#MAKMAArte
‘Cuerpos geométricos’
Comisaria: Estela Solano
Chillida Leku
Jauregi Bailara 66, Hernani (Guipuzkoa)
Hasta el 26 de octubre de 2026
¿Cómo permanece viva la obra de un artista cuando ya no puede crear una sola pieza más? La pregunta no es menor. Cualquier museo dedicado a un único creador corre el riesgo de convertir su legado en un relato cerrado, perfectamente explicado y, con el tiempo, previsible. Mantener viva una obra exige precisamente lo contrario: volver a formular preguntas, descubrir nuevas lecturas y permitir que cada generación encuentre en ella motivos propios para regresar.
Ese parece ser el horizonte que se abre en Chillida Leku con el inicio de una nueva etapa impulsada por Mikel Chillida. Lejos de buscar una ruptura con el pasado reciente, el museo propone un reajuste de su mirada: devolver el protagonismo absoluto a la obra de Eduardo Chillida sin renunciar al diálogo con la creación contemporánea. La exposición ‘Cuerpos geométricos‘, comisariada por Estela Solano, constituye la primera manifestación pública de esa voluntad.
Durante la visita guiada a la muestra, Solano resumía esa filosofía con una frase tan sencilla como reveladora: “Queremos centrarnos en la obra de Eduardo Chillida, pero abrir relaciones tanto con artistas contemporáneos locales como internacionales”. No se trata de incorporar artistas invitados como un elemento accesorio ni de convertir el museo en un espacio de exposiciones temporales ajenas a su identidad. El propósito es otro: utilizar esos encuentros para seguir investigando la obra de Chillida y demostrar que continúa siendo un territorio fértil para el pensamiento contemporáneo.
La idea no resulta ajena al origen mismo de Chillida Leku. Mucho antes de convertirse en museo, este lugar fue un proyecto imaginado por el propio Eduardo Chillida. Tras su estrecha relación con el galerista Aimé Maeght y después de conocer de cerca la Fundación Maeght, donde artistas de distintas disciplinas convivían e intercambiaban ideas, el escultor comenzó a imaginar un espacio que permitiera mostrar su obra en diálogo permanente con el paisaje y con la arquitectura que habían alimentado su pensamiento.
No aspiraba únicamente a conservar sus esculturas. Quería dejar al mundo un lugar desde el que pudiera comprenderse que toda su obra nacía de una experiencia concreta: la del País Vasco. Aunque las preguntas que atraviesan su producción –el espacio, el tiempo, el límite, la gravedad, la luz o el vacío– poseen una dimensión universal, Chillida nunca ocultó que su pensamiento se había construido desde una cultura, una lengua y una manera de habitar el territorio profundamente vinculadas a Euskadi.
Durante la visita, Estela Solano recordaba una imagen que el propio escultor utilizó para explicar esa relación. “Yo soy un árbol que produce ramas”, decía Chillida. La metáfora resume con precisión su forma de entender la creación: unas raíces firmemente ancladas en la tierra vasca capaces de extenderse hacia cualquier lugar del mundo.

La historia reciente del museo ayuda también a comprender el momento actual. Tras las dificultades económicas que llevaron al cierre de Chillida Leku durante varios años, la incorporación de Hauser & Wirth en 2019 supuso una profunda revitalización del proyecto. Aquella etapa fortaleció su proyección internacional, impulsó una programación ambiciosa y modificó también la relación con el entorno.
“Hauser & Wirth nos enseñó la importancia del público local”, explicaba Solano durante el recorrido. La afirmación encierra un cambio significativo. El museo dejó de entenderse únicamente como un destino para visitantes internacionales y comenzó a trabajar para que quienes viven a pocos kilómetros sintieran Chillida Leku como un patrimonio propio. La eliminación de la verja de acceso fue uno de los gestos más simbólicos de esa transformación: el visitante descubre el caserío Zabalaga, el paisaje y las esculturas antes incluso de cruzar la entrada.
Sin embargo, la nueva etapa impulsada por Mikel Chillida introduce ahora un matiz importante. No supone un rechazo del trabajo realizado junto a Hauser & Wirth, sino una evolución natural. Algunas de las propuestas desarrolladas durante esos años llevaron el diálogo con artistas contemporáneos hasta ocupar un lugar central en la programación. La experiencia amplió considerablemente los horizontes del museo, pero también puso de manifiesto una realidad evidente: la inmensa mayoría de quienes atravesaban la puerta de Zabalaga seguían llegando para encontrarse con Eduardo Chillida.
La respuesta no ha sido reducir la ambición del proyecto. Ha consistido en devolver a Chillida el centro de gravedad del museo. Los artistas invitados continúan presentes, pero ya no desplazan el relato principal. Lo enriquecen. Lo cuestionan. Lo iluminan desde perspectivas inesperadas.
Es, precisamente, esa estrategia la que articula ‘Cuerpos geométricos’, una exposición que plantea una de las relecturas más sugerentes de la obra de Eduardo Chillida de los últimos años. La muestra parte de una observación aparentemente sencilla: la presencia constante de la esfera y el cubo en su trabajo. Sin embargo, nunca aparecen como formas geométricas perfectas. Son instrumentos para pensar.
