Napoleon

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‘Napoleón’, de Ridley Scott
Reparto: Joaquin Phoenix, Vanessa Kirby, Rupert Everett, Edouard Philipponnat, Miles Jupp, Ian McNeice, Tahar Rahim, Ludivine Sagnier, Youssef Kerkour
Guion: David Scarpa
Música: Martin Phipps
Fotografía: Dariusz Wolski
158′, coproducción Estados Unidos-Reino Unido, 2023

Los franceses inventaron el cine. Cierto. Pero fueron los norteamericanos quienes cogieron aquella máquina de registrar imágenes y la convirtieron en un verdadero medio para contar historias (y un buen negocio). Fue precisamente un estadounidense, David Wark Griffith, quien –según nos cuenta la tradición historiográfica– puso los fundamentos de aquella nueva forma de construir relatos: primer plano, plano medio, general…

Con esas herramientas (y algo de dinero… Bastante dinero) lograron conquistar el mundo. La fórmula secreta: poner las imágenes al servicio de una buena narración escrita, buscando la grandiosidad para provocar la emoción del espectador.

Y así fue pasando el tiempo, hasta que, en algún momento de las últimas décadas, a caballo entre los restos del siglo XX y estos principios del XXI, esta receta tan sencilla (y complicada, a la vez) parece que se ha ido olvidando.

Si al principio se trataba de construir un buen relato en el que se confiaba para enganchar al público, ahora sucede lo contrario: primero parece que se piensa qué podría desear ese público al que se estudia a base de estadísticas y algoritmos de consumo, y luego se realiza un producto que se ajuste a esos supuestos gustos o intereses.

Fotograma de ‘Napoleón’, de Ridley Scott.

El caso es que la nueva receta no acaba de funcionar y, al margen de otras razones (la irrupción de las nuevas tecnologías digitales y, con estas, nuevas formas de entretenimiento), la gente parece que ha ido dejando de acudir a las salas o al menos su asistencia ha menguado significativamente.

Y ahí ha aparecido un cine que se emborracha del lenguaje de los videojuegos y los relatos se han ido infantilizando hasta quedar, con frecuencia, en una leve línea argumental, apenas una excusa que sostenga escenas que ya no son tales, es decir, partes de una narración en continuidad, si no meras situaciones que responden a los engranajes de una espectacularidad tosca y no muy bien armada. Un cine para un público cada vez más alienado con la abrumadora promoción, donde la representación se ha quedado en exaltación del ruido por el ruido.

Pero sucede que la realidad supera con frecuencia a la estadística y, en los últimos meses, hemos disfrutado de algunos trabajos que tratan de devolvernos a aquella vieja fórmula. Y entonces sucede lo inesperado, y la gente que –siquiera intuitivamente– valora ciertas cosas, regresa a la taquilla y se deja seducir por las historias. Ha ocurrido con ‘Los asesinos de la luna’, la soberbia última producción de Martin Scorsese, y parece que este es el camino del ‘Napoleón’ de Ridley Scott, ambas cintas producidas por la cadena Apple TV.

Nos sitúa el autor de ‘Blade Runner’ (la primera, no la copia de Denis Villeneuve) en el año 1793, en pleno estallido de la Francia revolucionaria. En medio del griterío de una multitud ansiosa por presenciar una nueva ejecución bajo el filo de la guillotina de uno de sus antiguos opresores, un joven soldado, Napoleón Bonaparte, observa con ojos recelosos el ambiente de exaltación que le rodea.

Fotograma de ‘Napoleón’, de Ridley Scott.

Tras alguna misión exitosa contra los ingleses –enemigos impenitentes del país–, irá conquistando la confianza de sus superiores, que le encargarán trabajos cada vez más ambiciosos. A partir de ese momento, sus éxitos en las distintas campañas que emprenderá a lo largo y ancho del mundo harán que se gane, progresivamente, el favor de un populacho deprimido económicamente y ávido de recuperar su antigua gloria, lo que unido al ambiente de conspiraciones políticas que envenena al Gobierno de la Asamblea Nacional, sobre cuyos hombros descansa su futuro, le permitirá subir escalones de mando hasta, como todo el mundo sabe, convertirse en emperador.

