Julio Pérez Manzanares. ‘Mitologías modernas: Ouka Leele & Co’

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‘Mitologías modernas: Ouka Leele & Co’
Comisario: Julio Pérez Manzanares
Sala Alcalá 31
Alcalá 31, Madrid
Hasta el 18 de octubre de 2026

“Acuérdate Bárbara
No olvides
Esa lluvia buena y feliz
Sobre tu rostro feliz
Sobre esa ciudad feliz”

Jacques Prévert, ‘Paroles’
Constelación de sueños hechiceros

La sala Alcalá 31, a escasos minutos del monumento a la diosa Cibeles, nos recibe coloreada de rosa como la fotografía de Bárbara Allende (Ouka Leele) ‘Rappelle-toi, Bárbara’, que es el centro de la exposición ‘Mitologías modernas. Ouka Leele & Co‘, comisariada por Julio Pérez Manzanares.

Ouka Leele, fascinada por la historia de Atalanta e Hipómenes, en junio de 1987, detuvo el tráfico de Madrid para convertir la fuente de Cibeles y su plaza en un inusitado y barroco jardín de las Hespérides.

A mediados del siglo XVIII, el monarca Carlos III emprendió una serie de transformaciones urbanísticas encaminadas a la modernización de la ciudad para convertirla en una gran urbe europea. La fuente de Cibeles, junto con las esculturas de Apolo y Neptuno, formaba parte del programa iconográfico del Salón del Prado.

El estilo escogido fue el neoclásico, un nuevo estilo que evocaba al mundo grecorromano y al Renacimiento y sustituía la exuberancia barroca por la sobriedad clásica. Se representaban los cuatros elementos: Cibeles simboliza la tierra y la fecundidad, Neptuno, el agua, y Apolo, el aire y el fuego.

La diosa, al principio, estaba acompañada de un oso y un dragón, símbolos de Madrid. Tiene en sus manos unas llaves para proteger a la ciudad y a su tesoro, ya que, en caso de robo, inundaría de agua los depósitos del Banco de España.

Desde hace unos años, es el lugar de celebración de victorias deportivas, pero bajo el signo de esta fuente mítica se cobijaron los anhelos de “los soñadores de la ciudad” en los años 80 del siglo XX. María Rosenfeldt cuenta que vivió su infancia rodeada de criaturas mitológicas de extraños nombres. Su madre, Bárbara-Ouka, era como Cibeles una diosa terrenal y etérea y sus “tíos mitológicos”, Ceesepe y El Hortelano, aire y fuego. Los tres formaron su propia constelación que hacía brillar lo invisible de lo real a través de la imaginación.

‘Mitologías modernas: Ouka Leele & Co’

Julio Pérez Manzanares (Segovia, 1983), doctor en Historia del Arte y profesor de Estética y Teoría del Arte en la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid, nos dice, de nuevo, rappelle-toi (recuerda) para que volvamos la mirada hacia un tiempo “verdaderamente mitológico”. Esta exposición nos descubre “la luz de los ausentes”, pintando de nuevo la historia de una edad de oro que, quizás, solo fue de bronce, como las manzanas que Ouka Leele ofreció al Ayuntamiento de Madrid para poder homenajear a la Cibeles y colorear su sueño.

‘Mitologías modernas’ reúne obras creadas en torno a 1987 de artistas de las dos generaciones que protagonizaron “el retorno a la pintura” durante esos años en la ciudad de Madrid. Las recordadas exposiciones ‘1980, Madrid DF’ o ‘Madrid, Madrid, Madrid’, sobre la Nueva Figuración, giraban en torno a jóvenes críticos e historiadores del arte que consideraban que se trataba de un arte hedonista movido por “el placer de la pintura” frente al arte más político de los años 60 y 70.

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En tu análisis de las obras de la exposición, la mayoría perteneciente a la segunda generación neofigurativa, partes de tres puntos: el retorno a la figuración mitológica, la trascendencia de la utilización de los relatos mitológicos y el interés político que despertaron.

Aunque el grueso de la exposición se centra sobre todo en esa ‘Segunda Generación’ (como serían Sigfrido Martín Begué, Dis Berlin, Costus o Carlos Forns Badá, entre otros), la primera tiene también una enorme presencia, ya que son ellos, en realidad, quienes inician esta tradición mitológica en la pintura, que vuelve como parte del retorno figurativo.

En este sentido, la presencia en la exposición de artistas como Guillermo Pérez Villalta, Alfonso Albacete y, sobre todo, Carlos Franco, como introductor de la mitología clásica en las obras neofigurativas de los 70, es fundamental. Me parecía muy difícil hablar de esa ‘Segunda Generación’ sin que estuviese presente la primera, ya que estos son los iniciadores de esa estética y temática que luego se volverá más popular y se mezclará con los lenguajes pop del diseño y los nuevos medios.

