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La herida y la cuerda
MAKMA ISSUE 09 | ‘La cultura como necesidad’
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2026
En un documental que aún se puede ver en YouTube, Manuel Molina, la mitad justa del dúo Lole y Manuel, contaba que un día en un estudio de grabación vio al otro lado de la pecera a un célebre cantaor que desafinaba más de lo que permitiría cualquier convenio.
Después de cada patinazo, la reacción del técnico era la misma: “¡No te preocupes, que luego se arregla en la mezcla!”. Cansado de oír la misma fórmula balsámica ante cada fallo, el también miembro del grupo Smash se levantó y preguntó: “¿Aquí cuándo coño se dice ‘ole’?”.
Los debates a la lumbre del flamenco son de miga chiclosa y corteza mataencías desde las décadas que estrenaron el siglo XIX y tienen aún al género partido: no hay acuerdo entre artistas, críticos, puristas y la revuelta afición. Se podría decir que el flamenco es un género filósofo, verborreico, un borbotón de palabras sobre lo que es o lo que no es, sobre lo que fue y lo que debería ser.
Se sabe poco de su origen porque la documentación disponible eran un puñado de referencias traídas por Estébanez Calderón, Demófilo –el padre de los Machado– y alguno más, aunque las nuevas investigaciones van arrojando luz sobre el fenómeno y sobre todo aclarando inventos y malentendidos.
Siendo tan individual, el flamenco, lo que devuelve a quien lo atiende es el retrato de una memoria colectiva. Aunque, como apunta el crítico flamenco e investigador Manuel Bohórquez, “en la historia del flamenco casi todo es mentira”. Este siempre se ha analizado desde un punto de vista emocional y sentimental.
Hasta el punto de que Manolo Sanlúcar decía que el flamenco lo habían contado los poetas y los aficionados, pero no los músicos. Por eso, a la memoria del género le falta rigor y le sobra leyenda. ¿Se ha superado esa consideración del flamenco como un trance místico más que como música?

Y ¿qué opinan los músicos, si, como señala Arcadi Espada, los flamencos hablan poco de sí mismos? ¿Qué es de un sector que ha vivido en buena medida del turismo de palmas a destiempo y guiris deslumbrados por el centelleo y la oscuridad de voces y guitarras?
¿Permanecen los debates de siempre: si el flamenco gitanea más o menos; si una ciudad fue más importante que otra en la universalización del duende; si el músico flamenco debe acostumbrarse a vivir en el perímetro vallado de un estilo so pena de excomunión? ¿Hay hoy en día verdadera creación o predomina la copia?
De lo poco que queda claro es que el flamenco es un arte andaluz, con aportaciones de danzas, músicas y acentos de otras regiones, de dentro y fuera de España. Un compás, un duende, un pellizco que conforma el código de barras de una disciplina que, pese a algunas oposiciones, se aprende como toda maestría.

También se sabe que desde el principio se cobijaba la idea de negocio en el que gitanos y jambos encontraban la manera de ganarse la vida en teatros, primero, cafés cantante, después; y para los extranjeros, siempre, en los mismos lugares y en academias donde venían a aprender, a cantar las heridas y dominar las cuerdas.
La forma de contar las interioridades de esta historia es lo que se llama estilo y cada historia tiene el suyo correspondiente. Ya Quiñones advertía: “Con todos los autores del siglo XIX hay un temor al deterioro del flamenco, a estar viviendo los últimos tiempos. En lo que consideramos ahora la edad de oro ya había quejosos diciendo que estaba todo echado a perder”.
Para Antonio Gades, el flamenco era un extracto de fuego y veneno. La Piriñaca decía que cuando cantaba a gusto le sabía “a sangre”. “El cante bueno duele”, se tituló un documental sobre la saga de los Morao. “El flamenco se canta con faltas de ortografía”, aportaba Rancapino.

Para Juanito Valderrama, se trataba de tener sello, aunque fuera de Correos. Luis Torres Joselero (cuñado del guitarrista Diego del Gastor) lamentaba que nadie lo tuviera, “porque todos los modernos no cantan más que por los cantes cogidos de los antiguos, de los cantaores que han muerto ya. Pero ¿sello? Ninguno. Ni letra ni música ni na”.
Esta remembranza lleva a recordar a otro Juan, que, en una entrevista, con un tímido respeto que agrandaba la mirada, recordaba cómo era su padre, al que tuvieron que hacerle más grande el nombre para que cupiera dentro todo su conocimiento, sus grabaciones (más de mil), su leyenda y su herencia. Juanito. Juan Valderrama ataja: “He sido cantante pop, he sido cantautor, pero el flamenco siempre ha sido mi vida. Yo digo que soy católico, apostólico y flamenco”.
Hay que imaginar la llegada de cantaores y bailaores a nuevas ciudades, con sus maletas de cuerda y muy repeinados todos ellos. Las luces de algunas capitales aún no estaban encendidas para todos y la gloria quedaba muy lejos entonces.
Pero a algunas plazas llegaron incluso antes de que lo hicieran los empresarios, como a Japón. La primera, en 1929. Era la Argentina, nacida en Buenos Aires. Salió a escena con piano y castañuelas para interpretar un tango andaluz, para diferenciarlo del argentino. Aún existen allí más de quinientas academias donde se puede aprender flamenco.
Y como ya hicieron los flamencos, llevando el arte entre sus pertenencias, el flamenco seguirá, que va y que viene, hasta que al fin encuentre, como un mar, la playa que está buscando.

