Lonja del Pescado

#MAKMAArte
‘Diálogos trazados’
Xavier Monsalvatje y Manuel Galdón
Comisariado: Guillermina Perales
Lonja del Pescado
Paseo Almirante Julio Guillén Tato s/n, Alicante
Hasta el 4 de octubre de 2026

Habitamos un mundo repleto de energía, de la cual se alimenta para poner en danza la vida. De manera que la energía –extrayendo de la Wikipedia una de sus definiciones posibles– sería la “propiedad o atributo de los cuerpos o sistemas materiales en virtud de la cual éstos pueden transformarse modificando su condición o estado, así como actuar sobre otros originando en ellos procesos de transformación”.

Por eso decía el escritor Gustave Flaubert, en sus ‘Cartas a Louise Colet’, que lo que constituye la fuerza de una obra de arte es su “empalme”, es decir, “una larga energía que corre de un extremo a otro y que no flaquea”. El artista, en este sentido, vendría a ser aquel que, habitado por esa misma energía, lejos de desfallecer ante los numerosos cantos de sirena que generan nuestro malestar en la cultura, hace de empalme para que esa misma energía fluya, en lugar de interrumpirse a causa de cierto pesimismo antropológico.

Por las venas de Manuel Galdón y Xavier Monsalvatje cabalga esa energía. Energía que verán ustedes correr de un extremo a otro de la Lonja del Pescado, gracias al fructífero encuentro de sus respectivas obras en la cuarta edición del ciclo expositivo ‘Diálogos’. Una energía, cabe añadir, similarmente comprometida, cuando similar quiere decir no idéntica, sino que bebe de unas mismas fuentes creativas.

Energía, por tanto, comprometida en el doble sentido de su acepción. Ambos artistas no cejan en su empeño de vivir comprometidos con su arte, dedicándose en cuerpo y alma a la tarea de dibujar espacios por donde esa energía fluya, incluso allí donde esta manifiesta cierta carga de negatividad. Y comprometida en su otra significación emparentada con el riesgo, del mismo modo que se habla de una situación comprometida.

Imagen gráfica de la exposición ‘Diálogos trazados’, de Xavier Monsalvatje y Manuel Galdón, en La Lonja del Pescado de Alicante.

A partir de ahora, trataremos de dibujar el perfil de la energía de la que ambos se nutren, al tiempo que estableceremos sus distintas formas de sentir el riesgo al que se ven abocados en su comprometida tarea. Porque, digámoslo ya de entrada: al igual que el mundo está repleto de energía, también los sujetos que lo habitamos poseemos una energía ciega y brutal golpeando nuestra conciencia –el psicoanalista Sigmund Freud la llamó pulsión de muerte–.

Tenemos así, por un lado, la energía creativa de la que tanto Galdón como Monsalvatje se sirven para transformarse ellos mismos haciéndose preguntas, al tiempo que, fruto de su creatividad, generan, en otros, similares procesos de transformación.  Y, por otro lado, en tanto que artistas conocedores de esa otra energía destructiva que nos habita y agita el mundo, van dejando en sus creaciones las huellas de aquello que la existencia misma contiene como reflejo del ímpetu energético.

Veremos que, así como Manuel Galdón, para explicar esa energía de la que se nutre en sus dibujos, adopta muchas veces los postulados taoístas relativos al flujo natural de la vida, Xavier Monsalvatje, sin dejar de experimentar con esa energía que, en su caso, brota de la tierra, el barro o el fuego, diríase inclinado a revelar la energía destructiva que anida en el abuso de poder; términos estos –abuso de poder– que el filósofo Michel Foucault calificaba de pleonasmo.

La energía que aflora en los trabajos de ambos artistas tiene un origen común: su afán por buscar en las propias formas con las que trabajan –ya sean el dibujo, la ilustración o la pintura sobre papel, en el ámbito de la animación o a través de la cerámica– aquello que se oculta a la vista o a la percepción más superficial.

Obra de Manuel Galdón, en la exposición ‘Diálogos trazados’. Foto: Juan R Peiró.

