De Manhattan a Ruzafa. ‘Artivismo drag’

#MAKMAArtistas #MAKMAOpinión | MAKMA ISSUE #02
Andrés Herraiz Llavador | De Manhattan a Ruzafa. Artivismo drag
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2019
Viernes 7 de agosto de 2020

Drag queen, transformista, reina, travesti. Curiosa encrucijada de términos, en la cual se dan cita las acepciones y las mayúsculas, los peyorativos y los superlativos, en un galimatías conceptual en la que los prejuicios se convierten en el prisma desde el que nos aproximamos a la cultura drag.

El término, surgido de la mentalidad victoriana del siglo XIX, sirvió para designar a aquellos hombres que arrastraban sus flamantes vestidos para el divertimento de los asistentes a los espectáculos de variedades del momento. Inscritas en el devenir del tiempo, un sinfín de cabareteras, actrices, bailarinas y humoristas tras el telón han sentido a lo largo de los siglos el peso histórico-cultural de la perversa costumbre de reírse de aquello diferente, en este caso codificado a modo de hombre vestido de mujer.

La cultura drag, mercantilizada y fagocitada por el capitalismo imperante, atrae cada vez más a quienes, con curiosidad y asombro, se aproximan a ella. La irrupción del reality televisivo estadounidense conocido como ‘RuPaul’s Drag Race‘, en las televisiones y plataformas online de medio mundo, augura una cambio de paradigma, facilitando al gran público un acceso directo al fenómeno drag. Desde Manhattan a Ruzafa, la sensación televisiva de ‘RuPaul’s Drag Race’ llega a València para quedarse y convertirse en un referente para los neófitos que deseen aproximarse al travestismo más mainstream.

drag, Liz Dust,
Páginas iniciales del artículo publicado en MAKMA ISSUE #02.

Locales como ‘La Boba y el gato Rancio’ acogen cada lunes los capítulos de la nueva temporada de este audiovisual de telerrealidad competitiva organizado a partir de diferentes pruebas, monólogos, sesiones de fotos y actuaciones musicales, que garantizan que las finalistas pueden llegar a ser la Drag Superstar de Estados Unidos. La buena acogida del programa en la capital del Turia, sin duda, advierte de la necesidad de un cambio social en el cual se dé continuidad a la labor realizada por artistas y activistas que en las últimas décadas han luchado por dar visibilidad a la cultura drag.

De este modo, la transformación social iniciada en la década de los 90 cederá el testigo a agentes culturales como el Centre del Carme Cultura Contemporánea (CCCC) y a artistas como Graham Bell o Liz Dust, entre muchos otros y otras que, tanto dentro del arte como fuera de este, vienen promoviendo y acogiendo iniciativas que aspiran a posicionar lo queer dentro del panorama artístico valenciano.

Amparados por el artivismo, arte y activismo se dan la mano para dar primacía al mensaje político de la obra, el cual se torna explícito e insta al espectador a interactuar con esta. Ficción narrativa y escena teatral confluyen en la performatividad drag, donde el sujeto se ve imbuido por el lenguaje de lo travesti, en un discurso íntimo en el que “lo personal es político”.

Desde esta perspectiva artivista, la artista Liz Dust llevó a cabo el pasado año, con motivo de las vacaciones navideñas, una valiente iniciativa que consistía en un free tour performativo por los belenes de la ciudad de València. Este se suma a la larga lista de proyectos, performances e intervenciones que la drag queen ha desarrollado tanto en territorio valenciano como fuera de este.

Portada de MAKMA ISSUE #02, a partir de una de las obras del proyecto ‘Autocines’ (2019), de la fotógrafa Gala Font de Mora.

Sus propuestas ahondan en la deconstrucción artística y en la revisión de aquello que termina por mercantilizar y definir lo normativo o correcto. Estrechamente vinculada al mundo de la moda y de la performance, sus intervenciones sobre el arte orbitan en torno al concepto Da-Drag, término creado por la artista y que define “aquella situación absurda protagonizada, producida o experimentada por cualquier sujeto que hace uso de cualquier mecanismo, elemento estético u ornamental con el fin de alterar su apariencia física”.

En este sentido, el tándem terminológico conformado por el concepto de drag queen y el de dadaísmo dan forma a Da-Drag, una manera de transcender las ficciones propias con el fin de llevarlas al ámbito de lo absurdo. Haciendo uso de elementos propios del contexto en el que se encuentra, Liz Dust imbuye en el acto performativo un aprendizaje inherente a la resignificación de aquello que trasciendede la órbita personal a la dimensión de lo drag.

Arremetiendo contra la dictadura de los espacios y el dogma de “cada cosa en su lugar”, las drag queens vienen subvirtiendo los lugares en los que habitamos y transitamos desde hace décadas, confrontando al individuo con el espejo de la heteronorma.

La khátharsis aristotélica se abre camino en la teatralidad drag para apoderarse del espectador, que en el transcurso de la performance artística ve aflorar sus miedos, inseguridades y deseos, friccionando con la pluralidad de lo queer que, en tanto que movimiento posidentitario, redefine la identidad como algo líquido y en constante cambio.

En este proceso, el público transita entre la zona donde habitan sus prejuicios y temores para descubrir una realidad poliédrica a la que cada uno accedemos de manera individual.

A través de las políticas del cuerpo, artista y teatralidad conforman la retórica visual de lo diferente, de la otredad insumisa, aquella que incomoda y cuestiona la consabida dicotomía de género de la sociedad posmoderna.

Liz Dust. ‘Histeria’, de Anxs Jones. Imagen realizada para la campaña publicitaria de Hispalco 2018.

Andrés Herraiz Llavador

Circus of Books, testimonio de 50 años de lucha

#MAKMAPantallas | ‘Circus of Books’ (2019), de Rachel Mason
Netflix, 2020
Jueves 28 de mayo de 2020

La última apuesta gayfriendly de Netflix nos lleva de la mano de la familia Mason a conocer la historia de una de las emblemáticas distribuidoras y productoras de contenido erótico y pornográfico de Estados Unidos. ‘Circus of Books’ es un documental autobiográfico dirigido por Rachel Mason que expone el surgimiento y muerte de aquello que bien podríamos denominar un imperio empresarial dedicado a la producción y distribución de contenido pornográfico gay.

Exterior de la Librería Circus of Books. Fotografía cortesía de Netflix.

El documental, dividido en dos grades apartados, comienza con una presentación de los miembros de esta curiosa familia judía afincada en Los Angeles, exponiendo a través de videos caseros las dinámicas de Karen y Barry y sus tres hijos Micha, Rachel y Joshua Mason. La superposición de estos vídeos grabados por la propia directora en su infancia, junto con las imágenes y testimonios permiten al espectador adentrarse en la atmósfera de los Estados Unidos durante la década de los ochenta. Cintas caseras, recortes de periódicos e imágenes documentales se convierten en la conjugación perfecta que otorga al audiovisual esa pátina vintage tan sugestiva y atrayente.

