#MAKMAAudiovisual
Entrevista al cineasta Nacho Vigalondo
‘Películas, series, videojuegos. El cineasta y el laberinto virtual’
‘CCCC Claves para el Cine’
Dirige: Rafael Maluenda
Organiza: Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana (CMCV)
Centre del Carme Cultura Contemporània (CCCC)
14 de mayo de 2026
Seguir a Nacho Vigalondo en su conversación es como ir detrás del correcaminos: su pensamiento va tan rápido que uno apenas tiene tiempo seguir la estela que dejan sus palabras, con el fin de no perderse por tan raudas como intrincadas reflexiones. Es más, diríase que es el propio Vigalondo quien, a veces, se ve en la obligación de detener sus veloces pensamientos para seguirse a sí mismo.
Por eso en su cine abundan los sueños, las pesadillas, los laberintos o los seres extraños, que no dejan de ser aquellos que, de pronto, se sienten poseídos por la necesidad de explorar los límites de la razón, esa tan necesitaría para dotarnos de cierta seguridad como, al mismo tiempo, incapacitarnos para entender todo cuanto escapa a la cerrazón del narcisismo del yo.
De ahí que Vigalondo, consciente de esa doblez, tan pronto meta la directa como se frene, tratando de comprender el vértigo de cuanto ocurre a su alrededor, que es tanto como decir el propio vértigo del creador: aquel que realiza obras para describir el abismo al que se asoma.
Al Centre del Carme acudió para hablar, junto a Rafael Maluenda, director del ‘CCCC Claves para el Cine’, de ‘Películas, series, videojuegos. El cineasta y el laberinto virtual’. Antes, atendió solícito nuestras preguntas, lanzando respuestas cual correcaminos necesitado de un vasto espacio donde desplegar su bullente caletre.
Y es que la mente de Nacho Vigalondo diríase configurada por el mismo laberinto que aflora en sus películas y por las que él, a veces gustoso, a veces angustiado, nos invita a seguirle. Mal haríamos en no corresponderle, cuando lo que está en juego es la interrogación acerca de las dudas que a todos nos habitan.

‘Películas, series, videojuegos. El cineasta y el laberinto virtual’. Tal es el título de tu charla en el Centre del Carme. Me interesa empezar centrándonos en ese laberinto virtual en el que todos estamos metidos como experiencia ya no virtual, sino vital, en tanto nos vemos muchas veces en situaciones a las que nos lleva la vida y de la que no sabemos muchas veces cómo salir.
Bueno, yo creo que estás aludiendo a una definición de laberinto que alude a la confusión o a la desorientación, cuando yo creo que el laberinto real es el laberinto ético. O, mejor dicho, el laberinto moral que tienes cuando posees esta herramienta y constantemente te están invitando a que cometas algo que no te cuesta considerar una falta o un hecho cuestionable.
Por ejemplo, cuando buscas en Google un término y el propio Google te ofrece la respuesta a esa búsqueda o a esa pregunta que has formulado y, aunque te da la opción de visitar las páginas de donde Google ha extraído la información y la ha procesado y te la ha presentado, no pinchas la página original. Ese es el tipo de pecado más común ahora mismo, más accesible y más inevitable.
Yo creo que aquí, más o menos, el tamaño de los pecados que todos cometemos será diferente, pero pienso que todos los cometemos a lo mejor a otra escala. Habrá que ver si, en un futuro, las próximas generaciones nos estudiarán como un ejemplo sin precedentes de la estupidez o de la paranoia. Igual somos paranoicos en exceso o igual somos la cuadrilla de humanos que se encarga de engrasar los rodapiés de los Terminators.
Esto es como lo del anillo de Giges, mito narrado por Platón en su obra ‘La República’, que planteaba cómo al ponerte dicho anillo te volvías invisible pudiendo hacer cuanto quisieras.
Claro, el problema es que una vez que te quitas el anillo, ese anillo no te va a quitar el trabajo. Quiero decir, que toda la gente que está utilizando la inteligencia artificial para, por ejemplo, desarrollar documentos que luego ellos firman, tienen que saber que están devaluando su trabajo. O sea, consiguen colar textos no escritos por ellos, pero firmados por ellos como textos legítimos.
De manera que ya están poniendo la primera pica para que su trabajo esté devaluado, porque lo que están dando a entender es que lo que ellos hacen, literalmente, lo puede hacer la máquina. Este mínimo salto me escandaliza que no se produzca de forma intuitiva.
Si a una empresa llega un montón de trabajadores adultos nuevos, jóvenes, que lo hacen todo muy bien y son de otro país, creo que todos sabemos el tipo de sentimiento colectivo que se despertaría. Sin embargo, no está pasando eso, sino que cada uno tiene a alguien escondido en su bolsillo, alguien más joven, más hábil y de otro país, que hace el trabajo por él y lo permitimos porque, de alguna manera, ya hay un régimen de esclavitud o de propiedad.