Galdón, de hecho, se refiere al momento o el lugar “en el que una imagen empieza a respirar y cobra vida”, salvándose así de la solidez que vendría a embalsamar la imagen. El filósofo Friedrich Nietzsche lo explicó de forma meridiana, según lo cita Roland Barthes en ‘El placer del texto’: “Lo permanente no existe más que gracias a nuestros groseros órganos que resumen y reúnen las cosas en planos comunes, mientras que nada existe bajo esta forma. El árbol es a cada instante una cosa nueva; afirmamos la forma porque no aprehendemos la sutileza de un movimiento absoluto”.

Aprehender la sutileza de ese movimiento, diríase que es la tarea que se impone Manuel Galdón, para quien lo especialmente relevante estaría en el espacio que hay entre las cosas, “donde lo visible y lo invisible se encuentran”. Sería un error confundir lo invisible con cierto más allá metafísico, puesto que en su obra todo salta a la vista. O, mejor dicho: es la vista la que debe de saltar por encima de lo obvio, con el fin de adentrarse en los matices que el artista pone delante de nuestros ojos.

Galdón los llega a denominar “gestos energéticos”, que es tanto como apuntar, de nuevo, a la energía del trazo con la que él hurga en ese flujo natural de las cosas. Por eso el artista huye de la comunicación a simple vista. El modelo comunicativo asociado a los medios audiovisuales de masas –Galdón fue ilustrador para Disney durante 20 años– no se ajusta a su talante creativo, siempre enfocado a ilustrar aquello que vibra entre el mensaje clarividente y el enigma que lo rebasa.

Es en este sentido que se refiere a la “alquimia del gesto”, a “cómo la energía interna se vuelve imagen”. La aglomeración de personas que se observa en algunas de sus obras –ya sea contempladas en picado, contrapicado o mirándonos directamente a los ojos– están ahí dando fe de la energía que las envuelve, como cuerpos –recordemos la definición de energía– que “pueden transformarse modificando su condición o estado, así como actuar sobre otros originando en ellos procesos de transformación”.

Diríase que a Manuel Galdón le interesa tanto la energía desplegada durante el proceso creativo, como el efecto que dicha energía puede provocar en el espectador. Es más: su proceso creativo no está al servicio de una imagen que el espectador consumirá pasivamente, sino que –he ahí su anhelo– tiene más que ver con el temblor de quien percibe aquella sutileza nietzscheana del movimiento.

De ahí la interrogación del propio artista: “¿Qué hace que a veces una obra sea un campo energético más que una ilusión óptica?” En la obra de Galdón, más que la imagen como trampantojo, lo que interesa es la verdad que anida en el interior de la propia imagen, que, en su caso, es una suerte de comunión mística con aquello que opera invisiblemente en cada trazo, o entre cada trazo; como si estuviera a punto de emerger, en medio de esa selva de líneas, algo mágico.

Obra de Xavier Monsalvatje, en la exposición ‘Diálogos trazados’, en La Lonja del Pescado de Alicante.

El caso de Xavier Monsalvatje es parecido en lo que respecta al tratamiento de la energía que conlleva su práctica creativa. Él, como Galdón, también aspira a que en su obra aflore aquello remoto relacionado con la alquimia del gesto, con las transmutaciones de la materia. Es como si, mirando al pasado, tratara de repercutir en el presente la sabiduría acumulada de tantos artesanos.   

“Me considero ceramista, mucho más que artista gráfico”, le contará a Tátylla Mendes en la revista MAKMA (9/9/2024), añadiendo después que mucha gente “no sabe que yo modelo, ni que hago las maquetas, ni que he hecho los contenedores”. Lo recuerda porque, después de todo, es trabajando con los materiales como Monsalvatje se hace eco de esa misma invisibilidad aducida por Galdón y que, en su caso, tiene que ver con una serie de objetos pretéritos por él rescatados o –cuando menos– puestos a salvo de su perecimiento por falta de memoria.