«‘Circus of Books’ es una librería y una tienda de material pornográfico duro gay»: con esta sentencia Karen Mason da paso a la intro de un documental que tiene de todo menos «porno duro gay». Sin duda, la promoción del documental por parte de la plataforma Netflix ha generado ciertas expectativas sobre esta producción, que lejos de adentrarse en los entresijos de la industria del porno gay de las últimas décadas, nos presenta un testimonio destinado a toda la familia de cómo la homosexualidad y la pornografía han sido y son un tabú social y, al mismo tiempo, una industria muy rentable económicamente.

Fotograma del documental con Karen y Joshua Mason en la entrada de la sinagoga. Fotografía cortesía de Netflix.

El documental, presentado en el Festival de Tribeca, se suma a la parrilla propuesta por la plataforma Netflix, aportando diversidad a su catálogo de contenidos y acercando a los neófitos a la cultura queer. La primera parte de la producción, de tono más didáctico, se estructura a partir de la ingente recogida de testimonios llevada acabo por Rachel. De este modo, trabajadores de Circus of Books, cineastas y artistas del mundo del porno gay, activistas y demás generadores de contenido articulan, junto con la familia Mason, un complicado engranaje que otorga fluidez y dinamismo al documental. Tomando la pequeña librería como centro neurálgico, las historias recogidas nos hablan de la conformación de espacios compartidos en los que la relación, el encuentro y la identificación surgían de manera espontánea.

‘Circus of Books’, de manera natural y muy familiar, aúna testimonios vivos e imágenes trasnochadas del underground californiano que aproximan al espectador a los ajados códigos de relación entre la comunidad homosexual. Las bandanas de colores y los callejones salen a la luz desestigmatizados y son incorporados a la narración de manera natural. De igual modo, los arrestos, las persecuciones y la violencia ejercida contra la comunidad antes del incidente de Stonewall son recogidos en pro de contextualizar el surgimiento, tan necesario, de refugios para los homosexuales como la librería Circus of Books, hoy un negocio anticuado con el agua al cuello, víctima directa del avance de las nuevas tecnologías, donde el porno analógico ha sucumbido frente a la accesibilidad y privacidad del consumo online.

La segunda parte del documental, de un marcado tono autobiográfico, está dedicada a exponer tanto el lado más conservador como el más liberal de la familia Mason. «Gay era una palabra mala», afirma Joshua, el hijo menor de los Mason, quien nos sirve de guía a través de los dramas familiares generados por la enraizada fe de Karen y el conflicto producido con su trabajo en la industria del porno.

El documental se convierte en un ejercicio de reconciliación familiar y de trabajo emocional que expone como, a lo largo de nuestra historia, el colectivo LGBTI ha necesitado de aliados y aliadas para construir lugares como la librería Circus of Books, un bastión, que, más allá de difundir y producir pornografía gay, supuso un lugar de encuentro para muchos homosexuales que vivieron la criminalización y persecución acometida por las políticas ultraconservadoras de Reagan durante los ochenta. Reachel Mason consigue con su documental que el gran público acceda a través de un testimonio sincero a la historia, nuestra historia, aquella que a lo largo del tiempo se ha redactado en los márgenes de la heteronorma.

Karen y Barry Mason en el cartel promocional de Netflix.

Andrés Herraiz Llavador

GOD SAVE THE DRAG QUEEN

Tras la cancelación de la serie ‘A.J and the Queen’, ficción televisiva emitida a través de la plataforma Netflix, el pasado día 6 de marzo, muchos fans han manifestado su descontento a través de Twitter, red social donde el mismo RuPaul anunciaba su cese. 

El serial televisivo surgido de las mentes de RuPaul y Michael Patrick King se suma a una larga lista de ficciones canceladas tras su primera temporada o con apenas andadura en la pequeña pantalla. Víctima de la ingente oferta audiovisual que plataformas como Netflix, HBO o Amazon Prime lanzan al espectador, ‘A.J and the Queen’ no ha salido airosa de la feroz competición que supone llegar a ser un producto estrella, puesto que no todas las ficciones televisivas pueden ser ‘The Witcher’, ‘Elite’ o ‘Sex Education’.

Imagen promocional de ‘A.J and The Queen’, perteneciente a la plataforma Netflix.

El entretenimiento audiovisual, en constante actualización, ha ido transformándose para acabar ocupando un espacio preferente en nuestras televisiones, tablets y móviles inteligentes. Subsumidos por la vorágine de estar al día con las últimas series de moda, caemos en las trampas de las reiteradas recomendaciones algorítmicas que nos dicen qué ver, partiendo, supuestamente, de nuestras elecciones previas. Un mundo en el que se retroalimentan aquellos seriales más reproducidos, aquellos que comentamos en las pausas para el café o que recomendamos de forma pertinaz a nuestros conocidos, un mundo donde apenas hay espacio para aquellas historias que viven en los márgenes de la heteronormatividad.

RuPaul viene transformando el panorama televisivo con su concurso de drag queens americanas ‘RuPaul Drag Race’, que lleva más de una década en televisión y que atesora doce magnificas temporadas en las que hemos podido acercarnos, desde el humor, a las realidades y deseos de muchas drag queens.

Desmarcándose de la ya más que conocida carrera de reinas, RuPaul apostó este 2020 por lanzar desde la plataforma Netflix una serie atrevida, a caballo entre las clásicas sitcoms y las series de carácter más biográfico, ahora en auge. Una decisión algo osada, pero que contaba con el apoyo de Michael Patrick King, creador de ‘Will & Grace’, y de la más que exitosa serie ‘Sex and the City’, cuyas seis temporadas y sus dos secuelas a modo de filmes han dejado una marcada impronta en nuestro imaginario colectivo.

Señorita Peligro (Tia Carra) y Hector Ramirez (Josh Segarra) en ‘Columbus’, tercer episodio de la primera temporada.

Sin duda, la receta que hizo que Carrie Bradshaw, interpretada por Sarah Jessica Parker, llegara al corazón de miles de telespectadores, subyace en el personaje de Ruby Red, interpretada por RuPaul, ganador de varios Emmy, y en la más que carismática A.J, interpretada por la prometedora Izzy G., ‘A.J and the Queen’ narra las aventuras y desventuras de una drag queen entrada en años, interpretada por RuPaul, a la que la vida no parece más que darle golpe tras golpe, pero que en el momento en el que se enfunda sus botas y peluca consigue sobreponerse a cualquier vicisitud. Una ficción amable con toques de dramática realidad, pero repleta de tonos fantásticos en donde los sinsabores de la vida se aderezan con ese humor ácido tan característico de las producciones de la drag queen.

Junto a nuestras protagonistas, un elenco de actores secundarios da vida a personajes muy bien construidos, que no caen en las consabidas divisiones maniqueas de otros seriales, en los que bondad y maldad vienen definidas casi en una formula readymade. Retomando aspectos propios de las comedias realizadas durante los años noventa, los malvados de ‘A.J and the Queen’, más que rechazo, generan una pena cómica y, en ocasiones, entrañable, que nos permite conectar con sus sentimientos y vivencias, aquellas que los llevaron a ser malvados y que, sin eclipsar la narrativa central, relatan sus propias historias.

