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‘O que arde’, de Oliver Laxe
Reparto: Amador Arias y Benedicta Sánchez, entre otros
Guion: Santiago Fillol, Oliver Laxe
Fotografía: Mauro Herce
89′, España, 2019
Nos introduce en la historia el sonido de los eucaliptos bambaleándose en el aire un instante antes de caer, arrancados por enormes máquinas que avanzan en la oscuridad del bosque. No hay música de fondo, ningún adorno, ninguna sucesión constante de imágenes que emboten los sentidos; tan solo un profundo y embriagador silencio, interrumpido por los golpes de los monumentales árboles que se desploman ante la fuerza de la máquina letal.
‘O que arde‘ es una película dirigida por Oliver Laxe y coescrita por el cineasta gallego y el guionista argentino Santiago Fillol. Los actores principales, Amador Arias y Benedicta Sánchez, nunca antes se habían puesto delante de las cámaras; fueron escogidos por Laxe entre más de 300 candidatos, todos provenientes de los alrededores de las montañas lucenses.
La selección de actores sin experiencia se debe a la intención por parte del director de capturar la verdad; una verdad que solo podrían reflejar las gentes del lugar. Y es que Laxe parece perseguir siempre esa mismo intención en todos sus filmes: la de crear una obra de una profunda sinceridad.
La película obtuvo el premio del jurado de Cannes, en la sección ‘Un certain regard’. Pero no es la primera vez que Oliver Laxe acude a este festival y sale de allí premiado. Ya ocurrió en 2010 con su película ‘Todos vós sodes capitáns’ (‘Todos vosotros sois capitanes’), con la que obtuvo el premio FIPRESCI. Y volvió a acudir en 2016 con ‘Mimosas’, una película rodada en Marruecos por la que le concedieron el premio de la crítica.
‘O que Arde’ se rodó en Os Ancares, tierra natal de la familia de Laxe. Viendo la película, no dudé por un instante: estos son los bosques en los que nacen las meigas, sobre los que narra Wenceslao Fernández Flórez en su obra ‘El bosque animado’.
En todo el filme se percibe la existencia de un vínculo indestructible, profundo, entre el ser humano y una naturaleza que puede ser un hogar, un cobijo, un lugar en el que resguardarse, pero también un ente destructor y violento. Esa dualidad vital se recoge aquí con maestría, en lo que parece ser un bello canto a la vida y a su complejidad.
La narración comienza cuando liberan a Amador de la cárcel después de cumplir condena por haber provocado un incendio. Puede entonces regresar a casa con su madre, Benedicta, y vivir de nuevo conforme al sosegado ritmo de la naturaleza. Allí cuida de sus tres vacas y de Luna, su perra. Pero un tiempo después de su llegada un incendio arrasa la zona, provocando terribles destrozos.

Hay, así, varios temas significativos que resuenan en la película: la vuelta al hogar, la mirada del otro, la vergüenza pública, la relación entre madre e hijo, la complejidad humana y nuestra incapacidad para abarcarla y comprenderla en profundidad.
Sin duda, el trabajo de Mauro Herce con la fotografía es muy destacable. Las imágenes se recrean en la belleza de la impresionante naturaleza gallega en todas sus formas: la niebla que baja a las colinas y difumina las formas de los bosques; la lluvia que mantiene el verdor y regenera la tierra; pero también la innegable belleza del fuego destructor, del paraje quemado y destruido, de lo que vive y muere en este ciclo eterno que es la vida.
La transformación que no cesa y el tiempo imparable y cíclico son dos conceptos esenciales en el filme. Amador sale de la cárcel en invierno, la luz es sombría, llueve, el personaje aún esta recogido, ensimismado.

A medida que pasan los meses, llega la primavera, todo comienza a renacer, florece la vida que antes estaba oculta, la luz se vuelve dorada y brillante, y así, poco a poco, también parece desplegarse un poco más el alma de Amador. Pero pronto vuelve el otoño, y este da paso al invierno; de nuevo, la oscuridad, la sombra y, con ello, el fuego.
De modo que podríamos decir que existen tres tiempos en la película. Una primera parte de oscuridad, de penumbra. La parte central, de mayor serenidad y ligereza. Y una parte final en la que, de nuevo reinan, las tinieblas. Esta sombra última se manifiesta, curiosamente, en un elemento de luz –el fuego–, pero que a su paso es destructivo y ennegrecedor.
Resulta significativo lo poco que se intenta indagar en por qué los personajes actúan como actúan. No hay un análisis psicológico de sus motivos internos, no se intenta saber qué los impulsa; ni si quiera sabemos si Amador incendia finalmente el bosque. Son individuos a los que de, algún modo, no podemos acceder, tan solo contemplar cómo se comportan; algo que, al fin y al cabo, es más verídico que ninguna otra cosa. Eso no nos impide empatizar con Amador, lamentar su suerte y tratar de imaginar si es culpable o no. Es más, enfatiza el deseo de saber, el deseo de comprender.
En cuanto a la parte técnica, observamos muchos planos fijos que se recrean en una imagen concreta, de tal modo que el espectador puede profundizar en esas visiones y comprenderlas de otro modo. También son frecuentes los travellings de cámara para mostrarnos la belleza de la naturaleza y de su destrucción: el fuego, su textura, su potencia, sus chispas, cómo se eleva y cómo luce en la noche. A los personajes, muchas veces, los observamos de espaldas, escondidos detrás de objetos o de su propio cuerpo.
Una de las cosas más destacable del trabajo de Laxe es la sabiduría con la que utiliza la pausa –¡qué silencio tan necesario y envolvente!–: aumenta la fuerza de las palabras, permite respirar y está cargado de significado. Si algo captura al espectador es la simplicidad con la que se narra lo complejo, la naturalidad de las relaciones humanas. Es, simplemente, bella.
‘O que arde’ parece representar la melodía del son gallego, aspirar a recoger y preservar la esencia misma de su gente y su montaña, en las que se respira sencillez, sensibilidad, belleza y, al mismo tiempo, una rudeza y brutalidad animalesca. Es un mundo que desaparece; una realidad que se esfuma y arde bajo el dominio de la modernidad.
- ‘O que arde’, de Oliver Laxe: el silencio que precede a la llama en la Galicia rural - 26 noviembre, 2019


