#MAKMAArte
Carlos Correcher, ganador de la Beca Velázquez 2025-2026 del Ayuntamiento de València
Casa de Velázquez
Paul Guinard 3, Madrid
Jornada de puertas abiertas
1 de marzo de 2026
Carlos Correcher Merlos (València, 1992), artista residente en Casa de Velázquez durante el curso 2025-2026 gracias a la Beca Velázquez del Ayuntamiento de València, plantea en su proyecto una tensión fascinante entre la estética del motorsport –sinónimo de velocidad, precisión y eficacia extremas– y la representación, por contraste, de la lentitud y la precariedad, con el fin de explorar lo inacabado, es decir, aquello que sucede cuando las cosas se quedan a medias.
Licenciado en Bellas Artes y Máster en Producción Artística por la Universitat Politècnica de València, su práctica artística abandona los preceptos clásicos de la pintura para alumbrar un diálogo con la tecnología de vanguardia, apropiándose de los fundamentos y códigos visuales de la ingeniería –como la dinámica de fluidos computacional– para asentar un discurso que oscila entre los rigores del control digital y los desequilibrios de la naturaleza; entre la precisión matemática y los errores de la vida real.
De este modo, mediante el empleo de registros gráficos, digitales y escultóricos, Correcher muestra “esa conversación continua entre cosas aparentemente opuestas” con el fin de dar registro a lo que acontece y reivindicar, en consecuencia, todos los matices posibles que la eficacia sistemática suele descartar por defecto.
Tras la exhibición de su obra en la Galería Luís Adelantado (‘Todo lo que pasa’, 2022) y en colectivas como ‘Dream a Verse’ (Tuesday to Friday, 2022) y ‘PAM!PAM!’ (IVAM, 2017), su residencia en Casa de Velázquez –una “burbuja temporal de privilegio”, tal y como confiesa en esta entrevista– está permitiendo al artista valenciano expandir su lenguaje hacia el modelado 3D y la gráfica digital, territorios sometidos al frágil equilibrio de fuerzas que habita entre el cálculo y la intuición plástica del artista, centrado ahora “en reconfigurar esos códigos y conectarlos con algo más emocional”.
¿De qué manera utilizas la pintura como una herramienta para frenar o cuestionar las prisas de la vida actual, convirtiendo el proceso creativo en una forma de resistencia?
Aunque la pintura sigue siendo el núcleo de mi práctica, en este proyecto funciona como un elemento más dentro de un sistema amplio. Pintar implica otro tiempo y una acción que parece contradecir la temática y podría entenderse como un freno lógico dentro del proyecto. Sin embargo, no planteo su uso desde esa oposición tan directa.
Las piezas que estoy desarrollando parten de los test CFD (dinámica de fluidos computacional), que simulan cómo un flujo reacciona ante una forma y su superficie. En la ingeniería, para verificar esos datos en condiciones reales se emplea una resina fluorescente, o floviz, que hace visible el comportamiento del aire o del fluido sobre el objeto. Me interesa apropiarme de ese procedimiento para incorporarlo como parte de un lenguaje visual, un componente que convive con otros elementos dentro de un mismo sistema.
Aquí, el gesto pictórico no actúa necesariamente como resistencia, sino como una traducción o interpretación que rearticula las huellas visuales que deja esa –por llamarla de algún modo– cultura de precisión y control. Más que cuestionar o convertir el proceso en una postura de oposición, el trabajo se centra en reconfigurar esos códigos y conectarlos con algo más emocional.
¿Cómo conviven en tu proceso creativo el rigor casi tecnológico de la exactitud y la vulnerabilidad del error o el desajuste?
Creo que se trata de tomar conciencia de que ese diálogo se lleva a cabo constantemente; ambas cosas conviven todo el tiempo de diferentes maneras. Es verdad que por sus características es una gestión pesada, tensa, que no es en absoluto cómoda, pero es necesaria. Casi algo burocrático.
Para tratar un tema así dentro de un proceso creativo, me intento poner en una situación comprometida y olvidarme un poco de ser artista para conservar todo lo que veo fuera de este proceso e intentar reproducir esas sensaciones. No es pararlo todo en el estudio y hacer desde algo opuesto a un ritmo rápido y caótico, sino traerlo contigo a la práctica y traducir esa tensión dentro del proceso utilizando las herramientas a tu alcance.
