Isabel Coixet

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‘Tres adioses’, de Isabel Coixet
Reparto: Alba Rohrwacher, Elio Germano, Silvia D’Amico, Francesco Carril, Galatéa Bellugi, Sarita Choudhury,
Sofia D’Elia y Giorgio Colangeli
Guion: Enrico Audenino e Isabel Coixet, basado en la novela ‘Tres cuencos’, de Michela Murgia
Fotografía: Guido Michelotti
120′, Italia, 2025

Marta y Antonio son pareja desde hace siete años. Ella trabaja como profesora de Educación Física en un instituto de Roma y él regenta un restaurante de autor. Una noche, ambos regresan a casa de una fiesta. Ella ha querido marcharse antes de lo previsto, cansada de este tipo de representaciones sociales a las que él la lleva de tanto en tanto.

Ya en el dormitorio, él le reprochará su actitud huraña. Ella, por su parte, le reclama más atención, un espacio exclusivo para ambos. Es el anticipo de algo que parece que se estaba fraguando desde hace tiempo.

Será entonces cuando él le proponga tomarse un tiempo… Y el mundo de los dos se resquebrajará. No será la única piedra que se interponga en su camino. Tras la ruptura, Marta descubre que tiene una enfermedad que la está consumiendo. ¿Cómo afrontar esta nueva etapa de su vida?

Así empieza el último trabajo de Isabel Coixet,Tres adioses’, cinta basada en la novela ‘Tres cuencos’, el best seller de la escritora italiana Michela Murgia. Un relato que sirve a la directora catalana para repasar algunas de las obsesiones que han fraguado su filmografía, como son la soledad, el amor y la vida ante el abismo de la muerte, todo ello envuelto en una forma que, como comentamos en esta entrevista, a veces es más elocuente que la propia narración. Un paso más en una carrera que se sigue construyendo peldaño a peldaño.

En el reparto, hallamos una curiosa combinación de actores entre los que se encuentran Alba Rohrwacher (‘Tres pisos’, ‘La quimera’), como Marta; Elio Germano (‘La gran ambición’), como Antonio; y el español Francesco Carril (‘Los años nuevos’), en su primera interpretación internacional.

Isabel Coixet
Isabel Coixet, directora de ‘Tres adioses’, en los Cines Lys València. Foto: Fernando Ruiz.

Esta es la primera película que ruedas en Italia, en italiano. ¿Es algo que se impuso o sugirió de la novela o, simplemente, te apetecía hacerlo?

No, no. Es que esto no funciona así. A mí me llamó un productor italiano que había comprado una novela. Bueno, no es una novela, es un libro de relatos que pasan en Roma. Era un productor al que hacía años que yo conocía y que ha producido a los hermanos Taviani, a Comencini, y con el que hacía tiempo que había hablado sobre hacer algo juntos.

Pero es verdad que las cosas que me proponía no me gustaban, hasta que me presentó este libro, que tengo que reconocer que, al principio, sobre todo porque la autora acababa de morir, me imponía un poco. Pero luego lo leí, me fascinó y dije que adelante.

La protagonista casi completa de la película es Marta, interpretada por Alba Rohrwacher. ¿Cómo ha sido trabajar con ella? Te lo pregunto porque me parece que sin ella no habría película o sería una película muy diferente. Diría que hay algo del subtexto o del nudo de la película que ella va construyendo y que es donde creo que se arma la historia.

Yo hablé con Alba antes de escribir el guion. En el libro hay dos relatos: el relato de Marta y el relato de Antonio. Y, cuando leí el relato de Marta, pensé en ella porque hace muchos años que me gusta mucho; me acordé de las películas que ha hecho con su hermana [Alice Rohrwacher], las tres películas que ha hecho con Laura Bispuri, que es una amiga común, y antes de empezar a escribir el guion para mí era importante saber si ella estaría interesada.

Y, sí, me dio carta blanca: me dijo que adelante y, de alguna manera, al tenerla en mente, sí que hay ciertas cosas que eran mucho más fáciles de escribir porque sabías que ella lo iba a encarnar y lo iba a hacer muy bien.

Ha sido muy bonito trabajar con ella, muy fácil. Además, rodábamos en su barrio, en el Trastévere, ella va en bicicleta, como la protagonista… De hecho, como yo no entiendo nada de bicicletas, le dije: “Tú escoge la bicicleta que te parezca que tendría el personaje”. Ha sido una gran colaboración.