Uno de los préstamos más significativos del serial es aquel que los creadores toman del filme ‘A Wong Foo, gracias por todo! Julie Newmar’ (1995), protagonizado por Patrick Sawyce y en la que el mismo RuPaul hizo un cameo. El viaje por los Estados Unidos se convierte en un punto de encuentro entre ambas ficciones, donde a modo de oposición cómica nos aproximamos a los conflictos y aprendizajes generados por contraste entre el mundo drag y el resto del universo. En este periplo, RuPaul rescata alguna de las viejas reinas de su concurso como Chad Michaels o Latrice Royale para que sirvan de testimonio de que se puede construir narrativas queers utilizando a actores que pertenecen al colectivo LGBTI.

No es la primera vez que Netflix pone fin a un serial atrevido y subversivo sin que este apenas haya llegado a su segunda temporada. Este es el caso de ‘Sense8’, una ficción que, en 2015, conmocionó a los telespectadores de todo el mundo truncando con sus historias las narrativas canónicas de un único protagonista y poniendo en el candelero el valor y la fuerza de la diversidad. La cancelación de esta serie, dos años después de su primera emisión, supuso tal shock para sus seguidores que la plataforma tuvo que lanzar un capitulo especial que, en 2018, a modo de cierre, ayudó a los telespectadores a realizar el duelo. ‘Sense8’ fascinó al gran público a través de narrativas que abordaban realidades plurales opuestas a las dicotómicas historias basadas en el género binario y donde las identidades queer, en las antípodas del valor complementario o accesorio, eran empoderadas a ser las heroínas de sus propias historias.

Amanita Caplan (Freema Agyeman) y Nomi Marks (Jamie Clayton) en ‘Resonancia límbica’, primer episodio de la primera temporada de ‘Sense8’.

Netflix, de nuevo, ha cerrado la puerta a una serie que aportaba aire fresco a la parrilla de ficciones de carácter masivo, en las que confluimos de manera inevitable y en las que, cada vez más, cuesta ver historias que se perpetúen y que narren, desde la ficción, realidades al margen de la heteronorma.

Andrés Herraiz Llavador

‘Fin de siglo’, la belleza lúbrica del amor

‘Fin de Siglo’, de Lucio Castro
Argentina, Estados Unidos, 2019
Con Juan Barberini, Ramón Pujol y Mia Maestro
Estreno en España: viernes 13 de diciembre de 2019

Como si se tratara de una visión profética, la opera prima de Lucio Castro (Buenos Aires, 1975), ‘Fin de Siglo’, trae consigo un buen augurio para el director argentino, que encamina su trayectoria fílmica con una pieza estremecedoramente bella y sugestiva. Seleccionado por el Departamento de Cine del MoMA de Nueva York para formar parte del ciclo ‘The Contenders 2019’, su fortuna crítica podría llevar al filme a triunfar, hasta convertirse en un clásico de culto. La película ha tenido una muy buena acogida tanto por parte de la critica española como internacional, y se estrenará en los cines de nuestro país el próximo 13 de diciembre de 2019.

Fotograma de ‘Fin de Siglo’, de Lucio Castro. Fotografía cortesía de Filmin.

En las antípodas de las ficciones de consumo rápido a las que hemos terminado por acostumbrarnos, los ochenta y cuatro minutos de la cinta nos conducen a una historia de amor casual, en la que confluyen lenguajes que transitan entre el ayer y el hoy. Sin caer en la fantasía estereotipada e hiperexplotada por el cine más comercial –donde abundan personajes construidos para satisfacer al público heteronormativo–, la obra expone relatos crudos y personajes reales en los que por fin poder vernos reflejados. Huyendo de las consabidas narrativas de adolescentes que descubren su sexualidad de manera temprana, los  protagonistas de ‘Fin de Siglo’ comienzan a peinar canas y construyen discursos maduros basados en vivencias adultas, donde prima la experiencia. La sexualidad explícita de algunas de las escenas quizás sorprenda al espectador menos avezado que, sin duda, podrá aprender y disfrutar de la belleza lúbrica del filme y sus diálogos. 

Fotograma de ‘Fin de Siglo’, de Lucio Castro. Fotografía cortesía de Filmin.

A través de planos fijos, a modo de ventana indiscreta, Lucio Castro consigue satisfacer nuestro deseo escópico de mirar sin ser vistos y nos permite acceder al mundo de Ocho, sus pensamientos, dudas y deseos. Los planos subjetivos nos permiten empatizar con el personaje, conocerlo de una manera casi inconsciente a través de esos momentos en los que el silencio se adueña del tiempo y la soledad es grata compañera. Rutinas que remedan a las propias y que consiguen que el espectador naufrague en la realidad del protagonista. 

Fotograma de ‘Fin de Siglo’, de Lucio Castro. Fotografía cortesía de Filmin.

La gama de colores poco satinados y fríos, con predominancia de matices añiles, contrasta con las tonalidades cálidas que explotan la anatomía de ambos actores. Haciendo uso de imágenes recurrentes en nuestro imaginario colectivo –como la del hombre emergiendo del mar junto con un brillante caleidoscopio de planos y encuadres–, Lucio Castro consigue conjugar la sexualidad de Ocho con el entorno en el que habita. Lugares laberínticos en los que la vegetación y el hormigón armonizan en una particular visión de la ciudad de Barcelona. Espacios como el Museu del Perfum, el Museu Nacional d’Art de Catalunya o el Parque del Laberint d’Horta acompañan a Javi y a Ocho mientras fantasean con proyectos y futuros en los que el cambio de centuria supone un antes y un después en sus vidas.  

El filme, de manera límpida, expone las complejidades del mundo relacional en coexistencia con la sencillez con la que hoy en día planteamos nuestros encuentros sexuales, gestionados por aplicaciones que han terminado por asesinar al ya ajado coqueteo. Normas y reglas que se desvanecen en lo etéreo cuando uno vive enamorado del hoy.

La vida sin tiempo, el tiempo sin vida, dicotomías presentes en el filme y por las que nos dejamos llevar, abandonándonos al presente más absoluto, donde la perdurabilidad del futuro y sus cadenas son un súcubo que se escapa por la ventana cada mañana de sábado. Amaneceres en camas extrañas que, en ocasiones, nos hacen sentir como en casa. Miradas que con los primeros albores del sol atraviesan el alma y hacen de lo fugaz un instante eterno, en el cual dudamos si aún soñamos o jamás estuvimos tan despiertos.

¿Qué queda de nosotros cuando cerramos la puerta tras un encuentro? ¿Qué se lleva el otro al irse? Souvenirs emocionales que nos persiguen como pesadillas en sueños recurrentes, acentuando la soledad patente o la deseada, haciendo figura nuestros miedos y deseos. ‘Fin de siglo’ no deja indiferente; conectando pasado, presente y futuro, construye una narrativa compleja en la que proliferan las visiones especulares de aquello que pudo ser y nunca fue. Relatos que nos incomodan y desorientan, interpelándonos directamente a reconocer las posibilidades de nuestro presente. 

Fotograma de ‘Fin de Siglo’, de Lucio Castro. Fotografía cortesía de Filmin.

