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La cultura como espacio de interrogación radical | Editorial
MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2026
‘La cultura como necesidad’. He ahí la propuesta que pretende servir de marco de reflexión acerca de lo que entendemos por cultura, que, en su más amplia extensión, vendría a ser todo aquello que nos separa de nuestra más primigenia animalidad. Extensión que, sin embargo, ha dado lugar a notables contradicciones, siendo la más palmaria la que vincula a la propia cultura con la supuesta animalidad a evitar.
Como decía el filósofo Gustavo Bueno, la silla eléctrica también es cultura. De manera que, ya de entrada, vemos cómo la cultura puede servir para contener la pulsión que nos habita, ofreciendo cierto horizonte de sentido a lo que carece de él -el caos de la naturaleza exterior y de la propiamente interior–, pero también para, mediante su uso más perverso, utilizarla como arma arrojadiza contra quien no comulga con sus más estrechos postulados.
Sea como fuere, lo cierto es que la cultura que sometemos a la reflexión de los autores invitados a participar en este nuevo número de la revista MAKMA, conteniendo sus luces y sus sombras, o precisamente por ello, por contener ambas tendencias enfrentadas, tiene por objeto calibrar su importancia, tanto en el marco de lo tradicionalmente considerado como cultura –cine, música, teatro, danza, literatura, artes plásticas, etcétera– como en el más amplio referido al modo en que tenemos los seres humanos de interrogarnos acerca de lo que nos pasa, alejándose de la más utilitarias áreas del conocimiento.
En este sentido, podríamos hablar de una cultura netamente instrumental junto a aquella otra que, reconociendo su carácter utilitario –ya sea para guarecernos en ella de la intemperie existencial o para agitarla contra aquellos que dicen poseer otra bien distinta–, huye de su pragmatismo con el fin de poner el foco en la interrogación del propio ser humano, tan pronto dado a alumbrar genialidades como a fomentar su destrucción.

Por eso dirá el filósofo José Antonio Marina –uno de los autores aquí convocados– que la cultura puede ser un “espacio creador de obras que alumbran nuestra existencia”, pero también el “lugar donde se manifiestan nuestros errores y crueldades”. Por esta doble concepción de la cultura transitan gran parte de los textos que integran este nuevo número de la revista MAKMA.
Así, habrá quien la conciba –en tanto defensa frente a esas crueldades que nos habitan y habitan, por tanto, el mundo– como un refugio donde protegernos, como aquella que nos aparta de la barbarie, como la que nos salva cuando todo se derrumba, como aquella otra pensada para conjurar el temor a la muerte, mitigando el malestar de la existencia, e incluso, finalmente, como la destinada a ser trinchera de resistencia ante la deshumanización.
Frente al peligro de su instrumentalidad nos advierten algunos otros. Por ejemplo, Antonio Ariño, quien se sirve del filósofo Friedrich Nietzsche para decirnos que “el hombre nada más que desea la verdad en un sentido análogamente limitado: desea las consecuencias agradables de la verdad”. De manera que cuando la interrogación, inherente a la siempre controvertida búsqueda de esa verdad, desaparece, lo que irrumpe es la propaganda.
El historiador Justo Serna apela –precisamente, para amortiguar esa tendencia de la cultura a ser utilizada con intereses espurios– a una cultura caracterizada como espacio donde la historia introduce el matiz allí donde hay consignas y extremismos, siendo la cultura el reino de la incomodidad. Habrá quien, a este respecto, hable de cultura sermón o espacio de descubrimiento.
‘La cultura como necesidad’ pretende, por tanto, profundizar en esa necesidad de la cultura como espacio habitado por sujetos que, en su afán por encontrarle un sentido a la existencia, tan pronto alumbran singulares creaciones como se abisman –y nos abisman– con sus delirantes propuestas.
De manera que, sí, ‘la cultura como necesidad’, pero sometiendo a reflexión lo que entendemos por cultura para que, al profundizar en ella, comprendamos –en el doble sentido de entender y de incluirlo todo– la dificultad que conlleva sostener la propia cultura sin caer en sus más peligrosas reducciones.
¿La cultura como propaganda o como espacio de interrogación radical? ¿La cultura como respuesta a la incultura o como más humilde forma de afrontar las adversidades propias de la existencia? ¿La cultura como espacio de saber o de adoctrinamiento? ¿La cultura como herramienta o como práctica exenta del más urgente pragmatismo social? He ahí algunas de las cuestiones a las que puede dar lugar esa reflexión sobre la cultura, que los autores aquí convocados desarrollan para crear un fértil espacio de conocimiento.
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