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Bangarra Dance Theatre, León de Oro por ‘Terrain’
Biennale Danza 2026
La noche anterior había asistido, en el Teatro Malibran, a la representación de ‘Terrain’. La obra se abre con una escena en la que los cuerpos irrumpen bajo una luz blanca que se va apagando lentamente, mientras la banda sonora de David Page hace resonar truenos y relámpagos, como si el paisaje precediera a los intérpretes. Esa fue la primera imagen que quedó fijada: los cuerpos establecían con el paisaje una relación que desdibujaba la separación entre memoria, territorio y movimiento.
Al día siguiente, tras la ceremonia de entrega del León de Oro, tuve la oportunidad de escuchar y conversar con la directora artística de Bangarra Dance Theatre, Frances Rings, en la Sala delle Colonne de Ca’ Giustinian, sede histórica de la Bienal de Venecia.
Se percibía en ella el peso de lo recién ocurrido: no era solo un premio, sino el reconocimiento internacional de una manera de hacer que la compañía lleva defendiendo desde 1989, la certeza de que aquello que empezó como una apuesta minoritaria ocupa hoy un lugar central en la conversación coreográfica global.
El León de Oro concedido por la Biennale Danza 2026 a Bangarra Dance Theatre reconoce la trayectoria de la compañía de las Primeras Naciones de Australia, pionera en recibir esta distinción. El premio incorpora al debate internacional una concepción de la creación contemporánea en la que territorio, memoria e identidad forman parte de un mismo sistema cultural.
Mientras el reconocimiento celebraba más de tres décadas de trayectoria, la conversación con Rings se centró en una cuestión decisiva: cómo construir un lenguaje contemporáneo desde una tradición viva sin convertirla en un objeto de representación.
Bangarra ocupa un lugar singular en la escena internacional. Desde su fundación ha desarrollado un proyecto artístico que parte de la cultura de las Primeras Naciones australianas para producir un lenguaje coreográfico plenamente contemporáneo.
El paisaje como estructura
‘Terrain’, estrenada en 2012, constituye una de las formulaciones más precisas de esa posición. La obra toma como referencia el lago Kati Thanda-Lake Eyre, una inmensa cuenca salina situada en Australia Meridional. El paisaje no funciona como un escenario ni como un motivo iconográfico: actúa como la estructura misma de la coreografía.
Durante la conversación, Rings regresó una y otra vez al concepto de country. Como ha explicado en distintas ocasiones al hablar de ‘Terrain’, la obra habla de quién eres, de tu pertenencia, hasta el punto de poder oír tu propio latido. Traducir country por “territorio” resulta insuficiente. Designa una red de relaciones entre la tierra, las lenguas, los ancestros, la memoria, las comunidades y la responsabilidad compartida hacia ese lugar. Bangarra no crea sobre country: crea desde country. La diferencia, aparentemente sutil, define toda una posición artística.
Esa perspectiva desplaza la lectura habitual de las prácticas culturales indígenas. El interés se sitúa en la capacidad de una tradición para seguir generando conocimiento, formas y lenguajes contemporáneos. La tradición deja de entenderse como un archivo y pasa a convertirse en un proceso.
Desde Castellón: formas de repensar el patrimonio
Dirigir un espacio de creación contemporánea en un territorio como el Mediterráneo –donde conviven lenguas, paisajes y tradiciones construidas a lo largo del tiempo– obliga a hacerse la misma pregunta que plantea Bangarra, pero aplicada a la propia práctica: qué condiciones institucionales hacen posible que un legado siga produciendo formas, relatos y lenguajes contemporáneos, y no solo se conserve como patrimonio.
Es una pregunta que conviene hacerse sin dar la respuesta por descontada. No basta con que un proyecto hable del territorio; lo decisivo es que nazca de una relación real con él y que esa relación sea perceptible en la forma de trabajar, no solo en el discurso.
El paisaje mediterráneo constituye igualmente un archivo de memorias, saberes y lenguas; pero, sobre todo, un espacio desde el que imaginar el futuro. La transformación acelerada del entorno, los incendios recurrentes, la pérdida de biodiversidad o de nuestra diversidad lingüística no solo modifican el paisaje físico: también las condiciones desde las que una comunidad produce cultura.
La experiencia de las Primeras Naciones de Australia responde a una historia específica y exige ser comprendida en su singularidad. Precisamente por eso resulta tan sugerente la pregunta que plantea Bangarra: ¿qué ocurre cuando la creación contemporánea mantiene una relación activa con el territorio del que nace?

El territorio como condición
El reconocimiento entregado en Venecia trasciende la trayectoria de una compañía excepcional. La Bienal ha premiado una forma de entender la práctica artística en la que la contemporaneidad surge de la capacidad para activar un legado, hacerlo dialogar con el presente y proyectarlo hacia el futuro.
Salgo de Venecia con la impresión de que esa es también una de las responsabilidades de quienes programamos y comisariamos hoy: generar contextos donde el patrimonio no se exhiba como un vestigio del pasado, sino como un conocimiento capaz de seguir transformándose.
La lección de Bangarra consiste precisamente en ese desplazamiento: el territorio deja de ser el tema de una obra para convertirse en la condición desde la que esa obra puede existir.
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