Confinado con Montaigne

Confinamiento Covid19
Avalanchas, pensamientos, reflexiones

Puestos a tanta estadística, sería interesante conocer el porcentaje de personas que han optado por la higiene existencial durante el confinamiento. Práctica cuyo primer ejercicio habría consistido en acordonarse alejado del dispositivo móvil frente a los envíos tóxicos de whatsApp, y permitir que fluyera la llamada interior. Esa llamada que podría convertir el aislamiento en una experiencia purificadora, depurativa y sanadora, y que con toda seguridad podría contribuir a dar salida a ciertas preguntas, emprender iniciativas, y ayudar a superar lo que vendrá a continuación de este encierro. Que no se antoja poca cosa.

En el año 1571, Michel de Montaigne decidió encerrarse voluntariamente en su castillo y aislarse de la vida pública para meditar y escribir sus reflexiones y pensamientos sin ser consciente que estaba creando un nuevo género literario: El Ensayo, consiguiendo con su obra precisamente titulada así,  Los Ensayos, una recopilación de textos atemporalmente actuales que conectan con el lector a modo de consejero silencioso con el que meditar.

Recogida desde el segundo piso de su atalaya, la obra de Montaigne va abordando cuestiones esenciales como la amistad, la desigualdad, la incertidumbre, los hijos, la vanidad, la experiencia, o los libros, poniendo el foco en una realidad que no ha variado: la insignificancia y soberbia del ser humano que se cree superior a todo lo demás.

Mascarillas, no, mascarillas, sí. El dibujo es de Carlos Domingo. Foto: MAKMA.

Entre sus reflexiones, plantea poder superar esa soberbia, ensalzando la prudencia o la templanza como valores, y considerando la vida como un devenir continuo y susceptible a la evolución, no a permanecer inamovible, extremista o fanático aferrado a un punto.

De adolescente, Montaigne, asiste al horrendo espectáculo de la muerte, viendo a personas descuartizadas,  ahorcadas, decapitadas, o empaladas a causa de enfrentamientos, y vive la masacre de San Bartolomé (1572) en la que 8.000 personas murieron en plena guerra de religión de Francia. Estas experiencias que sin duda debieron marcarle, le reafirman como mediador en muchos asuntos delicados que desde su experiencia como alcalde de Burdeos demostraría con un liderazgo prudente y de temple siempre teniendo como precepto evitar que situaciones tan horrendas se repitieran una y otra vez.

Para la redacción de Los ensayos se le percibe a menudo arrollado por la energía de sus propios pensamientos. No es poca cosa pasar tantas inquietudes a papel, puesto que debían sobrevenirle como las avalanchas de preocupaciones que sepultan a cualquier ciudadano estos días en los que brotan tan intensamente que resulta casi imposible llevarlas a la literatura. Sus escritos, como nuestros pensamientos durante este confinamiento, -cuando la impotencia hace hervir la sangre- no tienen más orden que el fluir acelerado de las ideas, que a veces parecen no tener conexión pero la tienen, en el caso de Montaigne, salta de cita en cita literaria, apoyándose principalmente en sus autores favoritos, Séneca, Plutarco y Virgilio.  Para nosotros,  el salto de las ideas gira en torno al rol protector. Queremos encauzar la situación y abastecer las primeras necesidades, sin dejar de lado los proyectos vitales, empleo y sustento, y afrontarlos manteniendo a salvo la propia independencia en una sociedad cada vez más sujeta a los conceptos ‘productividad’ e ‘inmediatez’ frente al concepto ‘humanidad’.

En el libro II, capítulo XXI titulado Contra la holgazanería, Montaigne reflexiona con una referencia al Emperador Vespasiano que aquejado por la enfermedad que le mantiene en lecho de muerte, no deja de interesarse por el Imperio y despacha constantemente asuntos graves, hasta el punto que su médico le riñe porque con ello daña a su salud, a lo que Vespasiano contesta “Un emperador debe morir de pie”. Y continúa Montaigne en este capítulo, poniendo como ejemplo a Adriano, emperador que utilizó la misma frase en situación similar.

“Nada puede disuadir de manera tan justa, -continúa el texto de Montaigne- al súbdito de esforzarse y arriesgarse al servicio de su príncipe, para ver mientras tanto que él, haraganea en blandas y vanas ocupaciones, ni de atender a su conservación, como ver que se despreocupa por entero de la nuestra” […]

Aquí y ahora, las reflexiones fruto del confinamiento orientan el foco a nuestros emperadores-gobernantes, y más que gestos y promesas, se espera de ellos nobleza y esfuerzo para entenderse. La ciudadanía, llegado el punto de la solidaridad ha confirmado su valía una vez más. Solidaridad de la que hacen gala los sectores culturales de cualquier disciplina, que siempre cuenta entre sus filas a los primeros lanceros y poetas gladiadores en las trinchera de las buenas causas. Entre ellas, mantener entretenidos a muchos con sus actividades virtuales durante el encierro. Pero esto no es suficiente por parte de los protagonistas del sector cultural para reivindicar la valía de lo vocacional. Toca remar una vez más. Reinventarse nuevamente para remontar, una vez más.

Mascarillas no, mascarillas, sí. Dibujo de Carlos Domingo. Foto: MAKMA

En el libro I, capítulo XX, titulado La fuerza de la imaginación, Montaigne escribe […] “Ocurrido o no, en Roma o en París, a Juan o a Pedro, sigue siendo un aspecto de la capacidad humana, de la cual, el relato me advierte útilmente. Lo veo y aprovecho igualmente tanto si es una sombra como si tiene cuerpo. Y de las diferentes lecturas que con frecuencia admiten las historias, elijo utilizar la más singular y memorable. Hay autores cuyo fin es decir lo que acontece. El mío, si supiera alcanzarlo, sería hablar de lo que puede acontecer” […]

Y mañana, lo que puede acontecer será lo que seamos capaces de imaginar y hacer. Llegado el momento de echar mano de otras estadísticas, aunque atiborrados de ellas,  somos un país solidario, el de mayor número de donantes, y en cuanto a expectativa de vida somos los más longevos del mundo. Luchemos por lo que imaginamos que puede acontecer.  Hemos pasado de ser una nación de emigrantes, a no encontrar mano de obra en las labores agrícolas para la recolección de cosechas.

¿Qué harán nuestros hijos en el futuro si les permitimos dejar perder cosechas en lugar de levantar la mano prestos a recolectar las de todos aquellos que han sido nuestra despensa este tiempo?

¿Cómo permanecer libres?

¿Hacia dónde vamos?

Las cigüeñas han vuelto a anidar cerca de las ciudades.

Se vuelven a ver vencejos sobrevolando la urbe.

Vicente Chambó

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