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‘La invención del agravio. Nacionalismo y crisis de la democracia española’
Félix Ovejero
Alianza Editorial
2026, 272 páginas
El escritor Julio Valdeón dedicó a Félix Ovejero ‘La razón en marcha’, un extenso libro de conversaciones que presentaron al gran público el pensamiento de este profesor de Filosofía Política. Y el mismo Valdeón le acompañó en Valladolid para una nueva presentación, la del ensayo ‘La invención del agravio. Nacionalismo y crisis de la democracia española’.
“Félix Ovejero es un hombre valiente y decente”, aseguró, para luego describirlo rotundo como “un artificiero que nos ha proporcionado el manual de instrucciones para combatir el nacionalismo”.
Hombre históricamente ligado a la izquierda, en la que sigue, Ovejero se creyó sus ideales emancipadores, pero hace ya más de una década que descubrió que la práctica política de los suyos se había alejado del concepto de ciudadanía que es central en su pensamiento.
Es razonable afirmar que fue el reconocimiento crítico de la complicidad de la izquierda con los nacionalismos separatistas el que le llevó a una reflexión profunda sobre el lugar en el que estaba en realidad esa forma de acción política en España.

De ahí que el nacionalismo, y su perniciosa influencia en la izquierda, haya ocupado un lugar central en sus reflexiones. Primero fue ‘La trama estéril. Izquierda y nacionalismo’ (2015); le siguió ‘La seducción de la frontera. Nacionalismo e izquierda reaccionaria’ (2016) y, sobre todo, ‘La deriva reaccionaria de la izquierda’ (2018), el ensayo que le dio a conocer a un público más amplio. Pero ha seguido insistiendo con libros como ‘Secesionismo y democracia’ (2021) hasta llegar a ‘La invención del agravio’ (2026), uno de sus trabajos más celebrados.
En coherencia con todo ello, en 2017, tras el golpe del procés, Ovejero dio un paso adelante en el rechazo de las pretensiones secesionistas y se prestó a ser una de las figuras visibles de esa otra Cataluña, favorable a la unidad de España, que se había silenciado durante tanto tiempo.
“El compromiso se tasa en el precio que uno paga”, recordó Valdeón, quien contrapuso las zancadillas vitales muy reales sufridas por Ovejero –por ejemplo, sus dificultades para lograr la cátedra– con los nulos problemas que afrontan aquellos que presumen de intelectuales comprometidos y revolucionarios sin pagar ningún coste.
“Este es un tema que envilece, pero había que enfangarse”, explicó Ovejero en la Librería Sandoval de Valladolid, en una de las muchas presentaciones que le está llevando por toda España para dar a conocer su trabajo.
Recordó a los presentes un dato poco conocido, que la Cataluña de Pujol despidió a miles de profesores utilizando resortes legales vinculados a la ‘protección de la lengua’ y señaló sus efectos en el presente. “La exigencia obligatoria del conocimiento del catalán está conllevando que hoy los hospitales de Cataluña tengan peores profesionales y que, en otros campos, no puedan ir a trabajar allí los mejores”.
Pero hay pocas posibilidades de que esto se corrija porque “la exigencia de la lógica limita la competencia y esa es la lógica de funcionamiento”. Los separatistas pueden optar a trabajar en su autonomía y en otras, mientras limitan el acceso a la suya.
La tesis central de ‘La invención del agravio’ es que el problema territorial de España “es una enfermedad imaginaria”, que fue asumida durante la transición por la clase política en una decisión errónea de gran trascendencia. Y en la que tuvo mucha influencia la izquierda “que compró el relato de España como país problemático”.
Para resolver ese supuesto problema se ideó el Estado de las Autonomías, “pero hoy vemos que no se ha resuelto nada, de modo que nos quedan dos opciones: o culpar a una Constitución, que es en realidad bastante de izquierdas, o señalar que el problema era imaginario y que ha servido de excusa para todo tipo de reclamaciones inagotables”.
Entre las mentiras que desmintió Ovejero destaca la convicción muy extendida de la supuesta represión lingüística durante la dictadura. “No la hubo y la idea de la injusticia ancestral es igualmente falsa”, afirmó contundente el autor de ‘La invención del agravio’.
“El verdadero problema de Cataluña es el racismo y su pretensión de levantar fronteras dentro de España”, explicó. En este sentido, Ovejero reconoció que la derecha conservadora coincide con el nacionalismo en su defensa de la identidad, pero “al menos no quieren establecer barreras entre nosotros”.
El profesor de Filosofía Política lamentó que las cesiones a los nacionalistas, que siguen realizándose, “están deteriorando la idea de España como comunidad compartida y redistributiva”. Y añade: “Están debilitando nuestra capacidad de redistribución y están debilitando el Estado, pero necesitamos un Estado fuerte”.
Frente a quienes defienden que esas cesiones han servido para aliviar las tensiones nacionalistas en Cataluña, donde parece haberse recobrado cierta calma, Ovejero señala que no hay que engañarse, pues la paz actual tiene mucho de la ‘paz de los cementerios’.
A ello añade un efecto que describe como “fatiga de materiales”, puro agotamiento de un proyecto secesionista que ha descubierto que existe una ley que puede frenarles, y que la Cataluña real está mucho más dividida de lo que pregonaban.

“Pero han conseguido mucho de lo que pedían”, resalta. Y considera especialmente criticable la Ley de Amnistía, negociada personalmente con Carles Puigdemont y los suyos: “Es como si las leyes de violación se pactaran con los violadores”.
Uno de los aspectos más simbólicos del desmontaje de España como espacio compartido es el que tiene que ver con las banderas. “En el 85% de los ayuntamientos de Barcelona no ondea la bandera de todos y prefieren pagar la multa antes que cumplir la ley”, se lamenta. “Yo estoy en contra de colocar cualquier bandera de parte en las instituciones de todos”.
En uno de sus libros más recientes, ‘Sobrevivir al naufragio: El sentido de la política’ aborda otra de sus grandes preocupaciones: el devenir de la democracia, que atraviesa también prácticamente todos sus ensayos.
Uno de los problemas, aunque no el único, es que no hay forma de especificar el contrato de la política, porque no puede exigirse el cumplimiento del programa electoral frente a circunstancias inesperadas. El otro es la pérdida de legitimidad y capacidad de acción del Estado. Su diagnóstico actual no es esperanzador: “Uno tiene dudas de que la democracia, tal y como la conocemos, sirva”.
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