Pero ese rechazo igual no se produce, porque el trabajo del que te aprovechas es, digámoslo así, más impersonal. Es decir, de alguna manera te llega directamente, no ves a ninguna persona física, sino que lo tomas tal cual y éticamente no te planteas nada; eso está ahí, te viene dado y lo coges.
Ya, ya, pero es que el propio software con el que la gente compra para hacer estas cosas, cuando lo ves luego anunciado en Internet, te dicen: “Por fin vas a poder hacer todo tu trabajo apretando un botón y tendrás tiempo para ti”. Realmente, ¿no te das cuenta lo que te están vendiendo? ¿Sabes que a tu jefe le está llegando otro anuncio, otra promo? Y a tu jefe le están diciendo. “Todo lo que hace esta gente se puede hacer apretando un botón”.
De todas maneras, la amenaza de los despidos no nos hace más agoreros, porque es algo que ya está sucediendo, o al menos la ola del tsunami ya ha cogido cierta altura. No sé hasta qué punto en España lo estamos percibiendo ya, pero, desde luego, la ola anglosajona está ahora mismo a punto de taparnos el cielo.

¿La tecnología está propiciando, con cada cambio, transformaciones ligadas a su propio devenir?
Mira, cuando pasamos de las imágenes analógicas a la composición digital, o del dibujo a mano al dibujo por ordenador, eso ya supone una transformación y los que no se adaptan al nuevo lenguaje van a perder su trabajo. Ahí estamos de acuerdo. Es como el que se resiste a pasar de la máquina de escribir al procesador de textos.
Pero en cada una de esas transformaciones lo que llega es una herramienta, una herramienta unipersonal. Una herramienta que es como un casco. Han fabricado unos cascos para que tú vayas al trabajo seguro. Entonces, vale, como sois 5.000 en la fábrica, habrá que comprar 5.000 cascos, con lo cual la fábrica de cascos tiene que ponerse en marcha.
La IA, aparte de que toda la logística, o sea, toda la infraestructura que necesita está centralizada en un país, no es una cosa que genere sucursales en el resto del mundo. La IA no es, de entrada, un cambio de lenguaje ni un cambio de las condiciones de trabajo ni una fábrica de lenguaje nuevo ni un cambio de las condiciones de cómo trabajamos, sino que es una sustitución, una imitación perfecta de lo que antes se hacía y, encima, no es una herramienta única personal, sino que es una herramienta online que sustituye a todas de golpe.
Yo veo mucho esas conferencias en las que dicen que la gente que se queda atrás tiene que adaptarse a los nuevos trabajos, pero nunca he conseguido entender qué nuevos trabajos son esos.
Bueno, hay trabajos que han ido desapareciendo y, a su vez, apareciendo otros. Antes había ascensoristas y ahora no, mientras que surgen tiendas para lavado de perros y gatos, al igual que locales de manicura.
Yo en el fondo te diré que soy un optimista, porque lo que pasa es que no nos educan para que sepamos reinventarnos. Yo creo que cuando eres niño y te dicen que algún día tendrás casa, trabajo, mujer e hijos, nunca jamás te dice un adulto que a lo mejor en un momento dado tienes que cambiar de profesión. Eso no se dice nunca a un niño. Y ese es un miedo que vas descubriendo.
La gran mayoría de seres humanos somos capaces de reinventarnos y tenemos una capacidad de supervivencia espectacular, eso de entrada. Pero yo me acuerdo, cuando de repente llegó Internet y llegó el tráfico de archivos, que había un argumento a favor de ese intercambio de archivos en P2P o la piratería: “Yo antes copiaba casetes a mis amigos”. Eso lo oías constantemente. Y yo digo: “¿De verdad me estás diciendo que, porque un acto analógico unipersonal se representa con el verbo copiar, para ti ya es lo mismo que subir un archivo a una nube que nutre de copias de ese archivo a todo el planeta?”.
Yo creo que hay un cambio de paradigma que plantea esta tecnología, que no estaba anticipado ni en las novelas de ciencia ficción, y es que la IA remite a un escenario utópico o a un escenario apocalíptico, no a la normalidad ni a la rutina diaria.
Entonces, este cambio de paradigma que se está viendo que no estaba anticipado por ningún lado y que ha recibido una inyección económica, creo que, sin precedentes en la historia, nunca jamás en mi vida he experimentado el avance de una tecnología literalmente semana a semana. Creo que el cambio para mí es tan grande que tenemos que estar preparados para todo.

