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‘Nouvelle Vague’, de Richard Linklater
Reparto: Guillaume Marbeck, Zoey Deutch, Aubry Dullin, Bruno Dreyfurst y Benjamin Clery
Fotografía: David Chambille
105′, Francia, 2025
Hace tiempo que vengo planteándome una duda o cuestión que ahora formulo de manera más literal y que estaría relacionada con el cine que protagonizó la llamada nouvelle vague francesa. De unos años a esta parte, cada vez que me encuentro o reencuentro ante alguna de sus obras, me formulo la siguiente pregunta: ¿en qué medida se dirige o qué tiene que decirle el cine de aquella nueva ola a la sociedad de nuestro tiempo?
O, más allá, ¿es posible entender hoy, de una manera íntima, permeable, aquellas películas? Y la respuesta que me doy (revisable a futuro) es: difícilmente. Dificultad que viene fuertemente impresa en una filmografía que se presenta, en ciertos aspectos, algo obtusa a medida que nos vamos distanciando del espíritu de aquella época que lo alumbró y sin el cual, me vengo diciendo, no tendría sentido.
‘Nouvelle Vague’, último estreno del norteamericano Richard Linklater tras ‘Blue Moon’, nos sitúa en los prolegómenos de este movimiento que iba a darle la vuelta a la historia del cine, como arte. En el momento en el que arranca la cinta, François Truffaut está a punto de estrenar en el Festival de Cannes ‘Los 400 golpes’, su aclamado debut, mientras otros compañeros de generación ya han realizado también sus primeros pasos en el largo.
Hijos todos ellos de la mítica publicación cinematográfica Cahiers du Cinéma, solo Godard parece excluido de este propósito de pasar del ejercicio de las letras a iniciar una carrera como director (recordando a Orson Wells, uno de sus mitos, Godard lamentará haber pasado sus 25 años antes de hacer su primera película).
Superando sus dudas iniciales y con el apoyo de Truffaut, que aportaría la base para el relato, Godard se lanza a esta nueva aventura. El resultado será ‘Al final de la escapada’, una película peculiar en la que, veremos, Godard va a poner en práctica una concepción del cine que había plasmado en sus textos para la famosa revista.

Para buena parte de la crítica de nuestro país, este último trabajo de Linklater se queda simplemente en un mero homenaje a una época, a unos directores y, sobre todo, a una película que, como ha reconocido el propio director en alguna entrevista, inspiraron su propia carrera en el cine. Y homenaje le queda a Linklater, qué duda cabe.
En ese sentido, no es difícil encontrar en la planificación y puesta en escena del autor de ‘Boyhood’ la mirada de un admirador que se ha deleitado construyendo todo un universo inspirado en su propia visión de lo que significó (para él y no solo para él) aquel movimiento.
Una admiración que se traslada ya a la propia viveza de las imágenes, una especie de luz, de sentido íntimo, que impregna lo que, para el propio Linklater, antes que nadie, ha debido suponer, ahora que acaba de terminar la Navidad, como si pusieras en manos de un niño su juguete favorito.
Un juego dedicado, en primer término, a cinéfilos a los que Linklater les (nos) regala la oportunidad de realizar un verdadero viaje en el tiempo. ¿Quién no habría querido encontrarse delante de toda aquella generación de aun futuros directores, beber de las discusiones o situaciones que debieron vivir en aquel momento de excitación artística e intelectual?
Linklater logra, desde los primeros fotogramas, regalarnos una experiencia realmente vívida en la que el espectador se siente partícipe no solo de unos sucesos, sino de la intimidad de aquello que hace de cualquier obra de arte algo más sugerente que la propia obra en sí: el momento creativo.

De este modo, no solo asistiremos al efervescente y bohemio ambiente de la redacción de Cahiers, sino que seremos testigos de las conversaciones entre Truffaut y Godard sobre la perpetración del guion (por llamarlo de alguna manera) de su primera película, a los juegos locuaces y la complicidad de aquella banda de ladrones que iban a transformar y allanar el camino para una nueva concepción del cine entendida como un arte en crecimiento, y que darían pie a la figura del director como autor completo, al modo de otras expresiones artísticas.
Así como Godard y compañía mostraban su pleitesía y admiración por Roberto Rossellini, nosotros nos ponemos delante de todos ellos para hacer el mismo ejercicio de, en este caso y en opinión de este cronista, sana mitomanía.
Cabe, llegados a este punto, felicitar a Linklater y a sus colaboradores por elaborar un guion que sabe equilibrar los distintos relatos o cuestiones que conviven con brillante sencillez en esta producción. En ese sentido, el realizador de Texas no escatima en detalles sobre los avatares del rodaje de una película que es ya un mito.