Por eso en su elocuente serie ‘Forgotten landscapes’ (‘Paisajes olvidados’), se refiere precisamente a esa necesidad de rescate como un intento de “reflejar, o quizás detener mediante la plástica, aquello que fue y todavía prevalece, aunque se quiera ocultar o enterrar”. Monsalvatje no hace otra cosa que insistir en la búsqueda de cuanto ha perecido, o está a punto de perecer, con el fin de darle una nueva vida.

Para ello, no duda en extraviarse mientras realiza ese viaje en el tiempo dando forma a vasijas, jarrones, platos o azulejos, ya sea mediante azul cobalto o pigmento negro sobre pasta blanca. Y no lo duda, porque, en sus viajes a ese pasado forjado a partir del barro, la tierra o el fuego, más que rememorar tiempos pretéritos a base del copiado, lo que hace es perderse en ellos para que emerja lo insólito.

Que en cierto momento haya recordado Monsalvatje al ‘Moby Dick’ de Herman Melville, para subrayar ese carácter insospechado de la práctica artística –de su conmovedora practica artística–, no está de más, puesto que en aquella famosa novela se alude a la frenología como mapa para comprender los procesos narrativos, cuando “los lugares verdaderos nunca lo están”.

De hecho, no hay mapa que valga cuando de lo que se trata es de explorar territorios que, por muy trillados, siempre dan lugar a experiencias singulares como las sentidas por Monsalvatje y trasladadas a su obra. La energía con la que él trabaja viene de lejos, limitándose el artista a ponerse a su escucha, como hacían los indios de las grandes praderas. Una energía milenaria de la que se nutre quien hace de su práctica artística un ejercicio de propedéutica mental.

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Sin embargo, si de la energía como aliento poético, común a Galdón y Monsalvatje, pasamos a la energía como destilado de sus respectivos trabajos, podemos observar sutiles diferencias. Al fin y al cabo, ambos son artistas interrogativos al modo en que el filósofo José Antonio Marina entiende el propio concepto de pregunta: “Es la constancia de un vacío que necesito o quiero llenar” (‘El talento para preguntar’, en josenantoniomarina.net)

Por vacío entiéndase aquí la sensación que a todos nos invade alguna vez de perder pie en la realidad; de sabernos poseídos por una suerte de vértigo ante lo incomprensible. Ese vacío, en el caso de Galdón, comparece allí donde sus dibujos surgen repletos de figuras o personajes que, por muy compactados entre sí que se hallen, muestran la perplejidad de lo que no termina de cuajar; de lo que no acaba de suturar la herida que se adivina en el fondo del paisaje que ocupan.  

De esta forma, el propio artista recurre al binomio “comunidad o enjambre” para referirse a esa dualidad entre el vacío que se quiere llenar y su persistente quiebra. Por eso alude a estas dos interrogaciones puestas una frente a la otra. Así, se preguntará a lápiz en uno de sus bocetos para ‘Púlpit dicotòmic’: “¿Por qué hay veces que te sientes profundamente unido a los demás cuando estás solo?” Y, a continuación, lo siguiente: “¿Por qué a veces te sientes profundamente solo cuando estás rodeado de gente?”

Mediante una melé de figuras, Galdón no deja de postular en sus dibujos sobre los cuerpos y sus movimientos la contradicción inherente al hecho mismo de existir, sintetizada en la famosa copla popular: “Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio, contigo porque me matas, sin ti porque me muero”.

Diríase que Manuel Galdón apunta con sus “gestos energéticos” al centro mismo de tamaña contradicción, dibujando figuras como si fueran la adición de sí mismas en una suerte de identidad colectiva –el enjambre por él aludido–, dejando a un tiempo cierto aire entre ellas, pese al barrido de sus movimientos, como muestra de la soledad que impide su disolución en el grupo.

Esa amalgama de dependencia e independencia, que Galdón manifiesta en algunas series de sus dibujos, hace que en todo momento emerjan en su obra las cuestiones en torno al vacío como misterio. De hecho –dirá el propio artista–, es “el espacio entre las cosas” lo que propicia que “lo visible y lo invisible se encuentren”, dotando a sus trabajos de aquello que formulara San Agustín: “Me convertí en un enigma para mí mismo” (Libro IV de ‘Las Confesiones’).

