Pere Llobera, de F2 Galería. Imagen cortesía de los organizadores.

¿Porqué Leibniz?

En discordia con Newton, la teoría del tiempo de Leibniz afirma que sin materia no hay sucesos y sin sucesos no hay tiempo. En ese sentido las obras de arte, en la medida que son sucesos, fabrican tiempo, otro tiempo.

Pero fundamentalmente consideramos a Leibniz santo patrón del proyecto por la monadología: las mónadas son unidades metafísicas aisladas, que por gracia de la armonía preestablecida se coordinan y son capaces de constituir un universo. Así nos sentimos las galerías y artistas participantes aunque sin perceptible asistencia divina.

Obra de Saelia Aparicio, de galería Javier Silva. Imagen cortesía de los organizadores.

Obra de Saelia Aparicio, de galería Javier Silva. Imagen cortesía de los organizadores.

En Casa Leibniz cada artista ha sido seleccionado como una mónada de un conjunto armónico. Hay una filosofía secreta que envuelve esta exposición que se traduce en un modo de hacer particular. En ese sentido este proyecto se acerca al ideal de un matrimonio entre armonía y autonomía. Avanzamos juntos hacia una estrella.

Obra de Antonio Fernández Alvira, de la galería Espai Tactel.

Obra de Antonio Fernández Alvira, de la galería Espai Tactel.

Jacobo Fitz-James Stuart

Oliver Johnson, gota a gota en Área 72

Oliver Johnson
Frequency & Pitch. The Dripping Tap
Área 72
C / Barón de Cárcer, 9. Valencia

Diez años después de su última individual en Valencia y de la mano del nuevo proyecto de la renovación de Galería Punto (Área72), Oliver Johnson vuelve a exponer en la ciudad para mostrar al público sus obras más recientes. Bajo el título ‘Frequency & Pitch. The Dripping Tap’, la exposición reúne los últimos cuadros del pintor inglés afincado en Valencia desde 1995.

Vinculada a la extensión de la pintura de campos de color, al postminimalismo y a la perversión misma de la idea de monocromo, la obra de Oliver Johnson mantiene el pulso de su evolución con la fuerza y la calidad de la mejor pintura contemporánea.

Hace unos meses, Jorge Wagensberg publicaba el siguiente aforismo en El País: «Una ballena de 200 toneladas vive más de ochenta años y una musaraña de 2 gramos apenas dos, pero si no medimos sus vidas en años, ni en días, sino en número de latidos del corazón, igual resulta que viven lo mismo.» Y desde que lo leí, no puedo separar esta comparación de mi opinión y gusto sobre los cuadros de Oliver Johnson (Londres, 1972), que siempre me han parecido ballenas —por su tamaño, por su belleza, por su textura— mientras los contemplo absorto como una musaraña.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Por otro lado, el abismo que supone el recuento de latidos, esa imagen, nos aboca a algo casi imposible pero factible en la mente. Como cuando en la noche insomne ajustamos el ritmo de nuestros latidos y por lo tanto el tiempo, la vida, al gotear perdido de un grifo, allí al fondo, quizás desde la cocina nueva.

Estas son las ideas que situaríamos como notas al margen del trabajo de pintura y que nos permiten explicar si acaso algo de los últimos cuadros de Oliver Johnson. Como una parte de la ciencia contemporánea, se trata de interpretar y no de explicar el fenómeno. Se trata, en su caso, de orquestar una serie de cuadros poniendo en escena ideas y conceptos en los que participan la física de la luz y el color y donde la implicación del espectador delante de las obras es siempre fundamental, su participación activa.

Además, de fondo, se trata en definitiva de una experiencia del fenómeno convertida en pintura, de un juego de tiempos y gotas, de latidos y gotas que nos plantean, sobre la superficie del cuadro, secuencias de equilibrio en una estructura compleja de belleza caótica (Mitchell J. Feigembaum), la del aparente y completo desorden de las partículas de pintura.

Digamos que podemos intuir cómo actuará la pintura en un momento dado pero luego su comportamiento —incluso desde el principio del proceso, al pintar— se nos aparece azaroso, quizás errático o irregular, difícil de conducir por la potencialidad de los efectos ópticos, las variaciones lumínicas según la posición detrás de una armonía general, la indeterminación en los bordes, la casualidad en las transiciones y, así, todo marcado por el principio de incertidumbre.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Pero, como comprobó John von Neumann al estudiar la complejidad del caos en el goteo perdido de un grifo, incluso en el desorden caótico de lo que aparentemente sigue un patrón matemático o pretendidamente circular, existen turbulencias y secuencias de equilibrio. Dicho de otro modo y en relación a estos cuadros de Oliver Johnson, es algo que podríamos formular, como en un juego de palabras de concentración, de esta forma: las variables inciertas de la luz sobre cierto orden compositivo de color y el desorden siempre de las partículas elementales de la pintura, depositada gota a gota.

El título que agrupa esta docena de obras, ‘Frequency & Pitch. The Dripping Tap’, ha sido elegido por la sonoridad de unas palabras (algo así como frecuencia y tono, el grifo goteando) que evidencian una extensión musical en referencia a las composiciones de color en las que viene trabajando Oliver Johnson. De hecho, ‘Colour Composition’ ha sido la forma con la que ha titulado buena parte de su obra hasta hace relativamente poco, cuando comienzan a aparecer palabras o frases seleccionadas por su sonoridad fonética y con alguna vinculación (o no) con lo que se ha pintado. Por otro lado, el título encierra ese vínculo con el pensamiento científico fascinado por la interpretación de determinados fenómenos complejos y, especialmente aquí, con la teoría del caos con la que se intenta explicar el mundo desde hace medio siglo.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

En esta nueva etapa en la obra de Oliver Johnson destaca su madurez de estilo y una mayor concentración en los efectos ópticos y cromáticos a través de cuadros realizados sobre soportes de aluminio con pinturas industriales destinadas a colorear las carrocerías de los automóviles y aplicadas siguiendo los mismos procedimientos técnicos. De ahí que el resultado sea realmente impactante, por sus mezclas, contrastes y degradados metalizados, tanto en la mirada del espectador mientras se desplaza delante de la pintura como sobre la perfecta superficie pulida de las obras que actúan como espejos.

Así funcionan sus degradados sutiles, tanto en formatos rectangulares a modo casi de monocromos paisajísticos como los circulares, quizás recordando al iris de un ojo, en los que es casi imposible calibrar las transiciones y tomar su medida. También las composiciones a partir de barridos verticales donde las características de la pintura se descubren más camaleónicas todavía, absolutamente cambiantes y mágicas al ojo del espectador. Y en la serie de cuadros en los que recupera el empleo de la trama y la cuadrícula, en este caso como veladuras, para dibujar unas composiciones de puntos —de nuevo la retícula y la ameba de Alfred H. Barr— que podrían recordar las imágenes ampliadas de las secuencias del genoma.

Esta es la manera de proceder de un pintor magnífico que se plantea trabajar en el taller a partir (o a través) de una teoría, de un argumento que, aunque pudiera parecer alejado de la pintura, supone el mejor ejercicio mental desde el cual abordar el proceso de trabajo de estas superficies pulidas y metalizadas que a su manera toman la naturaleza como modelo y, de la naturaleza, su manera de responder tantas veces arbitraria o caótica, con su propio orden interno. Por ejemplo, si acertamos a pensar en esos horizontes imposibles, siempre en transición, o en los juegos de reflejo y virado de los colores, siempre una variable importante en la pintura de Oliver Johnson.

Obra de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Obra de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Ricardo Forriols