Maluenda

#MAKMALibros
‘El cementerio azul’, de Gonzalo Suárez
Random House, 2022

Sucedió, pues, que Gonzalo Suárez vino finalmente a València. Poco antes de empezar nuestra edición de 2014, asomó la duda; y a punto estuvo de no asistir al Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove. Aunque nuestros caminos se habían cruzado en varias ocasiones, en realidad no nos habíamos conocido hasta poco antes, en una comida auspiciada por nuestra común amiga Ana Álvarez.

Nace Ana al universo de Gonzalo entre ecos marinos, emergiendo de una espiral, de una gran caracola al morir una sombra; en su ‘Don Juan en los Infiernos’. Por eso, quizá, está en el secreto de un pasillo al que vuelve constantemente Gonzalo, en el que “los tiempos pasados se reencuentran con el presente y, cuando el futuro los alcanza, lo sucedido y lo imaginado ocupan el mismo lugar en la memoria”.

Ana Álvarez y la caracola de ‘Don Juan en los Infiernos’ (Gonzalo Suárez, 1991).

Cuales fueran los motivos que a punto estuvieron de malograr la visita, sin duda debieron ser lógicos y razonables. Sospeché que pudieron haberse cruzado recelos hacia un festival que desconocía, junto con la necesaria rebeldía ante los mil eventos que a diario le abrumarían con mil homenajes; son tantísimas las invitaciones…

Si el homenajeado es un cineasta y acepta cada una, ¿cuándo hace, entonces, sus películas?; y si es un escritor, ¿cuándo escribe? ¿Y si es Gonzalo Suárez, que es uno y dúo en estos desempeños…? Además, los condenados al homenaje por castigo suelen tener una vida privada, una familia, e incluso gatos… Me parece irreprochable que el homenajeado esquive el golpe con la elegancia del estilista.

Pero, víctima probable de tan personal elegancia, Gonzalo, como decía, llegó. Para mi satisfacción, desde la primera noche el Festival le resultó estimulante: su admirado Urbizu –que tanto le admira– le entregó nuestra Luna de Valencia; Gonzalo dice del bilbaíno que ‘Todo por la pasta’ es una de las mejores películas españolas de todos los tiempos, y Urbizu, del ovetense, que nos dio en ‘Remando al viento’ el mejor monstruo de Frankenstein cinematográfico.

Ambos comparten una mirada vigorosa, vitalista; de hecho, cuando he sabido que anda en marcha la adaptación al cine de ‘Doble Dos’, la novela de Gonzalo, pienso en lo idóneo de Urbizu como director; porque el guion fue coescrito por Gonzalo y su amigo Sam Peckinpah, y esa alianza me lleva de manera natural a Urbizu. Ignoro quién acabará dirigiéndola, pero mi cerebro se humedece como la boca del can pavloviano sólo de pensar en tal opción.


Sam Peckinpah y Gonzalo Suárez, en julio de 1970.

En la misma gala inaugural, descubrió Gonzalo el cine de animación con arena del húngaro Ferenc Cakó; percibí en él una suerte de entusiasmo e inquietud combinadas, porque veía en el arte de Cakó una seria posibilidad para dar forma a ‘El sueño de Malinche’, película para la que ya estaba grabando las voces de las actrices –y que, años después, encontraría expresión definitiva en los fascinantes trazos del ilustrador Pablo Auladell–.

‘El sueño de Malinche’, Gonzalo Suárez y Pablo Auladell (La Huerta Grande, 2018).

Con todo lo estimulantes que estas cosas pudieran resultarle –y sin desmerecer la compañía de cineastas ilustres y de ilustrísimos vinos–, la mañana siguiente le reservaba un acontecimiento aún más sugerente, detonado por el perturbador extravío de su móvil y la deducción de que el vivo terminal se agazapaba desde la noche previa entre las butacas del Teatre Principal, cerrado ahora a cal y canto. Y al unirse una bella cómplice en la incursión furtiva, pintó Gonzalo una ventana para colarse al rescate del móvil perdido: nadie como Gonzalo sabe que cuanto se cuenta acontece.

Esta idea nutre su obra, y en ‘El cementerio azul’ (Random House, 2022) –su, hasta hoy, último libro–, se manifiesta de manera gozosa. Parte la narración de hechos acaecidos durante el rodaje en Praga de ‘El detective y la muerte’, pero pronto se impone la ficción, relato tras relato. Los desdoblamientos son continuos: espacios, acciones, personajes… El reflejo, la sombra…

‘El cementerio azul’ (Random House, 2022).

Y, como es cierto que el pasado encuentra al presente, me alcanza el momento en que Gonzalo, semanas antes de aquel Festival, me enumera las películas que ha decidido integren una sección en la que le hemos dado carta blanca para programar sus mayores influencias: ‘Con la muerte en los talones’, ‘Persona’, ‘El otro’…

“¡Ahora caigo!”, podría decir yo ahora de no ser porque caí ya entonces: Hitchcock, Bergman, Mulligan construyen sus películas respectivas en torno al tema (“los temas no existen –oigo a Gonzalo–, solo la vida”) del doble siniestro, como tantas veces Gonzalo: ‘Mi nombre es sombra’, ‘El detective y la muerte’; o ‘Remando al viento’, si asumimos que la criatura es un doble del creador, un hijo que arrastra el nombre del padre en su calamitosa existencia, como el reflejo del estudiante de Praga arruina la vida del reflejado adelantándosele en el camino con acciones funestas.

Como huida de un trampantojo, la criatura de Victor Frankenstein escapa al control de su hacedor, en correspondencia con otro pensamiento que Gonzalo tiene arraigado: “Los personajes que salen de los libros adquieren vida propia y ya no necesitan autor”.

