Joan Carles Forner, jugador de pintura

‘Mácula Magna’, de Joan Carles Forner
Sala de Exposiciones Municipal de Algemesí (València)
Hasta el 3 de diciembre de 2019

Joan Carles Forner lleva mucho tiempo maquinando esta exposición. Podríamos decir que desde los cinco años, cuando, jugando en el taller familiar, le cayó de manera accidental un bote de pintura abierto en la cabeza y empezó a derramarse sobre su cara y cuerpo. Ahí se produjo una crispación especial entre las gotas, chorretones y manchas sobre su piel que traspasó lo natural, se convirtió en magia, en vida. Ahí mismo surgió esa relación lúdica y experimental con la pintura, que comprometió su noción de arte a un control del azar que siempre interviene en sus creaciones. Creo que en cada proyecto vuelve a ese instante y en él se refugia para insistir en la autenticidad de su estudio de la pintura, tan original que cuenta con la atención de los que fueron sus maestros en Bellas Artes y de críticos de arte que escriben en este catálogo.

Imagen de una de las obras de Joan Carles Forner.

En ‘Macula Magna’ radicaliza la valoración matérica de la pintura, explorando las cualidades fluidas y formativas del pigmento en sí. Se encuentra en un punto álgido de la investigación sobre las posibilidades estéticas del material pictórico más allá del formato bidimensional. Para ello ha elegido nuestra sala, para una puesta en escena que explora los límites de la percepción, combinando realidad e imagen virtual, con la colaboración del artista visual Óscar Vázquez Chambó.

Forner insiste en la necesidad de transgredir la pintura como materia, concepto y técnica. Y lo hace sin pretensiones teóricas, desde la práctica, desde la investigación constante, desde el contacto incansable con el pigmento y sus componentes. Por ello se hace llamar Jugador de Pintura, subrayando el aparente carácter lúdico de su proceso y su actitud ácrata frente a la consideración tradicional de pintor.  Desde el principio sustituyó la paleta y los pinceles por los botes de pintura plástica y de resina, que son la materia prima de toda su producción. Con ello se adhiere a un proceso de ejecución propio del action painting, pero que redirige el azar inherente al expresionismo abstracto hacia una valoración estética y formal determinada. Se trata de un juego, un juego de equilibrio entre lo necesario y lo imprevisto, entre la acción performativa de verter y dirigir el chorretón de pigmento hacía la consecución de una forma sólida e independiente de todo soporte. Como en toda acción, el tiempo es determinante y el proceso de ejecución conlleva diversas fases hasta conseguir la solidificación de la masa liquida de la pintura; la condición acuosa natural se convierte en materia, en la obra propiamente dicha.

Imagen de una de las obras de Joan Carles Forner.

Sus obras iniciales clamaban el carácter abstracto de su investigación bajo el título objetivador de ‘TK – taca-‘ y depositaba todo el peso de su trabajo en la mancha, en la forma resultante del choque líquido. Eran fragmentos de resina solidificada, fragmentos de color espontáneo, único, que lucen una belleza primaria sin aditivos.

Como jugador incansable ha conseguido dominar lo imprevisto, la caída azarosa de la mancha, del chorretón consiguiendo formas que tienden a la geometría irregular, círculos, puntas de gotas con nuevas tonalidades vibrantes y cautivadoras. En ellas se basa su nueva serie, que, además, rinde homenaje a la tensión entre la naturaleza líquida de la materia prima y el resultado sólido, táctil y pseudoescultórico de su pintura. Y lo hace combinando varios niveles de realidad: el fluir real del pigmento, la imagen audiovisual, la acción perfomativa y la obra de arte en sí.

En él la mancha y el brochazo consiguen la libertad, la no supeditación a un medio, hasta alzarse con una condición icónica en la que vemos ecos de la abstracción postpictórica e, incluso, un guiño a Lichtenstein, en un continuo juego de pintura, azar y método.

Y así inyecta una nueva condición objetual a su obra, que se retuerce en busca de formas sinuosas, casi orgánicas, a partir de materiales como látex y resinas que bucean en el inconsciente del artista para emerger a la realidad. Nos invita a un proceso en el que la casualidad, que siempre ha reinado en su creación, da paso a una modulación más activa, plegando la materia como un tejido de ondulaciones, resortes, artistas vivas creando un efecto dúctil y táctil en cada obra. Con ello nos recuerda a las experiencias de finales de los sesenta en Nueva York de la llamada Abstracción Excéntrica, que comprimió concepto, minimalismo y expresión y encontró en estos materiales povera una nueva vía de reivindicación formal.

Imagen de la exposición de Joan Carles Forner en la Sala de Algemesí. Fotografía de Óscar Vázquez Chambó.

Pero la investigación de Forner no es un viaje de emociones vividas por el arte de vanguardia. Es un punto de encuentro con la fuerza agresiva de la expresión y el control de los materiales y residuos de color que constituyen en sí mismos cada composición, cada mancha. Formas, antigeometrías, huecos, heridas, pliegues, pieles, tejidos se alzan en los muros, cuelgan del eje visual para derramarse y expandirse en el espacio, mientras gotas de color, gruesas pinceladas o incisiones gestuales nos recuerdan la acción del juego de Forner sobre la pintura.

Àlex Villar

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