Andrés Herraiz Llavador

Panayiotou y los límites de la marginación

‘Act II: The Island’, Christodoulos Panayiotou
Camden Arts Centre, Londres
Hasta el 5 de enero de 2020

El Camden Arts Centre, situado en el epicentro del barrio de Hampstead, en Londres, acoge la mayor exposición de Christodoulos Panayiotou en Reino Unido. En la muestra confluyen además de sus últimos trabajos, algunas de las obras realizadas en la última década y otras nunca vistas por el público inglés. Sin duda, una propuesta atrevida y atractiva que desde el 27 de septiembre de 2019 lleva recibiendo a un gran número de visitantes, que se aproximan a sus instalaciones con curiosidad y asombro, para participar del diálogo que las obras de Panayiotou establecen con el visitante, interpelándolo para reflexionar sobre todo aquello que negamos, lo marginal o pasado por alto. Aquello único y, al mismo tiempo, imperfecto.

Fachada principal del Camden Arts Centre. Fotografía: Andrés Herraiz.

Nacido en 1978 en Limassol, Chipre, Christodoulos Panayiotou ha realizado su obra entre París y Limassol. Su meteórica carrera profesional lo llevó en 2015 a la quincuagésimo sexta edición de la Bienal de Venecia como representante del pabellón nacional de Chipre. Entre sus exposiciones en solitario se encuentran la realizada en 2017 para la Casa Luis Barragán en México o la elaborada en Kitakyushu, Japón, en el mismo año, pasando por exposiciones en Estados Unidos (2012), Estocolmo (2013) o Bangladesh (2018), llegando hasta ‘Act II: The Island’, exposición que el artista presenta al mismo tiempo que ‘Dying on stage: chapter one, two and three’, actualmente en el Musée D’Orsay de París.

La obra de Christodoulos Panayiotou aúna tradición y vanguardia, adueñándose de cada superficie del Camden Arts Centre, transformando sus espacios e invitando al espectador a participar en una “yincana artística” donde las obras le interrogan y, a través de la cual, se aventura sobre mosaicos de inspiración greco-latina, pasando por improvisadas fontanas, zapatos de confección artesana y algún que otro cuarto invadido por las tinieblas, donde se proyectan juegos de fotografías tomadas por el artista, generando diálogos personales que satisfacen el placer escópico del visitante.

‘Bastardo’, obra de Christodoulos Panayiotou. Fotografía: Andrés Herraiz.

Sin duda, una de las obras que primero impactará al visitante será el imponente bloque de mármol que el artista adquirió directamente de la cantera de donde se extrajo y que, posteriormente, singularizó con la palabra ‘Bastardo’. A través de este sugerente título, el artista nos invita a repensar nuestra escala de valores y, para ello, remite al sistema de catalogación de los bloques marmóreos cuando estos son adquiridos. Improntados con marcas que verifican su calidad, procedencia y destino, Panayiotou subvierte este canon y rubrica con espray la pieza como espuria, poniendo, así, de relieve la impureza y lo imperfecto del material, motivo por el cual fue rechazado en su origen.

De lo sólido a lo fluido, la reflexión en torno a la practicidad en los límites de la marginación continua más allá de la pieza marmórea para acontecer en los márgenes de la fuente improvisada, que Christodoulos Panayiotou ha dispuesto en la sala número dos del Camden Arts Centre. Bajo el título prestado del dramaturgo Bertolt Brecht, ‘L’Achat du cuivre’ (‘The Price of Copper’), reflexiona en torno al valor añadido de las cosas. En su obra ‘Messingkauf Dialogues’ Brecht narra la historia de un hombre que se adentra en una tienda de instrumentos musicales, mostrando especial interés en una de las trompetas expuestas. Para el cliente, quien admite que no sabe ni tiene interés en aprender a tocar la trompeta, el precio del instrumento le parece bajo, mostrando tan solo atención al metal del cual esta compuesto. Con ello el relato del escritor alemán versa, al igual que la fontana de Panayiotou, sobre el valor añadido que el individuo infunde sobre los objetos, tan recurrente en el mundo del arte. La instalación, compuesta únicamente por una hoja de cobre en su estado más puro y una simple manguera, cobra un sentido totalmente diferente dependiendo del momento en que la visitemos. Si el agua corre por la superficie atezada de la pieza, esta será una fuente, mientras que en el momento que el agua deje de manar, tan solo una simple hoja de cobre.

‘The Price of Copper’, instalación de Christodoulos Panayiotou . Fotografía: Andrés Herraiz.

Texturas y materiales se dan cita en las diferentes salas del Camden Arts Centre, pasando de lo inhóspito a lo cotidiano, como atestigua la instalación ‘Independence Street’El artista irrumpe sobre el espacio museístico trayendo consigo los antiguos postes que conducían la electricidad en una de las calles más transitadas de su ciudad natal. Desechados y sustituidos por los actuales, los cinco pilares lígneos fueron víctimas del proceso de embellecimiento que algunas calles de la ciudad sufrieron en 2012. Con su caída desaparecieron también los carteles, las reivindicaciones políticas, los anuncios y los mensajes de amor. Todo ello ecos de la antigua Limassol que hoy reposan sobre el suelo de la sala número seis de la galería, donde el artista decide suprimir la presencia de luz artificial para que, con la penumbra del ocaso, el luto cubra todo el espacio.

‘Independence Street’, obra de Christodoulos Panayiotou. Fotografía: Andrés Herraiz.

La propuesta de Christodoulos Panayiotou se suma a la más que activa vida del barrio de Hampstead, donde contrasta con las pintorescas casas inglesas que acogen galerías de arte y anticuarios. El variado elenco de vendedores y vendedoras consiguen que salir un domingo se vuelva toda una aventura, en la que, sin duda, vale la pena dejarse llevar, ya sea tomando ‘Act II: The Island’ como punto de partida o como destino. En un mundo en el que Google Maps nos indica la mejor ruta a seguir, los espacios generados por la obra de Christodoulos Panayiotou nos enseñan que, en ocasiones, conviene perderse.

Fitzjohn’s Avenue, Londres. Fotografía: Andrés Herraiz.

Andrés Herraiz Llavador

Zygmunt Bauman y la cleptomanía del tiempo

MAKMA ISSUE #01
Opinión | Andrés Herraiz (investigador del departamento de Historia del Arte de la Universitat de València)
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2018

La narrativa de Bauman (1925-2017), en tanto que producto de la contemporaneidad más absoluta, fluctúa entre el ayer y el hoy para terminar por convertirse en un texto premonitorio, traído desde el pasado más próximo para advertir al lector de las consecuencias de la vorágine en la que viene inmerso desde hace ya algunas décadas.

Hablar de Bauman es hablar de modernidad líquida, concepto ligado de manera inexorable al sociólogo y que ha sido el punto de partida de otros muchos estudiosos en torno al tiempo, la realidad y el individuo en su paso por ambos. El sociólogo y ensayista judío, de origen polaco, sin duda ha bebido de su propia tradición cultural y herencia hebrea para configurar, a través de la cosmovisión contemporánea, una explicación plausible a los procesos que hoy nos acontecen y que semejan dar forma a las dinámicas a través de las cuales nos relacionamos como sujetos. Inserto en este panorama, en cierta medida apocalíptico, el término “modernidad líquida” parece adherirse a todo aspecto de nuestra cotidianidad. Este concepto, en las antípodas de la resistencia a la que parece asociarse la “modernidad sólida”, remite a la impaciencia, a la futilidad del tiempo y al rechazo de la dilatación del placer en pro de sensaciones breves, pero intensas, mutables e inconstantes.

