Octaviano Romeo y el eclipse del 30 de agosto de 1905

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Octaviano Romeo y el eclipse del 30 de agosto de 1905

“¿Habéis observado alguna vez el sol cuando se pone en el horizonte del mar? Sí, sin duda alguna. ¿Lo habéis seguido hasta el momento en que la parte superior del disco desaparece rozando la línea de agua del horizonte? Es muy posible. Pero ¿os habéis dado cuenta del fenómeno que se produce en el preciso instante en que el astro radiante lanza su último rayo, si el cielo, limpio de nubes, es entonces de una perfecta pureza? ¡No, seguramente no! Pues bien, la primera vez que tengáis ocasión –¡se presenta tan raramente!– de hacer esta observación, no será, como podría presumirse, un rayo rojo lo que herirá la retina de vuestros ojos, sino que será un rayo verde, pero un verde maravilloso, un verde que ningún pintor puede obtener en su paleta. Un verde cuya naturaleza no se encuentra ni en los variados verdes de los vegetales, ni en las tonalidades de las aguas más límpidas. Si existe el verde en el paraíso, no puede ser más que este verde, que es, sin duda, el verdadero verde de la Esperanza”.

“Este rayo tiene la virtud de hacer que aquel que lo ha visto no pueda jamás equivocarse en las cosas del corazón; su aparición destruye las ilusiones y las mentiras; y el que ha tenido la dicha de verlo sólo una vez, ya puede ver claro en su corazón, y en el de los demás”.

Jules Verne, ‘El rayo verde’ (1882)

El bisabuelo Octaviano Romeo y Rodrigo, como la joven Helena Campbell, albergaba la aspiración de ver el rayo verde, ese extraño fenómeno óptico que aparece en el último momento de la puesta del sol. Este es el título de una novela de Jules Verne publicada por entregas en 1882 y que pertenece a la colección de los viajes extraordinarios.

Michel Serres los definía como viajes ordinarios en el tiempo o espacio en un medio de locomoción ya conocido. Son viajes iniciáticos, circulares, como la ‘Odisea’, y enciclopédicos. Pero, en este viaje que nos proponía Verne, el amor es protagonista. Helena rechaza al pretendiente que le proponen sus ancianos tíos, el aburrido hombre de ciencias Aristobulus Ursiclos, y declara que no tiene ninguna intención de casarse “hasta que haya visto el rayo verde”. Olivier Sinclair, artista y poeta, la acompañará en su búsqueda.

Desconozco si Octaviano había leído la novela, pero él también era como Verne “un revolucionario subterráneo”. Nació en 1859 en Vadocondes, una pequeña localidad burgalesa. Se doctoró muy joven en Derecho Civil y Canónico en la Universidad Central de Madrid con una tesis sobre el derecho y la moral. Eran los estudios propios de un hombre de provecho de la época. Pero al mismo tiempo, quizás en secreto, obtuvo otro doctorado en Ciencias Físico-Químicas sobre el origen y unidad de la materia. Así vivió, entre lo inmaterial y lo material.

El globo aerostático tripulado Júpiter durante su ascensión en Burgos, el 30 de agosto de 1905, con motivo del eclipse total de sol.
“Eclipse total de sol de 30 de agosto de 1905. Los globos libres Marte, Urano y Júpiter en Burgos. El globo Júpiter tripulado por los Sres. Vives, Romeo y Berson en el momento de la ascensión”.

Cuando se subió al globo Júpiter en el campo Lilaila de Burgos el 30 de agosto de 1905, ya había vivido su propio viaje extraordinario. En casa de mis suegros, siempre miraba fascinada una fotografía antigua con tres globos aerostáticos. Unas anotaciones con cuidada caligrafía describen la escena: “Eclipse total de sol de 30 de agosto de 1905. Los globos libres Marte, Urano y Júpiter en Burgos. El globo Júpiter tripulado por los Sres. Vives, Romeo y Berson en el momento de la ascensión”.

Cuando pregunté por ella, mi suegro me dijo con naturalidad que Romeo era su abuelo pelirrojo, pero no me dio más datos. A mí ya me parecía una gran aventura el viaje de mi abuelo desde una aldea asturiana a Cuba, pero una travesía en globo lo superaba y en esa familia nadie parecía sorprenderse.

Estábamos finalizando el siglo XX y aún no era fácil la búsqueda de información, de modo que la historia de Octaviano tendría que esperar. Años después, volví a ver la imagen de esos tres globos en el diario ABC en un aniversario del eclipse de 1905 y, de nuevo, en una exposición sobre Jules Verne. Octaviano reclamaba mi atención y no le hice caso hasta la primavera de 2020, en la que comencé mi investigación. Antes, le había pedido a su nieto una fotografía porque necesitaba ponerle cara al aventurero. Me mostró un retrato de un hombre ya mayor, con poco pelo, salvo el gran bigote, unos quevedos y el uniforme militar cubierto de medallas. Miraba a la cámara con seguridad, pero su aspecto no revelaba una vida intrépida.