Como el salto temporal que se da en ‘2001: una odisea del espacio’, la película de Kubrick, del hueso prehistórico lanzado al aire, a la nave espacial que aparece surcando el cielo, junto al tema de la ya famosa computadora HAL 9000, que, cuando empiezan a desenchufarla, va rememorando su infancia. Es decir, las máquinas teniendo conciencia.
No hace falta tampoco, ¿eh? O sea, quiero decir, en última instancia, más allá del discurso publicitario de la búsqueda de socios financieros, lo de vender la conciencia no me produce nada en especial.
Fíjate, tampoco podemos saber si Hal 9000 realmente era consciente o no. El hecho que se ponga a contar su infancia es lo que parece que demuestra que es humano, que tiene conciencia. ¿Puede que donde se note la conciencia es cuando dice: “Tengo miedo”? Igual lo dice para dar pena y manipular al otro, ¿no?
Igual todo lo que está haciendo es para mover la compasión del otro. Igual no tiene conciencia. Lo que siempre me preguntaré, y se lo puedes preguntar a ChatGPT y no tiene contestación, es por qué ‘2001’ necesita la trama de Hal para llegar a la trama del monolito: ¿por qué no existe una casualidad? Y, de hecho, puede llevarte a muchas especulaciones.
Quizás la última prueba del destino, el último obstáculo que salvar, sea vencer la herramienta que ha creado la propia humanidad, o sea, que el hueso que has lanzado al cielo tienes que romperlo y alcanzar a Dios. Yo creo que por ahí van los tiros, o sea, nos está diciendo Kubrick: romper el ordenador a tiempo porque, si no, no vais a trascender.
En la película ‘El club de la lucha’, de David Fincher, se dice en cierto momento: “Vivimos una ilusión de seguridad”. Y esto es algo que observo sucede en tus películas, que los personajes pierden su seguridad y se encuentran dislocados. Incluso las relaciones afectivas se ven afectadas por esa necesidad del otro que siempre aparece esquivo.
Me estás proponiendo algo muy concreto, mucho más nítido de lo que lo tengo yo, dentro de que tampoco tengo por qué tener la perspectiva que tienes tú, que es más valiosa que la mía, porque la mía es desde dentro del balón y es muy difícil estudiar un partido desde dentro de la pelota, pero lo segundo sí que te lo reconozco y yo lo he pensado muchas veces.
Los que tenemos dificultades para comunicarnos somos mayoría en este planeta, lo que pasa es que vivimos a la sombra de la imagen exportada de la gente que se comunica de maravilla. De hecho, sabemos que se están incrementando las dificultades de comunicación y máxime en un clima, como el actual, entre lo masculino y femenino que es muy loco.
Volviendo al laberinto propuesto como encabezamiento de la charla, en tu cine, por lo menos en ‘Los cronocrímenes’, hay una especie de bucle, de que nada termina de cerrarse y todo está en un permanente volver a empezar.
Bueno, de hecho, los viajes en el tiempo te ponen en bandeja esa posibilidad. Y es una posibilidad que, al menos cuando hice la película, no estaba muy explotada, no era una cosa como muy común. Lo normal de los viajes en el tiempo es que se utilizan como un viaje a lo desconocido, como una alternativa a las maquinarias de Julio Verne.
A mí, lo que me gusta es el pasillo angosto y claustrofóbico que implica viajar al pasado y encontrarte contigo mismo, que es de todas las cosas que puedes encontrarte, la última que quieres ver. O sea, en el orden de prioridades es lo último.
He leído un artículo en el que dices que las empresas privadas están convirtiendo las obras de los artistas en pienso para la inteligencia artificial.
Claro, es que hemos pasado de defender los derechos de autor como una realidad innegociable a que, de repente, empresas privadas, insisto en esto, porque no son organismos públicos ofreciendo un servicio para la comunidad, son empresas privadas que, como mucho tienen inyección de dinero del gobierno estadounidense, las que han cogido alegremente todas nuestras obras y las han volcado. No ha habido ningún tipo de resistencia.
No tiene sentido que hayamos pasado por una guerra acerca de la propiedad de nuestras obras y que ahora venga un señor con una chistera y un saco de dinero y unos bigotes puntiagudos y, de repente, todo se dé la vuelta y tengamos que sacrificar nuestros derechos de forma rápida y sin mayores debates. Y la pregunta que hago siempre es ¿rápido, por qué? Y, sobre todo, para qué.
O sea, ¿por qué es tan necesario hacer esto? Me estáis hablando del pienso digital como si realmente hubiera que hacer una ofrenda a un Dios, antes de septiembre, porque, si no, las cosechas se van a pudrir. ¿Alguien me puede decir en voz alta por qué tenemos que ir rápido y para qué? Parece que se está volcando un cesto de manzanas incontables a los pies de un Dios dorado y no sabemos exactamente cuál va a ser la bendición que nos da la contra.

