Oskar Kokoschka

#MAKMAArte
‘Oskar Kokoschka. Un rebelde de Viena’
Comisarios: Dieter Buchhart y Anna Karina Hofbauer, en colaboración con Fabrice Hergott y Fanny Schulmann
Museo Guggenheim Bilbao
Abandoibarra Etorbidea 2, Bilbao
Del 17 de marzo al 3 de septiembre de 2023

Se puede cosificar a las personas, y se puede personalizar las cosas. Tratar a los demás como objetos, usarlos y olvidarse de ellos, tanto como enamorarse de un cuadro, un coche o una estatua, y cuidarlos y llenarlos de vida. Si unos degradan a las personas deshumanizándolas, los otros humanizan las cosas dándoles una especie de conciencia.

Los trabajos forzosos, la economía informal o la explotación laboral, infantil y sexual serían el resultado de esa manera de entender el mundo regido por el valor del uso y desuso.

Por otro lado, sabemos de viajeros que lo dejaron todo por un pueblo o un paisaje. De músicos enamorados de su guitarra como B. B. King, o de su violín como Anne-Sophie Mutter. De pintores fascinados por la noche y las estrellas como Van Gogh, o por las piezas de un matadero como Francis Bacon.

Sabemos de mujeres enamoradas del muro de Berlín o la torre Eiffel, y de otros que se volvieron locos por personajes de ficción, como ese japonés que imprimió la imagen de su amada en la almohada, un anime Bleach, para abrazarla cada noche.

El poder de la música, 1918, de Oskar Kokoschka, en el Museo Guggenheim Bilbao.

Como las muñecas que Gómez de la Serna tenía en su torreón de Madrid, o la muñeca berlanguiana de ‘Tamaño Natural’, Oskar Kokoschka mandó hacer una a imagen de Alma Mahler, la mujer que le había abandonado después de una relación tormentosa, con aborto incluido que él nunca le perdonó.

Alma Mahler y Oskar Kokoschka, 1912-1914.

La llamó “mujer silenciosa” y la llevaba a la ópera, hacía fiestas en su honor y una doncella se ocupaba de vestirla y atenderla. Hasta que decidió destruirla en una fiesta cortándole la cabeza con una botella de vino. Una relación de amor y odio que el pintor ya había transferido a la muñeca como objeto de ansiedad y rechazo.

La muñeca de Oskar Kokoschka, hecha de plumas, tela, algodón y lana de madera en 1914 por Hermine Moos, en la exposición ‘Oskar Kokoschka. Un rebelde de Viena’, en el Museo Guggenheim Bilbao.

El Museo Guggenheim expone ‘Oskar Kokoschka. Un rebelde de Viena’, una retrospectiva de su obra en la que figuran algunas de las obras que comentamos aquí. La muestra se organiza en seis secciones: I – Un enfant terrible en Viena (1907–1916); II – Los años de Dresde (1916–1923); III – Viajes y estancias en París (1923–1934); IV – Resistencia en Praga (1934–1938); V – Exilio en Inglaterra (1938–1946) y VI – Un artista europeo en Suiza (1946–1980).

El pintor II (El pintor y su modelo II), 1923, de Oskar Kokoschka, en el Museo Guggenheim Bilbao.

A diferencia de la cosificación, que es una forma de consumo, la objetofilia es una proyección animista: ama las cosas y les da vida, carácter, movimiento y conciencia. Tiene que ver con la poesía y el mito cuando anima una estatua, siente la mirada de la luna o ve una intención en el mar. Y con la infancia cuando hace que el otro, ese otro que causa incertidumbre y puede hacer daño, deje de ser otro y se convierta en proyección de uno, para ser perfecto, sin fallo, sin roce.

Mujer en azul, 1919 (a modo de muñeca inspirada en Alma Mahler), de Oskar Kokoschka.

El artista pinta sus muñecas como si las presentara en sociedad, a la manera que hemos dicho antes: siendo objeto ambivalente de deseo y desprecio. Las muñecas se muestran al espectador turbadoras, desafiantes y ambiguas: una posa tendida suscitando el placer, otra se tapa desnuda el sexo con la mano abierta en un gesto equívoco, mezcla de pudor y de invitación a lo prohibido, y otra parece la prostituta que te está ofreciendo un proxeneta.

Autorretrato de Oskar Kokoschka y su muñeca, 1923.

Hay personas que extrañan por su laxitud y falta de vitalidad, por una rigidez e inexpresividad que los asemejan a zombis o robots. Y hay muñecas que desconciertan por su realismo pareciendo casi humanas. Es ese casi lo que hace que la situación se vuelva siniestra, haciéndonos dudar de cuál es el registro de la realidad en el que se mueven.

Desde ‘El hombre de arena’ (E.T.A. Hoffmann) de principios del XIX, hasta el reboot de ‘El muñeco diabólico’ en 2019 -salvando las distancias-, permanece esa inquietante duda, ese animismo negativo, que nos deja en una situación de inseguridad aterradora devolviéndonos los miedos de la infancia. “Hay una confusión de categorías y el horror siniestro surge de esta confusión”, decía el escritor de terror Thomas Ligotti.

El manantial, 1922-1938, de Oskar Kokoschka.

Las muñecas de Kokoschka nos producen esa inquietud de cuando lo familiar se vuelve buñuelesco y terroríficamente absurdo, como esa pareja de ‘El manantial’, cuidando felices de su muñeca como si fuera su hija, o convencidos de que lo es.

El mismo horror que asoma por las costuras de esa muñeca a la que se ama sexualmente con un placer indiferenciado. Igual que el niño, que no se diferencia de la cosa con la que se identifica, girando en el mismo torbellino que le da placer y angustia a la vez.

Bertha Eckstein-Diener, 1910, de Oskar Kokoschka, en el Museo Guggenheim Bilbao.