Descubrí que, en 1884, había ingresado por oposición en el cuerpo jurídico militar. Me imaginé que buscaba una profesión estable y que las ciencias pasaban a un segundo plano, pero me equivocaba. Su hermano jesuita P. Cándido Romeo le abrió las puertas de los observatorios astronómicos de los conventos de la Compañía de Jesús. Sus destinos en Burgos, València, Cartagena y Canarias favorecieron su estudio de los cielos. Pero, de repente, leí una noticia de su paso por el observatorio de Manila.

Recordé que me habían contado de pasada que Octaviano había entregado las llaves de Filipinas a los americanos. Esa historia me parecía poco factible, aunque un precioso mantón de Manila parecía una prueba de su estancia en el archipiélago. Encontré su hoja de “servicios y circunstancias” y allí aparecía que había servido en Filipinas desde 1896 a 1899. Destacaban su papel como intérprete de inglés en el Cuartel General de la Capitanía de Filipinas con las autoridades norteamericanas, en 1898, y como encargado de gestionar la liberación de los presos españoles en la isla de Luzón, en 1899.

El doctor en Ciencias Físico-Químicas Octaviano Romeo y Rodrigo.
El doctor en Ciencias Físico-Químicas Octaviano Romeo y Rodrigo.

Octaviano era una caja de sorpresas por abrir. Comencé a imaginar a ese hombre acostumbrado al frío mesetario vestido con su ligera guerrera de rayadillo ultramarino leyendo las noticias que llegaban de España en el Casino o libros de ciencias en la biblioteca del convento de los jesuitas.

Regresará a España el 4 de julio de 1899 en un vapor de la Compañía Trasatlántica, me imagino que un poco triste por no haber culminado con éxito la tarea encomendada. Así y todo, recibirá varias condecoraciones por los servicios prestados en Filipinas y muy pronto tendría una nueva misión diplomática que le producirá más satisfacciones.

Se esperaban tres eclipses totales de sol en 1900, 1905 y 1912. Los conocemos como “los eclipses españoles” porque España fue un lugar privilegiado para su observación. Comenzaron a llegar las delegaciones científicas de diferentes países y el gobierno puso todo su empeño en promover su estudio. Terminábamos un siglo en penumbra y queríamos volver a brillar como un país de progreso.

Octaviano Romeo fue designado como agregado para la investigación del eclipse de Plasencia en 1900. Este hombre de ciencias ya era reconocido en el extranjero por sus publicaciones sobre el análisis espectral y era miembro de la Société Astronomique de France, fundada por Camille Flammarion. Pero su carácter discreto y quizás tímido, impedían que fuese conocido y aclamado cual estrella del espectáculo como ocurría con el escritor y divulgador científico francés.

Emilia Pardo Bazán se quejaba desde las páginas de ‘La Ilustración Artística’ de que solo se hablaba del eclipse y de Flammarion, al que sí le reconocía su mérito literario. El autor de ‘Astronomie Popular’ acudió a Elche para observar el eclipse desde El Huerto del Cura junto a damas de alta sociedad, poetas y el general Polavieja que había sido capitán general de Filipinas. A los pocos días, El Imparcial organizó un banquete homenaje a Flammarion en Lhardy, donde Octaviano le dedicó unas palabras de agradecimiento en francés.

En los años siguientes, nuestro científico de cabellos rojos ya solo pensaba en aplicar los resultados de las mediciones tomadas en Extremadura para el eclipse de 1905. Y, en este momento, comienzan a cruzarse varias vidas heroicas. Pedro Vives y Vich dirigía el Parque Aerostático Militar de Guadalajara y admitió al meteorólogo Augusto Arcimis en las pruebas a pesar del recelo de la comunidad científica. Vives acudió a la IV Conferencia de la Comisión Internacional de Aerostación Científica, donde expuso su plan de observación del eclipse del 30 de agosto desde tres globos aerostáticos libres y ofreció un puesto en la barquilla entre los miembros de la comisión. Se designó al profesor, meteorólogo y aeronauta alemán Arthur Berson.

Cartel de las Fiestas en Burgos de 1905, organizadas del 27 al 31 de agosto con motivo del gran eclipse solar total.
Cartel de las Fiestas en Burgos de 1905, organizadas del 27 al 31 de agosto con motivo del gran eclipse solar total.

La ciudad de Burgos, que contaba entonces con 30.000 habitantes, se volcó con un acontecimiento excepcional que contaría con la visita de la familia real. De toda la franja donde podría verse el eclipse total, Burgos había sido privilegiada con una duración de más de tres minutos.

