Olga Diego. Set Espai d'Art

#MAKMAArte
‘Piedras contra cabezas’, de Olga Diego
Set Espai d’Art
Pl. del Miracle del Mocadoret 4, València
Hasta el 31 de julio de 2026

No resulta habitual que una galería de arte invite al público a lanzar piedras de barro contra las propias obras que alberga. Mucho menos que ese gesto constituya la obra misma. Esa es la incómoda premisa de ‘Piedras contra cabezas’, la acción performativa que Olga Diego presenta en Set Espai d’Art.

La sala deja de ser un espacio de contemplación para convertirse en el escenario de una decisión moral. Ya no basta con mirar: cada espectador debe decidir si participa o no en un acto de violencia simbólica dirigido contra unas cabezas de barro que remiten a la identidad, a la pertenencia al grupo y a nuestra capacidad para permanecer impasibles ante un mundo atravesado por la barbarie. 

La reflexión queda condensada en el título completo: ‘¿Quiénes somos en realidad? Piedras contra cabezas. La luz viene y nosotros dando golpes’. Cada una de esas frases abre, como cuenta la artista, una línea distinta de pensamiento: “Cuestiono la protección que ofrecen las galerías y los museos a las obras de arte. Son espacios donde todo invita a no tocar, a no cruzar una línea. Aquí invito al público a intervenir y a romper la obra que está sobre la peana”.

Ese gesto pretende desmontar el carácter casi sagrado que adquiere el objeto artístico dentro del espacio expositivo. “La peana siempre dice: ‘Esto es arte’. Al romper esa distancia rompemos esa idea de intocabilidad”, señala. Pero el sentido último va más allá de la institución artística. “La luz viene significa que el desastre está llegando: el desastre ecológico, político y social. Y, mientras tanto, nosotros seguimos sin verlo, sin reaccionar, dando golpes”.

Olga Diego. Set Espai d'Art
‘Cabeza negra (ynpm)’, de Olga Diego, en Set Espai d’Art de València.

La acción comienza con Olga Diego desplazándose por la sala portando una gran cabeza de barro que limita su visión. Sobre ella puede leerse, bordado con fuego, el mensaje “Ya no puedo más”. Su primer movimiento consiste en enfrentarse a una cabeza de barro negro, a la que arroja varias bolas de barro blanco. “Al principio me acerqué a la obra y le pedí perdón por lo que iba a hacer”, recuerda. La elección cromática tampoco es casual: “Estéticamente me gusta que sean opuestas plásticamente para que el impacto deje huella”.

La performance cambia de escala cuando Diego llega al espacio donde se encuentran cinco cabezas blancas de barro colocadas sobre peanas. Después de lanzar las primeras bolas, invita al público a hacer lo mismo. “No sabía si la gente iba a lanzar muchas piedras o si se iba a contener por respeto”, explica la artista. “Costaba al principio, pero luego ocurrió”. A partir de ese momento, la acción deja de ser individual para convertirse en una experiencia compartida, donde la decisión de cada uno modifica el resultado final de la obra.

Esa transformación del comportamiento del público constituye el verdadero núcleo de la propuesta. Busca observar cómo aparece la violencia, las máscaras, la identidad propia cuando las circunstancias la legitiman, cuando el individuo se diluye en el grupo y el deseo de pertenencia y aceptación termina imponiéndose sobre el juicio personal.

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El proyecto nace de una investigación previa sobre la identidad y la construcción de los roles de género. La cabeza que porta durante la acción procede de esa búsqueda artística anterior. Aunque la pieza nació para otro contexto, en ‘Piedras contra cabezas’ adquiere un nuevo significado y amplía su lectura hacia cuestiones sociales y políticas mucho más amplias. “Nos ponemos una careta para pertenecer a un grupo”, afirma. “Y esas mismas caretas terminan siendo rechazadas por otras”.

La elección del barro tampoco es casual. Las piezas permanecen sin cocer para que cada impacto quede inscrito en la superficie. Las grietas y fracturas constituyen la culminación del proceso creativo. “Me interesa la cicatriz, la huella de la activación de las piezas”, confiesa. “No quiero que sea solo mi intervención. Me interesa que las obras hayan vivido”.

Esa renuncia al control absoluto atraviesa buena parte de su práctica artística. Pese a que reconoce que posee la destreza técnica necesaria para modelar las esculturas con rapidez, insiste en que la habilidad manual nunca puede convertirse en el objetivo último de una obra. “La destreza no es suficiente”, sostiene. “Necesitamos conceptos. El interés no está en demostrar que puedo hacer algo muy bien hecho, sino en la reflexión que propone”.

Esta acción trasciende el ámbito del arte para dialogar con una actualidad marcada por las guerras, el auge de los discursos de odio y la creciente polarización social. Los impactos sobre las cabezas funcionan como una imagen de rechazo al otro, una metáfora de las dinámicas de exclusión y de brutalidad que siguen reproduciéndose.

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Olga Diego reconoce que cada vez le resulta más difícil responder a una pregunta que atraviesa buena parte de la creación contemporánea: ¿cuál es el lugar del arte frente a un mundo en crisis? “¿Cómo podemos seguir pensando en hacer arte con este panorama?”, se interroga. Sin embargo, lejos de abandonar esa búsqueda, reivindica precisamente la necesidad de seguir creando.

“El arte es un grito en el silencio”, afirma. “Siempre he puesto sobre la mesa las cuestiones que preocupan a una sociedad”. Diego reconoce que resulta difícil medir hasta qué punto el arte puede transformar la realidad atravesada por conflictos, admite, pero sí reivindica que continúa siendo una necesidad precisamente porque todavía puede abrir conversaciones incómodas, formular preguntas y evitar que la indiferencia se convierta en costumbre.

Cuando la exposición concluya, las cabezas serán cocidas con todas las heridas provocadas durante la acción. Las roturas dejarán de ser simples desperfectos para convertirse en memoria material de lo ocurrido, en el registro físico de una decisión colectiva.

Pero la huella más profunda no permanecerá en el barro, sino en el espectador que lanzó con fervor, en quien dudó pero se dejó arrastrar por el grupo y en quien prefirió observar desde la distancia. Al abandonar la sala, la pregunta que Olga Diego formula desde el propio título sigue resonando con la misma fuerza: “¿Quiénes somos en realidad?”.