Pero las victorias de Napoleón no se deben únicamente a su inteligencia y destreza en el campo de batalla. Tras él, nos dice Scott, encontraremos a una mujer: Josefina de Beauharnais, su primera esposa. Napoleón y Josefina se conocen tras la muerte del marido de ella, Alejandro de Beauharnais, caído también bajo la guillotina revolucionaria. Comienza así una apasionada historia de amor que perdurará hasta los últimos días de ambos.

Como primer mérito de esta mastodóntica producción de casi tres horas de duración, cabe reseñar el trabajo del guionista David Scarpa (colaborador con Scott de ‘Todo el dinero del mundo’ y la próxima segunda parte de ‘Gladiator’), urdidor del texto sobre el que se sostiene.

El problema del género del biopic –uno a los que se puede adscribir esta película– consiste en asumir la dificultad que implica desentrañar, de entre aquellos sucesos que ilustran una vida, una correlación que permita armar un artefacto dramático con un principio y, sobre todo, una solución satisfactoria.

Fotograma de ‘Napoleón’, de Ridley Scott.

El logro del trabajo de Scarpa se erige, así, sobre dos ejes. El primero de ellos se centra en la turbulenta relación entre Josefina y Napoleón, desde la desconfianza inicial, fruto de un tiempo histórico tormentoso donde la supervivencia depende de la capacidad de moverse entre las sucias aguas de la corrupción, a la mutua comprensión de dos sujetos unidos por un destino común.

El otro eje será el ascenso y caída final de un hombre que casi conquistó el mundo a la manera de sus admirados Alejandro Magno o Julio César. En el texto de Scarpa, ambas líneas quedan perfectamente ensambladas, dándose sentido entre sí hasta lograr dar coherencia y unidad a un trabajo que, de otra manera, quedaría deslavazado y, como ocurre con frecuencia en buena parte del cine comercial actual, sin un puerto concreto al que dirigirse.

Para ayudar en la construcción psicológica de los personajes, el tándem Scott-Scarpa ha contado con dos brillantes colaboradores en los actores Joaquin Phoenix y Vanessa Kirby. Mucho más contenido que en su primera colaboración con Scott (recordemos aquel Commodo algo pasado de estimulantes en ‘Gladiator’), y aunque quizá no consiga satisfacer las expectativas de todo el mundo, Phoenix logra construir un personaje poliédrico.

Por un lado, su Napoleón aparece como un hombre frío y calculador que se percibe por encima del resto de hombres que lo rodean, muy especialmente de los políticos, ajenos a las dificultades reales que impone el campo de batalla. Un hombre entregado a la misión de sacar al país de su ruina económica y elevarlo como potencia militar en una Europa llena de amenazas por parte de otras potencias vecinas. Por otro, un sujeto lleno de inseguridades y de dudas que necesitará un aliado que le ayude a sobrellevar la soledad del poder.

Vanessa Kirby y Joaquin Phoenix, en un fotograma de ‘Napoleón’, de Ridley Scott.

Ese aliado se encuentra en Josefina, una soberbia Vanessa Kirby que recoge el guante que le lanza su compañero de reparto en cada una de las escenas que comparten. Y son muchas. Su Josefina se define, así, por un carácter aparentemente libertino, una máscara tras la cual se esconde una personalidad vivaz e inteligente que sabe usar las armas que le ha concedido la naturaleza y las bajas pasiones ajenas, en un contexto en el que la mujer está sujeta a la función de sujeto pasivo ante el abrumador devenir de los grandes acontecimientos de la historia.

Bajo la dirección de Scott, los dos actores se retan y se confrontan en un virtuoso juego donde lo que queda expuesto o se oculta en cada momento llena la interpretación de ricos y pequeños matices.

