Amaia Molinet

#MAKMAArte
‘La ideología del amor’, de Amaia Molinet
En el marco del programa ‘barriek’
Diputación Foral de Bizkaia
Sala Rekalde
Iparraguirre 21, Abando, Bilbao
Hasta el 6 de septiembre de 2026

Hay exposiciones que llegan tarde. O eso podría parecer a primera vista. ‘La ideología del amor’, la muestra que Amaia Molinet presenta en Sala Rekalde dentro del programa ‘barriek’ tiene su origen en una beca de artes plásticas concedida por la Diputación Foral de Bizkaia en 2018. Ocho años separan aquella ayuda institucional de esta exposición individual. Sin embargo, basta recorrer la sala para comprender que ese tiempo no ha sido una demora, sino el verdadero material con el que está construido el proyecto.

Sería difícil imaginar que Molinet hubiera presentado ahora las mismas piezas que comenzó a desarrollar hace casi una década. Entre una fecha y otra no solo han cambiado las circunstancias; ha cambiado, sobre todo, la artista.

Durante estos años, su trabajo ha atravesado residencias internacionales, investigaciones en distintos puntos de Europa y una evolución que ha ido desplazando progresivamente su interés hacia el paisaje entendido como archivo político, hacia la memoria histórica y hacia las formas en que el territorio conserva las huellas de los conflictos.

Si en trabajos anteriores ya existía una preocupación por el espacio y sus transformaciones, es a partir de 2022 cuando esa investigación adquiere una presencia decisiva y termina convirtiéndose en el eje central de su producción.

Por eso ‘La ideología del amor’ no debe leerse como la exposición derivada de una beca, sino como el resultado de un proceso de maduración. Lo que Sala Rekalde presenta es una fotografía bastante precisa del momento artístico que atraviesa Amaia Molinet.

La exposición, de dimensiones contenidas, concentra en un mismo espacio dos líneas de investigación que dialogan de forma constante. No existe un recorrido cerrado ni una secuencia narrativa; todas las piezas se ofrecen al visitante simultáneamente, obligándole a establecer relaciones entre ellas desde el primer instante. Esa convivencia resulta significativa porque revela cómo diferentes proyectos, desarrollados en momentos distintos, responden en realidad a una misma preocupación.

Vista de la muestra ‘La ideología del amor’, de Amaia Molinet. Imagen cortesía de Sala Rekalde.

El punto de partida son algunos de los grandes paisajes de la memoria europea. Molinet ha recorrido los búnkeres del Atlantikwall, la inmensa línea defensiva construida por el ejército nazi a lo largo de la costa atlántica, y también los spomenik, las monumentales esculturas conmemorativas levantadas en la antigua Yugoslavia, especialmente en Serbia, Croacia y Bosnia-Herzegovina. Son arquitecturas concebidas para perdurar, para fijar una determinada interpretación de la historia y para ejercer una presencia rotunda sobre el territorio.

Sin embargo, el interés de la artista no reside en documentarlas. Tampoco en reinterpretarlas desde una lectura estrictamente histórica. Lo que propone es preguntarse si todavía es posible mirar esos lugares desde otro lugar.

Durante la presentación pública de la exposición compartió un audiovisual que no forma parte del montaje expositivo, pero que ayuda a comprender el sentido de toda la investigación. En esa pieza no sucede prácticamente nada más que la observación de esos monumentos.

No hay narración ni intervención directa sobre las arquitecturas ni gestos performativos. Es la cámara quien construye el discurso. Los movimientos son lentos, el montaje rehúye cualquier espectacularidad y el tiempo parece expandirse hasta permitir que el espectador establezca una relación distinta con esas enormes masas de hormigón.

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La operación es aparentemente sencilla, pero profundamente eficaz. Los monumentos permanecen exactamente iguales; lo único que cambia es nuestra manera de acercarnos a ellos. Allí donde tradicionalmente se ha impuesto una mirada asociada a la monumentalidad, al poder o a la violencia, Molinet introduce una observación pausada, casi afectiva. No pretende borrar la carga histórica de estas arquitecturas, sino desplazar el punto de vista desde el que las contemplamos.

Esa misma tensión aparece trasladada a las esculturas presentes en la sala. Especialmente significativa resulta una gran estructura metálica que la propia artista relaciona con una esvástica diseccionada, descompuesta hasta perder la contundencia simbólica con la que reconocemos esa forma. Construida en acero y resuelta mediante un complejo sistema de fuerzas, la pieza sostiene parte de su volumen suspendido en el aire, haciendo que dos de sus extremos parezcan flotar sin esfuerzo.

Más allá del reto técnico, la escultura convierte la tensión en su verdadero material. Todo su equilibrio depende de fuerzas invisibles que compensan el peso de la estructura. Resulta difícil no establecer un paralelismo con las arquitecturas militares que aparecen en el resto del proyecto.

Si los búnkeres fueron concebidos para expresar estabilidad, dominio y permanencia, esta pieza habla precisamente de lo contrario: de un equilibrio precario, sostenido por relaciones de fuerza que apenas percibimos. La violencia deja de presentarse como una masa compacta para convertirse en una estructura susceptible de ser desmontada, observada desde otros ángulos y, quizá, comprendida de otra manera.

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Es precisamente ahí donde cobra sentido el título de la exposición. ‘La ideología del amor’ no propone una lectura sentimental de la historia ni una reconciliación ingenua con el pasado. El amor aparece aquí como una metodología, una forma de mirar. Una herramienta que permite aproximarse a unos lugares construidos desde la confrontación mediante gestos de atención, escucha y cuidado.

En un momento en que Europa vuelve a enfrentarse a discursos marcados por el miedo, la polarización y el resurgimiento de viejos fantasmas, el trabajo de Amaia Molinet evita cualquier respuesta grandilocuente. No levanta nuevos monumentos ni destruye los antiguos. Tampoco pretende imponer un relato alternativo. Su propuesta es mucho más sutil: modificar la forma en que nos situamos frente a ellos.

Quizá esa sea la mayor virtud de esta exposición: demostrar que la memoria no siempre se transforma añadiendo nuevas imágenes. A veces basta con aprender a mirar de otra manera.