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La cultura como horizonte: habitar el territorio
MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2026
Si hubiera que reducir un paisaje hasta su mínima expresión despojado de elementos superfluos, seguramente estaría compuesto por dos franjas. La superior: un cielo azul ligeramente nublado, con algunos cirros y cúmulos. La inferior: un campo de color verde; es decir, una suerte de horizonte.
Esto recuerda a la imagen que se popularizó al ser incluida por Microsoft como fondo de escritorio por defecto en su sistema operativo Windows XP, allá por el año 2001. Se trata de un ejemplo de paisaje amable y previsible, asociado explícitamente con la felicidad.
Precisamente, ‘Felicidad’ fue el título de la imagen en la versión en español (en inglés, ‘Bliss’). La fotografía fue tomada en el valle de Napa Country, en California (UTM: 38.250124,-122.410817) por Charles O´Rear en torno al año 1996, como podría haber sido tomada en cualquier otro sitio campestre del planeta.
Ese límite que llamamos horizonte es el arquetipo más elemental del paisaje, una suerte de refugio visual que algunas ciudades han perdido en su carrera hacia la verticalidad. El rascacielos excede esa línea de cielo o skyline y ofrece, desde la altura, la mirada privada a un paisaje del que están privados todos los demás.
València adolece de una perspectiva elevada que la encuadre precisamente como ciudad. Al contrario que en la ‘Vista y plano de Toledo’ (1610), de El Greco –que muestra la ciudad representada tanto desde un cigarral como en un mapa–, la capital del Turia adolece de una montaña o montículo, por ejemplo, de un cerro desde el que ver Madrid, un Parc Güell o un Tibidabo desde el que otear Barcelona o alguna de las siete colinas romanas. También, incluso, de la ilusión de una Torre Miramar.
Por ello, la cultura es necesaria, porque el paisaje es una construcción cultural, y toda nuestra vida transcurre en uno. El paisaje no es lo de ahí afuera, sino el resultado de mirar a nuestro entorno de una determinada manera y vivirlo de forma altamente experiencial. Necesitamos la cultura para cuestionar las propias construcciones sociales, para dejar de ser un conjunto de infraestructuras funcionales y convertir la ciudad en un espacio a escala humana.
La cultura en la ciudad actúa como un catalizador de empatía y supone un tomar perspectiva de todas sus capas superpuestas. La cultura es necesaria para comprender, por ejemplo, el motivo por el que los restos de la València romana, visigoda y árabe del recinto arqueológico de la Almoina se encuentran subterráneos.
Esas capas superpuestas caracterizan a las urbes europeas, y en cada uno de esos estratos que la integran existe un horizonte entendido como una meta permanente, de algún modo inalcanzable y utópica, pero que proporciona la certidumbre y seguridad de que permanecemos sobre la corteza terrestre.

Encima de la ruina y el escombro, al margen de las similitudes con cualquier otra ciudad del mundo, toda metrópoli precisa –hoy, especialmente– de un fuerte vínculo con el territorio, no solo la mirada superficial y exprés de la persona que busca el paisaje sin entender el país. El paisaje es una construcción cultural, también social; en definitiva, humana. La ciudad necesita la cultura para trascender su propia artificialidad y artificiosidad, dos aspectos que conviven en un jardín.
El jardín es un lugar artificial, resultado de una domesticación humana de la naturaleza que la convierte en controlable, limitada, segura y cerrada. Este aislamiento se erige como un requisito indispensable en la metrópolis actual, siendo lo eremus representado por el cemento y el asfalto, y lo horridus por la ciudad en general, por el desorden, o el riesgo, especialmente, el tráfico motorizado, que encarna el peligro de las oscuras selvas y las alimañas de antaño.

Dicho aislamiento, que permite una correcta experiencia del lugar, viene dado en el Central Park neoyorkino por el muro perimetral. En el caso de los jardines ingleses, era común emplear el ha-ha, una barrera vertical hundida, una especie de foso, que actuaba como límite no visible y que ofrecía una vista ininterrumpida del paisaje. En el caso de València, la delimitación la configura el pretil y el hundimiento característicos del Parque Metropolitano del Turia, vestigios de su antiguo pasado como cauce fluvial.
Por lo general, la composición paisajística del jardín urbano responde a un criterio estético popular, vinculado con la sostenibilidad y lo medioambiental de manera funcional, pero también con un subyacente e innegable deseo de habitar una suerte de paraíso terrenal, como el jardín del Edén, lugar ideal, sin topos.
Tomando cierta perspectiva cultural, no debemos negar a la carretera su carácter autónomo. J. Brinckerhoff Jackson afirmó el propio título de su ensayo que ‘Las carreteras forman parte del paisaje’ (2011). Gozan, además, de un estatus de lugares, no solamente de trayectos que conducen a lugares, además de resaltar su papel fundamental en nuestras vidas como metáfora de nuestra propia trayectoria en la tierra.
Para ello pone como ejemplo, en la página 15, los disturbios antirracistas acaecidos en Los Ángeles en 1992 donde, paradójicamente, se respetaban los semáforos en rojo, transcendiendo las normas de la carretera a las de “cualquier orden político o económico”.
En definitiva, entre el horizonte mínimo y la complejidad estratificada de la ciudad, entre el jardín domesticado y la carretera indómita, se despliega nuestra forma de habitar el mundo. Mediada por la cultura, nuestra cotidianeidad urbanita reclama la cultura como necesidad, porque no existe paisaje sin lectura ni ciudad sin relato: ambas construcciones nos construyen.
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