Aunque tu base es la pintura, tu propuesta para esta residencia se abre a registros gráficos, digitales y escultóricos en 3D. ¿De qué modo dialoga la bidimensionalidad del lienzo con estas nuevas capas tecnológicas al intentar capturar esa sensibilidad contemporánea de la que hablas?
De una forma u otra, mi trabajo siempre ha tenido un origen gráfico o digital. La impresión y la animación o modelado 3D se han ido incorporando poco a poco dentro de mi práctica y, aunque puedo entender que se asocie esa idea de bidimensionalidad a una pintura o imagen, para mí nunca ha sido así. Al fin y al cabo, nuestro cerebro interpreta y almacena esa información por comparación y síntesis, porque es más sencillo.
Pero, a menudo, se pasa por alto que todo eso conlleva una experiencia que siempre es cognitiva, física, emocional. Creo que ese es el diálogo importante y que conecta con la necesidad de recopilar pistas de esa sensibilidad y que constantemente tendemos a pasar por alto.
Observando tu evolución artística, se percibe un interés sostenido por la composición y el espacio de trabajo como escenario de pensamiento. ¿Cómo ha transformado tu paso por distintos entornos creativos tu percepción sobre el gesto mínimo y su capacidad para modificar el desenlace de una obra?
Bueno, al fin y al cabo, la composición es inevitable. Ya se ha mencionado el origen gráfico dentro de mi trabajo antes. Por otro lado, el estudio es como un laboratorio. Puede ser un lugar de pensamiento o de rumia, pero ante todo, para mí, ha sido un lugar de acción. El proceso está consistiendo en prestar atención a lo que sucede fuera del taller para después trabajar con ello dentro.
Supongo que el gesto mínimo surge de ahí, de pensar mucho y hacer más todavía. Eso te lleva a soluciones prácticas que acaban siendo necesarias.
Frente a un mundo que idolatra lo pulido y lo funcional, tú reivindicas la fragilidad. ¿Es esta apuesta por lo precario una decisión estética o hay en tu trayectoria una intención política de dar visibilidad a aquello que el sistema de la eficacia suele descartar?
Ambas cosas son producto y consecuencia de un mismo sistema y, por tanto, igualmente visibles. Otra cosa es hacia dónde se dirige nuestra atención. El pensamiento de que toda luz arroja sombra es algo que creo que, por lo general, nos impide ver muchos matices. Lo que intento es no perdérmelos ni descartarlos a la ligera. No es apostar por lo precario, es mostrar esa conversación continua entre cosas aparentemente opuestas para ver qué ocurre.
Una residencia artística es siempre un ecosistema de influencias y tu proyecto en la Casa de Velázquez busca llevar la precisión al campo pictórico. ¿En qué medida el entorno y la tradición de este centro están dejando huella en esa búsqueda?
Es algo inevitable. El hecho estar en un entorno que permite dedicarte casi exclusivamente al trabajo artístico facilita mucho la concentración y la profundidad del proceso, aunque también lo condiciona. A veces, se convierte en una burbuja temporal de privilegio. Sin embargo, poder trabajar el tema del proyecto que desarrollo también me está permitiendo ser consciente de esto y querer aprovecharlo al máximo para nutrirme del entorno.
La Casa de Velázquez, como institución que históricamente ha apoyado las artes y la investigación, genera un contexto de exigencia y diálogo constante. Es un lugar donde la tradición convive con la experimentación. Trabajar aquí implica entender y asumir el peso histórico del lugar, pero también responder desde el presente. Es en ese equilibrio donde encuentro un terreno fértil como artista residente.
Tu trabajo parece situarse en un terreno fronterizo donde la imagen se construye entre el control y el desajuste. Tras esta etapa en Madrid, ¿hacia dónde crees que se encamina tu investigación plástica en relación con esa búsqueda de un lugar de diálogo entre polos opuestos?
Al principio de la residencia, me abrí a experimentar nuevos medios y formas que no había hecho antes, como la impresión 3D, pero enseguida comprendí que mi medio principal es la pintura y que toda la investigación iba a acabar de tener sentido en el medio pictórico. A veces parto de un render para seleccionar una serie de fotografías de archivo que me llevarán a hacer una pintura. Otras es un vertido de pintura que me lleva a generar una forma que intervenir después. Y así con todo. Al final, estoy llegando a un punto donde surgen ciertas sinergias entre la pintura y estos medios que estoy explorando.
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