¿Es la cultura un antídoto o un arma? La cultura como necesidad

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¿Es la cultura un antídoto o un arma?
MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2026

Hace unos días escuchaba a un hombre por la calle hablando por teléfono. Decía: “Quieren luchar contra la verdad, contra la razón, y por eso pierden todas las batallas. Quieren imponer su batalla cultural, pero la pierden”. Me parecía interesante la conversación, peculiar, cuando menos, hablar con ese énfasis y mencionar la “batalla cultural” un domingo por la tarde en una conversación telefónica.

Continuaba el hombre: “Perdieron la guerra civil española porque luchan contra la naturaleza humana y contra el sentido común; por eso pierden’’. Ahí me golpeó la realidad. Qué miedo. Qué tristeza. Pero vamos a desgranar esta terrible afirmación. ¿Es la cultura una herramienta de guerra? (La respuesta, ya la sabemos, es sí). ¿Existe una dicotomía entre cultura y naturaleza, es decir, se opone lo cultural a lo natural? ¿El sentido común a qué comunes se refiere?

Cuando hablamos de cultura, entramos en un marco ambiguo. La principal confusión viene por su uso metonímico: decimos cultura refiriéndonos a las artes. Es lógico, cuando la gestión de los recursos para el sector artístico viene desde el Ministerio de Cultura, la Conselleria de Cultura, el Institut Valencià de Cultura o cuando la ‘Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales en España’ se centra en evaluar la relación de la población con los productos artísticos. Pero la cultura no es solo la producción y consumo de arte.

La cultura es el conjunto de prácticas y símbolos que identifican a una comunidad, y no necesariamente son artísticos; son, en su mayoría, prácticas y símbolos cotidianos; son transmisores de los principios, los valores y la ideología de esa comunidad.

La batalla cultural es un hecho. Una ideología sobrevive y se reproduce por su calado en la cultura; por eso, en los regímenes totalitarios, las decisiones inmediatas son quemar libros, censurar obras y autores, derribar estatuas, levantar otros monumentos, prohibir ciertas lenguas, bailes, músicas, las concentraciones en la calle, etc. Aquellos sistemas de gen colonialista que no son capaces de convivir con otros sistemas operan desde el imperialismo y la homogeneización cultural, porque toda expresión de la vida, por naíf que parezca, reproduce una ideología.

Además, la suerte de la batalla cultural es que puede avanzar de manera muy silenciosa, casi sin ejercer violencia, casi sin que nos demos cuenta. Es lo que vivimos en Occidente con la imposición del inglés como lengua global, la generalización de la estética Ikea en el diseño de interiores o la hegemonía de la estética yanqui sobre nuestros cuerpos. La batalla cultural es la estrategia más silenciosa y seductora de sometimiento.

Volviendo a la conversación que mantenía el fascista del domingo: “Impondrán su batalla cultural”, como si no hubiera ya una batalla más que latente, propiciada por un sistema que se beneficia de nuestra alienación y necesita al pueblo bien homogeneizado, sin fisuras ni disidencias.

Portada de MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’, realizada por el diseñador José Antonio Campoy.

¿Por qué, si hablamos de feminismo, educación sexual o representación racial, estamos imponiendo una batalla cultural? Aquí podemos detectar la siguiente confusión: la falsa creencia de que lo cultural es una perversión de lo natural. Esta creencia se da en personas que no detectan los engranajes de su propia cultura y la confunden con el funcionamiento natural de lo humano. Son las mismas personas que creen que la ideología es lo del otro y lo propio es sentido común.

¿No será el sentido común otra falacia que funciona como un mecanismo disciplinario? ¿Puede existir un sentido común? Vivimos en un mundo común –eso es innegable–, un mundo basado en la biodiversidad que, en su interdependencia, es la que permite que la vida siga su curso. El único sentido común, en todo caso, es perpetuar la vida. Por eso, sostener un argumentario basándose en el sentido común es de una capacidad de reflexión muy pobre. Es utilizar la ignorancia como arma política. No saber o no querer saber que las propias decisiones también están condicionadas por una ideología.

Esa fundamentación biologicista la vemos más a menudo en los argumentarios conservadores. Si nos vamos al ala progresista (haciendo autocrítica), encontramos la misma reducción en el sentido contrario: la cultura como antídoto. La mítica frase del cantautor americano Woothie Guthrie “This Machine Kills Fascists” en su guitarra, que luego ha sido replicada en libros o en teatros.

‘Mal de cor’, de Verónica Fabregat. Cartel ganador del V Premio Internacional de Carteles MAKMA ‘Sostenible/Insostenible’.
‘Mal de cor’, de Verónica Fabregat. Cartel ganador del V Premio Internacional de Carteles MAKMA ‘Sostenible/Insostenible’.

De nuevo, la idea de que cultura es un tipo de arte que asumimos más sensible y que es capaz de despertar a estos pobres de pensamiento retrógrado. Si los fascistas no tuvieran cultura, no habrían pervivido y no estarían resurgiendo con tanta fuerza ochenta años después, porque la cultura es el canal de transmisión de las ideas, infiltradas en prácticas cotidianas, rituales, maneras de ver y de estar.

Ni la cultura se opone a la naturaleza ni existen humanos incultos. La cultura es la naturaleza del ser humano. Y esto no significa que vaya a ser beneficiosa o de nuestro agrado. La tauromaquia es cultura, como existe la cultura de la violación, la cultura patriarcal, la cultura colonial y una infinidad de microculturas que conforman esos sistemas de valores que se van reproduciendo generación tras generación.

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Con esto, no niego la capacidad de la cultura de propiciar un cambio social –es indispensable, de hecho–, pero no debemos pensarla como la salvadora de la incivilización. Lo que nos desagrada, lo que no entendemos, lo que choca frontalmente contra nuestros valores es otra cultura.

Mi ideario pacifista me dice que podemos convivir todas las culturas, aunque no nos entendamos, porque lo necesario para convivir no es entenderse, sino aceptarse. Pero cuando hay una cultura que no quiere participar en la comunidad, que quiere comerse al resto y someter las libertades a su beneficio, ¿eso cómo lo aceptas? ¿Cómo no hablar de batalla? ¿Hay algún plan de acción que no comprometa nuestro humanismo y que tampoco nos hunda en la resignación?