#MAKMAMúsica
‘La reina de la colina’
Intérpretes: Kelvis Ochoa y Gusi
Compositores: Kelvis Ochoa, Andrés Acosta Jaramillo y Yadam González
Producción: Yadam González
ONErpm
Fecha de lanzamiento: 31 de julio 2026
Cuando se menciona a Cuba, no pienso primero en sus playas paradisíacas, en La Habana suspendida en el tiempo o en la imagen ideológica que tantas veces la representa, sino en sensaciones específicas: el sabor del arroz con leche de mi abuela, encontrarme un zunzún en el patio o cantar ‘Ojos negros’, de Kelvis Ochoa, con mi madre en el coche. Para Kelvis, lo que lo transporta a Cuba son los sonidos del monte; para mí, son las canciones de Kelvis las que me transportan a Cuba.
En él, esa memoria se convierte en música: una cubanidad hecha canción. Nació en Las Tunas (Cuba) en 1970, y a una edad muy temprana se trasladó con su familia a la Isla de la Juventud, una pequeña isla y municipio especial al sur del país. Fue allí donde descubrió el sucu-suco, género musical que dialoga con el son y la guaracha en sus composiciones.
Ha construido una trayectoria marcada por los lugares que ha habitado. En La Habana, desarrolló sus primeros años como músico y compuso para cine; después llegaría a España, donde vivió catorce años y compartió una década con su grupo Habana Abierta.
Hoy, desde Miami, su composición sigue moviéndose entre la tradición enraizada y la experimentación. Esa búsqueda también está presente en ‘La reina de la colina’, sencillo lanzado el pasado 31 de julio junto al cantante y compositor colombo-venezolano Gusi, en el que vuelve al sucu-suco original de la Isla desde una mirada contemporánea para construir una canción sobre amor y hogar, lugar que para él no es necesariamente una casa, sino parte de sí mismo.
¿Qué querías contar con ‘La reina de la colina’?
‘La reina de la colina’ es sobre un flechazo, el encuentro con la persona idónea y el recuento del instante preciso del mismo. Habla de cómo era la vida antes de este amor y cómo la vida cambia a partir del hallazgo de esta persona. Es una fusión sonora de un sucu-suco más contemporáneo y vallenato.
El sucu-suco forma parte del patrimonio musical de la Isla de la Juventud y ha estado siempre muy presente en tu obra. ¿Por qué elegiste este género?
El sucu-suco es un ritmo que descubrí en la Isla cuando me mudé. Desde niño, me encantaba escuchar el sonido del laúd, lo lindo que se escuchan el machete y la cuchara, la marímbola, los tres, las tumbadoras, todo el conjunto de lo que es el sucu-suco. Cantaba canciones de Mongo Rives y su Tumbita Criolla. Es un ritmo muy fiestero, tanto como el changüí, la conga, el nengón, el son y la guaracha, ese tipo de ritmos autóctonos.
Crecí en la Isla, ahí pasé toda mi infancia, adolescencia y juventud, y después del servicio militar fue que me fui de la Isla y me llevé el sucu-suco conmigo. Es un sonido que tengo muy incorporado a mi música: mi vida está empapada de él. Lo elegí porque es el ritmo autóctono de allí, como mismo lo son el zunzuncito, la bijirita o la cartacuba, aves nativas de allí.
Lo puse a convivir con otros géneros porque me encanta la cadencia, es muy bailable. Es un ritmo muy caribeño y me encanta relatar historias con él. Lo escucho todavía y me sitúo en la isla, hago un viaje hacia mi infancia, a la isla de mis amores, a la isla de mi familia, una que amo sobremanera.
En canciones como ‘Demasiado amar’, por ejemplo, recreas ciertos sonidos que son parte de tu sello personal. ¿Qué significan estos sonidos que te gusta tanto incorporar en tus canciones?