Se nombró una comisión organizadora que estaba muy preocupada por ofrecer alojamiento digno a la gran cantidad de visitantes que se esperaba y que programó grandes festejos que incluían la colocación de la primera piedra del monumento al Cid, un concurso de fotografías del eclipse y una corrida de toros de la ganadería del Duque de Veragua. También se contrató a la compañía de María Guerrero para que representara ‘Locura de amor’, ya que sus últimas escenas se desarrollan en el Palacio del Condestable de Burgos.

Isidro Gil Gabilondo, secretario municipal, dibujante y fotógrafo, resumió el programa en el cartel anunciador y fue nombrado jurado del premio fotográfico. Tanto del programa como del cartel se imprimieron grandes tiradas que fueron distribuidas con una planificación meticulosa.

El 15 de agosto, la expedición española fue llegando a Burgos. Junto a Vives, Arcimis y Berson ascenderían a los cielos el capitán Alfredo Kindelán, el auditor Octaviano Romeo, el teniente Emilio Herrera y un joven aeronauta asturiano Jesús Fernández-Duro. Cada uno de ellos tenía sus propias aspiraciones de ese ascenso a los cielos. Pedro Vives, Kindelan, Emilio Herrera y Fernández-Duro esperaban que los resultados científicos obtenidos durante el eclipse permitiesen el desarrollo de la aviación. Berson y Arcimis interesados en la meteorología. Octaviano Romeo en los espectros de la corona solar.

Portada del folleto de la conferencia 'Química celeste é investigaciones espectroscópicas', impartida por Octaviano Romeo Rodrigo en el Salón de Recreo de Burgos, en 1906.
Portada del folleto de la conferencia ‘Química celeste é investigaciones espectroscópicas’, impartida por Octaviano Romeo Rodrigo en el Salón de Recreo de Burgos, en 1906.

Cuenta un testigo que la participación de Octaviano fue acogida con “extrañeza e hilaridad”, que se volvió admiración cuando le escucharon sus explicaciones tras el eclipse en la conferencia que pronunció en el Salón de Recreo de Burgos.

Vives, Berson y Romeo se subieron al globo Júpiter, que era de seda recubierto con sales de plata que le conferían un brillo especial. La acumulación de cumulus les inquietaba, porque preveían el fracaso después de tantos esfuerzos y esperanzas, pero al ascender el globo y ver como la tierra se alejaba, las preocupaciones se despejaron ante un cielo limpio y transparente. Volaron en silencio entre un espectacular mar de nubes irisado y cada uno comenzó con sus observaciones.

Octaviano recordó el eclipse de 1900, cuando la luz de la corona solar entró en su espectroscopio y pudo ver dos líneas brillantes, una azul y una verde: “La esfinge entregaba su secreto”. Ahora, volvía a comprobar que el gas coronio envolvía el globo solar. Cuando el sol se oscureció en su totalidad, sintió el desconsuelo de dejar de ver algo que nunca más vería y un malestar que pronto identificó con el frío, porque no habían previsto la brusca bajada de la temperatura.

Preparativos e inflado de globos aerostáticos del Servicio de Aerostación de los Ingenieros Militares para la observación científica del eclipse total de sol desde el Castillo y el Monasterio de San Juan (Burgos), el 30 de agosto de 1905. Lámina de la Biblioteca Nacional de España.
Preparativos e inflado de globos aerostáticos del Servicio de Aerostación de los Ingenieros Militares para la observación científica del eclipse total de sol desde el Castillo y el Monasterio de San Juan (Burgos), el 30 de agosto de 1905. Lámina de la Biblioteca Nacional de España.

En ese momento, fue consciente de que estaban a 4.000 metros de altura, empujados hacia las montañas por el fuerte viento que hizo volar las anotaciones de Berson. Durante el descenso, estuvieron a punto de perecer bajo los disparos de un guarda asustado. Tomaron tierra en la sierra de la Demanda y Octaviano fue caminando en busca de ayuda hasta Ezcaray donde le esperaban con vítores y música.

Lo habían conseguido. El rayo verde les había concedido la claridad de corazón y pensamiento y, sobre todo, la esperanza en un futuro de arte y ciencia. La travesía posterior en la tierra de estos siete intrépidos pioneros del aire fue tan accidentada como el viaje de los globos Marte, Urano y Júpiter. Les aguardaban muertes trágicas, guerras, exilio y el olvido. ¿Y el amor?

Octaviano, que resultó ser una mezcla de Aristobulus Ursiclos y Olivier Sinclair, ya lo había alcanzado con su amada Rosario y la química estelar. Pero quién sabe si su hija Caridad Romeo Sigler Cachita, tan valiente como Helena Campbell, cruzó la mirada con su futuro marido José Gil Otero (al que su tío artista Isidro Gil había invitado a Burgos para ver el eclipse), justo en el momento del último rayo de sol.