¿Cómo definirías a esta nueva historia del arte que nos propones? ¿A qué se debe que apenas se haya estudiado el arte de los 80 desde una perspectiva mitocrítica?

La novedad de este modo de mirar el arte de los 80 se encuentra solo en el hecho de que este, tradicionalmente, fue mirado por sus protagonistas. Ya durante los años 90, este arte era respaldado (o denostado) críticamente por los historiadores y críticos, como Ángel González, Francisco Calvo Serraller o Mariano Navarro, que habían estado implicados con los propios artistas y en la escena en la que ocurría. Eso hace que, inevitablemente, se produjera una especie de filiación autobiográfica.

En el caso del arte de los 80, además, ha estado muchas veces mezclado con esa etiqueta turístico-publicitaria de la Movida, que ya en su momento solo sirvió para jerarquizar entre los autores de galería y los jóvenes que se dejaban llevar por los aires de modernidad y la sensación que se creó de que todo el mundo podía ser artista en Madrid.

Prescindir de intentar reflejar ningún tipo de movida y ver qué es lo que cuenta realmente el arte de la época es lo que nos llevó a pensar que había toda una serie de temas –y, entre ellos, la mitología– que formaban parte de un buen número de los lenguajes de la época y que convenía rescatar. De hecho, ese propio ejercicio de mitocrítica parece reafirmarse con la mitología que acompaña a todas estas creaciones, como parte de la cultura madrileña de la Transición, y que a veces parece imposible escapar de ella.

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¿Podríamos encontrar una intención política en la utilización del arte para buscar un nuevo orden ciudadano? ¿La hibridación de lenguajes y técnicas entre la alta y la baja cultura es un signo de una revolución intencionada?

Originariamente, durante las vanguardias y postvanguardias hasta los 60, la hibridación de niveles culturales sí que poseía una idea de revolución del mundo del arte, enfrentándose al gusto, a los modelos tradicionales de presentación y exposición artística, etc. Pero, para los años 80, este modelo ya se sabe agotado –y asumido por el mercado–, y estos artistas, en particular en España, no lo utilizaron de forma premeditadamente política ya. Es más, precisamente esta idea de usar la hibridación como parte de la posmodernidad estética, más que como lenguaje crítico moderno, es lo que facilitó que fuesen tan bien asumidos por el sistema del momento.

¿Dónde reside lo nuevo, lo viejo o lo diferente que planteaba Fernando Castro Borrego en estos artistas y sus obras? ¿Y lo prestado?

Lo nuevo era, precisamente, el uso de los nuevos lenguajes heredados de los nuevos medios: del cómic, el cine, la fotografía… Lo viejo (y lo más tradicional, y más en un país como España, histórica y críticamente apegado a la pintura) era ese modo de pintar de artista clásico y de caballete. Lo diferente, el modo en que se discutían internacionalmente estas propuestas, entre la crítica posmoderna, por un lado, y los retornos al orden, por el otro, y que aquí se incorporó de forma estética como parte de la moda artística del momento a nivel internacional.

La tríada Ouka Leele, Ceesepe y El Hortelano, y el resto de artistas que se representan en la exposición, ¿podríamos decir que es creadora de una especie de mitopoesis cuyo lenguaje es la pintura? ¿Es su mitología doméstica el resultado de la búsqueda de una vanguardia perdida? ¿Cómo se convierte una mitología personal en colectiva?

Bueno, con la tríada de Ouka Leele, Hortelano y Ceesepe podríamos ver, más bien, cómo incluso aquellos lenguajes más modernos y rompedores (el fanzine, el cómic, la fotografía) acabaron, también, recurriendo en nuestro país a la pintura de caballete y al clasicismo para, podríamos decir, asentarse.

Efectivamente, la mística doméstica de Ouka Leele yo creo que es, también, una propuesta estética que trata de ser rompedora y nueva mirando al pasado. En este caso, a los mitos de la vanguardia y, especialmente, del surrealismo, que es la idea de vanguardia clásica que había quedado ligada a la idea del enganche internacional de España antes del franquismo, a través de algunos de sus máximos representantes (Picasso, Dalí, Mallo, Miró…). Es un modo, creo yo, de retomar ese hilo perdido.

La duda que plantea la exposición, por tanto, es si son tan personales los mitos como creemos o siempre son colectivos de partida. Yo creo que, aunque se leyeran como personales –como en el caso de Hipómenes y Atalanta en la fotografía de Ouka Leele–, no dejan de pensarse así, precisamente, porque esa idea también encaja con cierto modo de pensamiento de época, con el que se comunica.

