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La pica de Atenea
MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2026
Admiro desde siempre a la civilización de la Grecia clásica, pero reconozco que en mi juventud no acababa de entender muy bien por qué adoraba en Atenea la doble condición de diosa de las artes y diosa de la guerra. Yo era un chaval que identificaba automáticamente la palabra ‘cultura’ con la palabra ‘paz’, que cantaba con entusiasmo lo de John Lennon: “All we are saying is give peace a chance”.
Ya no soy un chaval. Mi cuerpo ha perdido elasticidad, pero, curiosamente, no mi cerebro. Ahora es menos rígido, más capaz de percibir matices, sutilezas, recovecos y conexiones; más hábil para comprender que hay cosas que pueden tener un doble sentido sin caer por ello en contradicción. Supongo que a eso puede llamarse sabiduría, que, por cierto, es otra de las características que los antiguos helenos atribuían a Atenea.
Digo esto porque ahora puedo aceptar sin escándalo la existencia de guerras culturales, ásperos conflictos por la hegemonía que no se libran con fusiles y cañones, sino con ideas y con las palabras e imágenes que las expresan. Aún más, creo justo y necesario librar esas guerras. Si hoy pasan determinadas cosas que me inquietan, el ascenso del fascismo 2.0, por ejemplo, es, precisamente, porque sus promotores han sabido librar en las últimas décadas una guerra cultural a escala planetaria y, por incomparecencia del rival, la van ganando.
La cultura no es virginal, angélica, neutral; la cultura siempre expresa una determinada visión del mundo, de lo qué es la humanidad y cómo debería evolucionar. Es así desde que se inventó la escritura en Mesopotamia y el Egipto faraónico. Ya sé que nuestros ancestros de las cuevas prehistóricas pintaban los muros, decoraban las vasijas y maquillaban sus cuerpos, pero, como no escribían, no sabemos demasiado bien qué es lo que pensaban. Pero lo conocemos, en cambio, en el caso de sumerios, babilonios y egipcios. Escribieron códigos legales como el de Hammurabi, leyendas como la de Gilgamesh y novelas como la de ‘Sinuhé’.
La pintura, la escultura, la arquitectura y los textos en escritura cuneiforme o jeroglífica del antiguo Creciente Fértil nos cuentan unas cosmogonías concretas en las que los numerosos dioses que habían creado el universo delegaban su poder en los reyes, a los que la gente debía respeto y obediencia. Así estaban las cosas.
Griegos y romanos, que también eran politeístas, introdujeron nuevas ideas en el espacio cultural europeo: la democracia de los atenienses, la república de los latinos. Limitadas, lo sé, a los varones de ciertas minorías. Pero ocurrió que en este espacio europeo triunfó luego el monoteísmo cristiano y con él llegó un milenio más o menos oscuro al que hemos dado en llamar Edad Media. Se construyeron por doquier castillos y catedrales y se pintaron decenas de miles de cristos, vírgenes y santos. El mensaje era que la gente debía ser sumisa y paciente en este Valle de Lágrimas, lo que le sería recompensado en el Más Allá.

Y entonces empezaron en Europa nuevas guerras culturales. Las libraron los escritores y artistas humanistas del Renacimiento y los filósofos y científicos del Siglo de las Luces. Priorizaban la razón frente a la fe, la libertad frente al sometimiento, la igualdad frente al privilegio de derecho divino, la sacralidad del arte frente a la religiosidad de las iglesias. Las libraron muy duramente, pagando un precio elevado. Piensen en Giordano Bruno, al que quemaron; piensen en Voltaire, al que encarcelaron; piensen en Baudelaire, al que censuraron; piensen en Picasso, al que la Policía fichó como “anarquista” peligroso.
Y así llegamos a nuestro tiempo. Y ¿saben ustedes cuál es el problema de este siglo XXI? Que los progresistas a fuer de ilustrados habíamos dado por hecho el fin del Antiguo Régimen.
No nos tomamos en serio la gran guerra cultural contra las conquistas del Siglo de las Luces que empezaron a librarse a finales del siglo XX desde fundaciones anglosajonas regadas con el dinero de los oligarcas. La que dice que el interés del empresario está siempre por encima del de la comunidad; que lo privado es siempre mejor que lo público; que los extranjeros de piel oscura son siempre una amenaza; que solo hay machos y hembras y todo eso de lo LGTBI son paparruchas. Y, bueno, que Hitler, Mussolini y Franco quizá tenían razón.
Una guerra que no se libra con determinación está perdida de antemano. Por eso estamos donde estamos: a dos telediarios de que un nuevo Führer, con camisa blanca y corbata, eso sí, empiece a dictar que lo tuyo, querida escritora, querido pintor o cineasta, es “arte degenerado”. A la hoguera con ello.
En sus ‘Cuadernos de la cárcel’ (1929-1935), Gramsci ya alertó de que los poderosos impulsan una incesante guerra cultural para convertir sus valores en hegemónicos, para presentarlos como lo natural, como el sentido común. Lamentablemente, los ilustrados la hemos rehuido en las últimas décadas, dándola ya por ganada.
Así que ahora yo prefiero encomendarme a Atenea, ponerme el casco, tomar la pica en mi mano y colocarme en el pecho la coraza con la cabeza de Medusa. Estoy en pie de guerra por la cultura, por una determinada cultura. Por la del Renacimiento, el Siglo de las Luces y las vanguardias de los siglos XIX y XX. Si ustedes llaman viejuno a preferir el humanismo a la barbarie, allá ustedes.
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