Ripollés y la sonrisa del pájaro

Galería Muro

Ripollés

Valencia

Ripollés es un artista que vive asombrado por las cosas, las personas, lo que le rodea. Sus pinturas, esculturas y grabados dan cuenta de esta curiosidad que se convierte en una declaración poética propia de un profético Fauno. Con su flauta en forma de pincel, va obsequiando sueños a las musas que retrata. Su intención se emparenta con este verso de Mallarmé dedicado a esta deidad mitológica: “Estas ninfas quisiera perpetuarlas”. El arte de Ripollés es una fuente de erotismo; trazos, planos y curvas suscitan un encuentro con la voluptuosidad.

Esas mujeres que salen de su cabeza son configuradas en el lienzo con el arranque de su maestría, homenaje a esos paseos en terrenos de lo dionisíaco, en ese fluir mediterráneo de ver el sol y creer que se puede tocar con el dedo mientras fluye el vino y el deseo en la mesa del color, acompañados por una paloma o un perro que se viste de conejo y salta por los rincones de la creatividad, ensimismado por la vitalidad musical.

En muchos de sus cuadros se ven personajes dialogando o tendidos sobre una toalla en la playa sin musitar nada. Éstos se acompañan por libros, botellas, copas, frutas o por el siseo de la tranquilidad. El mundo femenino es una detonación del color en un cuerpo reposado que cierra los ojos, escucha los secretos del mar mientras el viento permite una coreografía inquieta de la arena. “Belleza dormida” de 1980, es un acrílico que exterioriza la siesta de una muchacha, dueña

de una figura inquietante que altera el sosiego del océano. La pincelada sobre su complexión proviene de una decisión salvaje y provoca un desfile de seductora furia en su curvatura, removiendo el paisaje que la acoge. En su espalda asoma parte de una encía con sus dientes, posiblemente afilados, guardianes de ese descanso intentando ser eterno, inamovible, con la intención de ser admirada su carne envuelta en la pasión de unas gruesas extremidades. A la vez, esta fémina mantiene una pose rígida como si fuera a representar con su corporalidad la cabeza de un animal; sus pechos se convierten en los ojos de este ser y la boca, ya nombrada hace un momento, mantiene su escondite en el espinazo de la modelo. Ripollés juega con su influencia picassiana y cosecha posibilidades que le permiten, con el paso del tiempo, llegar a una figuración mágica, alimentada en su frescura por diversos parajes de la vivacidad y su extremo delirio, donde el dios Pan baila día y noche. Su inspiración en la esencia del mundo femenino. Es el ansia infantil de ir descubriendo nuevas vías para llegar al corazón de la imaginación.

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