“No sabíamos hasta qué punto Eduardo Chillida utilizaba los cuerpos geométricos”, explicaba Estela Solano. “Investigando su obra, descubrimos que la esfera y el cubo aparecen de manera constante, pero siempre transformados por la naturaleza y por el propio proceso escultórico”.
En Chillida la esfera recuerda más a un planeta, a una célula o a una gota de agua que a una figura matemática. El cubo tampoco permanece intacto: se convierte en el punto de partida para explorar el interior de la materia. Son formas que nacen de la naturaleza y regresan continuamente a ella.
Esta lectura permite comprender uno de los grandes cambios de su trayectoria. Tras sus años de formación en París y, especialmente, después del viaje que realiza a Grecia en 1963, su escultura comienza a abandonar la idea de objeto para convertirse en arquitectura. No en una arquitectura funcional, sino en una arquitectura del vacío. Las piezas dejan de ocupar simplemente un espacio y empiezan a construirlo.
El hierro contiene lugares. El alabastro deja de ser únicamente una piedra translúcida para convertirse, como decía el propio Chillida, en “luz concentrada”. La escultura deja de entenderse como volumen para comenzar a pensarse desde el espacio interior que genera.
Es en ese momento cuando aparecen obras como ‘Casa del poeta’, ‘Elogio de la arquitectura’ o ‘Lo profundo es el aire’, piezas que anticipan uno de los proyectos más ambiciosos de toda su carrera: Tindaya. Lejos de interpretarlo únicamente como una intervención paisajística, Solano proponía entender aquel proyecto como la consecuencia lógica de toda una investigación escultórica.
Después de años excavando el interior del alabastro, Chillida imaginó dar un paso más: vaciar directamente el interior de una montaña. No añadir materia. Retirarla. Convertir el vacío en la verdadera escultura.
Ese pensamiento encuentra un contrapunto especialmente interesante en las obras de Nora Aurrekoetxea y Larry Bell, los dos únicos artistas invitados. La elección no responde a una voluntad de establecer similitudes fáciles. “No buscamos un monólogo”, afirmaba Solano. “Un diálogo necesita también diferencias”.
La presencia de Nora Aurrekoetxea resulta especialmente reveladora. Su escultura ‘Aulki Bat’ parte de una silla para hablar del cuerpo, de la memoria y de los saberes transmitidos entre generaciones. El acero convive con el cabello trenzado, un material ajeno al universo de Chillida pero profundamente cargado de significado. Mientras la escultura de Chillida se inscribe en la gran tradición del siglo XX, marcada por el peso y la monumentalidad, Nora introduce una dimensión más relacional y cotidiana. Sin embargo, ambos coinciden en algo esencial: la importancia del conocimiento artesanal como forma de inteligencia incorporada a los materiales.
La conversación con Larry Bell transcurre por un camino diferente. Si Nora dialoga con la materialidad de Chillida, Bell lo hace con la luz. Sus esculturas de vidrio tratado mediante deposición metálica cambian constantemente según la posición del espectador y las condiciones lumínicas. Para Chillida, en cambio, la luz posee un arraigo territorial.
No es casual que eligiera el alabastro frente al mármol. En aquel material encontraba la posibilidad de expresar la luz gris del Atlántico, tan distinta de la claridad mediterránea descubierta durante su viaje a Grecia. Dos maneras radicalmente distintas de abordar una misma cuestión y, precisamente por ello, profundamente complementarias.
Durante nuestra conversación telefónica, Mikel Chillida insistía en una idea que ayuda a comprender el sentido de esta nueva etapa. El objetivo no consiste en actualizar artificialmente a Eduardo Chillida, sino en demostrar que sus preguntas siguen abiertas. “Lo contemporáneo es muy difícil que deje de ser contemporáneo cuando las preguntas siguen sin respuesta”, afirmaba. El tiempo, el espacio, la materia o el vacío continúan siendo cuestiones esenciales. Seguimos midiéndolas, pero todavía no sabemos realmente qué son.
También explicaba que el futuro del museo pasa por recuperar obras poco vistas, renovar los recorridos expositivos y seguir generando nuevas conversaciones alrededor del pensamiento de Eduardo Chillida sin perder nunca el centro de gravedad del proyecto: su obra.
Quizá ahí resida la verdadera aportación de ‘Cuerpos geométricos’. La exposición no pretende ofrecer una interpretación definitiva de Eduardo Chillida. Tampoco convertirlo en un artista contemporáneo, porque nunca dejó de serlo. Lo que consigue es algo mucho más valioso: demostrar que su trabajo continúa produciendo pensamiento.
Volver a Chillida no significa mirar hacia atrás. Significa descubrir que las preguntas esenciales siguen esperando respuesta. Y esa posibilidad de regresar a una obra conocida para encontrar en ella nuevos interrogantes constituye, probablemente, la mejor prueba de que el legado de Eduardo Chillida permanece plenamente vivo.
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