La irresistible cultura

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La irresistible cultura
MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2026

“Ya no existe el ‘mundo’ que pretendía ayudar a reconstruir.
Pero la Acrópolis del espíritu griego se alza como un símbolo de fe
sobre el valle de muerte y destrucción
que por segunda vez en la misma generación
atraviesa la humanidad doliente.
En este libro esa fe de un humanista
se ha convertido en contemplación histórica”

Werner Jaeger, ‘Paideia’, ‘Los ideales de la cultura griega’

“En el universo del utilitarismo, en efecto,
un martillo vale más que una sinfonía,
un cuchillo más que una poesía,
una llave inglesa más que un cuadro:
porque es fácil hacerse cargo de la eficacia de un utensilio
mientras que resulta cada vez más difícil entender
para qué pueden servir la música, la literatura o el arte”

Nuccio Ordine, ‘La utilidad de lo inútil’

Recordaba su sonrojo el historiador del arte Ernst H. Gombrich, en su libro ‘In Search of Cultural History’, al escuchar las palabras de un taxista de Londres en 1969: “I hate the word culture, he said, in what I can only describe as a most cultured voice, I hate the world culture, but…” (“Odio la palabra cultura, dijo, con lo que solo puedo describir como una voz sumamente culta, odio el mundo cultura, pero…”) .

Cuando pronunció esas frases enigmáticas, ambos estaban comentando que la ciudad estaba abarrotada de gente y el taxista culpaba de este exceso a la falta de atractivos culturales en otras poblaciones más pequeñas. Intentando comprender su animadversión y pensando en sus propias circunstancias vitales, Gombrich entendió que el término se había viciado por las connotaciones que evocaba en su país y en su tiempo. 

Me llama la atención que, en la edición en español de 1977, la obra de Gombrich se tradujo por ‘Breve Historia de la Cultura’, título que no revela esa idea de búsqueda del desarrollo de una historia cultural. La palabra hate se traslada como “me carga”, aunque también podría traducirse como odio, rechazo o aversión. Y cultured,como “refinada”, que puede referirse a cultivada o culta; cualidades que no necesariamente van unidas al refinamiento.  Y al hablar del sentido del vocablo tainted, aparece como “fatídico” en lugar de corrompido o contaminado. 

Aquel hombre no solo hablaba de un concepto, lo que le enfadaba era la utilización de una palabra. El quid estaría en esos puntos suspensivos que finalizaban la expresión de ese sentimiento tan profundo y que parecían dar a entender que la cultura era imprescindible e inevitable.

Una charla intrascendente había logrado tambalear los pensamientos de una persona que dedicó su vida a la cultura. Un revolucionario que planteó nuevos caminos en el estudio de la Historia del Arte, disciplina a la que describió como “forja de llaves maestras para abrir las misteriosas cerraduras de nuestros sentidos”. Pero sobre todo le impulsaba su fe en los valores de la cultura para transformarnos en mejores seres humanos. 

Portada de MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’, realizada por el diseñador José Antonio Campoy.
Portada de MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’, realizada por el diseñador José Antonio Campoy.

En 1992, Ernst H. Gombrich quiso agradecer el doctorado honoris causa concedido por la Universidad Complutense de Madrid en latín, como ciudadano de la “República de Las Letras”. Recordó que, en sus años de estudiante en Alemania y el Reino Unido, los estudios de humanidades estaban en peligro; y, en un tiempo en el que Europa volvía a ser sacudida por la guerra, deseó que la Historia del Arte sirviera de antídoto “contra el pecado mortal de la arrogancia, contra esa negación de la hermandad entre los hombres”.

Gombrich sostenía que sabemos a qué nos referimos cuando decimos cultura, pero creo que casi sesenta años después sigue siendo difícil alcanzar un consenso en su significado, ni siquiera en su valor o importancia. Seguimos perdiendo los matices en la traducción.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española recoge varias acepciones de la palabra cultura. La primera hace referencia al cultivo. La segunda, al conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico, cuyo sinónimo es la educación o ilustración. Y, la tercera, al conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.; equivalente a la civilización.

Y menciona de forma separada la cultura popular como manifestación de la vida tradicional. La palabra cultura implicaría entonces cultivar, educar, civilizar y expresión de vida. En su raíz etimológica, colere, encontramos otros significados que la determinan: habitar, proteger o venerar.

Raymond Williams, pionero de los estudios culturales, nos decía en su obra fundamental de 1976, ‘Keywords: A Vocabulary of Culture and Society’, que la palabra cultura era una de las más complejas del idioma inglés no solo por el propio desarrollo de los idiomas europeos, sino por su uso desde diversas disciplinas y en líneas de pensamiento “incompatibles”. Esa palabra que consideraba “difícil” despertó su interés por la dualidad de su uso en el ámbito especializado y el general.

Williams describía la cultura como algo común, ordinario, que forma parte de cada persona y de cada sociedad. Y, por lo tanto, es dinámica, formada por la conjunción de tradición y novedad, de significados y experiencias colectivas y personales. En este sentido, Williams sostenía que se utiliza la palabra cultura tanto para referirnos a una forma de vida global como a los procesos creativos desde las artes y el conocimiento, pero que a él le interesaban las dos y en especial su conexión, porque es ahí donde se puede descubrir su verdadero sentido. 

Tras estudiar Historia del Arte y Museología, en los años 90 dediqué varios años al estudio de las políticas culturales europeas. Podría decirse que cambié los manuales de Gombrich por los de Williams sin haber logrado asentar bien los conocimientos, pero me entregué con convicción a esa disciplina nueva para mí.

Se acababa de presentar el informe de la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo de la UNESCO ‘Nuestra diversidad creativa’, en el que se planteaba la necesidad de revisar las políticas culturales y la relación entre la cultura y el desarrollo. De nuevo, la diferente concepción de los dos términos determinaba el debate sobre el papel que debería ocupar la cultura: instrumento o finalidad. A finales de 2025, se publicó el informe mundial de la UNESCO sobre políticas culturales con un título llamativo: ‘La cultura: el ODS ausente’. 

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Si la cultura es un bien común, un derecho fundamental y un recurso, ¿es posible alejar la cultura de la vida? Asistimos con mayor o menor pasividad a que se la relegue a los márgenes y a que en los momentos de crisis social, política o económica se convierta en arma arrojadiza o se cuestione su esencialidad reduciendo sus presupuestos.

Vivimos desde hace tiempo en ese “mundo entero como lugar extraño” del que nos hablaba Nestor García Canclini hace más de una década y precisamos, más que nunca, que la cultura nos lo traduzca como nos advertían Jacques Derrida y Édouard Glissant. 

Antonio Monegal utiliza una hermosa metáfora: la cultura es “una caja de herramientas” donde podemos encontrar diversos utensilios para reparar el mundo. Creo que también es un costurero, a veces con los hilos enredados, al que acudimos para unir nuestras entretelas.