En este sentido, tanto Scott como su guionista, junto a sus dos actores, son conscientes del momento ideológico que estamos viviendo y quieren poner a sus personajes en un nivel de igualdad. Pero el destino de la nación se impone a la voluntad de los deseos particulares, y ahí, cuando la ambición y la política se impongan finalmente al amor, Napoleón empezará a dirigirse hacia su trágico desenlace.

Y, al frente de todo ello, encontramos a un director que, a sus 85 años de edad y a pesar de una carrera cinematográfica llena de flagrantes altibajos (‘El consejero’, entre otras), no ha perdido su pulso a la hora de planificar una película. Entre los elogios –muy matizados, como veremos– que ha recogido esta cinta se encuentra la solución de las secuencias de guerra.

Es aquí cuando nos reconciliamos con un director de altura. El trabajo de Scott detrás de la cámara es de lo mejor que se ha visto en una pantalla de cine en los últimos tiempos. Y no me refiero solo a lo espectacular de los encuadres (soberbias las escenas submarinas de la batalla de Austerlitz, de las que el tráiler comercial de la película solo contiene una pequeña muestra), es también el manejo del ritmo cinematográfico en una coreografía de planos que habría merecido el respaldo del mismísimo Stanley Kubrick.

Cabe reivindicar, en este capítulo de la crónica, la labor de la montadora Claire Simpson, responsable de los últimos trabajos de Scott y de tantas otras cintas, como el ya clásico ‘Platoon’, de Oliver Stone. Casi nada.

Fotograma de ‘Napoleón’, de Ridley Scott.

Pero una película no la hacen un par de escenas. El mérito de este equipo creativo se encuentra, así, en la calculada orquestación de todo el desarrollo temporal, sostenido para llevar al espectador hacia un momento concreto: la batalla de Waterloo, en la que, como si se tratara de un thriller, todo lo visto hasta entonces eclosiona.

En la tradición del mejor cine de Hitchcock, mezclado con la grandilocuencia de David Lean, Scott maneja el tempo de cada segundo de metraje con enorme maestría. Cuando tiene un buen material entre manos, Scott es un creador de expectativas francamente brillante.

Es sabido –porque así lo ha explicado el propio director– que para el rodaje de estas escenas contó con hasta once cámaras al mismo tiempo. Pero donde otros directores se hubieran perdido en una profusión impersonal de planos, Scott y Simpson dirigen al espectador por donde quieren: aquí acelerando el desarrollo de los acontecimientos, allá ralentizando la narración. Un auténtico deleite.

A Scott le han caído múltiples críticas negativas por esta producción, la mayoría de ellas referidas a las supuestas imprecisiones que comete la película, tanto en el rigor a la hora de reproducir hechos históricos (algunos claramente inventados) como en la falta de desarrollo de ciertos aspectos sociales y políticos.

Hay quien ha querido reprocharle que la película no dedique tiempo a la conquista de España, por ejemplo. O que no se muestre lo suficientemente empático con las víctimas de sus batallas (hasta tres millones, dice la propia película en un texto final). Hay quien ha querido ver, incluso, una película profundamente antifrancesa al retratar los deméritos de la Revolución.

Creo, modestamente, que estas críticas están tan justificadas como yerran el tiro. Al fin y al cabo, el cine estadounidense nunca destacó por su rigor académico. Pero eso no la hace una mala película. Si lo que uno quiere es informarse correctamente de aquella época hay cientos de ensayos que lo harán en mejores condiciones.

Aquí estamos dentro de otra tradición, bien asumida por el director británico. ¿Acaso el ‘Lawrence de Arabia’ de Lean se ajustaba a la realidad? Por supuesto que no. Tampoco la ‘Cleopatra’ de Mankiewicz se parecía un ápice a la Cleopatra real (sobre la que no se pueden formar más que especulaciones, de ahí que se esté revisando su figura todo el tiempo). No importa. Aquí hemos venido a otra cosa. Lo que importa es el cine. Y, a pesar de los años, de eso el señor Ridley Scott sabe bastante.