Voy incorporando sonidos onomatopéyicos en mis canciones para retratar dónde crecí; son sonidos de gallinas, animales del monte, el crujido de los árboles, cómo suenan las piedras debajo del agua. Siempre me gustó tararear y repetir sonidos pequeños que musicalmente pueden enriquecer armonías y melodías y ponerlos antes de que suenen los coros me fascina, o que suenen por debajo de ellos. Son diferentes texturas. Los fui atesorando desde chiquito; también el sonido de las aves y el cocodrilo.
¿Crees que cantautores como Ñico Saquito o El Guayabero, figuras de la trova tradicional, han tenido influencia en ti como músico?
Tanto Ñico como El Guayabero son de mis dos preferidos de la historia de la música popular cubana. La gente lo puede identificar en mi obra. Tienen una manera especial y diferente de componer entre ellos, de trabajar el doble sentido y el sentido del humor. Son galerías de música diferente, géneros, maneras de cantar y escribir: un mundo maravilloso. En canciones como ‘Marieta’ o ‘La conga de Juana’, de mi obra se ve su influencia, sobre todo en la manera de narrar historias.
Viviste catorce años en España, una década con Habana Abierta, grupo musical que ayudó a impulsar tu carrera. ¿Qué significó para ti aquel proyecto y desarrollarlo aquí?
Es uno de los proyectos más importantes de mi vida. Pasé muchas madrugadas, yendo en carretera, de festival en festival, por estudios y escenarios con ellos. Pasé una vida con ellos. Son mis hermanos, unos artistas talentosos, y cada uno con un mundo muy especial, de los cuales aprendí muchísimo.
No solo estábamos trabajando, sino también conviviendo y pasando el día a día. Vivir en España fue descubrir un lugar maravilloso para mí; es mi segunda casa, siempre lo digo. Es el lugar donde nació y creció mi hija, Isla, y donde viví momentos lindos y otros no tan lindos.
Es un lugar al que siempre estaré agradecido y del cual nunca me he querido ir. Vivir en España fue muy fácil, pues me entendí con todo el entorno y con los españoles tengo una relación muy especial y de mucho cariño.

‘Habana Blues’ [Benito Zambrano, 2005] también marcó un momento importante en tu trayectoria y aquella banda sonora fue reconocida con un Goya. Se manifiesta en las partituras la contradicción más reconocible de la experiencia cubana: la necesidad de partir, y a la vez, no poder dejar atrás tu tierra. ¿Cómo nace este proyecto, y qué cambia cuando la música va más allá de ti y les das voz a otros, como en el caso de esta película?
Componer la banda sonora de ‘Habana Blues’ fue un momento especial en mi carrera porque comencé a abrirme al cine. Me hizo falta pasar por Habana Abierta porque tuvimos que confluir con muchos géneros, y estar en la banda fue una linda escuela que me preparó para ese momento.
En la película se ve reflejada la situación que teníamos todos viviendo en Cuba en los años 90. Crecer y hacer canciones en ese tiempo era resolver cómo encontrar cuerdas para guitarra, ver cómo grabar: la película reflejaba lo que vivíamos, la precariedad de los años noventa en Cuba, que fue quizás el principio de lo que es Cuba hoy.
Muchas generaciones crecieron con esas canciones. La música, como yo la veo, también debe tener el poder de no tratarse solo de ti, sino también de extenderse a otras personas. Que pueda ser adoptada como estandarte, como modo de vida y pensamiento filosófico. Para mí ese es el punto máximo de una obra, cuando las personas contemporáneas a ti la hacen suya y ya no te pertenece solo a ti, sino también a muchas generaciones.
Muchos dicen que la historia de ‘Habana Blues’ es nuestra historia también, la de Habana Abierta. Tengo una relación de amistad con Benito Zambrano. Él pasó años en Cuba y nos conocíamos de los conciertos de rock de la calle y de cantar por los parques; él estaba bien empapado de toda la historia de Habana Abierta, al igual que de los chicos que llenaban las calles de La Habana tocando hip hop, rock and roll y trova, y todo ese movimiento se refleja en la película.