Página inicial del artículo publicado en MAKMA ISSUE #01.

Como respuesta a muchos de los interrogantes que nos plantea la modernidad líquida, inserta en la obra del mismo Bauman, se halla la idea de reajustar o resignificar la noción “tiempo”. En relación con esta resignificación de lo sólido en su paso a estado líquido, no solo el tiempo muta, sino que también la identidad será otro de los principales objetivos de esta modernidad líquida, que terminará por inundar todos los ámbitos del ser. Prueba de ello, en la última década hemos asistido al nacimiento de términos como el de “género fluido”, de Judith Butler. La idea orbita entre el repensar y subvertir la manera en la que concebimos la realidad en relación con el individuo del siglo XXI, aquel que transita entre los espacios “muertos” del tiempo y, en ultima instancia, fluye con los mismos.

A la hora de abordar la impaciencia como rasgo definitorio de nuestra sociedad, se torna imperativo acudir al factor “tiempo”, antes mencionado. El mismo Bauman hace referencia, en su texto ‘Los retos de la educación en la modernidad líquida’, a este ente abstracto como: “El tiempo es un ladrón”, situándose esta afirmación en las antípodas de la educación bajo la cual hemos crecido y en la que el tiempo no era algo que había que gastar o consumir de forma ansiosa, sino un bien muy preciado, áureo, y cuyo empleo habría de ser la consecuencia de meditadas reflexiones en torno a aquello que ha importado al individuo desde sus inicios: el yo y el mañana.

Acudimos, por tanto, a un truncamiento radical de nuestra percepción del mundo, cuyas grietas se extienden por los museos y galerías, por las redes y espacios en los que transitamos. Lugares en los que en la lejanía aún podemos escuchar los ecos que dejaban cada domingo los asiduos al arte de folletín. Hoy estos espacios han sido subvertidos y, siguiendo los principios de la liquidez más absoluta, albergan los happenings y performances que permiten al individuo fluctuar entre el ser y el estar. Ambos verbos, testigos del devenir de las sociedades hacia nuevos paradigmas, en los cuales el aquí y el ahora se resignifican en pro de un todo.

Portada de MAKMA ISSUE #01, a partir de una de las obras del proyecto ‘Caminos del deseo’, del artista y miembro de MAKMA Ismael Teira.

En este sentido, la sociedad que Bauman presenta se encuentra fagocitada por la cultura del readymade, la fastfood y el takeaway. Una sociedad donde los conocimientos, al igual que los cartones que cobijan los bienes que consumimos, son desechados por su valor, ya sea transitorio o efímero.

Uno de las paradigmas de la teoría de Bauman se encuentra en la figura del youtuber. Un ser divinidazo por los adolescentes (y no tan adolescentes), que invade sus hogares y se manifiesta como próximo, aunque se encuentre a miles de kilómetros. Un individuo capaz de decir que es #Trendy o que es #Mebajodelavida, solo con un click.

Llegados a este punto, se torna necesario ahondar en el giro a través del cual se genera un antes y un después, un nosotros y un ellos, la cabriola a través de la que uno pasa de ser de una generación a pertenecer a otra, propia de aquellos a los que la pedagogía contemporánea denomina “nativos digitales”. Estos planteamientos encuentran su paradigma en la figura de los hoy conocidos como “influencers”. La obra de Judith Butler ‘Deshacer el género’ ya advertía de las etiquetas que en cuanto a sexualidad terminaron por definir las identidades contemporáneas.

Hoy por hoy, la maniquea identificación hombre-mujer ha quedado obsoleta e, incluso, la polaridad heterosexual y homosexual ha terminado por quebrarse frente a la llegada de los #NoGender o del adalid de la modernidad líquida, que hoy denominamos “poliamor”.

Actualmente, podemos considerar que entrar en los pros y contras de las consecuencias de la modernidad líquida es una polémica con una obsolescencia muy próxima, pues en el tiempo que el individuo se debate entre las posiciones más continuistas de este tipo de planteamientos y modos de concebir el mundo, la propia fluidez de su realidad ya lo ha fagocitado y consumido. Muchos de los aspectos que subyacen en los planteamientos de Bauman nos hablan de los futuros utópicos de Huxley y las distopías de Orwell, las cuales no nos auguran un porvenir muy idóneo. Frente a esta situación, el individuo se encuentra delante de numerosas diatribas en las cuales apenas puede detenerse, terminando por verse imbuido por una realidad pseudoparanóica en la que el mismo tiempo le está echando mano a la cartera.

El artista Graham Bell como ‘Geyserbird’, proyecto de ‘Impure’, de la artista Anna Maria Staiano. Fotografía de Toni Cordero.

Andrés Herraiz

Naro Pinosa y la alquimia de las imágenes

“Planta 14”
Espacio IKB 191
Calle Arganzuela, 18, Madrid.
Hasta finales de abril de 2019

A veces incómoda, en ocasiones magnética, sin duda adictiva, así es la obra de Naro Pinosa. El artista ilicitano se ha granjeado una más que reconocida popularidad en las redes y, desde hace algún tiempo, viene transformando los paradigmas del arte, al menos del que se encuentra en el museo más pequeño y visitado hoy, la pantalla de nuestro smartphone. Con más de 33,8 mil seguidores, se posiciona en el podio de los artistas que, como él, abordan el fotomontaje digital. Creando interesantes collages para las redes, sus obras fluctúan entre las reminiscencias compositivas de Braque o Picasso y la sátira inherente a las piezas de Duchamp o George Groz, de las cuales son totalmente herederas. Rostros fracturados y metamorfoseados en poemas visuales que hacen de la obra de Naro Pinosa un caleidoscopio hipnótico en el que perderse.

Este laureado artista, que ya ha participado en eventos culturales como el Festival de Cine de Tribeca, cuenta con una copiosa producción artística presente tanto en publicaciones internacionales, como en los decorados de películas como “Kiki, el amor se hace” de Paco León.

Hoy, los fotomontajes de Naro se dan cita con los diseños que alberga el Espacio IKB 191 de Madrid. Por primera vez, y hasta finales de abril, podremos disfrutar en formato físico de las controvertidas relecturas del artista ilicitano que, junto con el mobiliario del siglo XX, genera magníficos diálogos entre obra y espacio.

Conjunción perfecta entre las obras de Naro Pinosa y el espacio expositivo. Imagen cortesía de IKB 191.

Conjunción perfecta entre las obras de Naro Pinosa y el espacio expositivo. Imagen cortesía de IKB 191.

Su retórica visual juega con la poesía de las imágenes para crear collages en los que el Pop Art se funde con Caravaggio o Bernini. Porno, sensualidad y arte al servicio del espectador, que a través de su obra digital vertida de manera diaria en Instagram, puede perderse en las imbricadas asociaciones del artista. Fundiendo imagen y sonido  en sus stories de Instagram, consigue crear una Gesamtkunstwerk o obra total de carácter efímero en la cual la ironía, el humor y la provocación se unen a las melodías de Pavarotti, Miguel Bosé o Mina.

