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‘De gorriones, migas de pan y sangre’, de Majo G. Polanco
Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Santander (MAS)
Rubio 6, Santander
Hasta el 8 de diciembre de 2026
“No soporto a la gente que no toma en serio la comida”, dijo Oscar Wilde. Y es que la supervivencia de cualquier especie pasa irremediablemente por el sustento alimenticio. Esa necesidad grabada en el ADN de cualquier ser vivo desde hace eones es un llamamiento a la naturaleza más primaria, donde los sentimientos quedan aparcados y es la visceralidad primigenia la que toma el control del organismo.
Pese a ello, cada especie es capaz de llevar ese llamamiento primario interno de maneras diferentes a la hora de saciar sus apetitos. En el reino animal encontramos especies como el oso polar o el leopardo, que prefieren cazar y alimentarse de forma independiente, sin compartir territorio ni presas.
En el otro extremo encontramos a los gorriones. Estas pequeñas aves altamente gregarias buscan constantemente un grupo o bandada, tanto para vivir como para buscar alimento y, por supuesto, para comer en compañía, haciendo suya la máxima que postuló el actor y humorista Groucho Marx: “El mejor banquete del mundo no merece ser degustado a menos que se tenga a alguien para compartirlo”.
Ese gregarismo social de los gorriones se ve desplegado en la exposición de la artista vasca Majo G. Polanco, ‘De gorriones, migas de pan y sangre’, que desde el pasado septiembre se encuentra en el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Santander (MAS).

La muestra gira en torno a dos grandes mesas (una instalación y una fotografía), representando cada una de ellas un acto de celebración e invitando de esta forma al espectador a una reflexión sobre la supervivencia diaria, la necesidad de sustento y, como apunta la historiadora del arte Marta Mantecón, “al anhelo de estabilidad y seguridad de cualquier ser vivo”.
La mesa performativa que ocupa el centro de la sala es el nexo de unión que existe entre el espectador, la artista y los comensales de este banquete: los gorriones. Esta instalación, decorada con los manteles y la vajilla de la artista, está preparada para acoger a 13 invitados alados.
Los gorriones comunes, representados en pasta cerámica, se encuentran camuflados entre los platos, copas y resto de decoración ornamental, dejando a la vista del público a 11 integrantes de la bandada, estando el dúo restante escondido a plena vista en distintas paredes de la sala expositiva. Ambos están con las alas en movimiento, lo que da a entender que se desplazan, acercándose al ágape que espera sobre la mesa.
Devolviendo la mirada al mueble protagónico de la exposición, vemos cómo los alados invitados deambulan, marcando con sus patitas en los tres manteles de diferentes épocas y haciendo clara alusión al paso del tiempo, mientras que con los colores blancos de la cerámica y los dibujos oscuros estampados en la vajilla resaltan lo importante de este symposium o banquete: la comida.
Un menú que dista mucho de ser sofisticado y moderno, pero como el chef Ferran Adrià apuntó con acierto: “La cocina es un lenguaje mediante el cual se puede expresar armonía, felicidad, belleza, poesía, complejidad, magia, humor, provocación, cultura”.
De esta manera, Polanco opta por entregar una comida más frugal para este banquete, donde el minimalismo culinario contrasta con la recargada decoración que ostenta la mesa, dando a los comensales alados un menú a base de pan y vino —recordando de nuevo el paso del tiempo—, pues estos dos elementos fueron los pilares (junto con el aceite de oliva) sobre los que se cimentó la alimentación de la humanidad hace más de 4.000 años en la cuenca mediterránea.
Los panecillos repartidos por la mesa han sido cocinados por la artista vasca a raíz de recetas antiguas, los cuales evocan a formas humanas con las que Polanco hace hincapié en la importancia de la nutrición y recuerda, como señala Mantecón, “nuestra propia fragilidad como seres vivos”.
El vino, por su parte, representa ese brindis que se realiza en cada cena de ámbito social o familiar, donde se juntan los comensales para continuar el vínculo establecido y rememorar historias pasadas.
Todo ello —los 13 comensales, la frugalidad de la comida, el pan, el vino— hace que nos recuerde a un lugar, un suceso y una obra por todos conocida: ‘La última cena’, de Leonardo da Vinci.
Todas estas referencias que deja marcadas Polanco en su instalación central coinciden con la fotografía que tomó hace ya 20 años para rendir homenaje al Centro de Arte Contemporáneo Internacional Espacio C de Camargo (Cantabria), ahora ya cerrado por la “desidia política”, señala Mantecón en el texto que acompaña a la muestra.

En esta instantánea de gran formato, Polanco emula la composición del clásico de da Vinci, pese a la introducción de varios cambios respecto al original, como el de la figura de la muerte en un segundo plano, o las distintas conversaciones que mantienen hombres y mujeres a lo largo de este banquete en el que nadie come.
A pesar de la diferencia temporal entre ambas obras, la artista multidisciplinar consigue que el diálogo entre ambas sobrepase la barrera del tiempo, consiguiendo que el pasado de la instantánea se instale en el presente de la instalación.
Dos décadas transcurridas hacen que diferentes conceptos se reinventen en el imaginario de la artista vasca, revisitando conceptos como el del comensal, el significado de compartir la mesa y los protocolos y normas que determinan quién puede formar parte de esos espacios, “evidenciando desigualdades presentes tanto en el mundo artístico como en la sociedad”, apunta Mantecón.
‘De gorriones, migas de pan y sangre’ consigue que el MAS se imbuya en la creación contemporánea siendo “un lugar de encuentro entre los artistas y los ciudadanos”, como subrayó la concejala de Cultura Noemí Méndez, quien concluyó su intervención invitando a “poner en valor nuestro patrimonio artístico y, al mismo tiempo, a incorporar nuevas miradas, lenguajes y propuestas capaces de hacernos pensar”.
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