Salvar al Rey. HBO Max

#MAKMAAudiovisual
‘Salvar al Rey’, de Santi Acosta
Miniserie documental de tres capítulos
Campanilla Films, Producciones Mandarina, Unicorn Content, 2022
HBO Max

“¡A mí, dádmelo hecho!”, (confiesan que) exclamó el asaz regente durante el 23F. Y, así, del CESED al CESID, una caterva cuartelera de patriotas, mercenarios y católicos de la inteliguentsia castrense vierten por el gaznate de la democracia española todo el brandi picado que el generalísimo se dejó sin beber para que el país dormite la muy túrbida sobremesa de la dictadura.

Y a crédito cabal que al proscrito emérito se lo dieron hecho desde sus primeras poluciones nocturnas: supo hacer gozar al higadillo cirrótico con ese sigilo cacofónico de los primeros disparos a pistola de salón –que fusilan, entre ceja y ceja, a los díscolos infantes de España–, hasta el calibre 12 con el que pasear la penúltima escopeta nacional, encañonando a su paso a discretísimas amigas, vedettes y otras damas del rumor.

Salvar al Rey. Juan Carlos I.
El rey emérito Juan Carlos I. Fotografía cortesía de HBO Max.

Una vodevilesca existencia la de un Juan Carlos I cuyos excesos de soledad, hambre y felonías debían ponerse en orden constitucional para abdicar todas las muy presuntas marimorenas del reino –esa gasolina del Oriente con la que las falanges hieden a servicios prestados–.

Una tufarada a conciliábulo, nicotina y halitosis de aguardiente castellano demasiado craso como para dejarlo ahí, sin ventilar, enchiquerado por los cuatro mampuestos de los archivos secretos. Tal vez por ello, a todo afrancesado regente vient la Saint Martin, y al otrora tan nuestro le llegue el suyo con morfología de miniserie.

Porque ‘Salvar al Rey‘ irrumpe en HBO Max, entre la saturada demanda digital, como un vivificante documento con el que dar sepultura monárquica a un Borbón en cueros, cuyas naúticas nalgas al sol saludan al dilatado paso del óbito isabelino.

De este modo, el periodista Santi Acosta –a quien un servidor apenas conocía de salsear en rosa por la crónica social– edifica un muy sugestivo relato documental para detallar –con tres dentelladas la mar de asequibles y gozosas– el cabaré dinástico a cuyo son de cuplé y revista (siempre picante y desvergonzada) asistimos mesmerizados y (cada vez más) un poquito menos incrédulos.

Un microcosmos de baquelita, alcanfor y mecanografía por el que Acosta hace rebullir el verbo (otrora contenido a golpe de obstat palaciego) a una embriagante nómina de agentes de la ley y el orden, ex-espías, un ínclito banquero de fijador y brillantinas carcelarias, directores de la prensa madrileña (salvapatrias afines a los sigilos del Estado), periodistas de revista (siempre acerba y escabrosa) y celebérrimas plumillas del cuché.

Y mientras debaten, revelan y escuchan –con la impostura a cuestas de quien siempre hubo de silenciar la crónica de tamaña lujuria–, nosotros, espectadores de semejante trabazón de excreciones millonarias y toqueteo de turmas, contemplamos a la maja de Murcia, Bárbara Rey, profiriendo la más relevante de todas las advertencias posibles: “¡Si los españoles supieran en qué manos estamos!”.