Te lo preguntaba, sobre todo, porque yo creo que la historia parece que no está tanto en las situaciones como en esa manera que tiene Rohrwacher de reaccionar ante ellas: eso que no se dice, pero que queda expuesto a través de los gestos, de las miradas. Gestos y miradas, en su caso, muy particulares.

Bueno, ella es una persona un tanto huraña, no especialmente sociable, retraída. A ella, como a mí, no le gustan las reuniones ni las inauguraciones ni toda esta pompa de la que a veces está llena la vida social. Yo no sé si es introvertida porque, cuando no quiere algo, simplemente dice no. Y como Marta, el personaje, solo quiere hacer lo que quiere hacer [risas].

Tres adioses. Isabel Coixet

La película contiene un relato, una serie de situaciones, pero, por encima de todo, parece que está la construcción de una especie de tono. Diría que ‘Tres adioses’ es una película que está construida sobre una serie de piezas. Por un lado, las propias situaciones que hacen avanzar la trama, y luego están esos intermedios en los que aparecen los recuerdos de los protagonistas, junto a esos otros momentos meramente descriptivos de la ciudad. Todo ello unido por un fondo musical. ¿Cómo fue unir ese puzle?

Pues la verdad es que, al final, solo hemos eliminado algunas cosas porque se hacían largas, pero yo creo que hemos seguido mucho el orden de la construcción del guion. O sea, cuando empecé a escribir con mi coguionista Enrico Audenino, teníamos tres cuencos y, a partir de ahí, fuimos haciendo una estructura que fueran esos tres adioses: qué pasa cuando él la deja y esta es la consecuencia; cuál es el momento en que ella le deja él; y qué pasa al final, a qué ha dicho hola y a qué dice adiós.

En ese sentido, el tono lo encuentras desde que empiezas a escribir. Ahí ya hay cosas que tienen un papel, un espacio, y otras que no. No sé, yo creo que tengo un tono que es siempre igual, cuente lo que cuente.

En mis películas no hay mucha estridencia, no hay grandes catarsis, todo pasa de una manera subterránea, que es lo que a mí me gusta. Pero, sobre todo, es que me parece que yo también veo así la realidad. Tú escuchas en un restaurante una conversación banal y te puedes hacer una idea de qué es lo que está pasando.

La historia de Marta se construye a partir de todo lo que pierde: un amor, su salud… Será a partir de ahí cuando empieza a encontrarse a sí misma. ¿Solo si perdemos todo somos capaces de apreciarnos a nosotros mismos?

Pues a mí me encantaría decirte: “Sí, tenemos que pasar por esto, por aquello en orden a”, pero la realidad es que, si soy honesta, tengo muy pocas respuestas. ¿Te acuerdas, en la pandemia, aquello de que “saldremos mejores”? Pues no. ¿O que la cultura nos hace mejores personas? [señalando un cartel de la película ‘Nuremberg’] Mira a Göring [Hermann, mano derecha de Hitler], pues Clara Schumann era su bálsamo de vida.

Yo creo que las personas estamos llenas de paradojas y contradicciones, y las mismas cosas que preocupan al público de una película como esta, me preocupan a mí. A mí me encantaría poder decirles: “No, no, con esta película ya verás cómo podrás enfocar la vida y la enfermedad de otra manera”.

Yo creo que hemos construido un personaje, que es el de Marta, que, poco a poco, va dándose cuenta de cosas, va llegando a unas conclusiones y esas conclusiones afectan a su comportamiento. Ojalá yo, en una peripecia parecida, llegara a sus conclusiones y tuviera esa manera de afrontarlo. Pero no hagamos aquí promesas que son demasiado atrevidas.

Isabel Coixet. Tres adioses. Cines Lys
Isabel Coixet, durante un instante de la entrevista en los Cines Lys València. Foto: Fernando Ruiz.

El personaje se enfrenta a esta especie de esclavitud a la que nos somete la obligación de mantener ciertas relaciones sociales. En el lado opuesto, sin embargo, estaría también el rechazo a relacionarnos con los demás. A mí me da la sensación de que Marta va divagando entre esos dos polos, entre esos dos precipicios.

Pero ¿no vamos todos divagando? ¿No decimos una cosa y hacemos otra, y pensamos otra y sentimos otra? Por eso Marta es humana, por eso la gente se identifica con ella. No es una heroína. Tiene las cosas claras un día, dice que no le importa él y, de repente, te das cuenta de la violencia con la que dice que sí que le importa. Para mí, este comportamiento es lo interesante.