Imbuido por un proceso alquímico, propio de la corriente reapropiacionista del arte actual, no hay retablo ni lienzo que se libre de la afilada mirada de Naro. Madonnas renacentistas y cristos barrocos son releídos bajo una óptica sadomasoquista, en la cual las filias del inconsciente semejan mirarse al espejo.

David Bowie como Jesucristo, obra de Naro Pinosa. Imagen cortesía de IKB 191.

David Bowie como Jesucristo, obra de Naro Pinosa. Imagen cortesía de IKB 191.

En el mundo onírico surgido de la mente de este compositor visual, confluyen el porno duro y el arte clásico. Al adentrarnos en las combinaciones de aquello a priori opuesto, descubrimos los rostros de artistas musicales, más que conocidos, conviviendo con las miradas de un Vladímir Putin sodomizado o un Francisco Franco homoerotizado. Algunos personajes pertenecientes a nuestra más remota infancia, como La bella durmiente o La Cenicienta, abandonan los mochos y las ruecas para apropiarse de los dildos, corsés y lubricantes que Naro Pinosa ha dispuesto de manera brillante junto a ellas.

Aurora metamorfoseada por Naro Pinosa para la exposición "Planta 14". Imagen cortesía de IKB 191.

Aurora metamorfoseada por Naro Pinosa para la exposición «Planta 14». Imagen cortesía de IKB 191.

No todo es sodomía, porno y parafilia en el fotomontaje de este artista emergente, entre sus composiciones podemos encontrar una retórica visual menos subversiva, más cercana a la poesía en la que las asociaciones formales entre las imágenes consiguen despertar los sentidos del espectador haciendo que visibilice sensaciones como la de suavidad o la humedad. Flores, frutas y animales configuran ricas metáforas visuales en las que se puede sentir el rocío caer sobre una rosa.

Si pasar por el Espacio IKB 191 de Madrid ya es una visita obligatoria, seguir a este prolijo artista digital en las redes se torna algo totalmente necesario. Dejar entrar a Naro Pinosa en tu smartphone supone abandonarte al deleite de los poemas visuales surgidos de las cualidades retóricas inherentes a las imágenes para terminar por realizar un ejercicio de reformulación que nos permite mirar y repensar el arte.

Andrés Herraiz Llavador

Blancanieves metamorfoseada por Naro Pinosa para la exposición "Planta 14". Imagen cortesía de IKB 191

Blancanieves metamorfoseada por Naro Pinosa para la exposición «Planta 14». Imagen cortesía de IKB 191

 

Celuloide, identidades queer y otras masculinidades

‘Las otras masculinidades en el audiovisual contemporáneo. Identidades queer a través del celuloide’
IV Parlem D’Art 2018
Sala Palmireno (F 3.4)
Facultat Geografia i Història (UV)
Blasco Ibañez 28, Valencia
Jueves 20 de diciembre de 2018
De 10:00 a 14:00

La figura masculina ha estado supeditada desde sus orígenes a una serie de modelos de masculinidad filtrados bajo un prisma heteropatriarcal, el cual ha configurado a través de la pequeña y la gran pantalla los estereotipos bajo los que hoy ponderamos lo masculino.

Identidades queer. MAKMA

El proyecto ‘Las otras masculinidades en el audiovisual contemporáneo. Identidades queer a través del celuloide’, realizado por Andrés Herraiz y Javier Martínez, adscrito en el marco de la IV edición de Parlem D’Art 2018, busca divulgar y sensibilizar los valores de género y sexualidad.

Con motivo de la convocatoria de proyectos para la IV edición de Parlem d’Art, organizada por el Vicerrectorado de Estudios de Grado y Política Lingüística de la Universitat de València a través del Servicio de Información y Dinamización (SeDi), se procede a la elaboración por escrito del proyecto ‘Las otras masculinidades en el audiovisual contemporáneo: identidades queer a través del celuloide’. El título escogido para la propuesta alude a nuestro interés por los productos culturales adscritos a la contemporaneidad, concretamente las prácticas audiovisuales. Medios como el cine, la televisión o el videoclip son capaces no solo de ilustrar, sino de configurar toda una amplia gama de estereotipos a través de la gran y pequeña pantalla. En este contexto se encuentra la figura masculina, cuya producción fílmica ha construido, desde sus orígenes, unos modelos de masculinidad filtrados bajo el prisma heteropatriarcal. El hombre guerrero, el superhéroe, así como el protector de la mujer y la familia, son algunos de los muchos ejemplos varoniles que el celuloide ha configurado desde sus inicios.

Portada del libro 'Violetas de España. Gays y lesbianas en el cine de Franco', de Alejandro Melero (Notorius Ediciones, 2017).

Portada del libro ‘Violetas de España. Gays y lesbianas en el cine de Franco’, de Alejandro Melero (Notorius Ediciones, 2017).

El presente proyecto tiene como objetivo focalizar su estudio en la configuración de las otras masculinidades, es decir, aquellas subjetividades silenciadas y estigmatizadas por los sistemas de poder. Para visibilizar este fenómeno social de alteridad se recurrirá a uno de los mecanismos de control de mayor impacto en la sociedad: los mass media, herramientas que logran filtrar en el imaginario colectivo de manera considerable. A través de la propuesta se demostrará cómo los medios de masas perpetúan el rechazo hacia todas aquellas masculinidades que se alejan de la figura arquetípica establecida por la heteronormatividad. De este modo, se pretenderá exponer que todavía sigue vigente una alteridad en el audiovisual en relación a la figura masculina, perjudicando, así, a la divulgación de los valores de género y sexualidad.

Se pretenden mostrar las consecuencias que ha asumido la figura del hombre desde el sistema heteropatriarcal; un sistema maniqueo donde se asienta el binomio masculino- femenino y cuya impronta es rastreable en la mayoría de dinámicas sociales en las que el individuo se encuentra inmerso. Es por esto que la construcción del yo masculino, así como la de su opuesto, han sido cinceladas a lo largo de los siglos a través de una serie de representaciones y conductas que han terminado por articular toda una serie de mecanismos heteronormativos que definen el crecimiento del individuo y su mundo relacional.

Portada del libro 'Miradas insumisas. Gays y lesbianas en el cine', de Alberto Mira (Editorial Egales, 2008).

Portada del libro ‘Miradas insumisas. Gays y lesbianas en el cine’, de Alberto Mira (Editorial Egales, 2008).

Esta propuesta pretende crear espacios compartidos en los cuales estudiantes e interesados puedan aproximarse al masculino singular. En singular, ya que no se busca atender a las construcciones genéricas y tópicos orbitantes en torno al yo masculino, sino ahondar en cómo estas construcciones se han ido filtrando a través del inconsciente colectivo, dejando su impronta en el audiovisual contemporáneo.

El seminario tendrá lugar el día 20 de diciembre de 2018, en la Sala Palmireno de la Facultat de Geografia i Història, con sendas conferencias: ‘Deseos e identidades gays en el cine del franquismo”, a cargo de Alejandro Melero, e ‘Infancias queer y cine español: Agustí Villaronga’, de la mano de Alberto Mira.