Así, asistiremos a las disputas entre Godard y su productor, Georges de Beauregard, cuya visión comercial del cine pronto iba a chocar con la mirada de un director que buscaba una libertad que quería llevar al mismo proceso productivo. O las dudas de una joven Jean Seberg, convertida ya en estrella y que, si bien se sentía atraída por colaborar con estos nuevos directores franceses, tuvo la mala fortuna de caer en manos del más radical de todos. O asistir a los primeros pasos en la carrera de un jovial Jean-Paul Belmondo, cuya confianza en su amigo iba a verse recompensada con una larga carrera con más de cien películas.
Todo ello envuelto en las dificultades de un rodaje casi amateur que iba a contar con muy pocos recursos técnicos no solo por la falta de presupuesto, sino por las propias condiciones impuestas por Godard. No se trataba solo de hacer de la necesidad virtud, sino de jugar a hacer un cine más a pie de calle, libre de las imposiciones de la industria. No se podría haber hecho de otra manera.
A todo ello colabora un cartel de actores que encajan como un guante en la mano. En un primer acercamiento, podríamos quedarnos con la idea de que Linklater se ha conformado con buscar una serie de parecidos físicos que remitan a los personajes reales que representan. Pero creo que, si bien en este aspecto es fácil quedarse en la fachada y mostrar el diente, refugiados tras la coraza limitante del escrúpulo al que nos condena nuestra propia pedantería, sería injusto no celebrar este aspecto del trabajo.

Ya hemos mencionado el caso de Seberg, interpretada por una (para mí) más que aceptable Zoey Deutch, o Belmondo por un Aubry Dullin que da su salto al largometraje. Pero estas dos interpretaciones no serían suficientes para sostener una pieza que es un verdadero collage y en la que cada elemento suma una capa a las pretensiones del director. Sobresaliendo por encima de todos ellos encontramos a un Guillaume Marbeck que, en su también debut en el cine, pone rostro a un Godard que se come la pantalla, devorando nuestra atención.
Este ejercicio (en principio) de representación tenía, en este caso particular, que trasladarse a la propia forma de la película. Y aquí Linklater demuestra que es capaz de ir más allá de los cánones. Si en su anterior cinta, ‘Blue Moon’, recreaba los años 40 en Estados Unidos bajo unas premisas más convencionales (y funcionaba), aquí ha comprendido que no podría acercarse a este momento de la historia del cine sin atender a un diálogo con la propia estética de ese cine que quiere representar. O lo que es lo mismo, en una película sobre una película, ¿cómo no tratar también de hablar en su mismo lenguaje?
En ese sentido, cabe felicitar también el trabajo de dirección de arte de una propuesta que logra trasladarnos de manera muy realista a esa época. Ayuda a este logro la elección de una serie de elementos como el formato cuadrado de la imagen (como sucedía en la película de Godard) y un trabajo de fotografía a cargo del francés David Chambille (colaborador también, entre otros, de Bruno Dumont) que reproduce texturas de manera tan orgánica que hace que logremos olvidarnos de ello, llevando a la película a una impresión de verdad realmente encomiable. Como decimos, no estamos viendo una película, estamos viviendo un momento.

Un trabajo concienzudo que se traslada también a la propia planificación de la película. Y aquí Linklater demuestra un gran control de las herramientas de las que dispone no solo por su capacidad para homenajear (y hacerlo bien) el cine de Godard, sino como un ejercicio claramente necesario.
Linklater no solo imita, no solo reproduce una manera de filmar con exactitud narrativa (el trabajo de montaje en esta película es francamente reseñable), sino que la forma y el fondo se entrelazan para dar cuerpo a ese mensaje que esconde sus imágenes, y que no es otro que transmitir ese espíritu del que hablábamos y que daba sentido a este proyecto.
Este es el verdadero objetivo de esta película. Linklater no se ciñe a reproducir, lo que busca es llevarnos a aquellos años y a acercarnos a una generación para la cual el cine era algo más que un negocio o una vía para contar historias. Era toda una forma de entender un arte al que se le quitaban los grilletes a fin de que volara libre.
Hacer cine, como ha defendido Godard y se menciona en la película, era una cuestión moral y eso implicaba señalar a una sociedad encapsulada en sí misma, dominada por los poderes, la corrección social y hasta en el amor, si nos ponemos. Solo desde ese punto de vista se puede entender una película como ‘Al final de la escapada’.
No se trata solo (para aquellos que no la hayan visto) del relato de un ladrón de poca monta que trata de escapar de la policía mientras intenta convencer a una joven y bella aspirante a escritora para que se fugue con él a Italia. Eso es solo una excusa, el colchón para hacer una declaración a favor de la emoción (Godard lo dirá varias veces en la película), la vida y el cine. O el cine y la vida. O el cine como forma de vida.
Y eso es también lo que Linklater quiere trasladar a su película. No es solo un buen ejercicio de representación. Ni siquiera un mero cómo se hizo una película –como hay quien ha querido señalar creo que de manera algo perezosa–, sino que nos propone una película-ensayo para mostrarnos el otro lado, la pieza que, pasado el tiempo, nos faltaba.
Personalmente, solo lamento que la película se quede a las puertas del proceso de montaje de la primera película de Godard, pues es ahí donde su propuesta estética (y política) cobraría verdadero cuerpo, aunque supongo que esa parte podría resultar menos atractiva para el público general y desde un punto de vista cinético.
En la lucha por la posteridad, creo que Godard ha ganado a todos. En lo formal, por sus juegos de montaje, hoy casi un decálogo para el audiovisual independiente. No hay más que ver cualquier canal de YouTube. Sus saltos de plano dentro del plano se usan de manera ya natural en esta nueva plataforma, estableciendo un estándar que ha permitido el lanzamiento de contenidos audiovisuales a bajo coste, una verdadera revolución. Pero en el cine más interesante también por esa búsqueda por otras vías, más allá de la rigidez impuesta por el argumento. No por lo que cuenten sus películas, sino por esa búsqueda de la emoción.
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