#MAKMAArte
‘Cristóbal Balenciaga: Técnica, Materia y Forma’
Hasta el 10 de enero de 2027
‘The Givenchiaga Family’, hasta el 22 de febrero de 2027
‘Vivre sa vie. Georges Dambier y la moda’
Hasta el 13 de diciembre de 2026
Cristóbal Balenciaga Museoa
Aldamar Parkea 6, Getaria (Gipuzkoa)
Antes de París, antes de la Avenue George V y antes de convertirse en uno de los nombres fundamentales de la alta costura del siglo XX, Cristóbal Balenciaga fue un niño de Getaria. Su historia comenzó entre las calles de una pequeña localidad guipuzcoana y el oficio de la costura de su madre.
Llegar hasta el Museo Cristóbal Balenciaga supone adentrarse en la historia de uno de los grandes nombres de la moda desde un lugar que parece casi contradictorio con la dimensión internacional que alcanzaría su obra. Frente al Cantábrico, lejos de los salones parisinos donde se consagró, permanece el origen de aquel niño que aprendió a mirar los tejidos antes de convertirlos en una nueva forma de entender el cuerpo.
Fuera está Getaria, el pueblo marinero en el que Balenciaga pasó sus primeros años. Dentro, la arquitectura del propio museo es el primer indicio de que la visita no va a ser convencional. Frente al edificio histórico del Palacio Aldamar se levanta una construcción contemporánea, sobria y geométrica, que deja gran parte del protagonismo a las piezas. En el interior predominan la oscuridad, el negro, las proyecciones y las pantallas.
La primera impresión es la de encontrarse ante un museo de moda que entiende que una prenda no termina en una vitrina. Algunas superficies se pueden tocar y diferentes recursos digitales permiten acercarse a los tejidos y a las piezas desde perspectivas que no ofrecen una contemplación convencional. El vestido deja de ser un objeto aislado y pasa a formar parte de una red de influencias, técnicas, personas y referencias.

La exposición ‘Cristóbal Balenciaga: Técnica, Materia y Forma’ reúne más de 90 piezas y utiliza modelos tridimensionales, imágenes de los tejidos en alta resolución, vídeos y otros recursos audiovisuales para explicar la evolución de su lenguaje creativo. El recorrido comienza con una sala biográfica que sitúa al visitante en su contexto vital, empresarial y creativo y continúa hacia el escenario de la alta costura del siglo XX y los tres conceptos que dan nombre a la muestra.
Cristóbal Balenciaga creció en una familia vinculada al trabajo y al mar. Su madre, Martina Eizaguirre, era costurera y fue en ese entorno donde comenzó a familiarizarse con los tejidos y con una profesión que terminaría dominando hasta convertirla en una disciplina artística. En 1906, con apenas doce años, realizó un vestido para la marquesa de Casa Torres, una de sus primeras clientas y una figura decisiva en sus comienzos.
Después llegarían San Sebastián, Madrid, Barcelona y París. El niño de Getaria acabaría instalando su casa de alta costura en el número 10 de la Avenue George V en 1937. Pero la distancia entre aquel niño y el diseñador internacional nunca desaparece del todo cuando se visita el museo. Está presente en la forma en que se cuenta su historia y, sobre todo, en la relación entre el oficio aprendido y la sofisticación que alcanzaría después.
Balenciaga entendió la moda desde las manos antes de convertirla en una cuestión de siluetas. Su dominio técnico le permitía idear, cortar, montar y coser sus propias creaciones. Trabajaba directamente sobre el cuerpo mediante el moulage, desarrollaba patrones y estudiaba la relación entre tejido, movimiento y anatomía. Los cortes al bies, las formas geométricas, las construcciones de una sola costura y los volúmenes que parecen separarse del cuerpo forman parte de una investigación que tenía tanto de técnica como de creación.
Frente a sus vestidos, esa dimensión se hace especialmente evidente. El volumen adquiere otra dimensión cuando puede observarse desde diferentes ángulos y descubrir cómo la tela se sostiene, cómo se separa del cuerpo o cómo una determinada costura modifica toda la estructura. Ahí aparece una de las mayores aportaciones de Balenciaga, no se limitó a vestir el cuerpo, sino que modificó la relación entre el cuerpo y el vestido.
Durante los años 40 y 50, comenzó a abandonar, progresivamente, la silueta de reloj de arena que dominaba la moda de la época. La línea tonneau, la midi, la marinera, la túnica y, especialmente, el vestido saco de 1957 fueron desplazando la atención de la cintura y permitiendo que la prenda adquiriera una estructura propia.
Es ahí donde la moda de Balenciaga empieza a aproximarse a la arquitectura. No por una cuestión estética, sino porque sus prendas construyen espacio. Hay proporción, volumen, estructura y equilibrio. La ropa deja de funcionar como una segunda piel y comienza a comportarse como una forma independiente.
Esa independencia también explica la vigencia de su trabajo. Décadas después, sus diseños siguen pareciendo capaces de dialogar con una moda que ya no necesita repetir las formas del pasado.
Pero el museo cuenta otra historia que resulta inseparable de esta: la del hombre que no quería ser visto. Balenciaga fue extremadamente reservado. Mientras otros diseñadores fueron convirtiéndose en personajes públicos, él evitó deliberadamente la exposición.
Considerado en su momento como una figura “invisible”, “enigmática” y como “el hombre tras la cortina”, su vida personal permaneció protegida y los testimonios sobre ella son escasos. Incluso cuando anunció su retirada en 1968, después de presentar su última colección, concedió a ‘Paris Match’ la primera entrevista de su vida.