El fin último es poner el acento sobre aquellas subjetividades estigmatizadas a través de los diferentes mecanismos de control ejercidos por los sistemas de poder.

Paco Rabal en una escena de la película 'Llegaron dos hombres' (César Fernández Ardavín y Arne Mattsson, 1959).

Paco Rabal en una escena de la película ‘Llegaron dos hombres’ (César Fernández Ardavín y Arne Mattsson, 1959).

“Siempre intento juntar morbo y elegancia”

‘God is Queer’
Mamut Concept Store
Carrer del Pintor Salvador Abril, 48, 46005 València
Del 23 al 15 de diciembre de 2018

De las redes y para las redes, así es el Arte hoy, un cúmulo de me gustas, hashtags y retos que han transformado al artista en objeto de deseo de las miradas escópicas del individuo posmoderno. Subsumidos por el capitalismo imperante, muchos artistas optan hoy por realizar sus obras basándose en las preferencias de sus seguidores en las redes, lanzando preguntas e interactuando con los que habrán de convertirse en sus futuros compradores. Esta nueva dinámica entre los agentes artísticos se deja ver en propuestas como el Inktober, un reto lanzado desde 2009 por el ilustrador Jake Parker que apuesta por “exprimir” la creatividad de los jóvenes artistas. Una vez pasado octubre, podemos disfrutar de los resultados de esta iniciativa en exposiciones como ‘God is Queer’ de TheHugo, una serie de dibujos realizados a tinta en los cuales el joven ilustrador ha plasmado las complejidades que alberga el género en sus diversas manifestaciones. Ilustraciones donde morbo, transgresión y elegancia se funden para fascinar al público a través de las redes.

Hugo Díaz (TheHugo) comenzó su carrera como ilustrador realizando una autoedición de su primer libro que, a modo de cuento infantil, reelaboraba los dibujos de su infancia bajo el título ‘Mira que dibujo más bonito he hecho mamá’. Su periplo lo llevó a moverse por eventos relacionados con el manga y el anime, centrándose en el cómic a partir del cual empezó a interesarse por el dibujo. Durante la educación secundaria cambió sus intereses en torno a la biología marina por los lápices, y comenzó a orientar su futuro hacia el bachillerato artístico. Tal como apunta el artista, desde niño le encantaba crear personajes, siempre estaba dibujando y creando historias entre ellos.

En enero de 2016 se publicó ‘El fuego en el que ardo’ de Mike Lightwood ilustrado por TheHugo y que supondría su primer contrato en el mundo de la ilustración editorial. Un año después, y a raíz del éxito del primer libro se publica ‘El hielo de mis venas’, la segunda entrega del escritor sevillano editada por Plataforma Editorial e ilustrada por este prolífico artista. Entre sus proyectos se encuentra el cómic ‘Living la vida loca’ inspirado por la manera de contar historias de Paco Roca, en el cual realizó una serie de microrelatos que narraban de manera gráfica las experiencias vividas tras su paso por el grado superior en Segovia.

TheHugo, fotografía realizada por Francesco Visone.

TheHugo, fotografía realizada por Francesco Visone.

¿Qué es God is Queer? ¿De dónde surge la idea de esta exposición?

El proyecto en sí nació del reto viral Inktober, una propuesta del ilustrador Jake Parker. Consiste en hacer un dibujo al día a tinta durante el mes de octubre y subirlo a las redes con el hashtag #Inktober.

¿Parten esta exposición y la serie de dibujos de las redes sociales?

Sí, esto nació sí o sí de las redes. El año pasado participé en el Inktober y conseguí hacer una serie completa de 31 retratos con tinta negra y con detalles en azul, un color que aplico en todo, y la verdad es que gustó bastante.

Este año me lo preparé con más tiempo y en agosto ya estaba pensando en qué serie de ilustraciones podría hacer. Todo surgió a partir de una ilustración de Hermes, que hice con un estilo más detallista y anatómico, no tan royo “comiquero”, como lo que suelo hacer. Tuvo una muy buena recepción en redes, y pensé ¿por qué no hacer 31 dioses para el Inktober?

En cuanto al tema elegido he de decir que la mitología me ha acompañado a  toda mi vida. Tengo libros infantiles más didácticos y algunos más de adultos que tratan la mitología griega, egipcia, nórdica, etc. Es algo que me hacia mucha ilusión ilustrar.

La idea era hacer 31 dioses diferentes, completamente desnudos con algunos detalles de la iconografía propia de cada dios. No quería limitarme a hacer cuerpos academicistas, clásicos o normativos y me sentía en la casi obligación de visibilizar el colectivo LGBTI, algo que me motivaba desde un principio. Quería hacerlo desde un punto de vista reivindicativo, de ahí que hayan dioses transexuales, más gordos, más delgados, con más pelo, con menos, más amanerados o masculinos, etc. He jugado con todo el espectro que nos ofrece el género y el cuerpo humano.

¿Cómo elegiste a las divinidades?

Fue algo básico, busqué dioses que tuvieran algo atractivo a la hora de representarlos. También me guié por lo que iba leyendo sobre las mitologías y por lo que la gente me iba proponiendo por las redes. Quería hacerlos humanos. Podría hacer incluso alguno con cuatro brazos, pero no quería hacerlos con cabezas de animales. Prefería humanizarlos. Por eso, y pensando en ese toque de ilustración de moda que siempre tengo en mente, basándome en la figura animal hice detalles en algunos personajes como la nariz puntiaguda, o un peinado que tenga unas orejas de chacal, etc. En el caso del dios romano Jano, al cual se le suele representar con dos caras, la suya y otra en la nuca, como no quería alejarme tanto de lo humano, decidí hacerlo como un persona de a pié que usa dos máscaras diferentes, una joven y otra anciana.

¿Por qué las máscaras de Jano no llevan el lunar, tan representativo de tu obra?

No tienen el lunar porque lo tendría debajo de la máscara. En realidad cuando lo dibujaba pensaba en el Inktober del año pasado en el cual todos los retratos tenían el lunar excepto uno, “Venenoso”, que represntaba a un chico quitándose la máscara y dejando ver que debajo solo tenía serpientes. Era una manera de representar a las personas tóxicas. De algún modo, tanto la máscara de Venenoso como las de Jano no son reales, simbolizan aquello que se quiere exponer, es como si yo por estética quisiera quitarme el lunar.

Detalle de la ilustración "Venenoso" de TheHugo. Fotografía cortesía del artista.

Detalle de la ilustración «Venenoso» de TheHugo. Fotografía cortesía del artista.

Háblanos de la estética homoerótica tanto de esta serie como la de tus obras previas

Yo siempre intento juntar morbo y elegancia por amor a la estética. Esta fusión la plasmo en toda mi obra. Me gusta darle a lo banal, a lo pornográfico ese toque de elegancia. Al principio me pregunté ¿por qué si soy gay tengo que hacer ilustraciones gays? Luego me lo propuse y me di cuenta que salía solo, que es parte de mí. Me encanta la estética del hinduismo y budismo pero por cautela, al ser una religión y una cultura aún vivas, no quería ponerme a representar a los dioses desnudos, aunque los hindúes, por ejemplo, veneran la androgínia. Pensé que esto podría llegar a ofender.

