Adú: deshumanización, dolor y supervivencia

Título: Adú
Director: Salvador Calvo
País: España.
Reparto: Moustapha Oumarou, Adam Naourou, Luis Tosar, Anna Castillo, Álvaro Cervantes, Miquel Fernández, Zayiddiya Dissou, Jesús Carroza, Ana Wagener…

Zayiddiya Dissou y Moustapha Oumarou en sus papeles de hermanos Alika y Adú.

La segunda película de Salvador Calvo tras «1898. Los últimos días de Filipinas» —ópera prima que generó polémica en el 2016 por tratar el mito de los soldados resistentes en la iglesia filipina de Baler— parece destinada a asentar definitivamente al director madrileño.

Ya metidos en harina con «Adú» es de obligada indicación que en el film convergen tres historias paralelas en el tiempo y que todas ellas tienen como telón de fondo la miseria, la deshumanización, la supervivencia y el continente africano.

Escena Adú. Con Anna Castillo y Luis Tosar.

Ahora bien, tanto la historia de la caza furtiva con Luis Tosar como defensor de los elefantes junto a su indisciplinada hija (Anna Castillo), así como la del juicio a la Guardia Civil melillense por la muerte de un refugiado congoleño en un salto masivo a la valla fronteriza, son meras comparsas bien dosificadas de la estremecedora historia principal que reside en la huida y éxodo de Adú (Moustapha Oumarou), un niño camerunés de seis años, primero con su hermana Alika ( Zayiddiya Dissou) y después con Massar (Adam Naourou), un chaval adolescente que le ofrece ayuda desinteresada y con el que traba dependencia y una sincera amistad.

Adú, el niño protagonista encarnado por Moustapha Oumarou.

La historia de Adú es tremenda, por desgracia más común de lo que debería y de lo que nos gustaría. No duden en olvidarse previamente de los parlanchines y charlatanes, muchos de ellos grandes «patriotas», y sus críticas negativas al cine español. Ni caso, es un orgullo que esta película sea española, le da mil vueltas a la gran mayoría de la cartelera, es profunda, tiene intriga, posee secuencias extraordinariamente conmovedoras, le pone rostro al drama de la inmigración, provoca solidaridad, empatía y es real como la vida misma, tanto como que 70 millones de personas se desplazaron en el 2018 a la búsqueda de un mundo mejor y la mitad eran niños.

Y por eso que su mensaje llega a lo más hondo del alma tampoco duden en llorar todo lo que haga falta, sin contención, con emoción. Seguro que no se arrepentirán de Adú.

Juanjo Mestre

Los comentarios están cerrados.