#MAKMALibros
‘El Libro del Tao liberado’, de Laozi
Ilustrado por Calpurnio
Edición bilingüe
Traducción: Manel Ollé
Blackie Books, 2026
Hay que reconocer que Calpurnio (Zaragoza, 1959-València, 2022), el creador de ‘El bueno de Cuttlas’, no es la primera persona en la que uno pensaría para ilustrar la ‘Odisea’, de Homero. Y, sin embargo, casi podría decirse que su excepcional trabajo (prolongado luego por la ‘Ilíada’, ahora por ‘El Libro del Tao’, y en unos meses por la ‘Eneida’) crea escuela. O, cuando menos, abre un camino diferente para el trabajo de ilustrador de textos ajenos.
Sus dibujos minimalistas y expresivos, con ese aire inocente e infantil, han resultado ser un acompañamiento extraordinario para compensar la solemnidad que suele acompañar a los clásicos. Y ahora tenemos un motivo más para echar de menos a este creador nacido en Zaragoza, aunque asentado en Valencia, donde pasó el final de su vida.
Si en su faceta como creador de Cuttlas es muy posible que Calpurnio ya hubiera dicho (casi) todo lo que tenía que decir, su carrera como ilustrador era una gran promesa de futuro que se vio lamentablemente truncada por su prematura muerte en diciembre de 2022. Nos gustaría ver sus personalísimos trazos asociados a otras grandes obras, pero el ‘Tao’ y la ‘Eneida’ serán los últimos trabajos suyos en esta deslumbrante faceta que podamos disfrutar.
Vida, creación y muerte que se cruzaron de forma significativa justamente en el ‘Libro del Tao’, el último de sus trabajos disponibles, en el que trabajaba cuando falleció. El libro que se empeñó en hacer, imponiéndose a los planes de la editorial Blackie Books, que no preveía lanzarlo tan pronto. Y el libro que le ayudó a sobrellevar sus últimos días, y a plantar cara a su muerte.
“Ilustrar ‘El Libro del Tao’ le proporcionó la paz y la tranquilidad necesarias para afrontar su enfermedad y su muerte”, reconoce su viuda Ana García, compañera de 26 años de convivencia y también vinculada al mundo del diseño gráfico.
La obra de Laozí, de la que apenas se conoce más que ‘El Libro del Tao’, un peculiar libro sapiencial compuesto por 81 poemas, es oscura y misteriosa, pero suele asociarse con una visión de la existencia centrada en el abrazo de la fugacidad y la variabilidad de la existencia.
“Mientras Confucio defendía el respeto a la tradición, la moralidad, el orden social y el estudio de los clásicos, Laozí propugnaba la exploración de lo oscuro, la fusión con el curso cambiante de la naturaleza, la espontaneidad, el arte de no hacer nada, el cultivo personal, y el saber silencioso”, explica Manel Ollé, traductor y anotador de la edición de Blackie Books.
Y la reflexión sobre estas cosas debió ayudar a Calpurnio en sus momentos finales. “Estaba tranquilo, con sosiego. El Tao le había ayudado a reflexionar sobre la importancia del camino, más que la meta, así como sobre que nada importaba en realidad. Y estaba satisfecho”.
Ana García recuerda con agradecimiento personal ese último encargo, que también a ella le ayudó a convivir con la situación de su pareja. “Me alivió mucho que me dijera que estaba tranquilo. Fueron momentos muy duros, también para mí, y el Tao nos ayudó a los dos”.

En su último trabajo, Calpurnio logró cambiar su estilo siendo, al mismo tiempo, fiel a sí mismo. Aparecen por aquí y por allá los pequeños monigotes que le caracterizan, que en esta ocasión están encarnados en la figura del maestro, pero la figura humana cede el terreno a la naturaleza. Pájaros, peces, árboles, las gotas de lluvia, el viento… son los protagonistas de su trabajo.
Junto a un juego gráfico brillante que conecta sus figuras de siempre con los ideogramas de la escritura china en una de las ilustraciones más sorprendentes de la obra. Calpurnio crea en el ‘Libro del Tao’ un apartado gráfico que no busca tanto ilustrar cada poema como la idea general de la obra, la idea de la vida como viaje, que se va desplegando en torno a la naturaleza.
También en esto se produjo una conexión espontánea y profunda porque al creador de Cuttlas le encantaba el contacto con mundo al aire libre. “Le encantaba hacer senderismo. Solíamos ir a Jaca a pasear por la montaña; le recargaba las pilas. Y mientras paseábamos tomaba nota de arbolitos, plantas y personas”, explica García.
A los editores de Blackie Books cabe el mérito de haber propiciado esta faceta del dibujante como ilustrador de grandes textos. Tenían claro que querían contar con él, pero no sabían si estaría dispuesto a aceptar el reto. “Nos gustaba Calpurnio por su capacidad para dibujar multitudes en las que cada monigote tiene un gesto distinto y expresivo”, recuerda Jordi Martí, coordinador de la colección ‘Clásicos liberados’.
Recuerda que se dirigieron a él con pocas esperanzas. “Pero, para nuestra sorpresa, la idea le apasionó y se metió en ello de una forma impresionante. Se pasaba noches enteras en la web del British Museum buscando información e imágenes”, recuerda el editor.

El resultado de aquella confluencia de pasiones fue la ‘Odisea‘, el primer libro de una nueva colección que pretendía ofrecer una mirada fresca, plural, y hasta provocadora, sobre los textos clásicos. Pero hicieron falta tres años de trabajo antes de que esa primera obra llegara a ver la luz. Sin embargo, su éxito facilitó la expansión de la colección y todo lo demás.
Tras la ‘Odisea’, Calpurnio se metió con la ‘Ilíada‘, también de Homero (las dos únicas obras que llegó a ver terminadas en vida), así como con ‘La Eneida’, de Virgilio. La idea era abordar las tres grandes epopeyas de la cultura grecolatina aprovechando el altísimo grado de conocimiento del periodo que había alcanzado Calpurnio.
Pero, por el camino, se cruzó el Tao, impidiéndole terminar la obra de Virgilio, aunque la dejó muy avanzada y verá la luz a finales de año como una nueva obra póstuma. “Su maestría en el cómic hace que sus ilustraciones puedan ser entendidas sin el texto”, explica Martí, quien resalta que, en contra de lo que pudiera parecer, su dibujo es “realista y atento a los detalles: los vestidos, las armas, son como eran”.

Al espectador de su trabajo quizás le sorprenda esta afirmación. Y aún más descubrir cómo buceó en las cerámicas griegas y en sus dibujos para buscar la más fidedigna forma de representar los escudos y espadas de la época. Un trabajo ingente que sus dibujos esquemáticos no pueden mostrar, tan sólo sugerir, pero que, sin embargo, está ahí.
De algún modo logra reflejarlo. “No puedo pintar caras ni ojos”, le decía a veces a Ana García. “Pero era capaz de expresas emociones con unos mínimos trazos”. El arte de Calpurnio sigue estimulándonos y sorprendiéndonos.
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