¿Entiendo qué has hecho un ejercicio de autocensura?

Sí, hay un ejercicio de autocensura. Por ejemplo, en las redes me preguntaron si iba a hacer a Cristo. La verdad es que respeto las creencias de la gente y si hacerlo a mi manera atentaba contra estas, prefería centrarme en los mitos y leyendas. Ofender por ofender me parece demasiado gratuito.

¿Crees que esta fusión entre estética y porno determina el público al que va dirigida tu obra?

Siempre he pensado que hacer obras de carácter homoerótico quizás me cerrara puertas para ilustrar algún día un cuento infantil. El público al que llego no es intencional. Hago lo que siento, y de esa manera llego a gente con inquietudes y gustos similares. La mayoría de mi público van a ser hombres, de hecho en Instagram podría decir que el 85% que compra mi obra son hombres del colectivo LGBTI. Con mi obra pretendo dar visibilidad al mundo no normativo. Es una lucha que llevo conmigo, pues considero que por ser hombre no he de vestir de una manera concreta. A la hora de realizar algunos de los dioses he consultado a personas de colectivos queer, para ver si podría ofenderles la manera de representar algunos personajes.

¿De dónde sacas los modelos para tus personajes?

De mi cabeza, aunque en algunas ocasiones he recurrido a alguna cuenta en Instagram para inspirarme con las anatomías y las poses que beben mucho del mundo de la moda. Cuando dibujaba en mi escritorio habían dos libros: uno de mitología dirigido a publico adolescente que recopilaba divinidades de diversas mitologías, y otro que recogía las obras del artista Alphonse Mucha. Considero que su elegancia a la hora de transmitir las formas del cuerpo femenino, su estética silueteada en rostros, manos y pelo han sido de gran inspiración para mis obras.

Detalle de la ilustración "Helios" de TheHugo. Fotografía cortesía del artista.

Detalle de la ilustración «Helios» de TheHugo. Fotografía cortesía del artista.

¿Qué hay de ti en estas ilustraciones?

Soy tan visceral que todo lo que hago lo saco de mí. Cuando decidí marcarme un “Frida Kahlo” haciéndome autorretratos continuamente o poniendo a todos los personajes que diseñaba el lunar, me di cuenta que era algo de lo que pequeño renegaba y ahora es parte de mi identidad.

¿Por qué elegiste Mamut Concept Store para exponer God is Queer?

En realidad me eligieron ellos a mí. Es una tienda que nació hace unos meses, en la que se vende, ropa y productos de decoración realizados por diseñadores emergentes. Los dueños de la concept store llevan también Ediciones Hidroavión, una editorial así mas “indie”, en la que publican a escritores e ilustradores emergentes. El pasado verano a través de Instagram me escribieron desde Mamut y me ofrecieron exponer en su tienda. Fijamos fecha y programamos la exposición God is Queer.

Ilustraciones de TheHugo expuestas en Mamut Concept Store. Fotografía cortesía del artista.

Ilustraciones de TheHugo expuestas en Mamut Concept Store. Fotografía cortesía del artista.

¿Para cuándo el próximo proyecto? ¿Qué ideas tienes en mente?

Me quiero centrar, por temas de trabajo, en la ilustración editorial y de moda. Tengo varias ideas para ilustrar algunas de las colecciones de diseñadores como Versace o Moschino, con colores muy “pop”. Por lo que respecta a esta exposición sí que me gustaría crear un libro con esta misma estética de ilustración, con diferentes historias, mitos y leyendas con temática queer.

Detalle del escritorio de TheHugo. Fotografía cortesía del artista.

Detalle del escritorio de TheHugo. Fotografía cortesía del artista.

Andrés Herraiz Llavador

Metro cuadrado. La fuerza gravitacional del movimiento

Metro Cuadrado
Grupo de danza 33 Volts
Teatre Carme
Carrer de Gregori Gea, 6. València

El Carme Teatre acoge en sus residencias las distintas investigaciones y actuaciones en torno a la danza y el movimiento. En este marco, entre los días 18 y 21 de octubre pudimos disfrutar de ‘Metro Cuadrado’. Una incisiva pieza que interpela al espectador para desplazarlo de los límites de su zona de confort y confrontarlo con la incomodidad de la realidad misma.

 Iván Colom ataviado con escafandra espacial representando Metro cuadrado. Fotografía de Alain Dacheux.

Iván Colom ataviado con escafandra espacial representando Metro cuadrado. Fotografía de Alain Dacheux.

El grupo de danza 33 Volts consiguió llenar la sala del Carme Teatre de luces y sombras, de cacofonías y sonidos melódicos que llevaban al espectador a una realidad paralela en la cual todo se regía por las delgadas líneas que componen un metro cuadrado. De tela o de fieltro, iluminado o bruno, el cuadrado se convirtió en el regente del espacio y del tiempo de la obra teatral.

Detalle del centro del escenario de la sala Carme Teatre. Fotografía de Alain Dacheux.

Detalle del centro del escenario de la sala Carme Teatre. Fotografía de Alain Dacheux.

Imbuidos por una atmósfera oscura y confusa el espectáculo comenzó desde la calma para pasar a estados de extremo dinamismo en el que los cuatro bailarines conjugaban sus desplazamientos al unísono, generando pulsaciones que fluctuaban entre la bradicardia y la arritmia más absoluta.

Los cuerpos combinados de sugerentes maneras, jugaban con la mente del espectador, quien en las construcciones corpóreas podía vislumbrar las anatomías de un ser monstruoso que avanzaba con ritmo severo hacia el cuadrado, epicentro del cosmos creado por 33 Volts para esta pieza. En torno a esta zona orbitaban los movimientos y desplazamientos de los bailarines, atraídos y a la vez repelidos por la gravedad que ejercía el cuadrilátero.

Iván Colom, Cristina Martí y Edwin Valentín representado Metro cuadrado. Fotografía de Alain Dacheux.

Iván Colom, Cristina Martí y Edwin Valentín representado Metro cuadrado. Fotografía de Alain Dacheux.

La apoteosis final llegó de la mano de la imagen proyectada que ponía el acento en el marcado carácter ecológico de la obra. ‘El lamento de Dido’ de Henry Purcell, impelía al espectador a transitar por sus emociones, mientras contemplaba los estragos del ser humano sobre La Tierra.

Bailarines del grupo de danza 33 Volts representando Metro cuadrado. Fotografía de Alain Dacheux.

Bailarines del grupo de danza 33 Volts representando Metro cuadrado. Fotografía de Alain Dacheux.

“Metro Cuadrado”, transforma danza y movimiento en el catalizador idóneo para experimentar con las emociones del individuo en su paso por  el espacio. La obra en definitiva, permite el deleite de la belleza ecléctica de un espectáculo en el que las Bellas Artes se funden para conformar una crítica reflexiva del espacio, el yo y el nosotros.

Cristina Martí bailarina de 33 Volts. Fotografía de Manu Ramírez.

Cristina Martí bailarina de 33 Volts. Fotografía de Manu Ramírez.

Andrés Herraiz Llavador