Tide of Returns. Ocean Space | TBA21-Academy

#MAKMAArte
‘Repatriates Collective. Tide of Returns’
Ocean Space | TBA21-Academy
61 Bienal de Venecia
Hasta el 11 de octubre 2026

Hay exposiciones que se visitan y exposiciones que se atraviesan con el cuerpo. ‘Tide of Returns‘ es de las segundas, y lo sabe antes de que uno lea la primera cartela: el suelo de la antigua iglesia de San Lorenzo deja de ser piedra veneciana y se convierte en arena. Una duna ocupa la nave entera y descoloca la arquitectura del lugar.

Parte de esa arena viene de las tierras de Noeleen Lalara, en el Golfo de Carpentaria, y su sola presencia en la 61 Bienal del Venecia basta para desestabilizar cualquier lectura previa. El cuerpo entiende antes que la cabeza que algo se ha movido de sitio, y no solo unas obras de arte.

Sobre la duna hay miles de pequeñas figuras hechas con conchas y textiles: las Dadikwakwa-kwa, vinculadas a las mujeres Warnindilyakwa. TBA21-Academy, en Ocean Space, con comisariado de Khadija von Zinnenburg Carroll, las presenta como autorretratos de sus creadoras, y funciona: cada figura tiene nombre propio y exige que uno se agache a mirarla de cerca. Pero es al alejarse cuando la pieza se vuelve otra cosa.

Miles de individuos minúsculos, vistos juntos, producen una presencia colectiva que ninguna de ellas tendría por separado. Cuanto más pequeña la figura, más grande la multitud que consigue formar.

La segunda imagen de la muestra es la más potente: el vídeo de las mujeres Warnindilyakwa en la orilla de Groote Eylandt, agachadas, buscando entre las conchas que deja la marea. Las vemos seleccionar el material, coserlo, vestir las figuras, disponerlas para el viaje. Antes de partir reciben la bendición de las mujeres mayores.

Ese gesto cambia el estatuto de todo lo que hay sobre la duna: estas piezas no llegan como objetos sueltos, llegan con la memoria de quien las hizo, y tratarlas como si fueran solo objetos es no haber entendido ‘Tide of Returns’.

Esa secuencia –el mar deposita, las manos recogen y transforman, la comunidad bendice, el objeto viaja– es la columna vertebral de la muestra. Lo que en San Lorenzo parece un objeto terminado es, en realidad, la punta visible de un proceso mucho más largo, donde territorio, saber y comunidad siguen atados entre sí.

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Groote Eylandt, aquí, no es solo el lugar donde ocurre una práctica artística. La noción de Country implica una relación con el territorio que es a la vez social, espiritual, histórica y ecológica. El mar da alimento, pero también materiales y relatos; la orilla es donde lo que la marea deja puede reconocerse y transformarse.

Buscar conchas requiere saber leer el territorio. El objeto existe antes de tener forma. Y la producción es colectiva de un modo que importa: el saber se transmite mirando, repitiendo el gesto, contando la historia que va con él. Mantener viva esa práctica no es solo conservar una técnica; es sostener un modo de relacionarse con la tierra que la historia colonial intentó, y en muchos casos consiguió, cortar.

La instalación traduce todo esto en experiencia sin caer en la ilustración literal: hay arena real de Groote Eylandt bajo los pies, las figuras ocupan la antigua iglesia de San Lorenzo, el sonido y el vídeo añaden otras capas de tiempo. Y el espacio tampoco es un lugar neutro: su historia carga siglos de comercio, fe, imperio, gente y mercancías moviéndose de un sitio a otro. Que un fragmento de Country entre en ese edificio pone en contacto dos historias de desplazamiento que no tienen el mismo origen ni el mismo peso.

Ahí está el nervio de la muestra. Nace de la investigación del Repatriates Collective sobre cómo las comunidades indígenas reclaman objetos culturales retenidos en instituciones europeas. En el caso Warnindilyakwa, hay un antecedente concreto: en 2023, el Manchester Museum devolvió 174 bienes de patrimonio cultural a la comunidad, tras años de reclamación. TBA21-Academy coloca ese caso junto a otros procesos de restitución en curso y lo trata como una cuestión sin cerrar, con aristas políticas, jurídicas y también emocionales.

Pero la exposición evita la trampa fácil de presentar la devolución como final feliz. Su pregunta de fondo es otra: qué pasa con los vínculos que se rompieron cuando el objeto salió de la comunidad que le daba sentido. Devolver un objeto no es solo moverlo de vuelta desde una vitrina europea a su lugar de origen; es preguntarse qué se perdió por el camino y qué hace falta para reconstruir esa relación.

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No se trata de volver atrás como si nada hubiera pasado, el viaje deja marca, y esa marca sigue ahí incluso cuando el objeto regresa. Hacerla visible, más que borrarla, es lo que permite trabajar con ella.

Esto toca un punto incómodo para el concepto de museo tal como es conocido hasta ahora. Buena parte de su autoridad se construyó sacando objetos de su contexto, clasificándolos, guardándolos, integrándolos a un sistema de conocimiento que no era el suyo.

‘Tide of Returns’ le pone fricción a esa lógica: estas figuras llegan cargadas de su territorio, y tratarlas como piezas autónomas de museo sería, otra vez, quedarse con la mitad de la historia. El museo deja de ser el lugar donde las cosas se quedan quietas para convertirse en un punto de paso: materiales que viajan, saberes que se transmiten, comunidades que reclaman.

La arquitectura de la muestra convierte esta idea en experiencia física: uno camina junto a las figuras, rodea la duna, escucha las voces, y se encuentra dentro de un paisaje trasladado que sigue perteneciendo, en un sentido real, a otro lugar. La playa funciona como metáfora precisa de esta condición: es zona de paso entre tierra y mar, en movimiento constante, donde nada vuelve exactamente igual a como se fue. El mar separa territorios y a la vez es el único modo en que ciertas cosas pueden viajar entre ellos.

Por eso la imagen final de las mujeres frente al horizonte, después de terminar las figuras, se queda pegada a la retina. No se sabe qué miran ni qué piensan, y no hace falta inventarlo: la fuerza de la imagen está en la tensión misma, en unas manos que hicieron algo muy pequeño y muy concreto sentadas frente a una extensión de agua que separa y, al mismo tiempo, es el único camino posible. La instalación no habla de un territorio lejano de forma abstracta: lo trae aquí, a través de la materia, el sonido y los cuerpos que la recorren.

‘Tide of Returns’ no cierra la pregunta de la restitución con un lazo. No finge que devolver objetos resuelve una historia de extracción. Desplaza la discusión de la propiedad –de quién es el objeto– hacia la relación: qué historias lo acompañan, qué sabe transportar, qué pasa cuando vuelve a cruzarse con la gente y el territorio de los que salió.

El retorno que de verdad importa aquí no es el de las cosas, sino el de los vínculos que esas cosas hacen visibles otra vez. Las figuras cruzan una distancia sin soltar la memoria del lugar del que vienen. En la orilla las construyeron juntas; en San Lorenzo miran hacia un horizonte que la muestra deja, con acierto, abierto.

Queda flotando una pregunta incómoda para cualquier museo: qué significa conservar si conservar no puede ser solo inmovilizar objetos, sino dejar que sigan circulando los saberes y las voces que los sostienen. ‘Tide of Returns’ no la responde. Y ese es su mayor logro: consigue que miles de figuras diminutas den la medida real de todo lo que todavía falta por devolver.

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