'Herida como la niebla por el sol' (1987), de Ouka Leele
‘Herida como la niebla por el sol’ (1987), de Ouka Leele. Imagen cortesía de la Comunidad de Madrid.

El apogeo cultural de los siglos XVI y XVII en España, en el que la mitología clásica era fuente de inspiración, se le conoce como Siglo de Oro. ¿Podemos considerar que la efervescencia cultural de los años 80 supuso una nueva edad de oro? ¿Cómo se reinterpretan la historia del arte y los mitos?

Bueno, indudablemente, la edad de oro (que dio incluso título al programa de televisión de Paloma Chamorro) era la idea que existía sobre lo que ocurría en un país que se incorporaba, por fin, a las democracias occidentales y que, de algún modo, lo celebrara a través del arte y de la cultura.

Esta efervescencia cultural que se asocia con el momento –y que, obviamente, es constatable– es cierto también que, si ha cobrado tanta presencia, es porque había un claro interés político en que una España que se pretendía moderna, tras los años de la dictadura, contase con esa eclosión creativa que contrastara con los mecanismos de la dictadura (aislamiento, censura, represión artística…).

En realidad, también habían pasado cosas –y cosas muy importantes– durante los años del franquismo, especialmente cuando entró en el desarrollismo y en sus últimos años. Y pese a que, efectivamente, en los 70 y 80 se dio luz verde a una cultura española floreciente, también se hizo de un modo más estetizante que promoviendo, en realidad, un modelo que afianzara el papel del arte y los artistas en nuestro país. Se apostó por un modelo, yo diría, más estetizante y hasta decorativo, al hilo de los tiempos, que seriamente incorporado a los cauces de creación contemporánea.

Ese es, creo yo, el drama que ha acompañado también a esta generación: que se les hizo creer el mito del Madrid de la Movida, en el que todos podían ser creativos, vivir del arte y tener éxito, y luego la realidad, el mercado internacional y las estructuras débiles del arte en España se les impuso.

Lamentablemente, esto ha hecho que incluso muchos de ellos –como es el caso de Ouka Leele–, pese a tener una carrera de cuatro décadas, hayan quedado reducidos a “la fotógrafa de la Movida”, precisamente porque, en ese momento, tuvieron mucha relevancia y visibilidad porque interesaban como imagen de esa joven democracia, pero luego su trabajo no ha sido atendido con el mérito que realmente tiene, mucho más allá de esas circunstancias y etiquetas sociológicas e históricas.

Ana Rossetti nos recuerda que el mito de la Movida nace a la vez que la Comunidad Autónoma de Madrid. Surge un Madrid en tecnicolor habitado por una vanguardia de jóvenes que soñaba con recobrar un tiempo perdido. Ahora que han transcurrido cuarenta años, ¿podemos decir que es un tiempo mítico o un tiempo mitificado?

Como te indicaba, creo que tiene parte de ambas cosas. Por un lado, en el momento, indudablemente, todos estos jóvenes veían el paso a la democracia como una posibilidad maravillosa que les permitía desarrollarse de forma paralela al panorama internacional.

Pero también es cierto que ese mismo impulso, que convertía la época en mítica por su carácter histórico y excepcional, se mitologizó (política y mediáticamente) tanto en su momento como posteriormente, dando lugar a mitos como el de la Movida o los 80, que ahora se reclaman como espacios de libertad, etc., cuando, no podemos olvidarlo, el propio programa de ‘La edad de oro’ fue cancelado de TVE por denuncias relacionadas con los contenidos transgresores que emitía.

¿Cuáles serían las mitologías modernas del arte español del siglo XXI?

¡Vaya! Pues no sabría decirte, la verdad. Como historiador, estoy más acostumbrado a mirar al pasado que al futuro. Creo que el presente en el mundo del arte, como en todo, es lamentablemente desesperanzador. Pero se siguen haciendo cosas, y para mí eso es lo importante.

El gran mito del arte contemporáneo (y lo digo en el sentido más positivo que el término mito puede tener) sigue siendo, no obstante, su empeño en aparecer y hacerse visible en un mundo cargado de imágenes, con la intención de cambiar la realidad o, por lo menos –y no es poco en los tiempos que corren–, ayudarnos a entenderla o hacerla algo más habitable.

Julio Pérez Manzanares, comisario de la exposición 'Mitologías modernas: Ouka Leele & Co' en la Sala Alcalá 31. Foto: Jonás Bel, cortesía de la Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid.
Julio Pérez Manzanares, comisario de ‘Mitologías modernas: Ouka Leele & Co’ en la Sala Alcalá 31, junto a dos obras de Costus presentes en la exposición. Foto: Jonás Bel, cortesía de la Comunidad de Madrid.