¿Para qué quieres hacer una película sobre alguien que no duda, que es monolítico? A mí me gustan los personajes contradictorios; me parece que las personas más interesantes lo son. No me interesan esas personas que dicen: “Esto es así”. Esto es así es una expresión que yo obvio. Bueno, es así hasta que no es así.

Me decías que la novela tiene dos partes: una centrada en ella y otra centrada de él. Pero en la película la parte de él se queda algo desdibujada. Tengo la impresión de que ella está muy bien definida, pero ellos solo van detrás de ella, de alguna manera.

Esa es una decisión que tomé desde el principio, es decir: esta es la historia de Marta. Es una historia que empieza cuando Antonio, su pareja, la deja, pero para mí siempre, desde el principio, fue la historia de Marta, y lo fue casi de una manera instintiva porque esta es la historia de Michela Murgia.

O sea, esto es lo que le ocurrió en realidad a Michela Murgia después de una ruptura amorosa. Ella pensaba: “Bueno, claro, me afecta, el rollo psicosomático”. Pero, entonces, supo que tenía una enfermedad. Una enfermedad que ya venía por algo, pero de la que no se había dado cuenta.

Hemos rodado eso, hemos rodado en el barrio de ella, en el restaurante donde se reunía todos los miércoles con Roberto Saviano; también la persona que se casó con ella tres semanas antes de morir es un personaje de la película, un personaje y un actor. Para mí, ella fue siempre lo importante. Evidentemente, creo que el personaje de Antonio tiene importancia, y hay cosas que hacen que no sea solo una comparsa. Pero, para mí, la película es sobre ella, no tengo ninguna duda.

Fotograma de ‘Tres adioses’, de Isabel Coixet.

Otro de los temas que creo que aborda la película es la relación que establecemos entre el presente, el presente vivido y la presencia del pasado. ¿Qué representaba para ti esta relación?

Todos los flashbacks de la vida de ellos dos están rodados en Super 8 porque yo siento –y lo siento desde que soy muy pequeña, quizás porque ya hacía películas en Super 8– que, cuando contamos o evocamos el pasado, lo evocamos como una película.

No evocamos una realidad, evocamos una especie de niebla de una historia como podría ser un sueño en una película. Ella recuerda unas cosas, él recuerda otras, pero cada uno de ellos está recordando la película que se ha construido. De ahí viene esta construcción y el recurso del Super 8.

¿Cómo dirías que influye ese pasado en nuestras vidas? ¿Cómo lidiamos en él?

Es como esa frase de ‘El gran Gatsby’, que leí en la adolescencia y que me ha acompañado toda mi vida: “Somos botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”. En ese sentido, aunque le tiene que pasar algo muy gordo, lo que Marta descubre es que es posible estar en el ahora.

Uno de los momentos de la película donde yo creo que ella lucha contra el pasado, el presente y lo que le espera, con la ansiedad por el futuro, es el momento del helado. Ella está comiendo un helado, que está muy bueno, pero, al mismo tiempo, piensa: “Igual es el último helado que me como, pero, de todas maneras, está muy bueno y me lo como”.

En esa escena, recuerdo que le dije a Alba: “Bueno, ahora te comes el helado, pero a ratos tienes 8 años, a ratos tienes 80 y a ratos piensas que nunca llegarás a los 80. ¡Acción!”. Y esa es la toma que sale en la película.

Otro elemento importante en la película, aunque quizá representa más Antonio que a Marta, tiene que ver con cómo construimos nuestra memoria o lo que somos a través de los espacios, de los lugares que hemos visitado. ¿Qué representan para ti esos espacios y esos lugares?

Para mí es algo que está muy muy presente. Yo recuerdo que durante muchísimos años evitaba una manzana de mi barrio porque allí le había pasado algo a una persona, y pasar por ahí, por esa calle, por ese bar, era como volver a revivir eso. Para mí, los lugares siempre son muy importantes.

De hecho, una de las labores fundamentales a la hora de hacer una película, además del casting, es la localización, elegir los lugares, el espacio, y cómo el espacio marcará, incluso, el encuadre, la posición de la cámara, el movimiento de los actores.

A mí, la historia de este hombre que deja a una mujer, aunque no se sabe muy bien por qué y luego, cada vez que pasa por los sitios que han estado juntos, le coge un pasmo, me es muy familiar; me parece que le pasa a mucha gente.

