Los museos y el estado de la cuestión

Volviendo a las buenas costumbres

Cuando los nuevos museos, con sus grandes espacios diseñados por arquitectos-paisajistas, se han quedado sin recursos económicos para continuar su andadura y carecen de fondos propios dignos de ser mostrados.

Cuando ciertos artistas ya no disponen del cómodo apoyo institucional, ni de otro modo alternativo de promoción y subsistencia.

Cuando pequeños museos, montados con moderación y mucha dedicación, se van quedando sin las pequeñas ayudas prometidas para su continuidad.

Cuando la información mediática solo pone en valor a aquellos pintores y escultores que forman parte de grandes y afamadas colecciones.

Cuando un sector de la crítica sigue utilizando, sin síntoma de agotamiento, frases como: “obras con mucha fuerza”, “una vuelta de tuerca”, “se ha reinventado a sí mismo” o “ha reinterpretado la pintura”.

Cuando las colecciones privadas y públicas parecen clónicas unas respecto de otras, con un listado dogmático de artistas.

Cuando las galerías no llegan a adaptarse al nuevo panorama creativo, sin lograr una fórmula adecuada a las actuales circunstancias.

Cuando las salas de exposiciones institucionales solo buscan programas a coste cero.

Cuando los jóvenes pintores y escultores no cuentan con los mínimos recursos para continuar su trabajo y se ven abocados a aceptar condiciones expositivas poco dignas.

Cuando los diarios y revistas recurren sistemáticamente al panegírico, publicando textos intercambiables que parecen estar guardados en un cajón a la espera de cualquier ocasión.

Cuando las Facultades de Bellas Artes vomitan sucesivas hornadas de jóvenes carentes de formación, desorientados ante el panorama artístico con el que se van a encontrar.

Cuando las inauguraciones de las exposiciones se han convertido en meros actos sociales a los que se califica de “eventos”, haciendo honor a su carácter efímero y de artículo de consumo.

Cuando todo esto ocurre, quizá sea el momento de volver a viejas fórmulas, ya utilizadas en los años sesenta del siglo XX, cuando varios artistas se agrupaban en el estudio de alguno de ellos para realizar un proyecto expositivo. Los asistentes, amigos en su mayoría, se convertían así en partícipes de un proceso generado con pocos recursos económicos, pero realizado sin limitaciones formales ni imposiciones ideológicas. El encuentro se dilataba, favorecido por las conversaciones, el humo y alguna copa de alcohol, y permitía que surgieran nuevos proyectos en común.

Es lo que de nuevo pretenden muchos artistas en diferentes puntos de nuestro país, al encontrase desplazados por los circuitos expositivos y comerciales. Solo pretenden mostrar su trabajo a aquellos que lo deseen. Y su postura no debería molestar a nadie, sino hacernos reflexionar a todos.

Javier Martín

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