#MAKMAMúsica
‘Magnificat’, de María Moreno
Teatre El Musical
Plaza del Rosari 3, València
16 de abril de 2026
María Moreno (1986) viene de Cádiz, de ese lugar en el que al final de las aceras está la orilla y el aire también tiene compás. Entre el espejo del camerino y la llamada de las tablas del Teatre El Musical, aún a oscuras y entredormidas, apura los últimos retoques. En sus espectáculos caben la herida y la fiesta, la raíz y la intemperie. Por eso su baile, más que discurso, es confesión escrita con los pies para ser leída y desvanecerse en el aire.
Moreno recuerda en esta conversación sus comienzos, los aprendizajes, sus sueños, y lo hace sin adorno, como quien repasa las paradas de un viaje muy largo. Bailaora, coreógrafa, empresaria, lo importante es cómo deja dicho lo que cuenta: con un carrerón que fundó su primer hito a los 8 años, siete obras a cuestas, y andando todo seguido hasta sus heredades.
Primera visita a València con ‘Magnificat’, el séptimo espectáculo que lleva tu firma. Tiene una estructura anómala, como estaciones de un Vía Crucis, ahora que acabamos de dejar atrás la Semana Santa. ¿Qué se va a encontrar el público valenciano al que le pique la curiosidad de saber quién es y qué hace María Moreno?
‘Magnificat’ es una celebración; celebramos la imagen de la visitación en la que la Virgen María y su prima Isabel se encuentran, están embarazadas y se alegran una por la otra. Y ese cante religioso es de alabanza y se echan flores y se piropean. En ‘Magnificat’, ese encuentro lo reinterpreto con Rosa. Es una fiesta desde que empieza. Además, entras al teatro y el espacio escénico ya ves que está sucio, que está manchado, que ahí ha pasado algo. Entonces, se plantea retomar esa fiesta.
Y pasamos por todos los estados anímicos que puedes tener en una fiesta. Por lo menos yo, cuando me echo las fiestas, me pasa: atravieso desde la celebración, la euforia…, trabajamos mucho también el trance, que en verdad es lo guay. El trance es cuando tú estás en una fiesta que dice: “No sé lo que pasó” o “no sé lo que conté” o “no sé con quién estuve”. Ese tipo de cosas.
Eso en el flamenco se da un montón, pero en el escenario no tanto; se da en las juergas, y yo lo quería plasmar en las tablas, pero a través de esos sonidos de nuestras fiestas religiosas, como son los cascabeles de la romería, el Rocío, la Semana Santa, la Navidad… Desde esos espacios sonoros.

‘Yo bailo’ fue un recital que se convirtió en libro. Los jóvenes son los que empujan la innovación en el flamenco, pero hay poca letra. Pocos escriben lo que cantan. En ‘Yo bailo’, le pones pie de foto a las imágenes de Susana Girón. ¿Hay un momento en el que dices: “Esta soy yo” –una especie de efecto eureka– o un artista siempre está en revisión?
Yo creo que siempre estoy en evolución, pero como la vida, ¿no? Y todo el mundo. Yo me dedico a bailar, es una expresión que se hace pública y por eso se nota más, pero todos estamos en constante evolución. Soy una persona, también, con mucha cercanía al arte: me relaciono con mucha gente artista, creativa, y eso se me contagia. Siempre voy encontrando aspectos míos que no sabía que tenía, pero también me pasa en mi vida personal.
Manuela Carrasco, Yerbabuena, forman parte de tu historia… ¿A quién te querías parecer cuando eras niña y tan curiosa? Tienes dicho que tu vida era el baile: verlo y practicarlo.
Con Eva [Yerbabuena] empecé superchica, con 16 años; imagínate lo chica que era. Fui a su audición por conocerla, porque ha sido la artista que más he admirado de mi generación.
Eva me fascinó y, luego, tuve la suerte de entrar con ella: trabajé ocho años en su compañía, muy joven, que creo que fue una gran suerte. A esa edad, entrar en la champions del baile es un aprendizaje increíble. Es que ni me tocaba, por la edad. Así que, de los 16 hasta los 25, fue una maravilla.