Vista de la exposición ‘Diálogos trazados’, de Xavier Monsalvatje y Manuel Galdón. Foto: Juan R Peiró.

Galdón le sigue la pista a ese enigma mediante “una mezcla de ternura y desasosiego”, que él localiza en un “pensamiento que todavía vibra emocionalmente”, caracterizando así su vacío como un “espacio de relación” entre lo que descorazona y lo que, no obstante, conlleva un amable pálpito interior. Y es así como sus dibujos suenan a cuerdas de guitarra que él afina, creando mediante la reverberación de sus trazos un mapa sentimental de emociones contradictorias. 

Xavier Monsalvatje, tal y como tituló en 2014 una de sus más sugerentes series, ’11 años en peligro permanente’, diríase siempre a lomos de ese peligro, que él no deja de dibujar a lo largo de su intensa práctica cerámica. De manera que la pregunta, a modo de vacío por el que uno se cuestiona queriéndolo llenar, es, en su caso, un vacío en el que tienen cabida a un mismo tiempo la angustia y el humor que vendría a paliar el drama de la existencia.

Aquel peligro atisbado hace ya 12 años, no ha dejado de estar presente en la obra de Monsalvatje a lo largo del tiempo. Por sus piezas de loza y porcelana iban, entonces, desfilando escenas de políticos, a los que parecían darles cuerda el propio engranaje mecanizado de la sociedad posmoderna.

También había manos industriosas alimentando con ahínco las tuberías de un sistema angustioso, expresionista, alienado. De hecho, persiste Monsalvatje en la recreación de paisajes industrializados severamente automatizados, en los que se perciben los agujeros de lo real que se abren a causa del totalitarismo de la política y sus asfixiantes tentáculos tecnológicos.

La alargada sombra de George Orwell planea, de una u otra forma, en su minucioso trabajo, queriéndonos llevar, de la mano de la cerámica, por ese mundo al borde del abismo que el autor de ‘1984’ describe por culpa de tamaña contaminación de la política más extrema.

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“Las urbes”, dirá Monsalvatje refiriéndose a su ‘Laboratorio de coordenadas’, “aparecen cercadas por un horizonte claustrofóbico: ciudades imaginarias fuera del espacio y del tiempo”. He ahí, resumida, la dialéctica entre el vacío como angustia –derivado de los desmanes políticos– y el vacío como anhelo de lo muerto que vendría a renacer bajo los cascotes de lo inmundo.

Por eso él se afirma en la búsqueda de la energía que aún palpita en medio de las ciudades alienadas, siguiendo en esto a otro de sus autores más referenciados, Franz Kafka, cuando, en una carta a su amigo Oskar Pollak ­–historiador del arte checo–, dijo que la literatura y, sin duda, el arte en general, debía de ser “el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”.

De manera que, a pesar del paisaje urbano que Monsalvatje muestra en su trabajo cerámico –paisaje dominado por grandes chimeneas humeantes, carros y aviones de combate, seres de gran poder avasallador, víctimas a su vez del poder irreflexivo que empuñan, y gran aparataje tecnológico–, lo cierto es que, si algo nos puede salvar, a juzgar por la obra de Monsalvatje, es el propio acto creativo destinado a conservar la belleza allí donde todo apunta hacia su destrucción.

En este sentido, podríamos decir que tanto Manuel Galdón como Xavier Monsalvatje, tomando caminos diferentes, confluyen en su forma de utilizar el estilo como estilete con el que extraer la energía de los objetos transformándolos, al tiempo que nos transforman a quienes nos acercamos a sus obras. Que lo consigan o no ya es otro cantar vinculado, precisamente, con la música que vibra en sus trabajos.

Y es que, recobrando las palabras de Flaubert en otro pasaje de sus ‘Cartas a Louise Colet’, “en el estilo es como en la música: lo más hermoso y lo más raro que hay es la pureza del sonido”. En las producciones de Galdón y Monsalvatje, más que de pureza hablaríamos de la energía que ambos procuran destilar en sus dibujos para que el espectador sienta la rareza de lo hermoso: el mar helado que, dentro de nosotros, se va derritiendo para que emerja lo auténtico.