En 2004, cuando llegué a La Habana desde España, Benito ya estaba rodando. Me dijo: “Qué bueno que estás por acá. ¿Por qué no te juntas aquí con Descemer Bueno y con X Alfonso, que están componiendo para la película?”.
Hicimos tres canciones maravillosas: ‘Arenas de soledad’, ‘En todas partes’ y ‘Sedúceme’. Son canciones a las que les tengo muchísimo cariño y con las que muchas generaciones han crecido. Terminaron siendo una aportación importante al proyecto.
Además de la música, disfrutas mucho cocinar para tus amigos. ¿Cómo se ven tus comidas o cenas?
Me gusta rodearme de mucha gente, de gente diferente; convocar, unir, ser un hilo que conecte a las personas para que nazcan proyectos, verlos hacerse realidad y crecer. Y, por supuesto, no solamente me gusta sugerir música, sino también cocinar y cantar para esos momentos.
Me gusta ir al mercado, comprar las cosas desde cero y convertirlas después en mesas interminables, con varios platos, y ver a mis amigos disfrutar, cantar y hablar. Que ese día nos una la comida.
Me gusta ir uniendo platos, que confluyan cocinas de muchos lugares y que mariden en una misma mesa. Que no se sientan extranjeros entre ellos, sino que formen parte de una experiencia que los une.
Desde hace unos años vives en Miami, después de haber pasado por Cuba y España durante distintas etapas. ¿Dónde sientes hoy que está tu hogar? ¿La distancia ha transformado tu manera de componer?
He seguido la ruta de los cubanos. Nosotros hemos vivido históricamente siempre moviéndonos, no solo en la diáspora después de 1959. Los cubanos han vivido por todos lados desde siempre; nos movemos por muchas razones. Yo soy uno más de los que se fueron e hicieron su vida fuera.
Aunque me mueva, mi canción siempre será la misma. Es mi manera de digerir el entorno de cada lugar donde voy, pasan por mi filtro, lo que hace que todas las canciones tengan un mismo latido y composición de ADN.
Vivir en estos tres países me ha hecho entregarme a la experiencia de vivir. Mi hogar está donde yo esté. Hogar no es casa, es algo que va conmigo y vive dentro de mi alma. Por eso he mantenido mi identidad siempre donde voy y por eso mi música siempre suena así: auténtica en sonido, en estructura, en mi voz.
¿Qué conserva hoy el Kelvis de los primeros años?
Conservo del Kelvis de su primera canción y de los tiempos más jóvenes la inocencia a la hora de enfrentarse a componer música, sobre todo en la búsqueda de una estructura musical y secuencia de acordes. La inocencia entendida como emoción, aquella que sientes cuando te entregas a algo nuevo. Conservo esa sensación de que es la primera vez. Espero que me dure para toda la vida.
Fernando Ortiz, jurista y etnólogo cubano, acuñó el término ‘cubanidad’ y decía que la cubanía no era una cuestión de geografía, sino una “condición del alma”. Tú has llevado Cuba contigo en las canciones, sonidos y en la memoria, incluso viviendo lejos de la isla. ¿Hoy, qué significa para ti ejercer esa cubanidad?
Llevar conmigo mi cubanía ha sido mi vida. Nunca he tenido ninguna objeción a ella. Al final, ser yo mismo ha sido lo más importante de todo. Disfruto mucho cuando la gente escucha mi música y me cuenta lo que siente. Hay algo en sus comentarios que siempre prevalece: la cubanía de mi obra, de mi voz, de mis letras. Aunque sean estructuras universales y letras sencillas que puedan entenderse en muchos lugares, no solamente en Cuba, cuando se enfrentan a una obra mía, descubren inmediatamente ese sonido, esa identidad.
Y eso es la identidad: mi alma y mi cubanidad mostrándose a través de mis canciones.