Muchas cosas no tocaban en tu carrera. La tuya parece la historia de una bailaora vieja. Pasaste una temporada en Japón, donde llegaron los flamencos antes incluso que los empresarios, allá por el 29, con la Argentina de avanzadilla.
Me da mucho vértigo cuando la gente me dice: “El séptimo espectáculo”. Además, yo me creo que tengo 15 años en todos los aspectos, entonces, cuando alguien me dice: “Es el séptimo”, me entra como una pena, porque me la da que la vida se acabe.
El viaje a Japón lo hice –y esto es verídico– para pagarme el primer espectáculo en formato grande que hice. Tenía una subvención, pero no era suficiente. Entonces, se pusieron en contacto desde Japón y amplié el contrato todo lo que pude, así con ese dinero me podía pagar el espectáculo.
Fue un contrato muy bonito porque yo sabía que Japón tenía algo. Primero, porque me encanta. Lo adoro. Estaba gozando, en un sitio que me gustaba, trabajando de lo que me gustaba…
¿Alguna anécdota?
Me enamoré de ese país. Siempre había dicho que en cuanto pudiera pasaría un tiempo allí. Creo que tengo algo de japonesa, aunque no lo parezca y tenga la cara mu redonda. Me gusta en sus maneras, su educación… En Japón trabajé tanto y bailé tan tan de verdad que me puse supermal al final del contrato. Me tuvieron que llevar como… Mira que yo nunca me pongo mala.
¿De la entrega?
Sí, me llevaron a un médico y el médico me dijo: “Tú tienes que acabar”. Yo estaba bailando todos los días a hierro, pero estaba muy contenta. Sí tengo una anécdota muy guay, pero no tiene nada que ver con lo de Japón.
De pequeña, muy pequeña, con 8 años, me llevaron a un programa de Miami, como una Eurovisión de niños. Gané el premio, que era un dinero. Con ese dinero compré el primer televisor de plasma que hubo en mi casa. Y en eso que el otro día, que mi madre tiene el televisor guardado, me dice: “María, quita el televisor”. Y yo: “Hostia, eso…”. ¡Es una parte nuestra!
¿El flamenco tiene más ensayos de los que pueda sospechar el público o se siguen vendiendo misterios por metro cuadrado: éxtasis, dones, duendes…?
¡Qué va! Yo creo que, si nos pagaran por las horas que echamos de ensayo, seríamos multimillonarios. Son muchas; muchas. Y algo que también me pasa es que es algo mío; entonces, yo estaría las 24 horas del día. O sea, yo, se van los músicos y digo: “Ay, qué pena, se han ido”. A lo mejor llevamos siete u ocho horas dándole, y yo sigo en mi casa. No puedo parar, entro en un bucle. Es que estoy fuera del mundo.
Yo soy superrealista y me encantan las cosas comunes, pero cuando estoy creando un espectáculo es que no me interesa nada. No hay nada en el mundo que me interese más que eso y de ahí no quiero salir.
Focalizas en tu trabajo y es como olvidarte del mundo por un año. A lo mejor, en algún momento cambio; yo creo que en algún momento aflojaré, pero como no tengo hijos ni cosas de esas, que es lo que a la gente más le ocupa, pues… me dedico a mí y a los espectáculos.

¿Qué te dio más trabajo: comprender el lenguaje del baile o aprender a decidir qué es lo que querías bailar?
Aprender a decidir, a hacer un equipo. No es fácil, porque, a veces, lo que te gusta luego no encaja. Eso es lo que más me ha costado. Luego, haces muchas amistades y te da pena dejar a gente atrás. Pero tienes que tener una parte más fría y eso me cuesta mucho trabajo.
¿Y la parte empresarial? Tener una compañía en la que todo el mundo dependa de ti, ¿eso, a veces, es un poco de lastre al gusto que estás diciendo que tú sientes cuando bailas?