Otra de las películas seleccionadas por Gonzalo fue ‘El tercer hombre’, y me pregunto si el escritor Holly Martins teme que su amigo Harry Lime pueda ser su alter ego siniestro, con mismo el vértigo con que Gonzalo podría mirar a su amigo Peckinpah. Pero no: Gonzalo tiene su alter ego en Martín Girard, un hombre mucho más mesurado y elegante que el explosivo Sam, pues con razón toma un cincuenta por ciento del nombre del de su esposa, Anne-Hélène.

A Anne-Hélène, precisamente, dedica GonzaloEl manuscrito de Sichuán’, el último relato del libro citado, apoteosis divertidísima, fascinante y conmovedora, del juego suarezco –“cuando se deja de jugar, se empieza a morir”, sostiene Gonzalo–. Mixtura este juego, en perfecta continuidad, los tiempos, los lugares, las situaciones, los personajes y hasta las palabras mismas, su valor de espejo significante y su musicalidad fonética, pues no en vano se trae al relato el prólogo de la ‘Historia de los trabajos de Persiles y Sigismunda’.

Revuelve, en fin, la vida con las ficciones para darnos como consecuencia algo que es la pura verdad –expresión con la que mi madre nos reclamaba de niños que no la engañáramos–. De hecho, en este relato, un profesor llamado Grubb –“como el autor de ‘La noche del cazador’”– convierte a Cervantes en personaje de ficción para hacerlo tan real a sus alumnos chinos como lo son ya sus personajes ficticios.

El Cervantes de Suárez cabalga seguido de un personaje embozado, silente y oscuro, que es su hijo bastardo y, al tiempo, su sombra; y la sombra, en el universo de nuestro escritor y cineasta, es indisociable del proceso creativo, puesto que “el arte es un largo combate perdido de antemano con las sombras”, según relata Rocabruno a Laína en ‘Epílogo’.

En la película de Gonzalo, una joven pide al escritor retirado Rocabruno que le cuente una última historia para que el escritor Ditirambo la escriba; en el relato del manuscrito, una joven busca a un Cervantes moribundo camino de Toledo para que le cuente un cuento que no haya contado, y que Grubb lo escriba. Parecería que ‘El cementerio azul’ compendiara sin pretensión alguna el universo de Gonzalo. Los tiempos pasados, efectivamente, alcanzan al presente en forma fascinante.

Rafael Maluenda, Gonzalo Suárez y Ana Álvarez, en el Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove, 2014.

Aún quedaba un último acontecimiento que justificaría, por sí solo, el viaje de Gonzalo a Valencia. Mantuvimos un encuentro con el público en torno a su cine y a su literatura, también junto a Ana Álvarez. Gonzalo estaba pletórico, enérgico, agudo, muy divertido. Y el público, entusiasmado. Al finalizar, muchos se acercaron a fotografiarse con él, a pedirle un autógrafo, a agradecerle el encuentro.

Entre ellos hubo un joven de veintipocos años que se acercó con uno de sus libros, que había adquirido en una librería de viejo en París; una edición de los años setenta, y le pidió que se lo dedicara. “Aunque ya está dedicado… A alguien que conocía o a algún admirador” –le dijo el joven–. “Ya no me acordaré” –rió Gonzalo al constatar la antigüedad de la edición–. Se apoyó sobre una mesa para escribir, y releyó la antigua dedicatoria: “A Julio…”. ¡A saber…!; así, sin apellidos, Julio podría ser cualquiera.

De repente, algo le hizo detenerse en la lectura casi mecánica de su propia letra. Desvió la mirada del libro, sin alzarla, y escanearon sus pupilas el vacío. Por un instante, me pareció aturdido. Repitió en voz alta una de las frases, escrita sobre el libro por su mano treinta años atrás, mientras asentía: “En recuerdo de nuestras ventanas pintadas”.

Y controló la emoción: “¡Son las ventanas de la plaza del Pompidou: ventanas falsas pintadas sobre la fachada! Un día, paseando, Julio me dijo: ‘Mira, eso es lo que hacemos nosotros: pintar ventanas falsas tras las que no vive nadie’”. ¡Julio es Cortázar! El joven abrió desmesuradamente los ojos, porque su tesoro había doblado repentinamente su valor: ¡Suárez y Cortázar en el mismo libro!

Ventanas pintadas en ‘Epílogo’ (Gonzalo Suárez, 1984).

Gonzalo había incluido las ventanas pintadas y la frase de Cortázar, a modo de homenaje, en ‘Epílogo’. Cortázar, unido a Gonzalo por una fuerte amistad cimentada sobre la imaginación y el humor, falleció antes del rodaje. Especulamos sobre cómo, tras su muerte, su biblioteca debió deshacerse hasta dar el libro en la librería de viejo parisina para ser recuperado treinta años después por un joven estudiante de Erasmus; igual que un manuscrito aleteante bajo el agua del río, enredado en el ramaje, resistiendo a la corriente, rescatado por una joven china para dejar que una historia acontezca. Pienso, sopesando sus obras, si no serán Gonzalo y Cortázar alter ego respectivos.

Y pienso en el valor de la frase pronunciada por Cortázar puesto ya el pie en el estribo, como Cervantes partiendo a Toledo. Y en el valor de la imaginación, del humor y las historias cuando a todos nos llegue el tiempo de poner el pie en el estribo. Y sospecho que Gonzalo hallará el modo de poner el pie no tanto en estribo, sino en alféizar de ventana pintada –o en espejo, o en pantalla, que al caso es lo mismo–.

Gonzalo Suárez y Rafael Maluenda
Gonzalo Suárez y Rafael Maluenda en Valencia, 2015. Foto: Daniel García Sala.

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