Isabel Coixet, durante la entrevista con Gerardo León, en los Cines Lys València. Foto: Fernando Ruiz.

Otro elemento son los objetos. Cuando ella se despide, la gente se reparte los objetos que han sido ella. ¿Qué dejamos en esos objetos? ¿Qué dejamos en los demás, si es que dejamos algo?

Muchas veces, estás en tu casa y te dices: “Esta especie de masajeador cutre que compré, ¿esto me va a sobrevivir?”. O una de esas cosas para las cervicales. Yo siempre estoy comprando cosas de esas, aunque ninguna vale para nada [risas]. Ya es triste pensar que esta cosa de mierda me va a sobrevivir, pero es así. Y eso siempre me ha hecho mucha gracia.

No sé, ir a mercadillos de cosas antiguas, abrir el álbum de una familia de los años 50, ver toda esa gente feliz y pensar: “Ahí hay alguien a quien todos estos recuerdos ya no le importan porque ya han fallecido”. Estas cosas a mí siempre me chocan y, de hecho, colecciono álbumes de fotos familiares de gente a la que no conozco [risas]. No sé, me produce mucha ternura.

A este respecto, cuando veía tu película me acordaba de la última de Jim Jarmusch (‘Father Mother Sister Brother’) por esa relación con el espacio, con el hogar, que es ese lugar que define a las personas y que, de alguna manera, es el receptor de todos sus recuerdos. Un espacio que no significa nada más que para nosotros.

Sí. O todas las cosas que guardan en el garaje. Yo creo que está bien desprenderse antes de las cosas. Está bien tener cada vez menos cosas. Yo abogo por ello.

Creo que te lo han preguntado, pero ‘Tres adioses’ tienen algo que ver con ‘Mi vida sin mí’, una de tus primeras películas. ¿Qué hilo hay para ti entre esas dos obras?

Desde luego que hay un hilo clarísimo. Yo creo que hay una voluntad de legado en ‘Mi vida sin mí’ directamente ligada a que ella tiene hijos; hay algo muy determinante en eso. Y en esta, pues no, pero, de alguna manera, ella busca también dejar una huella en los demás; una huella tenue, pero huella. La huella que dejamos las personas yo creo que es importante. Y no hay nada más. Y, cuando esas personas desaparezcan, tú también habrás desaparecido.

La película empieza y acaba con una imagen muy concreta: una bandada de estorninos sobrevolando el cielo de Roma. Al principio de la película, Marta describe esa imagen y da una explicación científica sobre el comportamiento de esas aves. Al final, en cambio, la afronta desde un punto de vista ya más simbólico, más emocional. Al ver esa imagen, pensé si acaso, a pesar de todo nuestro racionalismo, seguimos de alguna manera mirando hacia el cielo buscando signos o señales de lo que somos o de lo que nos va a acontecer.

Mirando al cielo buscando signos o buscando signos en todo. Hoy llueve y hace una semana no llovía. ¿Esto qué quiere decir? Hoy nos hemos encontrado dos veces a la misma persona… Yo creo que todos vamos buscando signos, buscando pequeñas muletas que nos ayuden a transitar la vida.

En el caso de los estorninos, tengo que decir que es mi primer recuerdo de Roma. Recuerdo haber ido con el colegio (la única vez que vi el Vaticano, por cierto; luego no he vuelto) y, aunque hay estorninos en Barcelona, no tienen la espectacularidad que tenían los que vi por primera vez en Roma. Y, desde entonces, es una obsesión.

De hecho, tengo estorninos rodados en Escocia, en Francia, en Alemania, en Italia, y no solo en Roma, en Bolonia… Tengo una obsesión por el mundo estornino. Hasta he leído varios ensayos [risas]; me fascina. Y me fascina algo que me resulta difícil de comprender, que es que nunca chocan.

Las personas, en cambio… No sé, piensa en una comunidad de vecinos. Se te cae un papel en la escalera y ya hay alguien que te está diciendo: “Pero, oiga, ¿a dónde cree que va?”. Es verdad que no estaba en el libro de Michela Murgia, pero está asociado a mi fascinación por los estorninos.

Tenemos mucho que aprenden de los estorninos.

Yo creo que sí. Porque no chocan, y mira que hay. Una vez leí que en una de las nubes más grandes de estorninos se contaron como siete mil. Y que hagan estas figuras en el cielo, a mí, no sé, me parece mágico.