Sí, pero hoy en día hacemos de todo, ¿no? Mi generación tiene que hacer y hace de todo, o sea, lo de las redes sociales, que ya es… Hoy en día no es como antes. Los artistas de antes iban, bailaban, los recogían, los llevaban, bailaban… Y ya está. El mundo ha evolucionado así en todos los aspectos, no solamente para nosotros. Pero es verdad que somos un poco mujeres orquesta.
Si se pudiera trazar una frontera, ¿dónde se situaría el límite entre la evolución y el capricho con tacón?
La verdad que tampoco pienso: “Puedo llegar hasta aquí o no puedo llegar hasta aquí”. Por suerte y por, bueno, por… osadía. No sé cómo llamarlo, pero yo hago lo que me apetece y con la gente que me apetece. Porque, luego, se echa tanto tiempo en esto que no podría hacer algo en lo que no estuviera al 100 % para poder dedicarle todas las horas que necesite y disfrutármelo. Porque también es importante.
En ningún momento he pensado: “Esto no lo voy a hacer”, porque hago lo que se me antoja y con la gente que me gusta, por suerte. Y nunca pienso ni en límites ni en metas tampoco. O sea, voy para adelante.
Una vez le preguntamos a José Porcel por el mal rollete entre la danza y el flamenco. La chirigota de García Cossío El Selu cantaba por martinetes en el carnaval de 2024 que el carnaval y el flamenco tampoco han sigo los mejores amigos.
A mí me encanta el carnaval, me gusta muchísimo; soy superfriki. Y tengo muchos amigos y nosotros nos juntamos bastante; y tanto yo les pregunto a ellos como ellos me preguntan a mí. No veo que haya ese tipo de fricciones; por lo menos en Cádiz. Antes, al revés, convivimos. Son como las dos artes más destacables. Lo de El Selu me pareció maravilloso.
Dificilísimo cantar flamenco a coro.
Dificilísimo. Incluso hubo una parte del público que no lo entendió. Pero yo entendía la dificultad. Es que el guitarrista está tocando por soleá que está tocando por guajira. Se curraron mucho los números porque no se quedaron en el cliché del “¡ole!”. A mí, me encantó.
¿Cuánto hay de control y cuánto de accidente, de dejarse llevar, en un directo?
Cada espectáculo tiene su intríngulis y entre sí son muy diferentes. Yo tengo una estructura, obviamente, pero tengo muchísimo de improvisación. Y tengo mucho que a lo mejor no es improvisación, pero no sabemos realmente cuándo lo vamos a terminar; porque es mi forma. A mí me encanta esa cosa viva. A veces, sale mejor y, a veces, sale peor. Y soy consciente de que eso va a pasar. Pero no me da nada de miedo. Me parece natural.
Yo el fallo lo veo como una cosa muy natural. Me aburriría mucho hacer una cosa totalmente encorsetada. Yo soy así y eso se refleja también en el baile. A veces, cuando veo otras propuestas y lo encuentro todo tan cerrado y te digo: “Está precioso”, claro, pero le falta.

¿Qué pesa más en tu trabajo: la estructura o el temblor, esa emoción del instante?
También depende mucho del espectáculo. A veces, veo las cosas muy claras y, otras, no tanto. Con ‘Magnificat’, me encantó la imagen, la historia, el título. Nunca me había pasado, por ejemplo, que saliera el título tan pronto.
¿Si te encontraras con aquella niña de 5 y 6 años, que se hizo con sus primeros zapatos de baile en el campo después de pasar el cepillo, qué le dirías?
Le diría que lo hemos hecho muy bien. Que lo hemos hecho maravilloso, ¿no? O sea, no es fácil. Yo tengo muchísimos compañeros que son maravillosos y la gente no los conoce. Entonces, hay mucho trabajo, pero también tienen que juntarse todos los factores y yo me siento superprivilegiada. Le diría eso, que lo hemos hecho muy bien, que vamos muy bien.

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