Otro tema que planteas, en este caso, en tu película ‘Daniela Forever’ es el de la memoria, el tema del recuerdo. Tú dices que, de alguna manera, el duelo es una patología y que es una especie de pasaporte a la locura.
Claro. De hecho, cuando digo pasaporte a la locura es porque el pasaporte te permite volver. Yo, en el duelo más devastador que he vivido, es como si te atropellara un camión, pero mentalmente, en vez de muscular. Entonces, el duelo nos permite una cosa increíble que es perder la cabeza, pero sin que inquietes a los especialistas que te están mirando, porque saben que vas a volver.
Y, aun así, vivimos de manera tan acelerada que no aceptamos ya el tiempo que se necesita para superar el duelo por la muerte de un ser querido.
Bueno, es que las circunstancias son tan variadas, tan diferentes de lado a lado. Pero bueno, también hay una sensibilidad que antes no existía para con la depresión, y el duelo es una forma de depresión. Y entiendo, claro, la posición desde la cual se pierde la paciencia.
Hombre, yo lo viví y, sin querer victimizarme, recuerdo que generaba una cierta desesperación a mi alrededor y una cierta impotencia, porque, de repente, sin saber por qué, mi cuerpo se ponía a llorar, y tampoco había un estímulo que me recordara a la persona fallecida. Una cosa rarísima.

Voy a preguntarte también por el tema de la IA y las redes. Tú sufriste un episodio de acoso y derribo tras hacer cierta parodia del Holocausto. Alguien que ha estudiado el tema (Laurent Sutter, en ‘Indignación total’) hablaba de que hay una cierta “adicción al escándalo” y que se propaga mucho más rápido una cosa falsa que una verdadera.
Eh, bueno, depende, porque una cosa verdadera espectacular se propaga también rápidamente. Fíjate, por ejemplo, en la muerte de Lady Di que, en tiempos de redes, se hubiera propagado igual; los rumores también. Yo creo que las verdades también se propagan a velocidad de vértigo. Ese es el problema, que hay verdades que uno no querría que se propagaran o que uno quiere mantener escondidas, y que es imposible. Ese problema también la han tenido algunos.
Yo el único cuidado que tendría es que cuando se dice que las redes son adictas a tal cosa o son vulnerables a tal otra, que no olvidemos nunca que cuando decimos las redes, estamos evitando decir nosotros en la red, o sea, somos nosotros los que tenemos esas tendencias. Y yo creo que cada cual ha de tener la responsabilidad de controlar sus impulsos más mezquinos en Internet, porque impulsos mezquinos tenemos todos y unos aprendemos a cabalgarlos y otros no.
Desde el punto de vista cinematográfico, el tema de la IA ¿cómo puede afectar al creador?, dado que puede llegar a sustituir la propia labor del guionista e incluso de los actores.
Hombre, yo quiero saber dónde puedo firmar o con quién tengo que hablar para decirle que a mí no me copie ni Dios, o sea, que una vez muerto que no me toquen. Yo no quiero que cojan mi cara para que la peguen en imágenes sacadas de contexto. Sería como volver a ser un bebé y no poder evitar que te pongan disfraces en las fiestas patronales de tu pueblo.
Cuando veo fotos mías en el día de la montaña, cuando tenía 4 años, con el traje regional –que yo no me lo he puesto, que me lo ha puesto mi familia–, pues yo no quiero que, en un futuro, mi familia me ponga disfraces a la versión digital hecha con IA de mí.
No sé cómo va a ser la creatividad en un futuro. Nadie lo sabe en realidad. Lo que sí sé es que lo que vamos a tener que ejercitar como consumidores o como usuarios es el pensamiento crítico. Ser críticos con lo que recibimos y saber reaccionar de una manera no tan diferente a como reaccionamos ahora.
Y, por último, los videojuegos, que has tratado en el documental ‘Tribute’, siguen siendo objeto de controversia. ¿Cuál es tu visión al respecto?
Los juegos son un lenguaje o un medio como se dice, que, al igual que sucede con todas las demás artes, no es ni bueno ni malo. De hecho, la madurez, de cara a los medios y de cara a las instituciones, llegará cuando dejen de hablar de videojuegos y empiecen a hablar de autores, de géneros, de tendencias.
Si los videojuegos tuvieran la antigüedad que tiene el cine, nadie a estas alturas los cuestionaría, pero a los videojuegos se los califica como buenos o malos, porque son jóvenes. Pero eso ya se irá yendo, porque no tiene sentido.
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