La paradoja está en que hoy su intimidad se encuentra rodeada de objetos, imágenes y documentos. El museo no intenta llenar los silencios de su biografía con una historia inventada. Los rodea de contexto. Permite conocer a Balenciaga a través del trabajo, de lo que sí decidió mostrar. Y en ese trabajo aparecen también otras personas.
La alta costura nunca fue una tarea individual. Los talleres de Balenciaga estaban organizados en diferentes especialidades y reunían a maestras y maestros de taller, oficialas, costureras y ayudantas. Las llamadas petites mains convertían las ideas del modisto en prendas.
La expresión resulta especialmente significativa en este contexto. Son manos que permanecen detrás del resultado final, igual que Balenciaga permaneció detrás de su propia imagen pública. El vestido terminaba ocultando tanto el trabajo de quienes lo confeccionaban como al hombre que lo había concebido.
El museo intenta recuperar también esa parte de la historia. Su investigación sobre las personas que trabajaron en los talleres permite ampliar la mirada sobre Casa Balenciaga y recordar que detrás de cada pieza existe una cadena de conocimientos, técnicas y oficios que rara vez aparecen cuando se habla de un diseñador.
Esa voluntad de mirar detrás de la prenda alcanza una de sus expresiones más interesantes en ‘The Givenchiaga Family’, la exposición que reúne el trabajo de Cristóbal Balenciaga y Hubert de Givenchy, de la relación entre ambos creadores y de las semejanzas que hicieron que fueran considerados por la prensa como una misma familia creativa.
Balenciaga y Givenchy se conocieron en 1953 y desarrollaron una relación marcada por la admiración y la amistad. Givenchy reconoció en Balenciaga a uno de sus grandes referentes y compartió con él una concepción de la elegancia basada en la precisión, la armonía y el conocimiento técnico. Tras la retirada de Balenciaga en 1968, parte de su personal y algunas de sus clientas pasaron a la casa Givenchy.
Las prendas pueden contemplarse de cerca, sin la distancia habitual de una vitrina. La proximidad permite detenerse en los tejidos, en los acabados, en las costuras y en las diferencias entre unas piezas y otras. Después de haber recorrido la exposición dedicada a Balenciaga, observarlas desde tan cerca permite entender la influencia como algo más complejo que una repetición.
El negro del museo acompaña todo el recorrido. No es un fondo neutro. Las salas tienen una oscuridad elegante y envolvente que hace que las prendas aparezcan con una intensidad especial. Los colores adquieren profundidad y las formas se recortan contra el espacio con una precisión casi escenográfica.
Hay algo sobrio, elegante y al mismo tiempo absorbente en la atmósfera del museo que encaja con el diseñador que se está descubriendo dentro. Balenciaga construyó una obra marcada por la depuración y la ausencia de exceso, y el espacio parece entender que, para mostrarla, también necesita apartarse.
La tercera exposición actual, ‘Vivre sa vie. Georges Dambier y la moda’, lleva la mirada hacia la fotografía y hacia la alta costura parisina de los años cincuenta. La muestra utiliza la obra del fotógrafo francés para reconstruir una época en la que la moda comenzó a salir de los salones y a encontrarse con las calles, los escenarios cotidianos y una nueva forma de representar a la mujer.
Y ahí aparece otra dimensión del legado de Balenciaga. Sus creaciones no quedaron encerradas en las casas de alta costura. Fueron fotografiadas, imitadas, estudiadas y reinterpretadas. Su influencia alcanzó a diseñadores contemporáneos y posteriores y terminó convirtiéndose en una referencia internacional para entender la evolución de la moda durante el siglo XX.

Coco Chanel llegó a considerarlo “el único modisto en el verdadero sentido de la palabra”. Christian Dior destacó su dominio del tejido. La admiración de Givenchy continuó esa cadena de transmisión y el museo la prolonga ahora a través de sus exposiciones, investigaciones y programas dedicados a conservar las técnicas de Casa Balenciaga.
La institución no se limita a guardar vestidos. Investiga cómo fueron hechos, quiénes los hicieron, qué tejidos utilizaron, qué relación tuvieron con otros creadores y cómo aquellas decisiones siguen influyendo en la moda. Incluso su programación formativa mantiene abierta la transmisión de los conocimientos técnicos asociados a los talleres.
Ese es el verdadero valor de una visita que empieza en Getaria y termina mucho más lejos. Porque el Museo Cristóbal Balenciaga no convierte la localidad en una simple parada biográfica dentro de la carrera del diseñador. Hace de Getaria el lugar desde el que volver a pensar su obra. El niño que aprendió el oficio de su madre, el modisto que conquistó París y el nombre que hoy forma parte de la historia internacional de la moda conviven en un mismo recorrido.
Balenciaga murió en 1972, pero su historia no terminó con él. La Fundación Cristóbal Balenciaga, constituida en 1999, trabaja desde entonces en la conservación y difusión de su legado, y el museo, inaugurado en 2011, ha convertido esa tarea en un espacio de exhibición y transmisión.
Al salir, queda la sensación de haber visto mucho más que una colección de vestidos. Queda la imagen de un creador que quiso desaparecer detrás de su obra y que terminó dejando una de las firmas más visibles de la historia de la moda. Queda la arquitectura de sus prendas, la precisión de sus tejidos, el trabajo de las manos que las hicieron posibles y la influencia que continuó viajando de una generación a otra.
Y queda Getaria. El pueblo frente al Cantábrico, las calles por las que pasó aquel niño antes de convertirse en uno de los grandes nombres de la alta costura. El lugar donde todo empezó y al que su legado ha regresado para ser contado. Porque Balenciaga quiso permanecer tras la cortina. El museo ha decidido abrirla para mostrarnos qué había detrás del nombre y de sus prendas.
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